"Así percibo el aprendizaje: algo que cambia y que obliga a adaptarse a nuevos entornos, corrientes y obstáculos para poder seguir creciendo"

 




AMAR Y QUERER

                          
Evely Félix Olivas

Quiero comenzar comentando que me resultó difícil elegir un tema concreto o limitarme a uno solo, porque realmente quisiera hablar de muchas cosas. Aun así, intentaré concentrarme en reflexionar sobre algunos efectos del aprendizaje: sus barreras, sus posibilidades, los cuestionamientos que provoca y las transformaciones que puede generar.

Tomé como punto de partida una frase dicha por un compañero de Pedagogía, Celso, durante una clase del Maestro Frías en la que yo me entrometí —aunque pedí permiso para hacerlo—. Celso participó y quizá para muchos aquella intervención pasó desapercibida o pareció poco relevante; sin embargo, para mí fue inspiración.

“Sin amor no hay conocimiento y sin conocimiento no hay verdadero amor por falta de comprensión”.

Escuchar esa frase fue como observar una luciérnaga en una oscuridad ligera: algo pequeño, pero suficiente para iluminar. Aunque sus palabras fueron breves, tuvieron un impacto profundo en mí. Me llevo a escribir eso en mis notas, aunque realmente ni siquiera hacía falta hacerlo, porque no pude olvidarlo.

A partir de esa frase quise e intente desarrollar esta reflexión, porque siento que resuena intensamente cuando pensamos en nuestra relación con el conocimiento. ¿Realmente amamos aprender o vemos el aprendizaje únicamente como una obligación más? ¿Qué es lo que impide disfrutar el saber cómo una experiencia significativa? Y más aún: ¿los obstáculos son solamente trastornos, dificultades académicas o falta de atención, o existe algo más profundo que provoca rechazo hacia el aprendizaje?

Pienso mucho en la diferencia entre “amar” y “querer”. En español ambas palabras no significan lo mismo, aunque en otros idiomas puedan resumirse en una sola expresión. “Querer” puede ser deseo, costumbre o afecto; pero “amar” implica profundidad, permanencia y comprensión. Entonces pienso “ojalá se pudiera amar el aprendizaje y conocimiento de la misma forma en que se ama a alguien cuando decimos “te amo”.

Curiosamente, esta idea también me llevó a recordar la canción de José José, “El amar y el querer”, porque pareciera que incluso el conocimiento puede quedarse atrapado entre esas dos formas distintas de relacionarnos con algo. Me parece profundo como se puede relacionar el conocimiento del amar y querer e incluso el querer y poder.

En mi cabeza suele divagar como los profesores imparten sus clases, en si ellos de verdad saben de lo que hablan ¿Les gustara su materia? A lo largo del trayecto de mi vida he pasado por maestros particulares algunos más memorables que otros, los cuales algunos hicieron que apreciara su vocación, no solo porque ellos son guías y han sido algunos de ellos grandes apoyos, sino que es esa pasión que algunos dejan en su aula, en como realmente disfrutan de enseñar como aprender.

Pero lo importante es si los maestros realmente aman su materia, yo noto cuando realmente les interesa o eso quiero creer, ya que siento que hay una voz diferente, una pasión que nace del amor al conocimiento al momento de impartir una clase, la dedicatoria, las dudas que responden, todo eso hace que la clase se vuelva distinta, el enfoque no es memorizar es dejar esa huella esa diferencia donde muchos maestros te hacen disfrutar la clase, puede que su tema sea pesado pero la forma en que algunos lo manejan lo hace agradable, inclusive con ganas de más, hay dudas, cuestionamientos y participaciones, no pienso que sea difícil darnos cuenta cuando es obligación o cuando es verdadera pasión. 

Lamentablemente va el lado malo y he pensado en lo triste que debe sentirse un maestro al no poder hacer que sus alumnos quieran aprender, por qué hablando desde mi perspectiva más personal ha sido obvio que a algunos de mis compañeros no les gusta leer, escribir o sólo participar en clase, por supuesto no es obligatorio pero hacen la clase se sienta más “pequeña” la nombran aburrida solo por qué no comprenden o mejor dicho; no quieren comprender, no les interesa y eso es notorio, me causa decepción el ser observadora de esto, porque hay profesores que llegan con tanto conocimiento con ganas de enseñar y que se desperdicie con la poca calidad de compañeros que he tenido…es triste y algo frustrante y tengo que dejar en claro que no hablo de mis compañeros sino en general los que han pasado por mi vida por los años que he estudiado en diferentes estados donde he convivido con variedades de alumnos y compañeros sean de mi propia clase o otros salones.

