“…algo tiene que sacrificar uno en la vida para poder acceder a la cultura letrada de nivel…”





 

ESPUMA BLANCA

 

 Luis Enrique Alcántar Valenzuela

Noviembre de 2025

 

El Monito López ya veterano de la vida. Decano de las mil batallas por la sobrevivencia, en un espacio de mundo, al parecer olvidado de las justicias del estado gobierno. Sin ser muy consciente, aplicaba cambios a su dinámica existencial. De comerse al día diez tortillas de maíz híper vitaminadas, pasó a sólo tres diarias. Les bajó a las ansias de engullirse varios sopes de las fritangas de la Cheviza. Eliminó de su play list las series interminables del Flixxx. Además de las modificaciones hechas, aplicó ciertas reducciones a las ya clásicas rutinas de su entrenamiento físico mental. Con esos cambios mínimos, el efecto fue muy localizable: empezaba a dormir mejor. Sin asegurar, que los contenidos del vetusto inconsciente freudiano, tarde o temprano emergerían como aquellas inocentes plantitas de frijol en la verde campiña de su pueblo de origen, retratadas con fidelidad por la memoria. Mecanismo mental, poco comprensible, porque recupera lo que quiere, lo hace a su manera, sin pedir autorización anticipada al cerebro/mente racional. No se niega, conciliaba mucho mejor su sueño. Llegaba con calma a la etapa del sueño profundo, sin tantos despertares en mundos oníricos inconexos. Donde casi siempre una constante aparecía: erigirse como un ser triunfador en el espectáculo del atletismo de élite. Esas imágenes y diálogos se le venían a su mente soñadora, a cada rato, así como cuando se le presentaban calambres en el arco de su pie plano. Esos malestares, a veces incapacitantes en su motricidad, sostienen los expertos, evidencian falta de potasio en la alimentación del atleta, además de que se pone al descubierto que la persona no domina las técnicas adecuadas para generar suficiente relax al momento de entrenar. Ahí en esos momentos de su sueño, él se miraba compitiendo junto a Carlos Gómez, Arturo Barrios, Java Castañeda, Tony García, Dionicio Cerón, y a veces hasta contra el mismo rey de la velocidad en la década de los ochentas del siglo XX: Carl Lewis. Juraba en sueños, darse sus buenos agarrones con estos atletas de alto rendimiento. Seres anormales, con respecto al uso de las capacidades quinestésicas supuestamente humanas. El mapa del sueño o sueños era claro. Siempre emergían indicios para comprenderle simbólicamente. Una de esas imágenes recurrentes era que, en esas impecables pistas de tartán de primer mundo, según él competía en una carrera de cinco o diez mil metros planos. De verdad que era un sueño muy surrealista, en donde un selecto grupo de velocistas y fondistas se enfrentaban en una lucha de resistencia y explosividad a más no poder. En ese escenario pleno, hermoso, repleto de irrealidades, ahí el Monito López, según él, ganaba de vez en cuando una carrera. La cuestión es que, al momento de la premiación, algunas de las redes mentales dominantes del proceso onírico, se circuitaba. Siempre sucedía, una pequeña implosión, ¡pummm!, sonaba como alarma, música de rock en su viejo móvil Nokia 2110-65. Ese himno elevado de corte inglés, apropiado por la competición deportiva: “We are the champions” de Fredy Mercury y la banda Queen. Empezaban los cánticos del divo del rock y ¡zasss! Todo desaparecía. Todo se iba al demonio y volvía a su chocante realidad. ¡A chingarle al jale¡, una vez que ejecuta su trote mañanero. No hay más.

