14 de Febrero, Día del Amor y la Amistad

"Tal vez amar debería de aprenderse igual que todo lo demás: a fuerza de repetición"




 



¿QUÉ HACE UN SOLTERO HABLANDO DEL AMOR?

Ian Báez Palazuelos


“Nací cuando ella me besó, morí el día que me abandonó y viví el tiempo que me amó”.
A silent place, 1950.

Hace mucho tiempo escuché la historia de los monjes cartujos, una orden de monjes franceses que viven en profunda austeridad que pocos podrían sobrevivir. Son monjes extremadamente pobres que separan su soledad en 3 niveles:

La separación del mundo
La guardia de la celda
La soledad del corazón

Esto implica que la mayor parte de su tiempo la pasan solos, encerrados en una pequeña celda con un jardín, sin hablar con nadie excepto durante de las actividades eclesiásticas.

Bueno, ya con eso puedo decir que solo me falta un jardín para convertirme en un monje cartujo; vivo encerrado en mi habitación rodeada de figuras de acción y ropa que modifico a mi gusto. Rara vez me encontraba fuera de casa, quizá solo cuando había ventas nocturnas o cuando se ponía el tianguis de la cuadra; ahí podía encontrar alguna que otra baratija y, con suerte, revenderla a mayor precio. Puedo decir que me ganaba la vida haciendo eso; mamá me dijo que eso no era diferente a vivir como pepenador (una persona que recolecta cosas de la calle para vender) si de todos modos vivía atrapado entre basura.

Si alguien quisiera escribir mis memorias, bastaría con el frente de una servilleta y sobraría más de la mitad del espacio, pues no he hecho mucho con mi vida. No la aproveché como me dijeron, y aquí estoy, solo. Pero, como toda buena historia, pienso que tiene una explicación.

Dícese que cuando un niño crece con carencias, generalmente busca satisfacerlas en lugares externos a la familia; por eso muchos chicos ahora crecen siendo drogadictos o robando. En mi caso, no tuve que recurrir a eso. Cuando nací, mi madre estaba trabajando, y dice que cuando me vio, le parecí el bebé más feo que haya visto, así que solo me dejó tirado y siguió trabajando. Creo que nunca oí un “te quiero” salir de su boca, ni sentí su mirada sobre mi nuca, o sus manos en mi espalda.

Supongo que cuando algo siempre ha estado vacío, lentamente te acostumbras a esa ausencia de un todo, como ver el cuarto donde solías dormir completamente solo después de haber sido echado de tu casa. Con algo de esfuerzo conseguí un departamento barato cerca del lugar donde estudiaba; ese fue el primer lugar al que pude llamar mi hogar.
Odio muchos días del año, odio el día en que tengo que ir a que me limpien los dientes, odio los días que tengo que levantarme temprano a entregar cualquier tipo de documentos y, especialmente, odio los 14 de febrero. No soporto que no puedo pedir comida para llevar porque todos los restaurantes están llenos, detesto el sabor del chocolate y los peluches de animales raros con colores brillantes y molestos que irritan mis ojos.

Pero hubo un tiempo que no fue así.

“Hoy solo sé que soy un vagabundo más, que solitario voy por mi dolor callar”.
El solitario, José José, 1972

Conozco bien mi reflejo y la cara que pongo en las fotografías; nunca sonrío para que no se me marquen los labios. Sé perfectamente que no soy atractivo, y aunque mil y una personas vengan a proponerme lo contrario, la atracción nace de la vista. Sabiendo esto, procuraba no ilusionarme mucho; tuve mis “crushes”, como les dicen ahora, pero prefería ahorrarme la humillación.

Lulua. Explicado por ella misma, fue la primera hija de Adán y Eva; según el libro “El conflicto de Adán y Eva con Satanás”, era también hermana gemela de Caín. Obviamente, le pregunté por su nombre porque jamás había escuchado uno similar. Lulua era una chica callada; desprendía un aura color gris, como de apatía mezclada con una intensa mirada fría. La podías ver generalmente cargando una bolsa tejida a mano, como su cuaderno, y un termo con popote metálico.

