“Nunca me gustó un niño. Me gustaron muchos. No puedo llevar la cuenta. Temo dejar de lado a alguno, aunque fueran amores platónicos y pasajeros”



 



SECUNDARIA


María Madrid Zazueta

 

Secundaria, maestro de historia que bien que me cae (Canción de Lucerito), y que en efecto es real sentir, mi maestro de secundaria, de la clase de historia, tutor de mi grupo, que nos dio en primero y tercero es mi maestro preferido. Me lo encontré antier afuera de su casa, mientras venía de regreso del parque de La Campiña. Francisco Rubio Alcocer, es su nombre. Para nosotros, los del grupo “C” y luego “I”, es el Profe Rubio. Mirarlo, hablar con él, después de tantísimos años trajo una serie de recuerdos de esa etapa. No voy a decir que la mejor, porque cada etapa escolar, en su momento me dejó grandes y entrañables recuerdos y experiencias. Porque en cada una el denominador era que yo socializaba con la mayoría de los compañeros, transitaba en diferentes direcciones según el grupo o la persona en turno con quien me relacionara. Siendo como un ciclo en el que, como las estaciones, yo recorría a las personas, sus circunstancias y nos envolvíamos en aventuras singulares.

Desde un poco antes de la pandemia para acá es muy raro que salga de casa; en aquellos tiempos lo raro era encontrarme en ella. No sé cómo le hacía para escabullirme, no recuerdo si pedía permiso, si avisaba. Sólo sé que cuando menos pensaba estaba en la casa de una amiga en El Barrio, o acompañando a otra amiga a ver a su familia en el poblado El Pozo. En el patio de una amiga de la Guadalupe, o en la cocina de la casa de una compañera de la Hidalgo, casi pegada a la Aurora. Muy pocas veces me pintié, acaso una donde no sé para qué nos salimos de la secu. Sólo nos recuerdo riendo en el camión de regreso a la escuela.

Algunas veces, muy pocas, me quedé fuera de la clase, creo de Artística. Me quedé en la cancha viendo un partido de volibol donde jugaban mis compañeras de salón. A mí sí me gustaba, y se me podía haber dado; pero no era mi deporte favorito. De hecho, ninguno lo es. Lo que más me agrada es caminar. Lo que me gustaba era bailar, y alguna vez participé en un bailable regional del estado de Oaxaca y hasta salimos a bailarlo fuera de la ciudad. Pero era muy difícil para mi madre andar consiguiendo el dinero para comprarme el vestuario, así que dejé de anotarme en esas actividades. Otra vez, puede ser que llegara tarde del receso a la clase de laboratorio y no me dejaran entrar.

Me acuerdo que no me gustaban los zapatos escolares. Sentía asfixia con los pies encerrados. Fue un gran descanso cuando salió un calzado muy cómodo al que conocemos como “chanclas cholas”, que parecían zapatos, pero eran de tela negra. Tampoco sé cómo es que las conseguí, si en casa era muy raro que estrenáramos ropa o zapatos. Y todavía no trabajaba en ese tiempo.

Entrar a la secu fue difícil. Reprobé el examen de ingreso. Mi madre tuvo que hacer visitas una semana a la dirección. No sé si le ayudaron mis tíos que trabajaban en una de las tiendas de la escuela. El caso es que yo ingresé. Llegué con mi uniforme de “mejoralito”, como le decían al uniforme rosa de primer año. Todos, o casi todos, los uniformes los heredé de los que iban dejando mis primas. Mi preferido era uno de los dos que tenía en tercero, porque era más como un vestido. Y, claro, lo diseñó una prima que nació con el don de la moda y la extravagancia, ni la tela era igual. Me gustaba ese vestido tinto, aunque fuera diferente.

Nunca me gustó un niño. Me gustaron muchos. No puedo llevar la cuenta. Temo dejar de lado a alguno, aunque fueran amores platónicos y pasajeros. En general, todos iban un grado más que yo y varios años por delante. Segundo año me la pasé preocupada porque ya no los iba a ver. Me acuerdo que Óscar parecía un príncipe, alto, blanco, pelo negro azabache y la mirada azul profundo. Kiki tenía cara de niño que hoy diríamos juniors, sólo la cara, su pose, su camisa desfajada, su amplio pantalón que arrastraba al piso le permitían bailar con libertad el Break Dance que impuso tendencia en esa época. Adoraba verlo bailar. Verlos a todos. A veces, ese era mi entretenimiento de recreo, ir a las canchas donde hacían retos entre los más destacados bailarines. El personaje que más me gustaba ere el René. Un chiquillo que se dio de baja antes de terminar tercero. Pero, visitaba la cuadra porque estaba en el aula de mi vecino que también bailaba, que para mi gran satisfacción quedaba casi enfrente de la casa desde donde podía apreciarlos cuando llegaban a bailar o solo a cotorrear, me aprendí su chiflido con el que se decían que allí estaban. Fue ese vecino el que le puso por sobre nombre René, porque estaba “renegrido”. Es la persona de piel más oscura que he visto en persona, sin embargo, tenía la sonrisa más blanca y perfecta que también he visto, sus ojos eran de un negro intenso. Su sonrisa maravillosa. A él le gustaban las niñas que se veían más grandes, así que yo estaba fuera de su radar.

