“Se supone que el estudiante es el centro de la educación, Pero, ¿qué sucede cuando el estudiante no quiere ser el centro?”



 



¿PARA QUÉ SIRVE CONOCER LA HISTORIA DE LA EDUCACIÓN?

Por: Ian Báez Palazuelos


Hay un viejo refrán que los abuelos recuerdan cada vez que una anécdota desempolva un charco gris de su memoria: “El que no conoce su historia está condenado a repetirla”. ¿Qué sucede entonces si los futuros licenciados en pedagogía no conocen la historia de su propia carrera? En mi opinión (y no es nada ligera) no confiaría la educación de mis hijos a mis propios compañeros Son aquellos alumnos que pocas veces leen a profundidad las antologías, y no los culpo, en palabras de mi amiga Ceci, “son lecturas muy densas”.

Claro, la misma educación es la base de la naturaleza humana y conocerla es parte del trabajo que, eventualmente, vas a desarrollar; no podemos hablar de un desarrollo humano dejando de lado a la misma educación que, atravesada por una necesidad cultural propia de su época, se adapta al periodo del tiempo en el que es utilizada.

Primero, se debe reconocer que la educación y la realidad humana son inseparables. La educación es un reflejo continuo del desarrollo social a través del tiempo, impregnada profundamente en la historia cultural, perteneciente tanto al presente como al pasado. En consecuencia, la pedagogía es la fundación teórica esencial de la educación.

Mientras la práctica educativa empieza con la misma existencia humana, la pedagogía emerge después con los antiguos filósofos como Sócrates o Platón, quienes de algún modo sentaron las bases de lo que hoy en día se entiende por historia de la educación.

Mientras las sociedades se forman, el carácter cultural de una civilización dicta el contenido y los métodos de educación. Independientemente de si una Sociedad se basa en la agricultura, en hacer pirámides o alabar estatuas de animales hechas de oro fundido, su educación es la reflexión viva de sus valores, creencias y tradiciones. Por lo tanto, la estructura social determina el acceso a la educación. La manera en la que una sociedad organiza a sus integrantes por clases ha dictado quién recibe la educación y con qué propósito a través de la historia. Por ejemplo, en la antigüedad, la educación estaba reservada para las elites políticas y religiosas, mientras que en otros momentos de la historia se ha luchado por modelos más inclusivos de la población general Más allá de las culturas y clases, las fuerzas sistémicas dirigen los sistemas educativos. La orientación política moldea el propósito de la educación. El gobierno dicta las metas educativas utilizando a veces a la escuela como medio para el control ideológico (¿Quién diría que la escuela está orientada por estructuras de poder?). Y en otras ocasiones se promueve como una herramienta para convertirse en ciudadano, para formar “libertad” y tener como meta el progreso social. Similarmente, la vida económica de una Sociedad moldea el currículo educativo. Los modelos dominantes de producción (o modelos socioeconómicos como el capitalismo) determinan cuál conocimiento se considera practico y necesario.

Y lo que guía a estas decisiones sistémicas son los ideales educativos en constante evolución. Éstos representan las aspiraciones más grandes de una Sociedad. Cambiando constantemente a través del tiempo, como del deseo griego de formar ciudadanos virtuosos (Paidea) al enfoque medieval en transmitir la fe religiosa y, eventualmente, la búsqueda moderna de la autonomía individual y el desarrollo integral. Para actualizar estos ideales, la autoridad propone actos, leyes y modelos como combustible crucial para el cambio. Las leyes y políticas impuestas por el estado han transformado sistemas a través de la creación de la educación pública obligatoria, modernizando los métodos y redefiniendo la educación como una herramienta esencial para el progreso.

El progreso histórico de dichos factores ha revelado distintas etapas de la evolución. Observamos que la educación evolucionó de la enseñanza para la supervivencia a la iluminación “humanista”, (el ser humano como centro de dicha iluminación). Tal vez empezó como informal, a través de la enseñanza basada en la experiencia para los grupos humanos primitivos, la educación ha atravesado rígidos marcos de trabajo en las sociedades orientales y medievales, experimentando un cambio profundo durante la etapa humanista del renacimiento; en la cual se pasó de enseñanza e instrucción estrictamente religiosa para dar paso a la razón humana, la creatividad y la dignidad como pilares del aprendizaje.

Por último, esta trayectoria nos lleva a darnos cuenta de que la educación moderna apunta hacia la inclusión democrática y la ciudadanía activa. La culminación de estas etapas históricas es la educación democrática, que busca garantizar igualdad de oportunidades para todos, estimular el pensamiento crítico y empoderar a los estudiantes como participantes activos en la construcción de una sociedad justa, cooperativa y equitativa.

