Taller de Redacción Libre y Creativa
“Las filas son una de las cosas más humanas que existen. Toda nuestra vida es una fila disfrazada”
TRATADO PROFUNDO SOBRE LAS FILAS Y LA LECTURA
—Celso Gilberto Guzmán Félix
Las filas son una de las cosas más
humanas que existen.
Toda nuestra vida es una fila
disfrazada.
Hacemos fila para entrar a la
escuela, para comprar comida, para subir a un camión, para graduarnos, para
trabajar, para cobrar, para esperar resultados médicos, para ver conciertos y,
de cierta forma, hasta para morir. Siempre hay alguien adelante y alguien
detrás. Siempre existe la sensación de que alguien avanza más rápido y alguien
se quedó demasiado lejos.
Lo extraño es que nadie nos enseña
a esperar. Solo nos ponen ahí y ya.
Cuando era niño pensaba que las
filas eran castigos inventados por adultos aburridos. Me desesperaba estar
quieto viendo cómo avanzábamos apenas unos centímetros cada cierto tiempo.
Miraba el reloj como si eso pudiera acelerar las cosas. A veces suspiraba
exageradamente para que el universo entendiera mi sufrimiento. Nunca
funcionaba.
Pero crecer es descubrir que la
vida adulta consiste, en gran parte, en aprender a tolerar filas invisibles.
La fila del éxito.
La fila del amor.
La fila de “algún día estaré
mejor”.
La fila de “ya casi entiendo quién
soy”.
Y uno se compara constantemente
con los demás. Ves a alguien avanzar más rápido y te preguntas si tomaste el
camino equivocado. Hay personas que parecen haber nacido casi hasta enfrente:
tienen seguridad, dinero, contactos o talento natural. Otros apenas alcanzan a
ver qué hay adelante porque les tocó comenzar desde muy atrás.
Lo peor de las filas no es
esperar. Lo peor es no saber si valdrá la pena cuando llegue tu turno.
A veces incluso uno cambia
mientras espera. Hay sueños que se pudren lentamente en la paciencia. Personas
que querían ser artistas y terminaron contestando correos. Personas que querían
enamorarse y aprendieron a conformarse. Personas que esperaron tanto algo que
cuando finalmente llegó ya no se parecían a quien lo deseaba.
Y aun así seguimos haciendo fila
para todo.
Porque existe una esperanza
absurda dentro del ser humano. Una pequeña idea ridícula que dice: “tal vez
adelante esté eso que llevo años buscando”.
Curiosamente, leer también se
parece mucho a hacer fila.
Uno abre un libro y acepta
esperar. Esperar una idea. Esperar una emoción. Esperar una frase que de pronto
parezca escrita exactamente para uno. Hay libros que avanzan rápido y otros que
parecen eternos. Libros donde uno siente que no está entendiendo nada y aun así
continúa, como quien permanece formado porque ya esperó demasiado para irse.
Leer es una de las pocas formas
elegantes de esperar.
Mientras el cuerpo está quieto, la
mente avanza. Y eso resulta extraño en un mundo obsesionado con correr. La
lectura obliga a ir despacio. No puedes devorar realmente un pensamiento
importante; tienes que dejar que haga ruido dentro de ti.
Tal vez por eso mucha gente evita
leer. Porque un libro no solo entretiene: también confronta. Hay páginas que
funcionan como espejos incómodos. Frases que llegan en el momento incorrecto y
aun así se quedan viviendo en la cabeza durante años.
Lo curioso es que la lectura no
necesariamente convierte a alguien en una mejor persona. Los libros no vuelven
automáticamente más sabio a nadie. A veces solo hacen más consciente el vacío.
Más evidente la contradicción humana. Más clara la soledad.
Pero incluso así, leer sigue
siendo importante.
Porque al menos es algo.
En un mundo lleno de ruido rápido,
de pantallas que duran segundos y conversaciones olvidables, sentarse a leer
sigue siendo un pequeño acto de resistencia. Es decirle al tiempo: “espera un
momento, quiero entender algo antes de seguir”.
Y quizá ahí exista cierta belleza.
Hay personas que pasan años
enteros sin detenerse jamás a pensar en sí mismas. Solo avanzan automáticamente
entre obligaciones, horarios y cansancio. Despiertan, trabajan, comen, duermen
y vuelven a empezar. Como personas atrapadas en una fila tan larga que
olvidaron qué estaban esperando.
Los libros, a veces, interrumpen
eso.
No solucionan la vida. No eliminan
el miedo. No pagan cuentas ni arreglan corazones rotos. Pero de vez en cuando
logran algo más extraño: hacen compañía.
Y la compañía intelectual también
salva personas.
Hay algo profundamente humano en
descubrir que alguien, hace cien o doscientos años, sintió una tristeza
parecida a la tuya. Que alguien también se sintió perdido, confundido o cansado
de existir. La lectura conecta soledades separadas por siglos.
Por eso ciertos libros se sienten
casi vivos.
No porque tengan respuestas
definitivas, sino porque acompañan la incertidumbre.
Y quizá la vida sea exactamente eso:
una fila gigantesca llena de personas intentando distraerse del tiempo. Algunos
usan el celular. Otros hablan. Otros miran al suelo. Y unos cuantos abren
libros mientras esperan.
Tal vez esos últimos entendieron
algo importante.
Que el problema nunca fue esperar.
El problema era esperar vacíos.
Porque cuando uno lee, incluso la
espera tiene significado.
Lo más curioso es que casi nadie
disfruta el momento en que por fin llega. Pasamos tanto tiempo mirando hacia
adelante que olvidamos vivir mientras esperamos. Queremos brincar etapas,
saltarnos procesos, despertar directamente en la parte donde todo está
resuelto.
Pero la vida parece tener un humor
extraño. Nunca entrega nada completo. Cuando sales de una fila, ya entraste en
otra.
Y quizá eso no sea algo malo.
Tal vez existir no se trata de
llegar primero, sino de aprender a hablar con las personas que esperan contigo.
Reír un poco mientras avanzan apenas dos pasos. Compartir el cansancio.
Descansar las piernas. Leer algo mientras el tiempo pasa lentamente. Mirar
alrededor.
Porque al final, después de tantos
años corriendo hacia ventanillas imaginarias, uno entiende algo raro: nadie
sabe realmente qué está haciendo aquí. Solo somos personas cansadas avanzando
lentamente en una fila gigantesca, intentando actuar como si entendiéramos el
sistema.
Y algunos, para soportar la
espera, leen.

Comentarios