14 de Febrero, Día del Amor y la Amistad
”Entendí
que hay heridas que no cierran ni cerrarán, porque no están hechas para
sanar…están hechas para recordarnos que alguna vez amamos de verdad”
FEBRERO
NO SIEMPRE FLORECE
Javier
Valenzuela Rodríguez
El 14
de febrero nunca fue solo un día marcado en rojo en el calendario. Fue, sin
darme cuenta, el lugar exacto donde el amor y el dolor decidieron cruzarse para
quedarse a vivir en mí. Mientras el mundo se llenaba de flores envueltas en
papel brillante y promesas que sonaban eternas, yo aprendí que hay fechas que
no celebran, que recuerdan, que abren lo que uno jura que ya había
cerrado. Porque hay amores que no terminan cuando se van, terminan cuando dejan
de doler… y éste nunca dejó de hacerlo.
Éramos
un hombre y una mujer que se encontraron cuando no se estaban buscando y, quizá
por eso, nos entregamos sin cuidado, sin instrucciones, sin pensar en cómo
sería el final. Yo la miré como se mira lo que llega a salvarte un poco de ti
mismo, y ella me miró como si yo fuera un lugar seguro. En su risa encontré
calma, en su voz encontré refugio, y en su presencia aprendí a bajar la
guardia. La amé sin reservas, con esa forma intensa y torpe que tienen los que
aman por primera vez de verdad, creyendo que el amor, cuando es sincero,
siempre se queda.
Los
primeros febreros eran sencillos, casi inocentes. No necesitábamos grandes
gestos, porque bastaba con existir juntos. Caminar de la mano, compartir
silencios, mirarnos sin decir nada y entenderlo todo. Yo pensaba que el amor
era eso: quedarse incluso cuando el mundo se volvía pesado. Nunca imaginé que
el desgaste no siempre llega con gritos, que a veces llega despacio, disfrazado
de rutina, de ausencias pequeñas que nadie nota… hasta que se vuelven enormes.
Ella
empezó a irse sin despedirse. No físicamente, sino de esa manera más cruel:
estando, pero no del todo. Sus mensajes se volvieron cortos, su mirada
distante, su risa menos frecuente. Yo me quedé intentando sostener lo que ya se
estaba cayendo, dándolo todo, incluso cuando ya no había manos del otro lado
para recibirlo. Amar así cansa, duele, y aun así uno insiste, porque soltar
duele más cuando todavía amas.
El
último 14 de febrero no fue dramático. No hubo discusión ni lágrimas en ese
momento. Y eso fue lo que más dolió. Fue un día silencioso, incómodo, lleno de
palabras que no se dijeron. Nos sentamos frente a frente y supe, sin que ella
lo dijera, que ya no estaba ahí. Que su corazón había tomado otro camino mucho
antes de que su cuerpo se levantara para irse. Yo quise detenerla con promesas
nuevas, con versiones mejores de mí mismo, pero hay amores que no necesitan más
esfuerzo, solo necesitan quedarse… y ella ya no quería.
Cuando
se fue, no se llevó sólo su ropa ni sus cosas. Se llevó la versión de mí que slo
existía con ella. Se llevó los planes, los futuros imaginados, las risas que
nunca volvieron a sonar igual. Desde entonces, cada 14 de febrero se siente
como tocar una herida que no sangra, pero arde. No por estar solo, sino por
recordar lo que fue tenerlo todo y perderlo sin poder hacer nada.
No la
odio. Y eso es otra forma de dolor. Porque cuando no hay rencor, lo único que
queda es el amor sin destino, vagando dentro de uno, sin saber dónde quedarse.
El mundo celebra, brinda, se besa… y yo recuerdo. Recuerdo su nombre, su voz,
la forma en que me hacía sentir suficiente, aunque fuera por un tiempo.
El 14
de febrero no me rompió.
Pero me
dejó marcado.
Y entendí que hay heridas que no cierran ni cerrarán, porque no están hechas para sanar… están hechas para recordarnos que alguna vez amamos de verdad.

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