"Antes pensaba que al final de una materia uno debía sentirse “más inteligente”, más preparado, más lleno de respuestas. Pero esta clase hizo exactamente lo contrario"
INCÓMODAMENTE
BIEN
Alejandra Montoya Corrales
No necesito hacer este texto. Y creo
que eso es justamente lo que hace que esté escribiéndolo de verdad.
El Maestro Frías y yo hicimos un
trato, un pequeño trueque. Así que, técnicamente, podría no estar haciendo esto
ahorita. Podría estar acostada viendo videos, ignorando responsabilidades o
fingiendo que el semestre ya terminó, emocionalmente, para mí. Pero aquí estoy,
escribiendo un relato larguísimo sobre una clase que, sinceramente, pensé que
sólo iba a ser otra materia más.
Y creo que ahí empieza todo.
Porque, aunque no necesitaba hacer
este texto, sí necesitaba detenerme un momento a pensar si realmente aprendí
algo.
Y honestamente… creo que no sé nada.
Raro, ¿no?
Porque se supone que este texto
debería justificar por qué merezco un 10, y aquí estoy, empezando con una
crisis existencial académica. Pero mientras más pienso en este semestre, más
sentido tiene comenzar así. Antes creía que aprender era sentirte seguro de lo
que sabes. Pensaba que al final de una materia uno debía sentirse “más
inteligente”, más preparado, más lleno de respuestas.
Pero esta clase hizo exactamente lo
contrario.
Me llenó de preguntas.
Preguntas incómodas.
Preguntas que no salen en exámenes.
Preguntas sobre las personas.
Sobre mí.
Sobre por qué vivimos tan encerrados
en nosotros mismos.
Y creo que eso fue culpa del Maestro
Frías.
O, tal vez, el mayor regalo que
dejó.
Porque desde la primera clase
entendí que él no era un maestro normal. El Maestro Frías tenía una forma muy
extraña de enseñar. Parecía que podía hablarte de cualquier cosa menos de la
materia y, aun así, terminabas entendiendo más de la vida que de cualquier
teoría escrita en la antología.
Y qué desesperante era a veces.
Porque uno quería respuestas
concretas y él llegaba a dejar todavía más preguntas.
Pero creo que justamente ahí estaba
el aprendizaje.
En incomodarnos.
En hacernos pensar más allá de lo
obvio.
Es raro, porque al inicio yo sólo
veía esta clase como otra obligación más. Otra materia para pasar. Otro maestro
al que tenía que sobrevivirle el semestre. Y terminé llevándome algo muchísimo
más grande que una calificación.
Terminé llevándome preguntas.
Demasiadas preguntas.
Sobre mí.
Sobre el mundo.
Sobre quién soy cuando nadie me está
viendo.
Y, honestamente, creo que eso vale
más que memorizar cualquier teoría.
Porque este semestre me obligó a
mirar cosas que antes simplemente ignoraba. Antes vivía demasiado encerrada en
mi propia esquina. Y sí, hablo de ESA esquina. La famosa esquina traumática que,
probablemente, me va a perseguir toda la vida. Pero también hablo de una
esquina mental. Mi rutina. Mi comodidad. Mi forma de mirar el mundo sólo desde
lo que me afectaba directamente.
Y entonces llegaron estas clases.
Estas incómodas clases.
Y poco a poco algo empezó a cambiar.
Creo que una de las cosas más
bonitas que me llevo de este semestre es haber conocido personas tan
interesantes. Personas que probablemente jamás hubiera conocido de verdad si no
hubiera sido por este salón.
Porque algo tenía el 202.
No sé cómo explicarlo.
Pero poco a poco dejamos de ser
solamente alumnas exponiendo temas. Empezamos a mostrarnos como personas
reales.
Y escuchar historias ajenas te
cambia muchísimo.
Hubo momentos donde escuchaba a
algunas compañeras hablar y sólo podía pensar: “¿cómo sigues aquí?”. Y no lo
digo desde la lástima. Lo digo desde la admiración más sincera posible.
Porque hay personas que cargan
demasiado.
Como Sol.
Realmente siento que Sol es la
guerrera favorita de Dios.
Y sí, tal vez suena exagerado, pero
después de escuchar todo lo que ha pasado, no encuentro otra forma de
describirlo. Hay personas que tienen una fuerza impresionante y ni siquiera se
dan cuenta. Personas que siguen levantándose, aunque la vida les haya aventado
demasiadas cosas encima.
Y creo que jamás hubiera conocido
esa parte de ella si no hubiera sido por este semestre.
Y así como ella, muchas otras personas.
Me di cuenta de cuántas personas
aquí batallan simplemente para llegar a la Universidad. Cuántas tienen
problemas familiares enormes y aun así vienen a clases. Cuántas llegan cansadas
desde antes de entrar al salón. Cuántas tienen mil razones para rendirse y aun
así siguen intentando.
Y qué fuerte fue darme cuenta de
eso.
Porque muchas veces vivimos tan
concentrados en nuestros propios problemas que olvidamos que todos están
peleando algo.
Todos.
La compañera que siempre se ríe.
La que parece más seria.
La que casi no habla.
La que expone segura.