Aquellos coquetos cabellos chinos, que antes fueron negro brioso chanate, empezaban a brillar como fuertes rayos de plata, al sentirse acariciados por el sol quemante de Culiacán. Sus cabellos chinos tendían a ser cada vez más lacios, por la inexorable incidencia de la gravedad y la sabia e imponente presencia del tiempo, que lo dobla todo, hasta el mismo acero. En su delgadez, aún no se asomaba la panza de borrachales, típica de la raza su generación. Pero ya le destacaban dos pellitas sonrientes bajo su mugriento ombligo saltón. La nostalgia de aquello que una vez fue su estómago de lavadero, del dato ostentoso de cero grasas corporales, le pegaba duro y recordaba, cada vez que atacaba con tino a las suculentas donas con café. El Monito en sus loqueras decía que, en sus tiempos dorados de juventud, casi fue como aquellos atletas del olimpo griego, ¡pobre cabrón ¡Ni quien le creyera!  En su pueblo de origen, San Pedro de Rosales y posteriormente en la colonia Barrancos, la raza ya sabía que el Monito López, pues no era presumido, sin embargo, el bato sabía lo que se cargaba con su cuerpecito. Ya entrado en sus críticos cuarenta y diez, había disminuido considerablemente sus entrenamientos rutinarios. Estaba ya comprobado que se había convertido en un adicto funcional al café americano. Evidente era, su extravío por horas en sus lecturas de textos deportivos y alguna que otra novela de la literatura sinaloense, de esa clasificada despectivamente, por la crítica alemana, como novela negra de género menor. En sus mañanas de relax y reflexión, desde luego no podían faltar las suculentas donas glaseadas. Eran parte de esa dieta, la cual exigía pequeñas dosis de harinas, necesarias para los músculos del trote, implicados en la resistencia humana. Por las lenguas informadas se sabía, era de los pocos trotadores de Culichi, aun en existencia. De ese Culichi Town guerrero, producto de la nefasta narco cultura, que, por años ha cincelado escenarios de convivencia, cierto tipo de música, estéticas de modas juveniles y hasta influyó las formas de la cultura local. Cultura que supuestamente todos odian, pero a la vez todos le desean. Cultura que en simultáneo a todos les enreda, así como las serpentinas multicolores que se arrojan en las fiestas de los carnavales regionales.

Insisto, era de los pocos trotadores matinales. Con un rasgo típico, se identificaba así mismo como de los escasos trotadores, que le gustaba pensar: algo así como el novelista trotador japonés: un Haruki Murakami; pero al estilo Culichi. O como bien lo dice el compadre René Bojórquez en su libro “Dichos en el habla del sinaloense” (2025), al Monito de verdad que le encantaba estar comiendo monda. Por ese tema/actitud del pensar. Antes, momento, momento, no se me aceleren, no sean mal pensados. Vea usted lo que dice este signo semiótico en la pluma etnógrafa de René. Argumenta que ese refrán se traduce como una “…forma inédita de decir “absorto” o en una actividad contemplativa haciendo caso omiso a todo lo que le rodea” (44). La expresión del habla popular, más que ofensa, es una inteligente captura de esa actitud ante la vida, la cual se asume como ser pensante, como un ente de reflexión y eso pues está muy bien, ya que no le afecta a nadie; al contrario, si el Monito López es bien asesorado o bien “coacheado”, quizás ahora puede convertirse en un nicho de inspiración para la generación “millenials”, “X”, “Z” o sepa la madre en qué generación vamos.

En esos momentos de intensa reflexión estaba el Monito López, que ni la energía de la cafeína y sus posibles efectos positivos, le permitían estar en sus cinco sentidos. En su estar en el mundo, con esos cabeceos intermitentes, muy al contrario, anunciaban algo. Sucedió. En un santiamén se le colgó su largo buche de jirafa, tal como las gallinas del rancho, cuando éstas en el corral se prestan a dormir. El Monito se quedó dormido, con el mouse en su mano derecha. En tanto que los rizos de sus cabellos, ya casi lisos y entre canos, aprovecharon el momento para colgarse en su frente marchita, agrietada en similitud con las rúas de una carretera vieja ya maltrecha. Y sí, a pesar de la cafeína, lo perdimos Houston. Se fue en un plácido sueño profundo. Típico del Monito López, una vez que trotaba, cafeteaba y mordisqueaba dona en su interior.

