14 de Febrero, Día del Amor y la Amistad
"Sé que ese amor, nacido en los tiempos de antes, seguirá viviendo, incluso cuando ellos ya no estén, porque hay historias que el tiempo no se atreve a borrar”
AMOR DE MANOS VIEJAS
Celeste Giselle Quintero Plata
Mis
abuelos se amaron en una época en la que el tiempo no corría, caminaba; cuando
la gente se conocía sin prisa, cuando las manos decían más que las palabras y
el amor no se juraba a cada instante, sino que se demostraba con la constancia
de quedarse; ellos se conocieron siendo jóvenes, en el pueblo donde todos se
saludaban por su nombre y las tardes se llenaban del olor a pan recién hecho.
Mi abuelo era un muchacho serio, de pocas palabras, y mi abuela tenía una risa
suave que parecía acomodar el mundo, claro que no fue un amor inmediato;
primero fue compañía, luego costumbre, y después, sin darse cuenta, se volvió
necesidad.
En esos
tiempos antiguos, amar era aprender a esperar, pues se veían a la distancia, a
veces iba a pedir visita a su casa e iba en los días y hora que correspondía,
se encontraban en las fiestas del pueblo o en el camino de tierra que llevaba a
la plazuela, a veces no hablaban mucho, pero caminaban juntos, y eso bastaba, mi
abuelo decía que así se sentía en casa, aunque todavía no lo supiera llamar
amor. El día que él le tomó la mano por primera vez, no pasó nada
extraordinario, no hubo promesas ni palabras grandes, pero ese gesto sencillo
quedó grabado para siempre, desde entonces, caminaron así, uno al lado del
otro, enfrentando la vida con la calma que solo tienen los amores antiguos.
No todo
fue fácil, hubo años duros, silencios largos y sacrificios que no se cuentan.
Mi abuelo trabajaba desde el amanecer y mi abuela esperaba con paciencia, con
comida ya hecha, con la casa ordenada, sobre todo con mucho amor y confiando en
que siempre volvería. El amor, para ellos, no era decir “te quiero” todos los
días, sino preparar la mesa, guardar un lugar y creer, con el paso del tiempo,
sus manos se llenaron de arrugas, pero nunca se soltaron, aprendieron a leerse
sin palabras, a entenderse con miradas, cuando uno enfermaba, el otro se volvía
más fuerte y cuando uno dudaba, el otro sostenía.
Ahora,
ya viejitos, se sientan juntos por las tardes, a veces no hablan, a veces
recuerdan. Mi abuela apoya su cabeza en el hombro de mi abuelo, y él le acomoda
el chal con el mismo cuidado de cuando eran jóvenes, en esos momentos, entiendo
que el amor verdadero no hace ruido, pero dura toda la vida.
Mis
abuelos me enseñaron que el amor antiguo no se rompe con el tiempo, porque está
hecho de paciencia, respeto y presencia, que amar no siempre es pasión, sino
elegir quedarse, incluso cuando todo cambia. Y cada vez que los miro, sé que
ese amor, nacido en los tiempos de antes, seguirá viviendo, incluso cuando
ellos ya no estén, porque hay historias que el tiempo no se atreve a borrar.

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Saludos a todos!!!