Ni a mí ni a ella nos gustaba hacer trabajos en equipo; los considero una profunda pérdida de tiempo, pues el trabajo que uno hace en una hora se divide en tres horas y una hora extra de juntar toda la información, corregirla y darle formato. Para mi suerte, esta vez la maestra fue muy estricta con los equipos; me dijo que debía aprender a trabajar en equipo porque en un trabajo real no podría simplemente hacer todo yo solo y esas cosas que te dicen los profesores cuando quieren justificar sus ridiculeces. Tuve que trabajar con ella y, sorpresivamente, terminamos rápido. Estando ella en mi departamento, me hizo la propuesta de ver una película. Ahora, la palabra pretenciosa le quedaba corta. Lulua es de esa gente rara que iba a ver películas a la Cineteca, había leído uno que otro libro de Jodorowski y ya por eso se sentía una conocedora absoluta del séptimo arte.

Fue así que, gracias a mi ignorancia en el ámbito, me hizo ver “Taxi Driver”.

Se aferró a que “debía ser educado y culto en las películas” y después de clase se invitaba sola a mi morada, con una bolsa de duros, un cartón de cervezas y un DVD con distintas películas; alguna vez fue “Natural Born Killers”, “No Country for Old Men”, “Black Swan”, “Pulp Fiction”, “Goodfellas”, entre muchas otras.

Y cada vez me acostumbraba más a su presencia.
A su cercanía.
Su risa incomoda.
Me gustaba, de algún modo, que estuviera cerca de mí.

Sus visitas se extendían cada vez más, hasta que ya no eran visitas, sino salidas. Salíamos a caminar, a ver las novedades de Radioshack, a ver qué comida rara hallábamos en la comer; salíamos de noche y ella se tiraba sobre el césped a ver el cielo sin estrellas, sin decir nada, casi sin respirar.

Sin pensarlo mucho, le dije algo que había aprendido de las películas, una frase que, para mí, no significaba absolutamente nada; simplemente se lo solté, como un reflejo.

“Te amo, Lulua”.

Los romanos distinguían diferentes tipos de amor; para ellos el amare era el amor más profundo. Los griegos también distinguían entre diferentes amores: el Eros de la pasión, el Storge a la familia, la Philia a los amigos y el Agape del espíritu. En ese preciso momento, toda la historia no significaba absolutamente nada para mí, pues el “amor” que yo sentía no era más que mi mente evitando el silencio mortal que me agobia.

“Este tipo no sería capaz, este quiere tomarlo todo, arrastrarlo todo, sin dejar nada. Cada día cambia de dirección porque tiene miedo de perder el camino correcto. Se está muriendo, desangrándose”
Otto e mezzo, 1963

El instante fue raro.
Nuestras miradas se cruzaron como si se hubieran equivocado de camino. Tu cara, tu expresión tan helada, parecían derretirse lentamente; querías mostrar un poco, la más mínima expresión de vulnerabilidad, y tan solo por un segundo, pude jurar que sonreías, hasta que volviste a cerrarte.

No dijiste nada.
Te acercaste y apoyaste la cabeza en mi regazo, como si eso fuera suficiente respuesta. Como si el peso de tu cráneo bastara para sellar algo. Yo me quedé quieto, sin saber dónde poner las manos, esperando una palabra que nunca llegó. No sé por qué la esperaba de ti.

Tal vez amar debía aprenderse igual que todo lo demás: a fuerza de repetición. Tal vez, si me quedaba el tiempo suficiente cerca de ti, algo iba a pasar. Tal vez el cuerpo iba a entender lo que la cabeza no. Así pasó una semana.

 

Nada cambió demasiado.
Seguías viniendo a mi departamento, pero ahora traías menos cosas. Dejaste las frituras. Dijiste que me estaba engordando y me obligabas a salir a correr contigo. Yo te seguía sin protestar, jadeando, sintiéndome ridículo, pero extrañamente conforme. Como un animal al que por fin alguien saca a pasear, no porque lo quiera, sino porque lo necesita cansado.

