“Cuando intento leer, mi mente se siente ansiosa por cambiar de actividad, revisar el teléfono o encontrar algo más "inmediato" que hacer"
MI LUCHA CON LA LECTURA Y LA ESCRITURA
Fabio Beltrán Quiroa
Desde
siempre, he tenido una relación complicada con la lectura y la escritura. A
pesar de entender la importancia que tienen ambas actividades en nuestra vida
cotidiana y en el crecimiento personal, nunca he sentido una verdadera
atracción hacia ellas. Leer, por ejemplo, siempre me ha parecido una actividad
enfadosa, una tarea más que algo que me apasione o disfrute. Mientras muchas
personas encuentran en los libros una vida de entretenimiento, conocimiento y
escape, yo me enfrento a una barrera invisible que me impide interesarme en sus
páginas.
Hace
algún tiempo, motivado por la presión social y por el deseo de mejorar, decidí
inscribirme en un club de lectura. Me pareció una excelente oportunidad para
rodearme de personas que compartieran ese gusto y quizás, a través de sus
recomendaciones y entusiasmo, pudiera encontrar el camino hacia el disfrute de
la lectura. Sin embargo, nunca asistí a las reuniones. Me inscribí con la mejor
de las intenciones, pero cada vez que llegaba el día del encuentro, encontraba
una excusa para no ir. Ya fuera por falta de tiempo o simplemente porque no me
sentía motivado, posponía una y otra vez mi participación. Esa decisión,
consciente o inconsciente, reflejaba una realidad más profunda, la lectura
nunca ha sido una prioridad en mi vida.
No es
que no valore los beneficios de leer. Entiendo que la lectura amplía conocimientos,
enriquece el vocabulario y permite desarrollar una mayor capacidad crítica y
reflexiva. A través de los libros, uno puede viajar a mundos lejanos, conocer
otras culturas, o vivir aventuras imposibles de experimentar en la realidad.
Sin embargo, a pesar de tener ese conocimiento, nunca he logrado conectarme con
un libro de esa manera. Cuando intento leer, mi mente se distrae fácilmente,
las palabras parecen perder sentido y la historia, por más interesante que
parezca en teoría, no logra atraparme.
Este
desinterés por la lectura también ha afectado mi habilidad para escribir.
Escribir siempre ha sido una tarea complicada para mí, porque a menudo siento
que carezco de las herramientas necesarias para expresarme correctamente. Al no
tener una base sólida de lectura, mi vocabulario se siente limitado, y muchas
veces me resulta difícil encontrar las palabras adecuadas para plasmar mis
pensamientos en el papel. Además, la estructura de mis textos no siempre fluye
de la manera que me gustaría y termino frustrado, al ver que mis ideas no se
comunican de forma clara.
La
falta de interés por la lectura y la escritura no sólo ha afectado mi
desarrollo personal, sino que también ha tenido un impacto en mi vida académica
y profesional. En varias ocasiones, he sentido que estas dificultades me ponen
en desventaja frente a otros, especialmente, cuando se trata de trabajos que
requieren una buena redacción o la capacidad de analizar textos complejos.
Siento que, de alguna manera, estoy perdiendo la oportunidad de enriquecerme y
crecer en estos aspectos, lo que genera una sensación de frustración constante.
A pesar
de todo, no he renunciado a la idea de mejorar. Soy consciente de que el primer
paso para enfrentar una dificultad es reconocerla, y creo que ése es un proceso
en el que ya he avanzado: admitir que tengo problemas para leer y escribir y
que éstos no son, simplemente, una falta de interés pasajera. Ahora, estoy en
búsqueda de estrategias que me permitan cambiar esa relación negativa con la
lectura y la escritura.
He
pensado en buscar libros que realmente se alineen con mis intereses, en lugar
de intentar forzarme a leer lo que creo que "debería" leer. Quizás,
si encuentro un tema que realmente me apasione, la lectura podría dejar de ser
una obligación y convertirse en una actividad más agradable.
Además,
he comenzado a explorar otras herramientas que podrían facilitar mi proceso de
lectura y escritura. Por ejemplo, los audiolibros me parecen una opción
interesante, ya que me permiten "leer" sin la necesidad de
concentrarme en el texto escrito.