No pienso que sea tan difícil ponerse en los zapatos del profesor o profesora, es cuestión de preguntarse qué es lo mínimo que quieres al ser ellos docentes, sería lógico, ¿no? Me he puesto en los zapatos de estos profesores, no he sido maestra profesionalmente hablando, pero he enseñado a leer a escribir a sumar a mis primos lo básico, no me doy todo el mérito, pero sí sé que es esforzarse por que aprendan por que disfruten lo que se imparte, donde no todo sea memorización. y sé con certeza que aveces el tener que seguir dando clases con este tipo de alumnos es poco alentador, pero puedo decir que hay otros que lo intentan, hay dudas, hay cuestionamientos, a veces debates y puede que sean pocos, pero por algo se empieza, sé que ellos intentan hacer que haya más participaciones, pero entonces ¿por qué no se interesan por aprender? ¿por qué parece que ser inteligente es motivo de burla ahora?

En el aula, la mayoría permanece inmóvil, aferrada a la rama cómoda del desinterés, mirando sin mirar realmente. Pero siempre existe uno o dos que parecen colibríes: incapaces de quedarse quietos, condenados a ir de una idea a otra, buscando algo incluso cuando no saben exactamente qué buscan. Preguntan demasiado. Tocan el conocimiento apenas con la punta del pensamiento y vuelven a moverse antes de agotarlo.

Y los demás se ríen.

No porque el colibrí sea ridículo, sino porque su aleteo es inquieto. Porque recuerda que alguna vez ellos también sintieron curiosidad y decidieron dejarla morir para poder descansar.

pero puedo decir que hay otros que lo intentan, se esfuerzan, hay dudas, cuestionamientos, incluso a veces debates y puede que sean pocos, pero por algo se empieza, sé que los maestros intentan hacer que haya más participaciones y una dinámica disfrutable para todos.

¿Acaso es difícil humanizar a los profesores? No tengo una respuesta fija o completamente correcta, pero quizás la escuela dejó de comprender cuando comenzó a obsesionarse con medir. Y medir, como ya intuía Piaget, jamás ha sido equivalente a conocer. Humanizar al profesor implicaría reconocerlo como alguien incompleto: alguien que aprende mientras enseña, que se agota, que duda.

De hecho, hace pocos días el profesor Frías me preguntó: “¿Por qué te gusta tanto charlar conmigo?”. Fue una excelente pregunta, aunque completamente inesperada. En ese momento quise responder mucho más de lo que realmente dije, porque “interesante” se queda corto.

Me parece un profesor con un vasto conocimiento, pero no solo por lo que sabe, sino por la forma en que piensa. Es alguien que impulsa a los demás, que no permanece estático, que cuestiona constantemente. Tiene una mente brillante y una curiosidad que todavía parece mantenerse viva, incluso con la experiencia y los años. Y creo que justamente ahí está parte de lo que me atrae de conversar con él: la sensación de que siempre existen temas nuevos por explorar.

También me inspira la manera en que escribe, el hecho de haber creado libros, de convertir pensamientos en algo tangible. Lo veo como un ejemplo a seguir y como alguien con quien realmente quisiera seguir entablando conversaciones.

Por eso a veces me cuesta comprender cómo no todos sienten el deseo de hablar más con él, aunque sea solo para escuchar sus ideas o resolver dudas. Entre varios profesores, el profesor Frías fue quien más llamó mi atención por la forma en que habla y por cómo imparte sus clases. Hace que realmente quiera asistir, incluso en esos días donde el cansancio termina ganándome.

Quisiera retomar la idea de amar el conocimiento, así como el poder y el querer aprender. También me interesa cuestionar por qué algunas personas desean conocer, aprender o simplemente preguntarse cosas, mientras otras parecen completamente desconectadas de ello. ¿Qué sucedió con aquella generación que deseaba revolucionar a través del pensamiento?

No creo que todo se haya perdido; más bien siento que ese interés se redujo. Nunca desaparecerá por completo. El querer aprender y el poder hacerlo a veces parecen estar en lados opuestos, aunque constantemente se cruzan. Las condiciones, el contexto y las dificultades personales importan mucho, pero también creo que el querer puede impulsar el poder, porque cuando existe interés genuino las personas intentan esforzarse más para alcanzar una meta, crecer y no quedarse estancadas.

