“Hay una forma de estar en el mundo que no molesta a nadie, pero tampoco transforma nada. Una manera de caminar sin dejar huella”
ME
DECLARO ENEMIGO DE MI PROPIA INDIFERENCIA
Celso Gilberto Guzmán Félix
"He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz." —Jorge Luis Borges
"En medio del invierno aprendí por fin que había en mí un verano invencible.” —Albert Camus
“Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo.” —Friedrich Nietzsche
A veces me siento frente a mí mismo como si fuera otro. Me pregunto cosas que no le preguntaría a nadie más. Me hablo en voz baja, con una mezcla de sinceridad y vergüenza.
—¿Qué
te pasa?
—Nada.
—¿Nada?
—Nada
importante.
Y ahí
empieza todo.
No es
tristeza exactamente. Tampoco es cansancio físico. Es algo más raro, más
silencioso. Es como si algo dentro de mí hubiera bajado el volumen sin avisar.
Las cosas siguen ocurriendo: el día amanece, la gente habla, los mensajes
llegan, los planes se hacen. Pero yo estoy como detrás de un vidrio. Presente,
pero no del todo.
Me digo
que no es grave. Que todos pasan por momentos así. Que no se puede estar
siempre encendido. Y es verdad. Pero hay una diferencia entre descansar y apagarse.
Descansar es tomar aire; apagarse es dejar de respirar sin darse cuenta.
—¿Desde
cuándo estás así?
—No sé.
—¿Y por
qué no haces algo?
—¿Hacer
qué?
Ésa es
la parte que más me inquieta: la falta de impulso. Antes algo me indignaba,
algo me emocionaba, algo me obsesionaba. Ahora muchas cosas me parecen iguales.
No malas, no buenas. Sólo… iguales. Y cuando todo es igual, nada importa
demasiado.
Recuerdo
cuando leí a Albert Camus por primera vez. Me impresionó esa idea de que el
mundo puede ser absurdo, de que no siempre hay respuestas claras. Pero lo que
más me marcó no fue el absurdo, sino la rebeldía. Esa decisión de vivir a pesar
de la falta de garantías. Esa terquedad de seguir empujando la roca, aunque
vuelva a caer.
Y
entonces me pregunto: ¿en qué momento dejé de empujar?
No es
que haya renunciado de forma dramática. No hubo un discurso interior ni una
escena trágica. Fue algo más pequeño. Más cotidiano. Empecé a decir “luego”.
Luego leo. Luego intento. Luego llamo. Luego escribo. Y el “luego” se convirtió
en una especie de limbo cómodo.
—Pero
no estás haciendo nada malo.
—Tal
vez no.
—Entonces,
¿cuál es el problema?
—Que
tampoco estoy haciendo nada bueno.
Hay una
forma de estar en el mundo que no molesta a nadie, pero tampoco transforma
nada. Una manera de caminar sin dejar huella. Y a veces temo estar instalándome
ahí. No por maldad, sino por costumbre.
Me
asusta más la indiferencia que el dolor. El dolor al menos me confirma que algo
me importa. Si algo duele, es porque tiene valor. Pero cuando ya casi nada
duele, cuando casi nada entusiasma, entonces el problema es más profundo.
Pienso
en Friedrich Nietzsche y su idea de afirmar la vida. Decirle sí, incluso con
todo lo difícil que trae. ¿Estoy diciendo sí? ¿O sólo estoy evitando decir no?
Porque hay una diferencia. Decir sí implica decisión. Evitar el no es
simplemente flotar.
—¿Te
aburre tu vida?
—No
exactamente.
—Entonces,
¿qué?
—Me
aburre cómo la estoy viviendo.
No es
que el mundo sea vacío. Es que yo me estoy volviendo superficial frente a él.
Paso rápido por las cosas. Leo sin profundizar. Escucho sin realmente atender.
Opino sin pensar demasiado. Y luego me quejo de que nada me llena.
Es
fácil decir que todo es repetitivo. Que los días son iguales. Que las
conversaciones se parecen. Pero, si soy honesto, ¿cuánto esfuerzo hago por
mirar distinto? ¿Cuánto me detengo realmente? Tal vez el problema no es que la
realidad esté agotada, sino que mi mirada está cansada.
A veces
me justifico diciendo que estoy saturado. Demasiada información, demasiadas
opiniones, demasiadas noticias. Y sí, eso pesa. Pero hay algo más: la comodidad
de no comprometerme con nada en serio. Porque comprometerse implica riesgo.
Implica equivocarse. Implica exponerse.
Es más
seguro decir: “Nada me sorprende”. Es más cómodo fingir que ya entendí el
juego. Así no tengo que intentarlo con verdadera intensidad.
