Taller de Redacción Libre y Creativa

"Leí sobre un fantasma y una familia que se burlaba de él en una mansión inglesa; un detective que busca una carta escondida a plena vista; una joven que desafía al rey para darle sepultura a su hermano..."



 


MIS PRIMERAS LECTURAS DE CONTRABANDO


Yazmín Lares Salazar


Mi primer acercamiento formal a la lectura fue cuando estaba en el kínder. Aquel día molesté a la maestra porque no podía quedarme quieta o callada un rato, mi abuelo decía sin sutileza que tenía "gusanos en la cola". Siempre terminaba las actividades muy rápido, como si estuviera en una competencia contra mis compañeros. Entonces empezaba, poco a poco; movía las piernas y me retorcía en la sillita, luego volteaba a todos lados para ver donde estaba la maestra y cuando miraba que tenía luz verde corría con mi amiga para platicar con ella. La maestra Engracia me tomaba de la mano y me decía que tenía que quedarme quieta y respetar el tiempo de mis compañeros, pero yo volvía a levantarme e ir con mis amigos.

Un martes la rutina de interrupciones se acabó. La maestra me tomó de la mano y me llevó a la esquina del salón— donde estaban los tapetes y los libreros pequeñitos—. De entre todos los tomos, sacó uno. Me sentó en uno de los tapetes suaves y acercó el libro a mis manos, abriéndolo con cuidado. El título decía ¨Degas y la pequeña bailarina¨. En la pasta tenía a un señor con un sombrero grande y sosteniendo unos cuadros mientras caminaba, en el centro una estatua y una niña frente a ella mirándola. 

Yo recuerdo que ya sabía leer, había aprendido por metiche, parándome detrás de mi abuelo mientras él leía el periódico, acción que me había hecho recibir más de un regaño, hasta que mi abuelo me sentó en sus piernas y comenzó a ayudarme con las letras, los sonidos, las vocales. Leer no era difícil, la dificultad yacía en el hecho de poder quedarme quieta un rato. Ese martes la maestra Engracia se sorprendió cuando me quedé quietecita mientras empezábamos la lectura. Me pinchaba las mejillas mientras alargaba las palabras, apuntando a los dibujos. Al final no pudimos terminar el cuento porque un compañero empezó a llorar, uno de esos morrillos que chillaba todo el tiempo. Desde allí comenzó mi curiosidad por los libros.

Los primeros libros que me regalaron fueron unos tomos de cuentos y fábulas en el preescolar. Recuerdo que eran libros en 4 colores; azul, rosa, amarillo y verde. Pero esos los leí muy rápido y mis abuelos comenzaron a ponerme pósters en la puerta para que yo no me acercara a los libros que tenían en los libreros, porque según decían eran de ¨grandes¨. Los pósters educativos eran muy aburridos y no me gustaba estudiarlos, pero yo me robaba los libros del librero y me encerraba en mi cuarto. Escondiéndome detrás de mi cajonera en el closet, intentando leer hasta donde lo consiguiera antes de que mi abuelo entrara a quitarme los libros.

En una ocasión había tomado un libro del segundo espacio del librero que me llamó mucho la atención por la portada, en ella aparecía una pintura de un chico besando a una chica, había muchos colores, el título decía "JUVENTUD EN ÉXTASIS" por un tal Cuauhtémoc no sé qué. Mi abuelo se enojó mucho cuando me miró hojeando el libro, el cual no entendía muy bien y apenas recuerdo las historias, pero sí recuerdo las nalgadas que me pegaron y como me castigaron sin ver la televisión por una semana. Después de ese suceso, mi abuelo movió los libros más ¨fuertes¨ hacía el primer espacio del librero, aquel maldito espacio en el cual tenía que trepar para poder alcanzarlo.

El castigo no me quitó las ganas de leer, es más, alimentó mi curiosidad aún más, no desistí de mi objetivo y cuando me dejaban sola, me trepaba, cual chango, arriba del librero.

Más de una vez me vine abajo. Me torcí el tobillo miles de veces, incluso, una vez me quebré el diente por caer de boca; pero al menos el libro caía seguro junto conmigo. Pasé varias tardes así hasta que el abuelo decidió dejar de decirme qué leer, entonces yo tomaba los libros y me sentaba junto a él en el patio mientras comíamos la merienda.

Leí sobre un fantasma y una familia que se burlaba de él en una mansión inglesa, un detective que busca una carta escondida a plena vista, una joven que desafía al rey para darle sepultura a su hermano y muchas historias interesantes que me decían las páginas.

Mi maestra a veces se reía mientras me miraba con los brazos estirados hacia arriba, los ojos abiertos de par en par y las mejillas regordetas rojas del esfuerzo mientras trataba de narrarles a mis compañeros aquellas sorprendentes historias. Me gustaba ver sus risas y sus rostros asombrados.

Aunque hoy puedo decir que no he leído libros últimamente, casi no hago tiempo para ellos. Antes podía acabar un libro muy rápido, pero ahora me distraigo con mucha facilidad. Leo una y otra vez un párrafo porque la mente se me enreda con otros. Termino tomando el celular, jugando un videojuego o viendo una película. Aquella niña que se perdía entre letras está dormitando, cubierta de polvo. Se queda quieta frente a una pantalla.

Comentarios

Estimada Yazmín, todos los que leemos tenemos historias interesantes, divertidas, tiernas y educativas por contar... y deberíamos de narrarlas para involucrar a más gente en este apasionante mundo de la fantasía escrita de un mundo más real de lo que los que no leen no alcanzan a suponer. Los profesores tienen miles de historias... que no se atreven a contar; por eso qué bien que tú, una joven inteligente educadora en formación, ya nos deleitas con tus relatos.
Te felicito. Y me felicito porque hayas estado en mi Taller.
Saludos, Mtro. José Manuel Frías Sarmiento

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