Pasaron los meses.
Llegó el 14 de febrero. Te dije que odiaba ese día. No pareció importarte. Quisiste ir a un mercado. Caminamos entre puestos, gente, ruido. Yo te observaba más de lo que miraba alrededor. Tú parecías incómoda, fastidiada, como si la ciudad te hubiera fallado, ¿Y como no? Si en tu vida habías pisado un humilde mercadito, jamás habías probado el grasoso suadero, el menudo con su respectivo pan: Tu mundo siempre fue muy diferente al mío.

“Está bien”, dijiste.

Nada más.
No supe qué responder. Nunca he sido bueno leyendo caras. Volvimos al departamento. Esa noche dormiste conmigo. Invadiste el espacio como si siempre hubiera sido tuyo. Me quitabas el cobertor, enredabas las piernas con las mías. Yo no dormí, nunca logre conciliar el sueño, pero aun así descanse, quizá yo, quizá mi alma, quizá mi mente que nunca calla.

Después empezaste a cruzar límites que yo no sabía que existían.
Me tomabas de la mano en la calle. Apoyabas la cabeza en mi hombro. Me besabas la cara sin aviso, con torpeza, con fuerza. Yo lo permitía todo. Nunca entendí por qué querías estar tan cerca.

A veces, en medio de una caminata o una película, sentía el peso de esa palabra que había dicho sin entenderla. Pensé en aclararlo. En decirte que no sabía qué era amar, que lo había repetido como se repiten las líneas en una película mal aprendida. No lo hice.

Callé.
Porque tu presencia llenaba algo que no sabía nombrar.
Y porque, aunque no supiera amar, sabía muy bien lo que era volver a quedarse solo.

“Cuando uno está solo, el odio crece y roe por dentro; lo arruina todo y crea un verdadero nido de víboras en el corazón. Todo se vuelve amargo.
Esa amargura es una parte de mí, pero no lo es todo.
Aún queda la débil esperanza de la juventud.
Pero como mi juventud se niega a esa tenue luz, quizá termine por apagarse.”
Wheel of ashes, 1968


¿He dicho ya cuánto odio algunos días del año? Una vez se subió una señora a un camión en el que lamentablemente iba yo, se sentó a mi lado y por teléfono empezó a discutir con quien parecía ser su hijo. Al parecer, el hombre no había comprado los regalos para sus hijos y quería que su madre los comprara. Al final, la señora no accedió, lo llamó desobligado y dijo: “Por eso odio diciembre, mes de hipócritas”.

No pude estar más de acuerdo.

El poco dinero que tenía lo obtenía de mi gran oficio de revendedor y de una beca proporcionada por el gobierno; no era mucho, pero bastaba para comer suficiente hasta que llegara más dinero. Lulua y yo habíamos recorrido incontables centros comerciales, y podía ver la ilusión que le hacía una pequeña muñeca. Mi primer pensamiento fue que era demasiado infantil, una joven de veintitantos años emocionándose por muñecas, pero quién era yo para quitarle aquel deseo. De algún modo se lo debía; ella había cuidado de mí y había reabastecido mi refrigerador con cervezas.

Mientras ella hacía alguna tarea, me escapé sigilosamente a comprar la susodicha muñeca, que a mi parecer era de muy mal gusto. Piel verde, cabellos negros y blancos, puntadas en los brazos y aretes lo suficientemente grandes para meter dos dedos. Pero se lo compré y lo escondí en el armario, esperando a que llegara la Navidad.

Cuando llegaras de la casa de tus padres, tal vez habrías visto a esa muñeca con un listón rojo y una pequeña carta. Pensé que me darías un abrazo, que me agradecerías con tu propio regalo, que tomarías una foto de nosotros dos sosteniendo a esa muñeca como un tesoro, como un símbolo de la gran mentira que aún no habías descubierto.