La que parece tener todo bajo
control.
Todos cargan algo que probablemente
nunca terminamos de ver por completo.
Y creo que por primera vez dejé de
ver solamente compañeros y empecé a ver personas.
Personas reales.
Con historias reales.
Con miedos reales.
Con sueños reales.
Y aunque parezca que no, siento que
más de una vez alguien realmente se interesó por algún tema que se expuso. Y no
necesariamente porque fuera el tema más interesante del mundo, sino porque de
alguna forma terminábamos encontrándonos dentro de él.
Siempre había algo que nos hacía
identificarnos.
Alguna frase.
Alguna experiencia.
Algún miedo.
Alguna inseguridad.
Y de pronto ya no estábamos
escuchando teoría.
Estábamos escuchándonos entre nosotros.
Y creo que eso era lo más bonito de
estas clases incómodas.
Que nos hacían reflexionar, aunque
no quisiéramos.
Que nos hacían sentir cosas, aunque
intentáramos disimularlo.
Porque sí, muchas veces todos
fingíamos estar cansados, distraídos o con ganas de irnos, pero al final algo
sí nos movía.
Algo sí cambió en el 202.
Y no creo haber sido la única.
También me llevé muchos nervios.
Porque exponer con el Maestro Frías
era literalmente un deporte extremo.
Uno nunca podía confiarse. No
bastaba con leer el tema rápido antes de pasar. Tenías que prepararte
mentalmente para TODO. Las interrupciones. Las preguntas inesperadas. Los
momentos donde sentías que estabas explicando algo bien y de pronto una sola
pregunta te hacía cuestionar toda tu existencia académica.
Y aunque muchas veces terminaba
nerviosa, aprendí algo importante ahí: la vida nunca te deja ensayar
completamente.
Hay cosas que tienes que aprender a
resolver mientras están pasando.
Recuerdo perfectamente esa sensación
de estar enfrente, intentando hablar mientras mi mente iba mil veces más rápida
que mi voz. Intentando que no se me olvidaran las ideas. Tratando de no
demostrar tanto miedo, aunque claramente sí lo tenía.
Y creo que ahí descubrí otra cosa
sobre mí: me cuesta confiar en lo que sé.
Me cuesta sentir que soy suficiente.
Me cuesta hablar sin pensar que en
cualquier momento alguien va a darse cuenta de que en realidad no soy tan
inteligente como aparento.
Pero poco a poco esta clase empezó a
obligarme a enfrentar eso.
A hablar, aunque me temblara la voz.
A defender ideas, aunque no
estuviera completamente segura.
A aceptar que equivocarme no me hace
menos capaz.
Y puede sonar exagerado, pero creo
que eso también me cambió muchísimo.
Porque hay aprendizajes que no
vienen escritos en ninguna antología.
Nadie te enseña cómo confiar en ti.
Nadie te enseña cómo encontrar tu
voz.
Nadie te enseña cómo dejar de vivir
encerrado en tu propia esquina mental.
Eso sólo pasa cuando algo —o
alguien— te obliga a mirar más allá.
Y creo que eso hizo el Maestro Frías
todo el semestre.
Nos incomodó.
Pero de esa incomodidad que termina
transformándote.
Porque sí, realmente, la pasé
incómodamente bien.
Y suena contradictorio, pero no
encuentro una mejor manera de describirlo.
Incómodamente bien, porque hubo días
donde salía cansada mentalmente de tanto pensar.
Porque hubo momentos donde sentí que
no entendía nada.
Porque hubo cuestionamientos que se
quedaron dándome vueltas incluso después de salir del salón.
Pero también bien, porque hacía
muchísimo tiempo que una clase no lograba moverme tanto por dentro.
Y creo que eso es lo que hace
especial a ciertos maestros.
No los recuerdas por los apuntes.
Los recuerdas porque cambiaron algo
en tu forma de ver el mundo.
Hoy, después de todo este semestre,
siento que sigo sin saber muchas cosas. Pero ahora al menos sé mirar diferente.
Sé escuchar más. Sé cuestionarme más. Sé que el mundo es muchísimo más complejo
de lo que imaginaba cuando me quedaba encerrada en mi propia rutina.
Y tal vez eso fue lo más importante
que aprendí aquí.
Que existe un mundo enorme fuera de
mi esquina.
Y que, por primera vez en mucho
tiempo, ya no me da tanto miedo salir a verlo.
Porque al final, tal vez eso era
aprender.
No salir del salón con respuestas
perfectas, sino salir siendo una persona un poco más consciente que cuando
entró.
Y creo que eso fue exactamente lo
que me dejó la materia de Sociedad… más preguntas que respuestas, pero también
una forma distinta de entender la vida.

Comentarios
Alejandra, reconozco tu interes por avanzar en pis de la Utopía, y tienes razón, el grupo 202 se movió y atisbó más allá de la Esquinita.
Y yo me siento contento de haber sido parte de ese movimiento y de ese nuevo Punto de Vista con el que ahora empiezan a observar la realidad, su Realidad.
Gracias. Felicitaciones y ojalá volvamos a coincidir.
Un abrazo, Mtro. José Manuel Frías Sarmiento