De repente, en esos escenarios brumosos y livianos, que a veces no ponen resistencia al ser humano. Aparece una enorme burbuja transparente y acuosa. En un instante, en ese universo onírico el Monito López ya andaba haciéndose pendejo en la librería Gandhi de Miguel Ángel de Quevedo en la Ciudad de México. Como siempre, la verdad no traía lana para comprar su supuesta dieta de libros. En ese tiempo de la burbuja a él, ya le quedaba muy claro que a la escritora Han Kang, ya la habían anunciada como el premio Nobel de literatura 2024. Se adelantó con sus pensares típicos a considerar, que por supuesto, las librerías de prestigio exhibirían, hasta las libretas garabateadas de preescolar de la autora surcoreana, en un claro diseño de marketing a favor de la nueva nobel de literatura. El Monito en ese escenario, iba bien terapeado –¡contenido pues! -. Controló sus bajos instintos consumistas asociados con ciertas debilidades vinculantes a esos actos autómatas, con el propósito de no comprar algunas obras de esa pensadora oriental. Ya sabía algo de esa dama del buen escribir. Escritura por cierto bien dirigida por su espíritu sentipensante. Con ropajes de amplia sensibilidad, conformados en ese lejano (en apariencia) país, bordeado por las aguas del océano pacífico, que para variar le unían en algo con el Monito López, porque él era asiduo visitante de la playa del Tambor, que igual eran bañadas por las aguas azulverde del OP. No obstante, ese coqueteo del mercado fácil del libro, el Monito tenía claro a lo que iba. El raro trotador Culichi iba a conseguir una novela de Michael Houellebecq. Él, sin desviarse entre los pasillos, marcados por los límites de color chocolate en sus llamativos estantes, avanzó veloz, -como en una carrera de cien metros planos- entre los anaqueles repletos de libros, sin detenerse mucho. Como no queriendo la cosa, echó una miradita a la novela “La clase de griego” (2011). En el libro donde de plano ya no se resistió, fue con “La vegetariana” (2007). Se hizo tontito, por un momento. Ya la iba a tomar entre en sus manos huesudas y venosas, pero no, sólo acarició su portada con vivos verde lechuga, como quien acaricia la porcelana convertida en el rostro de una doncella morena. Se quedó unos nanosegundos postrado con las yemas de sus dedos, en su pasta suave y olorosa. Empezó a temblar, luego sudó un poquito, y mejor la abandonó. A unos diez libros de distancia, enseguida abrió un texto raro, de la misma autora, intitulado “Blanco”, “The White book” (2016). El Monito pensó en su doble interior “…qué título tan raro, tan pirata…” Aquí sí se detuvo, repitió el procedimiento: acarició con parsimoniosa suavidad ese libro. La palma y yemas de sus dedos flacos, parecían funcionar como traductor de última generación. La neta el pinche Monito, parecía traer el don de leer por esas ramas sensibles de sus extremidades superiores. Tal parece, la novela impresa en su mano, se transformó en el atractivo cuello erótico de una mujer. La olió con una gran fuerza, de tal forma que sus sabores penetraron hasta las últimas capas de sus sentidos. De inmediato lo sintieron los sensores de la palma de su mano. Abrió su portada principal, con sigilo nervioso, como quien abre los ojos verdes amielados de una hermosa chica por primera vez. Empezó a leer, a revisar las primeras páginas del texto. El Monito López, por sus canales de recepción literaria y sus efectos corporales, ya anunciaban algo.  Estaba temblando el cabrón, porque recibía las primeras líneas poéticas de la recién nombrada nobel de literatura. Se volvió a decir en su doble pensamiento “…qué libro tan raro, con fotos en blanco/negro, tres capítulos con nombres en español y coreano, -a la vez se dijo-, “…por lo menos ya me aprendí mis primeras palabras en coreano y podré presumirle a la raza de Barrancos”. Bueno, en ésas estaba con su flirteo libresco, cuando enseguida rompió con su pendejismo, dejó el libro en su estante respectivo. La joven gandhi dependiente, de la raza de bronce creída, alcanzó a decirle “…joven aquí tiene su libro…” de inmediato tomó entre sus manos la novela Serotonina (2019) de Houellebecq. Como alma pecadora irremediable, salió en chinga a tomar el metro con dirección a División del Norte. Ni los vendedores ambulantes, ni los fuertes olores a tacos de tamal de la diversidad; menos los tiraderos de libros viejos le detuvieron su mirar/caminar. Recordó con bastante pesar, que no obstante los guiños eróticos, había dejado los libros de Kang. Las acciones recién vividas, en el castillo mexicano del libro, no le dejaban sentirse del todo bien. Sabía que aparte, de que la vida no vale nada. Se repetía como mantra divino: en estos tiempos la vida te cambia en un puto instante. Cerró sus ojos redondos saltones norteños. Inspiró un buen toque de smog citadino, en la pura hora pico y ¡pummm! La acción de concentración se asemejó a la escena churpia de darse un toque de cannabis y pácatelas, vuelta pa´tras. Regresó en chinga a la Gandhi, como un mensaje de uasap enviado por una dama a su amante. Ni tardo, menos perezoso, compró, ¡increíble! “La vegetariana”.

