“Sabrán los estudiantes lo que hago y siento yo? Como sienten y hacen muchos maestros que seguimos funcionando, aunque no tengamos el mejor ánimo”
MAESTRA DEPRIMIDA
María Madrid Zazueta
Hoy no
tenía ganas de levantarme de la cama. Como varias veces me ocurre. Pero lo
hice. Salí a caminar con mi perro. No sé, si como dicen, era él el que me
llevaba. Es un hermoso mestizo dorado de casi 50 kilos. Aproveché para hacer
las compras de alimento. Hice desayuno y avancé con el tema de la comida.
Luego, puse una tanda de lavadora, tomé la escoba y barrí la casa. Sacudí
algunas cosas. Pasaba el medio día cuando ya llevaba avanzada la presentación
en Power Point de la primera clase de licenciatura de este segundo semestre.
Ayer nos dieron las asignaturas y las clases inician pasado mañana. El libro de
texto sugerido es de 351 páginas. Nueva materia, aunque tengo algunos
conocimientos sobre normativa de alcance internacional para la atención e
inclusión educativa que me ha dejado un Diplomado que recién concluí.
No sé
cómo antes de las tres de la tarde ya llevaba 13 diapositivas, que desde luego
no se verán en una clase de hora y media, menos los minutos que lleve el que lleguen
los estudiantes del receso, se sienten, saluden y se presenten en el grupo.
Además de las recurrentes interrupciones de los que se enteran tarde del
tiempo. Para armar este trabajo recurrí a información en línea para entender
algunas siglas; eso me llevó a encontrar cifras invertidas en la educación,
acuerdos sobre dicha inversión y que nuestro país está por debajo de lo
requerido, aunque lo invertido son billones. De esas cifras salté a algunos
organismos internacionales que están incidiendo en que se mejore la calidad
educativa y que también sea más inclusiva, con todo y lo que eso conlleva.
Di por
terminada la presentación para la clase. Luego no hallaba qué hacer. Me acordé
que alguien me sugirió que no pensara mucho y me pusiera a escribir. Eso hice.
Cuando menos lo pensé tenía hecho un relato, lo envié a un colega y lo
publicaron inmediatamente, para mi gran sorpresa y satisfacción. Por la tarde
estuve cerca de tres horas en una reunión por Zoom donde platiqué con distintas
personas, en ocasiones hasta sonreí. Pero, en el fondo, estoy muy triste. No
tengo ganas de hacer nada, y al mismo tiempo anhelo hacer más de las cosas que
hago. Cosas interesantes. Incluso, hacer más por los estudiantes. Me detengo y
pienso, ¿sabrán los estudiantes lo que hago y siento yo? Como sienten y hacen
muchos maestros que seguimos funcionando, aunque no tengamos el mejor ánimo.
Al
hacer la cena sigue el pensamiento repitiendo: soy una maestra deprimida.
Algunos dirán que no lo diga, que no lo sepan en la universidad. Otros dirán
que admiran que lo acepto y lo comparto. A otros, supongo que no les interesa.
Pero, yo pienso en los estudiantes. Me pregunto, ¿qué pasará con aquellos que
quedaron debiendo materias? Quisiera creer que se prepararon para recuperarse
en este semestre. Me pregunto, ¿irá a volver aquella estudiante que me confesó
que su familia recibió una amenaza? Cavilo en aquel estudiante que me compartió
que lo cambiaron de comunidad donde realizaba su servicio educativo después de
que un grupo de sicarios lo detuvieron para registrar sus dispositivos
electrónicos y retenerlo a la fuerza un par de horas interrogándolo sobre sus
bajadas tan frecuentes del rancho.
Pienso
en la evaluación escrita del semestre donde me dijo alguien que sentía que no
conectaba conmigo, que circulamos en frecuencias diferentes. Y en efecto,
recuerdo varias clases en que yo posaba mi vista sobre esa persona mientras se
entregaba a dibujar, a pintar, a ver y usar su dispositivo electrónico. Escucho
a los estudiantes que me dijeron: hoy no entraré a su clase. No siento ánimos.
Estaré ensayando. Me tengo que ir. Incluso, pasan por mi película mental aquellos
que me piden permiso para irse. Siendo adultos, ¿qué puedo yo objetar? Me
pregunto ¿cuánto ánimo siento de empezar las clases? Y no siento absolutamente
nada. Sólo siento que estoy deprimida.
Pasan
por mi cabeza las noticias locales. La semana pasada “reventaron” tres portones
de lugares, a una y a tres calles, de la calle donde vivo. Tres lugares. Uno de
ellos un famoso salón de fiestas, de los varios que hay por aquí. Antier una
familia vecina se despidió llorando de la ciudad donde ha vivido, y un lugar que
daba trabajo a dos jóvenes tuvo que cerrar por motivos de seguridad ante las
amenazas recibidas. Los helicópteros no han dejado de dar vueltas por la zona.
