14 de Febrero, Día del Amor y la Amistad
"El 14 de febrero amaneció con esa luz sospechosamente optimista que sólo aparece cuando el Universo planea burlarse de alguien. En este caso, de mí.
EL AMOR ES COMERCIAL
—Celso Gilberto Guzmán Félix
El 14 de
febrero amaneció con esa luz sospechosamente optimista que sólo aparece cuando
el Universo planea burlarse de alguien. En este caso, de mí.
Me desperté
con el sonido de una notificación. No era un mensaje romántico, ni una
confesión tardía, ni siquiera una promoción de chocolates con forma de corazón.
Era el recordatorio automático del banco: “Su pago mínimo vence mañana”. Nada
dice “amor eterno” como una deuda con intereses variables.
Me levanté
con la dignidad que sólo poseen los solteros veteranos un Día de San Valentín.
Miré el calendario. Un corazón rojo dibujado por mi sobrina semanas atrás
decoraba el número 14. “Para que no estés solito ese día”, había dicho con la
crueldad involuntaria de los niños. Gracias, Lucía.
Decidí
enfrentar el día con madurez emocional. Me hice café. Negro, fuerte y sin
azúcar, como mi panorama afectivo. Mientras el café goteaba con un dramatismo
innecesario, abrí redes sociales. Error número uno.
Ahí
estaban. Parejas besándose con captions filosóficas tipo: “Contigo aprendí lo
que es amar”. Fotos en restaurantes con luces cálidas. Ramos de flores que
parecían haber sido arrancados directamente del presupuesto mensual de alguien.
Un video de pedida de mano en un centro comercial, con violinistas y un dron.
Un dron. Yo apenas podía mantener viva una planta de menta.
Deslicé el
dedo hacia abajo con una mezcla de curiosidad morbosa y autodesprecio. Otra
pareja. Otra declaración pública. Otro “mi persona favorita”. Sentí que el
algoritmo me estaba mirando a los ojos y diciendo: “¿Ves? Todos pueden. Tú no.”
Decidí
salir a la calle. Tal vez el aire fresco me devolvería la cordura. Me puse una
camisa decente, porque uno nunca sabe cuándo puede tropezar con el amor… o con
una ex.
El mundo
exterior parecía patrocinado por una empresa de globos rojos. Corazones
flotaban en cada esquina. Las floristerías tenían filas que doblaban la calle.
Hombres sudorosos, con cara de arrepentimiento tardío, compraban arreglos que
claramente no estaban en oferta.
Pasé frente
a una tienda de regalos. En el escaparate, un oso gigante sostenía un cartel
que decía: “Ámame para siempre”. Me detuve a observarlo. El oso tenía una
sonrisa fija y vacía, como la de alguien que ha visto demasiado. Me identifiqué.
En eso sonó
mi teléfono.
—¿Y tú qué
haces hoy? —preguntó mi amigo Daniel, con ese tono entre curioso y compasivo.
—Lo mismo
que cualquier persona emocionalmente estable —respondí—. Ignorar el capitalismo
disfrazado de romance.
Daniel rio.
—Ven con nosotros
esta noche. Vamos a salir en pareja… bueno, casi todos. Pero tú puedes ser el
testigo incómodo.
—Qué
generoso.
Colgué
antes de que pudiera ofrecerme sentarme entre él y su novia como separador
humano.
Seguí
caminando. Una pareja discutía frente a una cafetería.
—¡Te dije
que no quería flores rojas! —decía ella.
—Pero son
las clásicas —respondía él, confundido y claramente derrotado.
El amor,
pensé, no sólo es ciego. También es sordo y ligeramente incompetente.
Entré a una
librería buscando refugio. Siempre he pensado que, si el amor falla, al menos
la literatura no te deja en visto. El problema fue que la sección destacada
decía: “Novelas románticas para enamorarte este 14”. Incluso los libros estaban
confabulados.
Tomé uno al
azar. La contraportada prometía “una historia que te hará creer en el amor
verdadero”. Lo devolví a su lugar. Yo ya creía en el amor verdadero. Lo que no
creía era que estuviera interesado en mí.
En la caja,
la chica que cobraba llevaba una diadema con corazones que temblaban con cada
movimiento.
—¿No lleva
nada? —preguntó al verme acercarme sólo con un separador de libros.
—No. Sólo
vine a comprobar que el romance sigue vivo.
Ella sonrió
con lástima profesional.
—Siempre
hay esperanza.
La
esperanza es una palabra peligrosa. Se parece demasiado a expectativa, y la
expectativa es la prima elegante de la decepción.
Salí de la
librería y decidí que necesitaba chocolate. Si no tenía amor, al menos tendría
azúcar. Entré a un supermercado. Error número dos.