De regreso a la estación del tren rápido Miguel Ángel de Quevedo, al Monito López se le veía con una súper sonrisa, aunque él sabía que le había dicho adiós a varios six pack de cerveza pulcra. Bajo el signo de un aforismo pedagógico de corte lopeziano se dijo: “…algo tiene que sacrificar uno en la vida para poder acceder a la cultura letrada de nivel…” Pero nada tonto, siempre dejó su apartadito para por lo menos saborear una cerveza caguama pacífico, mínimo no.

Al Monito López le gustó la prosa tan sensible y potente de la escritora coreana. El tema central de La Vegetariana aborda una fobia rara, en relación al consumo de la carne, en un mundo donde las luces y los símbolos apuntan a los likes por lo vegano, lo fitness y la guerra declarada contra la comida chatarra. Narrativas en pro de la buena salud, en los tiempos de las sociedades posmodernas, que terminan por piratear o hacer loca a la gente, a los ciudadanos comunes y corrientes. En pocas palabras, el Monito quedó tocado por la prosa y estética del lenguaje de Han Kang.

Aquella burbuja onírica siguió creciendo y mostrando escenas interesantes. Y así fue como en Culichi Town, después de una sangrienta balacera en la colonia Huizaches, de la cual el Monito López salió ileso. Salvo, librado por fortuna de los méndigos daños colaterales, de la guerra intestina que todo mundo ubica. En ese contexto caliente el Monito reaccionó y tomó rápido un camión urbano de la ruta Huizaches-Centro. Por el mismo boleto, al modo, se dio toda la vuelta hasta el centro de la ardiente ciudad. De regreso por la avenida Álvaro Obregón, repleta de trocas verdes de guerra y cascos de militares. Decidió bajarse en la esquina de la calle Juan José Ríos y Obregón e ingresó como bala perdida a la librería México. El Monito López, en un intento por soñar otra vez, volver a soñar y escapar del Culichi violento rojo, que no quiere cambiar de color. Al entrar a la librería, se topó con una especie de iluminación para bloquear al rojo de la muerte caliente de la vida escarlata de Culiacán. No como un zombie, sino como un tipo curioso, el Monito tomó la novela “Blanco” de Han Kang y como por arte de magia, el simbolismo del rojo muerte, cambió al blanco esperanza de la vida y de los sueños superadores de lo real; así fue como empezó a leerle. Al asimilar su prosa poética, era como un bálsamo salvador, para esa su mente inquieta y triste. Mente casi enloquecida en estos terrenos del semi trópico sinaloense. Ecosistema vital, pero ya lacerado, que no quiere ya vivir la barbarie del rojo; sino la paz más permanente de La Paloma Blanca. Del blanco sentido y narrado por Kang como “…alguien que había tenido el mismo destino que esta ciudad, alguien que en una ocasión había muerto o sido destruido. Alguien que se reconstruyó con tenacidad a partir de las ruinas calcinadas y que, por eso, es de algún modo, nuevo. Alguien a quien le han quedado extrañas marcas de unión entre el trozo de pilar o la vieja pared de piedra que habían sobrevivido a la destrucción y la parte claramente nueva que se levanta encima” (p.30).