Tal vez suene extraño, pero pienso en el aprendizaje como un renacuajo dentro de un pequeño charco. Primero crece allí, limitado por ese espacio. Después, cuando desarrolla patas, busca un estanque más grande; más adelante, quizá un río. Y el río siempre está en movimiento. Así percibo el aprendizaje: algo que cambia constantemente y que obliga a adaptarse a nuevos entornos, corrientes y obstáculos para poder seguir creciendo.

Pero entonces surge una pregunta importante: ¿realmente sabemos para qué sirve aprender? ¿Las dificultades nacen del conocimiento mismo, de quien enseña o de cómo escuchamos y observamos aquello que se nos enseña?

Pienso mucho en lo que ocurre cuando un equipo expone un tema frente al grupo. Muchas veces los alumnos únicamente leen y no explican, y eso refleja algo más profundo: el poco interés o la poca conexión que tienen con aquello que presentan. Sin embargo, no me gusta quedarme únicamente con la crítica, porque inmediatamente aparecen más preguntas en mi cabeza. ¿Realmente no les interesa aprender o existen otras razones detrás de ello? Tal vez están nerviosos, cansados, ocupados o simplemente no tuvieron tiempo suficiente para estudiar. También puede haber barreras cognitivas o neurodivergencias como dislexia, TDAH, autismo o disfunción ejecutiva.

La disfunción ejecutiva, por ejemplo, dificulta organizar, planificar, iniciar o completar tareas. Afecta funciones cognitivas importantes como la memoria de trabajo, el control de impulsos, el manejo del tiempo y la transición entre actividades. Todo esto impacta tanto la vida cotidiana como la académica.

En lo personal, siento que esto me afecta bastante, especialmente al momento de realizar trabajos o exponer. No porque lea sin explicar, sino porque suelo sobre explicar. Tengo demasiadas ideas y siento que nunca existe suficiente tiempo para expresar todo lo que pienso. Las transiciones me resultan difíciles porque mi mente rara vez se detiene; siempre estoy pensando en algo. A veces eso me agobia, incluso mientras escribo, pero curiosamente no me resulta desagradable. A pesar de todo, disfruto pensar.

También he notado que muchos estudiantes tienen miedo de preguntar en clase porque sienten que serán juzgados, mientras otros simplemente parecen no encontrarle sentido al conocimiento. Y creo que, aunque no siempre lo expresen, muchos se preguntan: “¿Para qué me sirve esto?” o “¿En qué momento utilizaré este aprendizaje?”.

La poca cercanía que muchas personas tienen con la lectura y el conocimiento resulta decepcionante, especialmente porque vivimos en un siglo saturado de información. Tenemos acceso al saber cómo nunca antes en la historia y, aun así, pareciera que pensamos menos. Esto me lleva a cuestionarme si la sobrecarga de información ha provocado cierto cansancio intelectual o si herramientas como la inteligencia artificial han comenzado a reemplazar procesos importantes del pensamiento humano.

La IA debería funcionar como apoyo, pero muchas veces termina pensando, escribiendo y resolviendo por la persona. Entonces me pregunto: ¿qué aprendizaje queda realmente cuando alguien delega completamente sus ideas? Muchos textos generados artificialmente pueden parecer correctos, pero se sienten vacíos. No hay una voz propia ni una cercanía real con quien escribe. Y quizás lo más preocupante es que tampoco existe cercanía con uno mismo.

A veces pienso en todas las personas que amarían tener acceso al conocimiento que nosotros poseemos. Existen mujeres y comunidades enteras a quienes históricamente se les negó aprender a leer, escribir o incluso comprender números básicos. Y no por incapacidad, sino porque otros decidieron que no debían aprender.

Eso debería hacernos valorar más el derecho a la educación que actualmente tenemos. En México, poder aprender sigue siendo un privilegio, aunque muchas veces lo olvidemos. Encontrarse con personas que enseñan, cuestionan y transmiten conocimiento también es un privilegio.

Hubo siglos donde únicamente quienes pertenecían a conventos o instituciones religiosas podían acceder a la educación. Mientras tanto, gran parte del pueblo permanecía en la ignorancia. Incluso hablar con formalidad o ser considerado “culto” era algo reservado para la aristocracia o la Iglesia. Las mujeres llegaron a ser acusadas de brujería simplemente por saber leer.

Hoy eso parece absurdo, incluso ridículo, pero demuestra cuánto ha costado históricamente el acceso al conocimiento. Y justamente por eso me pregunto cuánto valoramos realmente aquello que ahora tenemos tan cerca.

“Que hoy tengamos derechos no significa que los tendremos mañana”.