Había una
sección entera dedicada a “combos románticos”. Vino barato, fresas
sospechosamente brillantes y velas aromáticas con nombres como “Pasión
Tropical”. Tomé una caja de chocolates en forma de corazón. En la tapa decía:
“Para la persona más especial”. La abrí discretamente. Todos los chocolates
eran iguales. Mentiras desde el empaque.
En la fila
delante de mí, un señor mayor compraba una sola rosa.
—Es para mi
esposa —le dijo a la cajera, sin que nadie le preguntara—. Llevamos 42 años
casados.
La cajera
suspiró enternecida. Yo también. No por romanticismo, sino porque entendí que
el amor verdadero existe… pero requiere 42 años de paciencia y probablemente
múltiples discusiones sobre flores rojas.
Cuando
llegó mi turno, la cajera miró mis chocolates y luego me miró a mí.
—¿Regalo?
—Autoamor
—respondí.
Ella
asintió con respeto. Creo.
De regreso
a casa, vi a una chica llorando en una banca, sosteniendo un ramo marchito. El
14 de febrero no sólo es cruel con los solteros. También es despiadado con los
que creyeron que esta vez sería distinto.
Me senté en
otra banca cercana. El cielo seguía absurdamente azul.
Pensé en
mis relaciones pasadas. En la vez que olvidé un aniversario y lo compensé con
un poema improvisado que rimaba “corazón” con “microondas”. En la vez que
recibí un mensaje de “necesitamos hablar” justo un 13 de febrero, como para no
arruinar la estadística oficial del día siguiente.
El amor,
concluí, tiene un sentido del humor cuestionable.
Volví a
casa decidido a sobrevivir la noche. Pedí pizza. Individual, porque la coherencia
es importante. Puse una película. Error número tres: comedia romántica.
La trama
era simple. Dos personas se odiaban al principio, se enamoraban en el minuto 45
y declaraban amor eterno bajo la lluvia en el 89. Cerré la laptop.
En ese
momento, sonó el timbre.
Mi corazón,
traicionero, dio un salto dramático. ¿Un gesto sorpresa? ¿Una confesión tardía?
¿Un repartidor confundido?
Abrí la
puerta. Era el vecino.
—Disculpa,
¿tienes sal?
Le di la
sal con solemnidad. Tal vez el universo sí tenía un plan. No era romántico,
pero al menos era interacción humana.
Cerré la
puerta y me reí solo. Esa risa que no sabes si es alivio o resignación.
A las diez
de la noche, las redes sociales estaban en su punto máximo de cursilería.
“Gracias por elegirnos todos los días”, “Eres mi hogar”, “Mi para siempre”. Me
pregunté cuántos de esos “para siempre” durarían hasta el próximo algoritmo.
Apagué el
teléfono.
Me quedé en
silencio. Sin globos. Sin violines. Sin drones.
Y entonces
pasó algo inesperado.
Sentí paz.
No la paz heroica
de quien renuncia al amor para siempre. No. Una paz pequeña, doméstica. La paz
de no tener que impresionar a nadie, de no medir el valor del día por la
cantidad de corazones recibidos.
Pensé que
tal vez el 14 de febrero no era cruel por existir. Tal vez era cruel porque le
exigimos demasiado. Le pedimos que confirme lo que dudamos los otros 364 días.
Si tienes
pareja, debe probar que te ama.
Si no la
tienes, el día parece subrayarlo con marcador rojo.
Me serví el
último pedazo de pizza fría. Brindé con un vaso de agua porque el vino
romántico estaba demasiado caro.
—Feliz 14
—me dije en voz alta.
Sonó
ridículo. Pero también honesto.
Antes de
dormir, revisé el teléfono una vez más. Un mensaje nuevo.
Era de
Lucía, mi sobrina.
“¿La
pasaste bonito hoy?”
Sonreí.
“Sí.
Aprendí que el amor no siempre viene en forma de oso gigante.”
Tardó unos
segundos en responder.
“Te quiero,
tío.”
Apagué el
teléfono.
Tal vez el
14 de febrero no trata solo de parejas, flores o fotos filtradas. Tal vez es un
espejo exagerado que nos muestra lo que creemos que nos falta.
Yo creía
que me faltaba alguien.
Esa noche
entendí que me faltaba menos de lo que pensaba.
El 14 de
febrero siguió siendo irónico, cómico y ligeramente cruel. Pero ya no era un
enemigo. Sólo era un día con demasiadas expectativas y demasiados globos.
Y yo,
sobreviviente oficial de otro San Valentín, me dormí sin violines, sin drones y
sin declaraciones eternas.
Pero con
sal prestada, chocolate mediocre y un mensaje sincero.
Y,
sorprendentemente, eso fue suficiente.

Comentarios
Te escribo para agradecerte porque hoy me hiciste el día en medio de trabajo, lo mega disfruté y no podía no decírtelo, es buenísimo tu escrito.
Saludos y cuentas con una amiga lectora.