Ahora bien, todos estos años de evolución han llevado a lo que se supone debería ser la educación moderna. Términos como “educación humanista” “pedagogía critica” y “auto estructuración”, parecen repetirse infinitamente en esos largos discursos de algunos maestros.

Entonces surge otra pregunta: ¿de qué sirve comprender todo este trasfondo histórico si, en la práctica, seguimos reproduciendo esquemas que dicen haber superado? ¿Por qué formar docentes que memorizan teorías críticas, pero rara vez las ejercen? ¿Por qué aceptar un modelo que entrena para obedecer sin cuestionar, mientras proclamamos fomentar el pensamiento crítico? La idea que ha inspirado a grandes fundadores de escuelas es hacer un cambio en el modelo educativo; tal vez dirigirnos a lo que algunos conciben como “socialismo humanista” donde, a diferencia de países como Cuba, el socialismo enseñe a los estudiantes a que deben de autogobernarse formando parte del poder en sí. O, tal vez, declararle la guerra al neoliberalismo para que los estudiantes puedan ser dueños de su tiempo y del fruto de su trabajo.

Cuando veo a mis compañeros, veo ese arrastre de una larga cola llena de problemas educativos, que muy probablemente se sigan repitiendo, porque, aunque el maestro se pare y les desenrosque la cabeza para insertarles directamente en el cerebro un pensamiento crítico, siguen siendo ovejas o robots felices que en su vida van a abrir un libro que no tenga dibujitos.

Puede que mi critica sea bastante dura, o que mis palabras y lenguaje hieran a algunos, ¿Por qué no soy más empático con ellos? Podría decir que es porque ellos son el ejemplo vivo de uno de los más grandes dilemas educativos: se supone que el estudiante es el centro de la educación, Pero, ¿qué sucede cuando el estudiante no quiere ser el centro? ¿Cuándo los rectores ya no dirigen escuelas, sino que operan instituciones como si fueran empresas y el lenguaje pedagógico cede espacio al empresarial? Cuando el vocabulario cambia, suele ser señal de que algo más profundo ya se transformó. Las advertencias de los grandes pensadores pasan a convertirse en la realidad tangible que se vive día a día en las escuelas, y mientras sigamos siendo poco más que una preparación para el golpe de un sistema, no de un modelo social que sólo quiere rompernos hasta la subordinación total, seguiré pensando en educar a mis futuros hijos en casa, fuera de las malas ideologías que ha acarreado la educación, lejos de los maestros que repiten patrones, que no piensan, que no saben, lejos de los compañeros con los que me voy a graduar, porque yo no confío en un maestro que no busca el cambio.

Se habla de maestros cínicos y transformadores, maestros que buscan lograr que los alumnos cuestionen los contenidos de la malla curricular y relacionen éstos con problemáticas de la vida cotidiana, o maestros “barcos” que por menos de una coca y un gansito te ponen 10 en la materia. Imaginen a un doctor en educación, graduado de Oxford o de Cambridge, que realizó su tesis con ayuda de la IA, que dirigió una investigación planteada por un modelo de inteligencia artificial, ¿confiarían ustedes en que ese maestro posee las cualidades necesarias para impartir clases? O peor aún, ¿Para hacerse cargo de una escuela?

Cuando el mundo exige inmediatez, los pequeños detalles forman un efecto dominó, que lentamente llevará a un futuro surrealista digno de novelas de Huxley. Y eso conlleva a que perdamos el sentido, el propósito sagrado de la educación como un acto ético, donde los maestros incitan a la duda, donde la escuela se vuelve una arena de debate, y los alumnos leen, escriben y piensan.

Escribir soluciones e ideas en libros es bastante sencillo, pero llevarlo a la práctica es trabajo digno de un mártir, los maestros que buscan retar al sistema son desechados como servilletas, y tachados de locos rebeldes.

¿Cómo pelear contra un sistema que está diseñado para ganar?

No lo sé, pero la vida es como jugar Póker: Tal vez el sistema esté diseñado para ganar. Pero cada generación decide si juega según sus reglas o si aprende a cambiar el juego.

Comentarios

Marité Ibarra dijo…
Joven Ian, andas desaparecido en los comentarios del Blog! Creo que tienes muchas ocupaciones...
Bueno este texto me imagino es como una tarea o algo así pero bien hecha de tu parte, un texto sobre la historia de la educación. Se aprecian estos recordatorios y reflexiones contiguas muy a tu manera.
Te mando un gran saludo!!!
Ian dijo…
Lady Marité, es cierto, me he desaparecido por cuestiones de la escuela y el trabajo. Pero procuraré estar más presente de ahora en adelante. Y tienes razón, fue parte de una tarea, pero pronto los deléitate con textos más variados. ¡Saludos!

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