—¿Y qué
pasaría si lo intentaras?
—Podría
fallar.
—¿Y si
no lo intentas?
—Ya
estoy fallando, pero en silencio.
Esa
idea me incomoda. Porque el fracaso visible duele, pero el fracaso silencioso
corroe. Es esa sensación de que podría estar haciendo más, pensando más,
sintiendo más… y no lo hago. No por incapacidad, sino por falta de decisión.
Me doy
cuenta de que no siempre necesito grandes cambios. A veces lo que falta es
atención. Atención real. Mirar un libro como si fuera la primera vez. Escuchar
a alguien sin estar esperando mi turno para hablar. Caminar sin estar huyendo
del momento.
Yo, en
cambio, a veces ni siquiera llego a esa incomodidad. Me quedo en una especie de
neutralidad gris.
Y esa
neutralidad me asusta más que el absurdo.
Porque
el absurdo, cuando se reconoce, puede convertirse en pregunta. Y la pregunta
abre caminos. Pero la indiferencia cierra puertas sin hacer ruido.
—¿Te importa
algo de verdad?
—Sí.
—Entonces,
¿por qué actúas como si no?
Ésa es
la contradicción que me persigue. Sé que me importan ciertas cosas: aprender,
entender, escribir, conversar de verdad. Pero muchas veces actúo como si fueran
opcionales. Como si siempre hubiera tiempo. Como si la vida fuera una reserva
infinita de oportunidades.
Y no lo
es.
El
tiempo no grita cuando se va. Simplemente avanza. Y cada día vivido a medias es
un día que no regresa. No necesito una tragedia externa para perder algo valioso.
Basta con no estar presente.
A veces
pienso que el verdadero peligro no es el caos, sino la tibieza. No es el odio,
sino la falta de amor. No es el error, sino la ausencia de intento.
—¿Qué
quieres realmente?
—Quiero
sentir que estoy viviendo de verdad.
—¿Y qué
te lo impide?
—Yo.
Es
incómodo admitirlo. Es más fácil culpar al contexto, a la rutina, a las
circunstancias. Pero, si soy honesto, hay una parte de mí que elige lo fácil.
Lo inmediato. Lo que no exige demasiado.
Vivir
con intensidad no significa estar siempre emocionado. Significa estar
despierto. Significa no anestesiarse frente a lo que duele ni frente a lo que
podría entusiasmar.
Tal vez
lo que necesito no es más estímulo, sino más profundidad. No más distracciones,
sino más silencio. No más ruido, sino más preguntas.
—¿Y si
mañana decidieras hacerlo distinto?
—¿Distinto
cómo?
—Prestando
atención. Comprometiéndote con algo pequeño. Terminando lo que empiezas.
Diciendo lo que piensas. Intentando, aunque no sea perfecto.
No
suena heroico. No es una revolución espectacular. Pero quizá la verdadera
transformación no es escandalosa. Es constante. Es diaria.
No
quiero convertirme en alguien que mira todo con desinterés. No quiero
acostumbrarme a que nada me sorprenda. No quiero que mi vida pase sin que yo la
haya habitado de verdad.
Me digo
esto no para culparme, sino para despertarme.
Porque
mientras me hago estas preguntas, significa que algo sigue vivo. Que no estoy
completamente apagado. Que todavía me incomoda la idea de desperdiciarme.
Y tal
vez eso sea suficiente por ahora.
No
necesito tener todas las respuestas. Sólo necesito no dejar de preguntarme. No
dejar de intentar. No dejar de sentir.
Quizá
el mayor riesgo no es sufrir demasiado, sino sentir demasiado poco. Y si puedo
elegir, prefiero el riesgo.
Así que
vuelvo a mirarme y me digo:
—Todavía
estás a tiempo.
—¿De
qué?
—De
estar presente.
—¿Y si
vuelvo a caer en lo mismo?
—Entonces
vuelves a empezar.
Porque
mientras haya conciencia, hay posibilidad. Y mientras haya posibilidad, no todo
está perdido.
No
quiero vivir como si nada importara. Quiero que algo importe, aunque duela.
Quiero que algo me mueva, aunque me equivoque. Quiero mirar el mundo y no verlo
gastado, sino inacabado.
Y si
alguna vez vuelvo a sentir ese vacío silencioso, quiero tener el valor de
reconocerlo y enfrentarlo. No disfrazarlo de indiferencia elegante. No
convertirlo en identidad.
Tal vez
la vida no siempre será intensa. Tal vez habrá días planos. Pero incluso en
esos días puedo elegir no desaparecer dentro de mí mismo.
Puedo
elegir estar.
Y, por
ahora, eso basta.

Comentarios