“Sin saberlo, se sentó a un lado del dramaturgo Óscar Liera. El escritor, al modo de él, iba tan ensimismado en sus pensares, que ni lo peló”
EL BULTO
*Luis
Enrique Alcántar Valenzuela
1979-2026
Era día
lunes en el pueblo. El domingo, mostrando su rostro de fiesta, era ya parte del
pasado.
Eran
apenas las cinco de la mañana, el búho de Minerva seguía impulsando a las
inteligencias del pueblo, a mantenerse astutas. Había llovido a raudales, unas
horas antes en el pueblo. Sus calles ansiosas de frescura, abrían sus fauces
para engullir con desespero tanta agua en sus calles polvorientas. HacÍa rato
que el pueblo tenía como manto protector, a ese nuevo verano, el cual pasaba
las semanas asomándose en los amplios valles y costas del joven caluroso
Culiacán. Bajo ese manto caluroso, húmedo y lluvioso, algunas de las familias
del lugar, con grandes esfuerzos, preparaban las tareas básicas del hogar para
inaugurar un nuevo día, muy a pesar de las nuevas condiciones generadas por la
lluvia torrencial. A las orillas del poblado, al poniente de éste, camino al
obelisco histórico donde se celebra cada año, la gloriosa Batalla de San Pedro.
Ahí en la vida que circula en las casuchas de adobe, con latas de palo de
Brasil, lámina de cartón negro, ya se perciben movimientos leves. En una
endeble casita, a punto de caer con el probable soplido al unísono de los
gallos madrugadores. Se dibujan ya las primeras sombras de una humilde cocina,
en donde empiezan despertarse olores y sabores. La hornilla típica, alimentada
con leña de estacón seco, asoma ya con sus ya quemantes brasas anaranjadas. Una
madre mútica, preparaba las primeras tortillas de maíz blanco, como el alimento
sagrado para sus hijos y esposo. Como casi todas las madres del mundo, con un
ojo al gato y otro al garabato, no lo van a creer, pero la señora negaba el
mutismo captado por el narrador. Estaba concentrada en la dinámica de alguno de
sus hijos; que, a pesar de todo el lodazal ya formado, intentaría salir a la
escuela preparatoria ubicada en la ciudad capital de Sinaloa, el meritito Culiacán.
A la señora, le valió madres el narrador y su calificativo. Ella estaba a punto
de romper con ese mutismo endilgado. Entre las sombras de la agonizante
madrugada, sin pedir permiso se abren camino las primeras palabras del día,
como un machetazo quemante dado a las húmedas matas de bledo, que estorban el
caminar. -Hijo, no vayas a la prepa, seguro que no habrá clases, llovió a
cántaros hace unas horas-. Seria, sin gesto alguno, alineado éste a su medio
luto en su ropa (por la muerte de su mamá) le dijo al muchacho, mientras ella
terminaba de hacer las últimas bolitas de masa para cerrar con broche de oro la
faena de la torteada. Mientras el viejo comal, aunque de cartera resistente, ya
mostraba huellas de que estaba carcomido, por la refriega de tantos kilos de
masa procesados, esperaba con su sonrisa chimuela a que cayeran las últimas gordas
de la mañana.
