02 de Noviembre, Día de Muertos

"Esperé. Y esperé, pero no regresó. Entonces fuimos a buscarla, pero no la encontramos, y jamás volvió”






MI SEÑORA

 

Eva María Candelario Vargas

 

Mi señora era muy señora.

Ambas éramos jóvenes cuando nos conocimos; en ese entonces apenas encontramos hogar. El mundo era tan grande y nosotras tan pequeñas.

Cuando hay plaga, necesitas a quien acabe con ella. Mi señora jamás tuvo miedo de nada, ni a los ruidos en los pasillos que me hacían gritar, ni a las palabras confusas que no entendía, mucho menos a las pestes que me daban terror. Esas que salían desde abajo de mi cama, que se levantaban por las cortinas.

Cada vez que me iba a dormir, ellos estaban ahí esperándome. Tomaban forma cuando apagaba la luz, se extendían y, como bestias, cobraban vida.

Pero mi señora era brava. Sinaloense de corazón, no le temía a nada. Ella las veía, y yo sabía que eran reales. Y con solo su mirada hacía que se largaran, con esas manos afiladas que me sostenían gentilmente, con esas mismas manos, ella los ahuyentaba.

Y ese olor tan suyo hacía que me volviera a dormir.

Mi señora nunca dejó que le dijeran qué hacer o qué no hacer. Ni los hombres, ni los santos, ni las brujas; ni siquiera las noches más oscuras eran capaces de hacerla temblar. Ella era alta, no más que yo, pero mucho más imponente. Algunas veces la miraba y me preguntaba si yo podría ser más como ella.

Atrevida, descarada, fuerte. Llena de vida y sin una gota de duda.

Ella siempre vestía tres colores, su blanco, negro y dorado; se arreglaba las uñas, se aseguraba de estar limpia. Siempre se veía hermosa, sin importar qué.

Ella salía mucho, nunca la pude detener. Hubo días en los que le pedí que se quedara otro rato, que comiéramos juntas y, más tarde, nos fuéramos a dormir juntas.

Pero ella era peleonera. Iba a la calle a discutir con los vecinos. Y se enojaba cuando llegaban visitas. Siempre tuvo una mirada llena de rabia, pensando en qué te haría si le dijeras que no. Pero yo la amaba así. Y ella me amaba a mí.

Cuando estábamos solas, me miraba con ternura y con su silencio me decía mucho. Como si supiera que yo jamás la iba a traicionar. Sus ojos eran más felices al verme; era a mí a quien nunca le alzaba la voz.

El día que murió, yo ya lo veía venir.

Las sombras volvieron y, aunque ella estuviera conmigo, no se fueron. Esas pesadillas me dijeron que ella se iría. Hablaron en voz baja desde cada rincón de mi habitación.

Ambas fuimos niñas juntas, pero ella ahora estaba canosa. Cada día más cansada, cada día más débil. Sin importar qué hiciera, no había forma de regresarle aquella vida que siempre llevaba consigo.

Esa rabia se fue poco a poco, y solo quedó un intento de levantarse. Se fue encogiendo poco a poco, su voz se hizo débil, ya no quería comer. La vida se fue de sus ojos, y aún así me miraba con amor.

Esos terrores me dijeron que yo no podría perderla, que no volvería a ser la misma.

Aún recuerdo esa semana, el catorce de abril. Ella salió por primera vez después de mucho tiempo sin hacerlo. Mi señora tenía la costumbre de sentarse en una parte del sofá que siempre amó más, y que tenía su cobija. Yo me desperté esperando verla ahí, para darle los buenos días y ofrecerle desayuno.

Pero ella no estaba.

Esperé. Y esperé, pero no regresó.

Entonces fuimos a buscarla, pero jamás la encontramos, y jamás volvió.

Y los días pasaron, y yo no lloré. No le marqué, no le escribí. Esos días se nublaron como la mañana fría, donde no puedes ver más allá de donde estás parado. No dolía, pero no se iba.

Cuando pasó la semana, ella me visitó.

Era de noche, no pude abrir los ojos. Ella estaba conmigo, sentada en mi pecho, joven como el primer día que nos conocimos. Aunque no la vi, oí aquellas palabras silenciosas de felicidad. Esas que siempre hacía. Sentí sus manos, y recostó su cabeza por un momento.

Solo un momento le pedí.

Cuando abrí los ojos, ella ya no estaba.

Pasaron las semanas, los meses. Y no pude llorarle.