Pienso que esta frase también puede aplicarse al aprendizaje y al conocimiento, porque aprender debería ser considerado uno de los derechos humanos más importantes. Y, aun así, muchas veces lo desperdiciamos, lo reducimos a calificaciones, tareas o simples obligaciones escolares.

La realidad puede ser triste. Vivimos rodeados de información, cansancio, apatía y miedo al juicio. Existen barreras económicas, emocionales, cognitivas y sociales que dificultan el acercamiento al conocimiento. Pero incluso así, quiero pensar que siempre existirán pequeñas grietas por donde entre la curiosidad.

Tal vez aprender nunca ha sido algo cómodo. Pensar implica cuestionarse, cambiar, admitir que no sabemos todo. Y eso puede ser agotador. Sin embargo, también creo que ahí nace algo profundamente humano: en el deseo de comprender.

Por eso no pienso que la curiosidad haya muerto. Tal vez está dormida en muchas personas, escondida bajo el cansancio, el miedo o la costumbre. Pero sigue existiendo. Sigue apareciendo en quienes preguntan demasiado, en quienes todavía sienten emoción al descubrir algo nuevo, en los maestros que enseñan con pasión y en los alumnos que continúan buscando respuestas incluso cuando nadie más parece interesado.

Quizá aprender se parece a aquella luciérnaga que mencioné al inicio: una luz pequeña dentro de la oscuridad, aparentemente insignificante, pero suficiente para recordarnos que todavía hay algo encendido.

Y mientras exista, aunque sea una pequeña luz, siempre habrá alguien dispuesto a seguir buscándola.

 

Comentarios

Celso Gilberto dijo…
“Sin amor no hay conocimiento y sin conocimiento no hay amor” es una frase que, mientras más se piensa, más profundidad adquiere. Muchas veces creemos que conocer algo consiste únicamente en memorizar datos o entender conceptos, pero el verdadero conocimiento exige interés, atención y una disposición genuina hacia aquello que observamos. Nadie comprende realmente aquello que le resulta completamente indiferente. Incluso la curiosidad nace de una pequeña forma de amor: amor por descubrir, por entender, por acercarse a algo más allá de uno mismo.
Y del otro lado ocurre algo igual de importante: no se puede amar verdaderamente aquello que no se comprende. Porque el amor profundo no es solamente emoción o deseo; también implica observar, escuchar, aceptar contradicciones y reconocer la complejidad del otro. Conocer destruye muchas idealizaciones superficiales y, aun así, cuando el afecto permanece, quizá ahí comienza algo más cercano al amor verdadero.
Por eso la frase no solo habla del aprendizaje académico, sino también de la existencia humana. Aprender es una forma de acercarse al mundo, y amar también lo es. Ambas cosas requieren paciencia, vulnerabilidad y la capacidad de dejarse transformar por aquello que intentamos comprender.

Y honestamente, jamás imaginé que una frase dicha casi al pasar pudiera inspirar un texto tan humano, introspectivo y lleno de sensibilidad. Leer “Amar y querer” fue como observar cómo una idea pequeña creció hasta convertirse en una reflexión enorme sobre el aprendizaje, la curiosidad, los maestros, el cansancio, el miedo a pensar y la necesidad profundamente humana de comprender.
Me conmovió mucho saber que mis palabras pudieron quedarse resonando de esa manera en alguien más. Creo que uno nunca termina de dimensionar el impacto que pueden tener ciertos comentarios cuando nacen desde la sinceridad. Y justamente eso fue lo más bonito: ver cómo esa frase dejó de pertenecerme y terminó transformándose en algo completamente suyo.
Además, el texto tiene algo muy valioso: no romantiza el conocimiento de forma ingenua. Reconoce el agotamiento, las barreras cognitivas, la apatía, el miedo al juicio y las dificultades reales de aprender; pero aun así decide defender la curiosidad. Y eso hace que la reflexión se sienta viva y honesta.

Gracias por haber tomado aquella pequeña luciérnaga y convertirla en algo mucho más grande.
Estimada Evelyn has escrito un texto muy interesante. Y lo es más porque parte de una frase de un compañero de tu Universidad, lo cual eleva el texto a una reflexión compartida y a un diálogo inicial que continúa con el comentario de Celso, el autor de la frase que, cuál luciérnaga luminosa, iluminó la realidad con el Conocimiento y el amor por la verdad y por la Educación que propician los Maestros con su entrega y diario compromiso por aportar saber y herramientas cognitivas a los pocos alumnos que les escuchan y resignifican sus enseñanzas.
Gracias, también, por la mención.
Saludos. Mtro. José Manuel Frías Sarmiento

Entradas más populares de este blog