El hijo
con el cual la madre dialogaba, era el Monito López, quien acababa de despertar
de su sueño intenso. En ese entonces, tenía quince años y ya había entrado a
los dieciséis, como dicen en su barrio de los Monjes Juniors. Escuchaba atento
a su Eva del pueblo, sentado en su viejo catre de jarcia ya roída, ocupante
testigo de tantas noches sudorosas, ensueños románticos, quejidos erotizantes y
constantes pesadillas de la pobreza vivida. Ese catre de seguro capturó entre
sus hilos casi podridos, las energías, transpiraciones, nerviosismos; y hasta
los sueños del Monito López. Hasta su sueño de aspiración central: salir
adelante en la vida. Trascender las condiciones que le había generado la vida
de su familia. Por eso también su respuesta seca/segura, ante la súplica teñida
con un dejo tímido de amor materno. A un
costado de la frontera negra de hollín. Entre la cocina y la disque recámara
multifamiliar. En el breve espacio
divisorio marcado por las crujientes maderas, las láminas ennegrecidas por el
hollín de la hornilla y esas curiosas paredes diseñadas con latas entretejidas,
ripiadas con barro de tierra muerta, se coló como aire húmedo la respuesta del
Monito. Con una voz fuerte, seca y a medio despertar le respondió a su mamá: -
¡Nooooo, Amá!, ¡cálmese tantito por favor!, tengo que ir a la prepa, porque ya
ve cómo es de exagerado y carrilludo el maestro de matemáticas, con eso de la
importancia de saber en la vida algo de números, lógica y geometría. Y bien que
chinga. Luego tengo clases con el maestro finito, el que nos da inglés. Está
igual Amá, anda chingue y chingue, de que nos va aplicar un Spelling Bee, para ver cómo andamos en
la pronunciada, ¡sabrá la chingada que será eso Amá!, pero es clase, hay que
atenderla. Son de esas cosas que el profe inventa, para traernos bien cortitos
con el Leritsbi de los Beatles. Tengo
que ir Amá, prefiero arriesgarme en la vuelta, ya si suspenden las clases, ¡pues
ni modo!, me regreso, ya no es bronca mía. ¿Sí me entiende Amá? -. Su mamá,
entrada/atenta en la volteada de las últimas tortillas, solo le dijo -Que te
lleve la chingada entonces, qué le vamos hacer-. Esa fue su motivación. Ésa su
breve cátedra de autoayuda familiar, estaba clara. Esa frase lacónica tradujo
el apoyo emocional del más alto nivel, a esa mente que deseaba triunfar en la
vida. La aceptó sin hacer réplica alguna. El Monito ya sabía que su mamá, era
de pocas palabras, y claritas, además.
Después
del largo rezo que el Monito dirigió a su mamá, nada más faltó que se colgará
el Rosario de cuencas negras en su largo cuello de jirafa para figurar en el
pueblo como rezador oficial en los velorios. El Monito López sabía de antemano,
que cruzar el lodazal, el fango de las calles era todo un peligro, casi una
pinche Odisea navolatense, pero ahora en la década de los ochentas de la era
moderna. Para sortear eso, la costumbre de las familias de sanpedreños, era
colocarse en los pies, unas bolsas de plástico de la Ley o del MZ. Ponerse doble
bolsa en los pies. Enseguida a la altura de los tobillos, proceder a amarrarlas
fuertemente con un nudo de flor. Cuando mejor les iba, sujetaban las bolsas con
cinta adhesiva o con piola blanca de albañil. De tal manera que soportaran la
caminata, el agua, el lodo y las piedras del camino. De la hipotética mordida
de los perros, desde luego, ni la piola, ni la bolsa doble les salvaban.
El
Monito preparó su libreta transdisciplinaria, donde con una sagacidad
escritural integraba todas las materias de enseñanza. Sin saberlo, esas familias
de donde proviene el Monito, se habían anticipado en décadas, a la reforma
curricular de la Nueva Escuela Mexicana del dos mil veintidós del siglo XXI.
Una vez cerrado el diálogo constructivo con su Amá, el Monito, no perdió tiempo,
en chinga se ajuaró con sus bolsas grises de plástico de primera generación. Volteó
a la hornilla donde estaba su mamá, se acercó sin tocarla, para decirle: -Amá,
nada más me voy a comer un taco con frijol y poquitas papitas con chorizo,
sobra y basta, con eso la hago. Su madre (¡la tuya!), después de su frase
motivante, cerró la conversación, -Está bien hijo, espero no te des un buen
resbalón en la calle. Dios te libre de un chingadazo y de una buena caída.
Fíjate bien por donde pisas, sobre todo ahí frente a la casa de la Chayo de
Tacure, que siempre es un chingado cochinero. El güevón del Pío de mi tía
Silve, de a tiro la chinga, porque es hora que no arregla nada el cabrón-. Con
esas palabras su madre le tintineó el oído, ya en un tono de resignación. La mamá del Monito, experta en las artes de la
cocina rural, de inmediato le preparó el taco, con original y copia. El Monito
se acercó a la hornilla con su madre, estiró el brazo y tomó el taco matinal
para alimentar a ese cuerpo flaco, taliste e inquieto, que como todo deportista
en ciernes en el que se quería convertir, tenía que cuidar su alimentación. Le dio
la primera mordida al taco, como éste estaba bien reportado, se le salieron
algunas papas con chorizo, pero el Monito, de inmediato las cachó en el aire. Gracias
a esa su agilidad gatuna que le caracterizaba. Entre masticada y masticada, le
espetó a su madre -Ya me voy Amá para que no se me haga tarde. El beso en el
cachete, como despedida amorosa, por enésima vez, no se dio. Siguió en la
espera eterna, en la idea de que el amor les recordara a los dos donde demonios
se colocaban ese tipo de besos familiares.