Me preguntaba si no la amaba tanto como pensé. Si en realidad, cuando ella se fue, se llevó mi amor, se lo quedó y lo guardó. Donde yo ya no pudiera verlo, y no pudiera extrañarla.

Y no le conté a nadie cuando vino a verme. Y no le conté a nadie que ella ya no estaba. Y no me atreví a pedir lástima, porque no le lloré. No la extrañé, no la pensé.

La segunda vez que la vi era agosto.

Esa noche abrí los ojos, pero no me podía mover. Ella estaba al pie de mi cama, observando la mesa donde había una veladora sin encender.

Mi señora quería subirse a la mesa, miraba la veladora apagada con deseo, esa diversión que ella tenía ante todo lo que no debía hacer. Luego me miró. Y la miré de regreso.

Era tan hermosa, como la primera vez que la vi, como todos los días que estuvimos juntas, como la última vez que la vi.

No había tristeza en sus ojos, solo me miraba de aquella manera que tanto extrañaba. Como si yo pudiera resolver todo, quitar sus dolores y hacerla feliz.

Ella caminó, dos pasos, antes de sentarse en la cama. Nos miramos, y aunque no me dijo nada, yo sabía lo que quería.

Cuando abrí los ojos, ella ya no estaba.

Me levanté y prendí la veladora, y me regresé a dormir.

Aquella mañana hablé por primera vez de ella; dije su nombre en voz alta, pensé en ella, en cuando estábamos juntas.

Y como si esos meses no hubieran pasado, el dolor de aquella mañana en que me dejó regresó.

Tan real como esa vez.

Juré verla otra vez cuando salí. Cuando miré su lugar en el sofá, que seguía esperándola, como si alguna vez regresaría. Fue igual que aquella mañana, solo que esta vez sabía que no iba a volver, y que no tenía sentido ir a buscarla.

Le pedí perdón muchas veces, por no haber hecho que su dolor se fuera, como yo siempre dije que podía lograr.

Le dije que tratar de olvidarla dolía menos que extrañarla con esa intensidad todos los días. Pero ella quería que yo la extrañara.

Eso vino a pedirme mi señora. Que por una vez tomará valor, e hiciera las cosas como deben hacerse. Porque ella no podía irse de este mundo sin terminar con ese pendiente.

Necesitaba que la extrañara sin miedo. Con su mirada se despidió y me dijo que solo así, ella podría estar conmigo.

Comentarios

GILBERTO MORENO dijo…
Muy, pero muy interesante tu historia Eva María, me atrapo desde el principio me mantuvo expectante del personaje quien terminó siendo un misterio. Muy bien redactado, con descripción de escenarios, de tiempos, de espacios, de sentimientos. Muy bien narrado. Saludos. Su amigo, Gilberto Moreno. :)
Marité Ibarra dijo…
Profe Gilberto yo ya le pregunté a Eva María en el Taller sobre el personaje y ya me lo dijo, pero no le voy a decir porque Frías me puede reprender....
Eva tu historia es cautivadora desde el inicio, mantienes al lector atento hasta el final y eso es bueno, el título también me gustó!!
Saludos!!!
Ian dijo…
Eva, que bellísimo relato nos cuentas. Es interesante leerlo antes y después de saber el contexto de este personaje, y la manera en la que lo narras como un "Guardian" o protector le añade un misticismo sútil y bello al mismo tiempo, definitivamente sólo tú puedes narrar algo así, con alma y dedicación <3
Eva María Candelario Vargas dijo…
Muy buenas tardes! Muchísimas gracias por leer y por comentar, me alegra mucho que haya disfrutado de leerlo y que haya atrapado su atención desde el comienzo. Le tome especial dedicación, quería que al leerlo, uno pueda ver y sentir lo mismo que el narrador! Que tenga muy buena noche y día, saludos!
Eva María Candelario Vargas dijo…
Jajaja buenas tardes Marité! Es verdad que lo leí y disfrute mucho de compartirlo, aunque "mi señora" si es real, preferí que se mantuviera misteriosa y se quedara así durante todo el texto, después de todo sigue teniendo su toque de misticismo, que viene muy bien con estas fechas. Me alegro mucho que te haya gustado, saludos!!
Eva María Candelario Vargas dijo…
Ian, el papel del guardián o protector es fundamental durante toda la historia. "Mi señora” comparte esa ambigüedad, puede ser muchas cosas a la vez, según quien la lea. Gracias por tomarte el tiempo de leerlo, me alegra mucho que te haya gustado <3

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