Los militares hacen sus rondines, ya cotidianos. Para sorpresa, esta semana van
varios días seguidos que por la noche suena la música de banda y de grupos
norteños. No sé si alegrarme. Hoy por la mañana tocó la puerta un señor que
traía un bote que me mostraba mientras me decía que si me gustaría apoyar a los
músicos de la localidad.
Siento
ganas de estar en el techo. Solía subir cuando era niña. Era mi lugar favorito.
Me sentía cerca de Dios. Quisiera subir y orar por el hijo de mi amiga que de
repente le dieron dos infartos y ahora se debate entre la vida y la muerte.
¡Tan joven! Es lo que se repite entre quienes vamos pasando la lamentable
noticia. Escucho afuera unas voces altisonantes, no quiero prestar atención.
Llegan a mí sin que pueda hacer nada. Me asomo y forcejean dos hombres,
mientras tres mujeres y un joven están a su lado diciendo cosas al sujeto que
en apariencia se le acusa de exhibir en público lo que debe mantenerse en
privado. Hace días, ese mismo tipo me siguió mientras iba apurada a tomar un
camión para dirigirme a cambiar el pañal a una tía de noventa y tres años que
se cayó y se quebró el fémur. La cuida otra persona mayor. Le pregunté al tipo
qué quería, y me dijo que si por qué me portaba así. Porque era tan sangrona.
Que me quería invitar a comer. Creo que pude haber levantado las cejas y puesto
los ojos en blanco, porque no sé disimular el fastidio.
Entonces,
hoy, ahorita, como cada día continúo. Me sirvo una sopa de fideos que preparé
con el caldo de pollo y un poquito de éste desmenuzado. Me sabe a algo que me
abraza, y no sé si es un recuerdo o es nostalgia, pero me hace reír. Entonces,
vuelvo a la computadora a ver qué pendientes hay en los espacios sociales. Me
apabullan todas las publicaciones del “levantón” de una influencer local. Buscó
algo diferente que ver, y de nuevo se tropieza mi vista con otra insistente denuncia
de que la pandemia del 2019 fue planeada. Creo que volví a poner los ojos en
blanco. Recién me doy cuenta que se me olvidó atender a un estudiante que
parece que tengo más ganas yo que él de culminar su titulación. Me vuelvo a
sentir deprimida. Se me combina la tristeza con el sueño que me ha dado. ¿Cómo
he llegado a concluir el día? Me pregunto mientras voy por el pasillo rumbo al
patio para cambiar al área techada la ropa que sigue húmeda. El cielo está
indeciso entre despejarse o soltar la lluvia. Como yo estoy indecisa entre
soltar el llanto o meterme a la cama para ya no salir.

Comentarios
Todos exigen y reclaman atención, consideración, tiempo y tolerancia que al Maestro pocas veces se le da, como si él no sintiera nada y todo se e resbalara. Por eso es muy atinada tu pregunta: ¿Sabrán los estudiantes lo que hacemos y sentimos por ellos?
Saludos, tu amigo, JM, El Tal Frías S
Muchas gracias, maestro y amigo Frías. Primero por animarme a escribir sin pensarla mucho. La verdad es que en mi cabeza a veces se siente la necesidad de expresar, aunque después de la necesidad de leer y de ver, y escuchar. No había escrito nada, y estos dos últimos textos fueron de repente. Segundo, por la publicación en este medio de difusión de cultura literaria. Para mí es importante mantener la constancia interactiva, no sólo con lo que otros escriben, sino con lo que yo produzco porque me aporta mucho saber lo que otros sientes, piensan y hacen sobre los diferentes temas, en especial este de la educación en la que me toca ser parte activa. Saludos y un abrazo afectuoso.
Por cierto, ayer recibí un obsequio que me mandó mi única amiga que tengo en el colectivo donde trabajo, y lo más importante fue recibir una notita de puño y letra de ella levantándome el animo, después de haberle dicho anteriormente cómo me sentía luego de enojarme con un padre de familia, la situación fue muy injusta para mí y estaba muy molesta al respecto. Esa notita realmente me reconfortó mucho, me levantó el ánimo y me sacudí el enojo y la tristeza que me invadieron y a seguir adelante!!!
Es normal tener esos sentimientos, en realidad sé genera una gran impotencia no poder hacer muchas cosas o cambiar otras.
Mientras tanto hay que vivir pero tratar de hacerlo con optimismo y una chispa de alegría de ser posible.
Te mando un gran abrazo a la distanciA y a seguir escribiendo!!!
Muchos saludos!!!
Saludos, un abrazo, su amigo JM, El Tal Frías s
Saludos