Pero cada día después de Navidad me llegaba un mensaje tuyo con una disculpa. Primero fue tu padre, que se sentía mal y que te quedarías unos días más a cuidarlo; luego tu abuela insistió en que pasaras allá el Año Nuevo; luego no encontrabas un boleto de camión para regresar a tiempo. Pensé que debía preocuparme, pero en el fondo, sentía calma; retrasabas lo inevitable. En algún momento te darías cuenta de que soy un monstruo, de que mi cerebro no relacionaba la oxitocina que me producías con amor.

Hasta que una llamada tuya lo rompió todo.

“Eres un gran tipo, eres talentoso y no deberías cambiar por nadie.
Pero me di cuenta de que somos bastante incompatibles.
Tengo sueños, sueños que contigo no puedo alcanzar.
Me estoy aburriendo de ti, de cómo todo el tiempo hablas de ti.
De tus problemas, de que tu mamá te dejó tirado mientras trabajaba.
De los días que odias, de la gente que odias.
Te amé por un segundo; besarte me daba un cosquilleo en el corazón.
Pero tengo que dejarte.
Chao”.

Eso era lo que quería, ¿no?, que me dejaras, quería que te alejaras de mí.

“Siento que todos a mi alrededor están vivos excepto yo. Yo no existo. Soy transparente, invisible. Veo a los demás, pero ellos no me ven a mi”
A summer’s tale, 1962

Ese día me eché a llorar sobre la cama que alguna vez desacomodaste; lloré, lloré tan profundamente que mis ojos me dolían, mi garganta me raspaba y mis manos estaban entumidas. ¿Por qué, si jamás te había amado, ahora siento que me haces tanta falta? ¿Por qué, si odiaba tus caricias, ahora me ardían? Tenía miedo, miedo de volver a quedarme solo, de saber realmente que soy incapaz de amar y de ser amado. Pero dependencia no es amor, y dependí de ti para sentirme lleno, vivo, para poder mentirme en la cara y decir que alguna vez… amé.

“La soledad me ha seguido toda mi vida. A todos lados. En las tabernas, en los autos. Por las aceras, en las tiendas. Por todos lados. No hay manera de escapar de ella. Dios me hizo un hombre solitario”.
Taxi Driver, 1976

Comentarios

Marité Ibarra dijo…
Que bello texto caballero Ian!!!! Muy a tu estilo, romántico, nostálgico, muy linda narrativa y las citas muy apropiadas.
Te felicito Sir Williams de corazón!!!
Tr mando un fuerte abrazo!!!
Ian dijo…
Lady Marité, muchísimas gracias por tus bellos comentarios. Le dije al Maestro Frias que tal vez este texto no tenía mucho que ver con estas dulces fechas de amor, pero me da gusto que lo hayas disfrutado. ¡Un abrazo!
Estimado Ian, te felicito por este relato tan interesante, como todos los que nos regalas en este Blog.
Es vedad, me dijiste que pensabas que tu texto no tenía mucho que ver con los sentires y pensares de este próximo 14 de Febrero; pero al margen de si es o no es apropiado (que lo es y con mucho), reproduzco está frase nada más. Y, con ella, está más que justificado tu texto en estos fechas del Amor:
"¿Por qué, si jamás te había amado, ahora siento que me haces tanta falta?"
Ian dijo…
Hay muchas veces que puedo jurar no ser yo quien escribe. Casi como si alguien más dirigiera mis manos al escribir, este es uno de esos casos. Y es gracias a sus comentarios y al espacio que me brinda maestro que le encuentro algo de sentido a los productos de mi mente. Saludos y gracias infinitas maestro.
Qué narrativa tan interesante mi estimado Ian. Esta refleja a un joven que logra salir adelante en este tren llamado vida por sus méritos propios. Y que el tema del amor está vetado para él. Pero todo cambia con la llegada y amistad que le brinda Lulua. Pero que desafortunadamente no logró concretarse esa pasión a pesar del te amo expresado.Te felicito por tan buen texto. Saludos cordiales.

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