Entre
la salida de su casa, y el recorrido de los primeros metros en las calles
enfangadas, se comió el taco doble de frijol con papitas con chorizo. Será una
exageración expresar (piensen lo que quieran): se cargó de energía, no lo sé;
para emprender la marcha sobre la noche que moría, aunque siguiera con su renegara
la madrugada grande. Era día lunes en el pueblo. El domingo, mostrando su
rostro de fiesta, era ya parte del pasado. En la cancha oficial para bailes del
poblado, se había amarrado un mano a mano musical, entre el grupo romántico del
momento Los Potros contra la banda orquesta de Los Hermanos Meza. Organización
musical, que cuentan los que saben, era el azote musical de la región, en ritmos
y ambientes. Ni Ray Conniff, le llegaba a esa música. Sobre este tema el Monito
López guardó silencio. Bailes, música de banda, música romántica, fin de
semana, raya en el campo, cerveza cuartito pacífico con sudores en las hieleras
de madera, bailongo…tantas preguntas vinculantes a esos términos. No le
preguntó a su mamá, sobre si su padre había llegado ya a la casa. Se dedicó a
lo suyo, sortear el mar de agua, piedras y lodo. En el fondo de su pensamiento,
el Monito sabía –no lo hacían pendejo-, o más bien tenía la duda de si su padre
estaba ya en su nido matrimonial. Emprendió la ruta hacia el atascadero con un
renovado entusiasmo. Salió del barrio de Los Perros o de los Monjes Juniors. De
inmediato empezó a remangar el lodo de las primeras calles. Entre resbalones y
casi caídas; pasó por enfrente de la casa de la Lupe López. El Monito trastabilló
varias veces, atrapado por el lodazal caldoso, frente a la casona de la Cruz de
Pacheco. Fue gracias a su juventud, a la condición física que ya se mandaba y a
esas sus piernas fuertes, que ya se preparaban con disciplina militarizada para
las carreras de fondo y medio fondo. Gracias a esas piernas garrudas pudo salir
adelante diciéndose a sí mismo - ¡hijo de su puta madre!, ¡qué jodidos estamos
en el pueblo!, que ni caminar podemos entre este pinche lodazal. Pero si uno
quiere salir adelante tiene que poder con esto y más-. Enderezó su cuerpo,
flaco como una garrocha flexible de carrizo verde; para seguir con su marcha.
El Monito de nuevo reanudaba su recorrido arremangando más lodo que una doble
rodada, recién salida de la agencia Ford. Caminó otros metros, los cuales pasó
sin tantos problemas. En esas andaba, entre las enderezadas del cuerpo y las
sacudidas del lodo de sus botas de plástico. Cuando de inmediato se difuminó el
olor a humano y los perros del Prieto de la Ofelia, como panteras tras presa,
al por mayor se le fueron encima; pero como ya sabían y le conocían el grito
típico del Monito. Solamente les dijo -Órale cabrones soy el Monito, ya saben
lo que les espera-. Los perros, con esa su inteligencia perruna, pararon como
antenas peludas las orejas de su cabeza. Tensas como si fueran de esos modernos
sensores controlados por finos algoritmos de las IA actuales. Con esa acción
alertaban su delicado oído, le miraban con cierto recelo y por arte de magia dejaban
de ladrar. Es más, los pinches perros hasta de escolta le servían. Ya
instruidos los perros del Prieto, ellos mismos se decían: “Solamente le
acompañaremos más allá de donde vive la Lupa del Chapo Astorga”. El Monito
siguió caminando por la calle, ya sin tantos problemas, por lo menos en esos
cuantos metros que logró avanzar.