Así con esa bella prosa, vivió en sueño el Monito López. Al despertar, se dijo - “así con esta llegadora prosa, así soñé y ahora pienso a mi Culichi del alma”. Enseguida, cubierto con el manto de la paz de monje asceta, destapó con mucho cuidado la tapa de la caguama pacífico. Envuelto en esa calma tibetana, la vertió, con una pasmosa lentitud, en un vaso de cristal panteonero. Cerró, en un profundo viaje, sus enormes ojos saltones. Unió el blanco de sus dientes, con la espuma blanca de la cerveza y tal vez, de nuevo se reencontró con la escritora Han Kang, en ése su Blanco.


Comentarios

Estimado Dr. Luis Enrique, ese Monito López encarna, con su búsqueda literaria, a muchos nómadas lectores que en los tiempos estudiantiles fuimos los que ahora ya vamos rumbo a la Tierra Prometida del Exilio Universitario en forma jubilosa y, en cierto modo, silenciosa; en contraste con la energía deportiva de la que el Monito hiciera gala en sus mejores tiempos. Ahora, él y muchos de por acá, sólo les queda rememorar los tiempos pasados que, en sus deliquios, siempre se añoran mejores a los actuales. Por eso es que, unos destapan un Macallan, degustan un sabroso Café Nepente o, ya de jodidos, se pintan bigotes de blanca espuma, como lo hiciera el monito para terminar la historia que Usted nos acaba de contar. Refrescando el alma dormida, con un trago de una escarchada Caguama de burbujeante Espuma Blanca, como la provocada por el Océano que le dio su nombre, Pacífico.
Creo que todos los que leemos y otros que se sienten intelectuales, somos en una u otra manera, una especie de alter ego de ese tal Monito del que Usted nos cuenta
Un abrazo de su compa JM, El Tal Frías S
Anónimo dijo…
Estimado Luis Antonio tu escrito me paseo por las librerías como la de Miguel Ángel de Quevedo, Gandhi y la verdad me la viaje como el Monito López, llene el dique mental por un momento, el inconsciente mantiene material onírico que tira para donde le conviene al sujeto, sueños eróticos que muchas de las ocasiones nada tienen que ver con la realidad, y es que así son los sueños inconexos, atemporales, una vez exclamé en el trabajo por watsap la palabra monda, jejejeje y mis compañeros se rieron tanto, hoy sale a colación porque el Monito como tantos Monitos andamos degluyendo en nuestras fantasías para soportar las inclemencias de la vida, gracias a nuestro aparato psíquico por permitirnos viajar y disfrutar el placer antes de volver a la realidad como bien relatas en tu escrito, un Culiacán violento mejor un viaje onírico. Gracias por compartir y revivir ideas freudianas. J. Rodolfo Real Audeves.
J. Alonso dijo…
Estimado Dr. Luis Enrique:
Me desperté de tarde, muy tarde, al fin de cuentas "domingo", ayer sabado fui a la graduación de un posgrado y vaya que estuvo entretenida la noche-madrugada, pero esa es otra historia...
Le decía me desperté muy tarde, y lo hice porque escuché ladrar en mi balcón a un inquilino chiwennie que llegó en la pandemia, y como todo chavorruco del tercer milenio tomé mi smartfone y me puse al día.
De pronto al revisar facebook apareció la incógnita:
¿Existe en verdad el monito López?
Pues me eché el clavado a las espumosas aguas de su columna y fuí acompañando al "maduron" monito en el cambio de hábitos; por cierto, me recuerda los míos. Conforme transcurría mi tiempo invertido en la lectura, descubrí, poco a poco, que el Sr. López es devoto de la lectura surcoreana y la intensa prosa poética que retrata la fragilidad de la vida humana, la pluma de "Kang" es a toda prueba.
El monito se parece a muchos, a muchos que usted y yo conocemos.
Aunque habrá que decirle al monito que a la pacífico de un litro le decimos ballena, a la de otras marcas si le decimos caguama.jejeje.
Abrazo virtual. Estimado Dr.
GILBERTO MORENO dijo…
Nombre Dr. Alcántar, nutrido viaje a la literatura de calidad, es como para pasarse el día con el clima actual entre nublado y queriendo lloviznar, con una taza de café si es de mañana, o destapando un "indio" de madia en la tarde de un invernal domingo. Que texto tan disfrutable. Saludos, su amigo Gilberto Moreno.



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