En primer año, cuando fue el día del estudiante mi mamá me llevó a la Coppel y escogí el vestido que según yo era el más lindo de todos. Un vestido de diferentes azules, rosas, morados y otros que no recuerdo, tenía sobrepuestas dos bolsas azul turquesa que destacaban en la parte de enfrente. Fui a la secu sintiéndome fabulosa hasta que llegué a la explanada donde organizaron la fiesta de todos los salones. Por todas partes se veían muchachas en minifaldas o pantalones ajustados de estampados brillantes y colores vibrantes, blusas cortas, cinturones anchos, crepé en el pelo, algo de maquillaje en sus juveniles caras. Con sus respectivos collares, aretes enormes y pulseras. Alguien me gritó que me equivoqué de piñata y otro que ya había pasado el día del niño. Que, en efecto, yo esperaba algo parecido a eso en el día del estudiante.

Que loco pensar que en tercer año los de mi salón me propusieron para un concurso de reinas del día de estudiante. Ni entiendo cómo es que yo acepté eso. Anduve con las demás candidatas en cada salón de tercero pidiendo votos. Es de esperarse que cada salón votó por la alumna de su grupo. Yo me gané el premio de la simpatía. Ese tercer año fue muy diferente en varios sentidos. Ya no me gustaban mucho, sólo uno, y era de mi edad y generación, pero de otro salón. Un chico diferente, no bailaba break, era inteligente y más solitario, su vestimenta era sencilla y humilde, pero formal o casi formal. Con él era muy sencillo platicar y sonreír.

En ese tercer año, un día sorprendí a todos los presentes en el grupo de la secu. Siempre me habían visto con el uniforme. Pero ese sábado podíamos ir como quisiéramos porque no era oficial sino un evento extraordinario. Llegué agitada a la entrada del salón. Como era la costumbre saludé y le pedí permiso a la maestra para entrar. Mis compañeros voltearon a la puerta y al verme se escuchó un ¡Iiiiiih! Todos me veían de la cabeza a los pies. Iba con una hermosa blusa de fondo blanco y tela suave de algodón elástico, pero no untada, sino que caía con gracia a la cintura donde terminaba con un pliegue más estrecho que sin ajustar marcaba la cintura. En la parte de arriba tenía un pequeño cuello blanco como bordado que terminaba en una línea azul cielo que simulaba un pequeño olán, en el resto la tela tenía flores pequeñas con todo y tallo, pero sólo se podían apreciar si estaban cerca. Llevaba un pantalón de mezclilla que me quedaba justo de las caderas, pero parejo de los muslos para abajo. El cabello que casi siempre llevaba en trenzas o en cola, lo lleva suelto con una trencita a cada lado formando como una diadema. No iba pintada. Eso lo inicié años después. A mí me asombró el asombro de los compañeros del grupo, y también sentí un poco de orgullo. Como si al fin, en tercer año, lograra convertirme en una secundariana y dejaría de ser la niña que se perdió del kínder, como me solían decir.

Comentarios

Marité Ibarra dijo…
Después de haber desayunado, escuchando el agua caer, y de terminar mi te de canela y cúrcuma, leí tu relato Porcella Yo atesoro mis recuerdos secundarianos, y al igual que tú también he escrito sobre lo que viví en esa etapa, a veces me sueño que sigo ahí, estancada en tiempo.
Cada quien tiene buenos o malos recuerdos, lo importante es compartirlos y volverlos a vivir.
Te mando un afectuoso abrazo en esta mañana lluviosa!!
María Porcella dijo…
Gracias, Marité, por tu atención y comentario. El día está muy bueno para meterse a la cama y leer o ver peli. A veces sueño cosas parecidas a las que dices. En algunos casos la realidad es mucho mejor que mis recuerdos. Esto que he escrito es apenas una recreación de lo vivido. Las idas al río que nos quedaba como a un tiro de piedra o las inundaciones cuando llovía mucho. El corrido de Lamberto Quintero y la noticia del sismo en México que fue tan desastroso fue en esa época. Cómo muchos de los quince años que marcó a la mayoría de mis amigas el cambio a la vida adulta.
GILBERTO MORENO dijo…
La etapa de la secundaria, como olvidarla, ese periodo tan difícil de la adolescencia. La transición entre la niñez y la adultez nos deja pasajes imborrables en nuestras mentes y corazones. A mí me tocó cambiarme de secundaria en tercer grado y fue un desajuste emocional importante. Dejé muchos amigos, porque eso hacías en secundaria, más que compañeros de clase, hacías amigos de los cuales aun nos vemos y recordamos esa bella época. Saludos. Me hiciste regresar algunos lustros.

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