El
monito López no era miedoso, pero le tenía cierto respeto a la oscuridad del
pueblo, sobre todo cuando se decía que, en ciertas partes de las afueras del
pueblo, aparecían espantos, se escuchaba el estruendo de cadenas chirriantes,
arrastradas con dificultad, por sabrá Dios que fuerzas del mal. Unido a esos
ruidos se presentaban los fuertes vientos que soplaban entre los álamos y
sauces, pendientes de quien circulaba a esas horas de la noche. Muchas veces
los transeúntes nocturnos de la negra madrugada, alcanzaban a integrar gritos y
llantos de señoras que gemían con una irremediable tristeza y dolor.
La
última cuadra del barrio del Centro, antes de llegar a la calle principal, en
la esquina con la Chuy de José el peluquero, ya estaba con mejores trazos y
material compacto, que no permitía tanto charco y lodo, no obstante, el Monito
siguió con sus botas de plástico, mientras en sus manos huesudas, sostenían
como pinzas de presión, los tenis Súper Faro negros con los cuales jugaba
básquetbol y se entrenaba un poco en las carreras de medio fondo. Los tenis los
cuidaba, como si fueran parte de su cuerpo. Ante tanta carencia el Monito López
sabía, que primero exponía su propia piel, que a su par de tenis. Escatimar en
sus cuidados le quedaba muy claro. Tenía que esmerarse en conservarlos, por eso
no los metía al agua, menos al lodo. Al pasar por la banqueta del abarrote de
Jorge Esquerra, a lo lejos, casi al borde del canalón, justo en el puente del
canal Cañedo, ahí mero divisó una especie de bulto negro, compacto; que por la
lejanía no le notaba ningún movimiento. Con su vista de águila logró visualizar
esa especie de bulto raro. Integró en su Gestalt, una especie de elefante
chaparro, entre el fango y la oscuridad. El Monito López sintió miedo. Alertó
su precaución junto con su instinto de sobrevivencia. En automático se dijo a
su interior: -Qué chingados será-, se armó de valor, siguió caminando entre la
oscuridad, los charcos, el lodo, el ladrido amenazante de los perros y la vista
de alguna que otra señora, que ya se asomaba por su ventana de madera.
En esos
precisos momentos, después de las cinco de la mañana, le concedió toda la razón
a su mamá. Ni un alma en pena rondaba por las calles húmedas y mojadas de San
Pedro. Ni los borrachos amanecidos se les miraba, no obstante que unas horas
atrás, en el baile de mano a mano musical entre Los Hermanos Meza y Los Potros,
que acababa de concluir. De ese jolgorio no quedaba ni rastro alguno, ni los
ruidos de la música, menos de los camiones que llevaban a los fiesteros a los
pueblos circunvecinos, ni el griterío, ni los olores del bailongo. Ante la
alerta ya vivida, el Monito López ya se había subido a la banqueta de cemento
gris, que delimitaba la casona donde antes funcionó el billar, ahí con Chema.
El
Monito se detuvo un poco, ya no siguió su marcha. Entre las sombras, activó la
atención focalizada. Sus ojos saltones verde caña, y sus cachetes flacos
recibieron una fría oleada de miedo, desprendido en apariencia de ese bulto
amorfo. Esa fría oleada de miedo también logró estremecer los chinos negros de
su cabellera, repletos de sedosidad, brillo y fortaleza. El bulto se encontraba
postrado en medio del puente del canal, justo por donde tenía que cruzar. Se
dijo a sí mismo -qué será esa madre, ¿un espanto? pero ni se mueve, no se
escuchan ruidos, qué chingados será.
El monito López no tenía opción. A fuerzas
tenía que acercarse al bulto, porque inexorablemente tenía que cruzar el puente
hacia el otro lado y de inmediato correr entre los charcos para alcanzar a tomar
el rumbo hacia la carretera nueva, en la parada por donde pasaba el camión que
lo llevaría hasta Culiacán. Se armó de valor. Pura madre le tembló su
cuerpecito; porque el Monito López sabía que los miedos se tienen que controlar
y más en un hombre como él, de retos y repleto de una fuerza tremenda de
voluntad para salir adelante ante cualquier adversidad. Así como su madre se lo
acababa de espetar con unas cuantas palabras, secas y contundentes. Se acercó
poco a poco, como novio tímido que no se atreve a tocar la belleza imponente de
su amada. Ya, a unos metros logró distinguir parte de lo que conformaba ese
bulto. Era un ser humano irreconocible a primera vista. Ya no lo detuvo el lodo,
al cual ya le había ganado la batalla en todo su trayecto caminado. Como tope
de pared en duro, le detuvo el impacto en reconocer quien era ese infrahumano.
Le paralizó el hecho de encontrarse en esas condiciones a alguien de su querida
familia. Ese bulto mojado, enlodado, alcoholizado y tembloroso: era
precisamente su padre. Sin tocarlo, flexionó un poco su larga/huesuda columna
vertebral, solo se le aproximó diciéndolo - ¡Apá¡, qué pasó con usted pues-. Su
padre entre pedo, tembloroso y dormido le alcanzó a decir bajito al oído –Mi
querido Monito, tú no te agüites mijo, sigue adelante, ahorita viene mi compa
Vildo por mí y todo bien. Con un rápido tic, le guiñó su ojo derecho, que pudo
distinguir, gracias a que ya aparecían los primeros brillos tenues del sol,
asomándose con toda su fuerza por las más altas cumbres del Cerro del Elefante,
dibujado en la ya conocida y cantada sierrita de Culiacán.
Como todo hijo educado y obediente, el Monito siguió caminando rumbo a la parada del camión Navolato-Culiacán, el cual ya esperaba ansioso el pasaje. Como casi siempre el chato azul de Navolato, traía sonando la música a muy buen volumen. Eso provocó que a lo lejos alcanzara a escuchar la canción que emitía el estéreo piooner del camión chato, que más o menos decía así: “…mi gusto es ¿y quién me lo quitará?, solamente Dios del cielo me lo quita mi gusto es…”. Despacito sonrió el Monito, un poco agüitado. Pensó “–Mira la canción, especial para mi Apá-.” Ya frente a la puerta de acceso del transporte, con un movimiento automatizado asió con fuerza y coraje, la agarradera cromada del camión de la costa, subió y rápido, sin saberlo, se sentó a un lado del dramaturgo Óscar Liera. El escritor, al modo de él, iba tan ensimismado en sus pensares, que ni lo peló.

Comentarios
Como dice nuestro amigo Gilberto, qué manera la suya de alegrarnos esta mañana lluviosa y dominical, en la que amanecemos saboreando una deliciosa taza de café Nepente ( el café de los escritores del Blog), y luego llega usted arremangando el día, empujándolo a troche y moche con un trozo de la cotidiana vida del Monito López en diálogo maternal sobre el papá que luego veremos le da título a su texto.
Es una delicia literaria y, al principio de su relato, culinaria también; pues leer el sabroso taco de frijol con papas y chorizo sinaloense, nos hace agua la boca y casi quisiéramos estar al lado de la hornilla del comída viejo y carcomido que produce tan ricos manjares que comíamos los pobres allá en el rancho y que a veces en la ciudad ya no es posible porque ni el chorizo de la Chata es igual al que hacíamos en El Aguaje, un rancho de Pericos, sobre una mesa y arriba del cuero del cochi gordo que acabábamos de destazar y cuya sangre con cebollitas verdes se guisaba en un sartén lleno de rica moronga.
Su relato, estimado Dr. Luis Enrique, nos abre vertientes personales, regionales, literarias y culturales... que los que leemos y escribimos y más aún los que escriben y leen poco, deberían de atender para se mejores en lo que hacemos y en lo que pensamos y aconsejamos hacer en estos bretes de la cultura académica y escolar, que parecieran ser lo mismo, pero no lo son.
En fi, como ya empiezo, para varios, a decir algún dislate escritural, cierro con una Felicitación por su talento y una grande gratitud por su regalo literario en esta semana en la que el Blog genera y publica textos sobre la amistad.
Saludos, un abrazo, su amigo, JM, El Tal Frías S
Te felicito por la capacidad, que tienes, de conjugar el vocabulario refinado con las expresiones muy populares de las personas pueblerinas.
Es una narrativa que trasciende los límites de lo ordinario y pasa a las expresiones y construcciones literarias de calidad superior. Recibe un caluroso saludo. 08/02/2026.
Ah, y me gusta el simbolismo de la imagen literaria de ir en el mismo camión del inmenso dramaturgo que lo fue Oscar Liera.
Un abrazo, su amigo JM, el Tal Frías S