A pesar
de que aún estoy lejos de ser un lector o un escritor fluido, tengo la
esperanza de que, con el tiempo y con las estrategias adecuadas, podré superar
estas dificultades. No se trata de alcanzar la perfección, sino de ir mejorando
poco a poco y, sobre todo, de no dejarme vencer por la frustración. Estoy
dispuesto a dar pasos cortos, pero firmes hacia una mejor relación con la
lectura y la escritura. Aunque el camino no será fácil, tengo la determinación
de seguir adelante y, eventualmente, encontrar el gusto en estas actividades
que, hasta ahora, se me han hecho tan complicadas. A lo largo del tiempo, me he
dado cuenta de que este desinterés por la lectura tiene raíces profundas,
posiblemente vinculadas a mis primeras experiencias con los libros. Durante la
infancia, la lectura se presenta muchas veces como una obligación, algo que
debemos hacer para cumplir con las tareas escolares o satisfacer las
expectativas de los adultos. En mi caso, nunca logré encontrar ese primer libro
que me atrapara por completo. Mientras otros niños se emocionaban con historias
de aventuras, magia o personajes heroicos, yo veía la lectura como algo
distante, algo que pertenecía más a la esfera del deber que al placer.
Recuerdo
que en la escuela el hecho de no disfrutar la lectura no pasaba desapercibido.
Los maestros solían recomendar libros que, si bien eran considerados
"clásicos" o "esenciales", no lograban resonar conmigo.
Esto generaba en mí una sensación de desconexión, como si la lectura fuera algo
que simplemente no estaba hecho para mí. La falta de una experiencia positiva
temprana con los libros fue, tal vez, uno de los factores que contribuyeron a
que me distanciara de la lectura a lo largo de los años. Y aunque en la
adolescencia he intentado retomarla en varias ocasiones, ese viejo sentimiento
de desconexión ha sido difícil de superar.
Por
otro lado, también es importante reconocer que vivimos en una era en la que las
distracciones son constantes. La tecnología y el acceso a la información inmediata
han cambiado la forma en que consumimos contenido. Hoy en día, estamos
acostumbrados a obtener respuestas rápidas, a navegar entre múltiples pantallas
y a consumir información en redes sociales. Este entorno ha reducido nuestra
capacidad de concentración y paciencia, dos elementos clave para disfrutar de
la lectura de manera profunda. Me doy cuenta de que, cuando intento leer, mi
mente se siente ansiosa por cambiar de actividad, revisar el teléfono o
encontrar algo más "inmediato" que hacer.
En ese
sentido, el desafío no es sólo personal, sino también un reflejo de los tiempos
en los que vivimos. La lectura, que requiere atención prolongada y una
inmersión en el contenido, choca con los hábitos que hemos desarrollado en este
mundo digitalizado. De alguna manera, la lectura se ha convertido en una
especie de resistencia al flujo constante de información breve y a la cultura del
entretenimiento rápido. Para mí, es necesario hacer un esfuerzo consciente por
desconectarme de esas distracciones y crear un espacio propicio para disfrutar
de la lectura.
He
estado reflexionando sobre la posibilidad de crear una rutina que me ayude a integrarme
más al hábito de la lectura. Al igual que con cualquier otra habilidad, leer
requiere práctica. Quizás, si me dedico a leer durante cortos periodos de
tiempo, sin la presión de terminar un libro rápidamente, podría comenzar a
cultivar una mayor tolerancia y aprecio por la actividad. No se trata de
imponerme metas irreales, como leer un libro cada semana, sino de disfrutar el
proceso, aunque sea poco a poco. El simple hecho de destinar veinte o treinta
minutos diarios para leer algo que me interese podría marcar una gran
diferencia.
Reconozco
la importancia de cambiar la forma en que tomo la escritura. La escritura, al
igual que la lectura, es una habilidad que se desarrolla con la práctica y la
paciencia. He llegado a comprender que no necesito ser un escritor perfecto
para disfrutar de la escritura. Se trata de dejar de lado el perfeccionismo y
aceptar que es normal cometer errores. Si me permito escribir sin la presión de
ser impecable desde el principio, puedo descubrir una nueva forma de relacionarme
con la escritura.
Otro
aspecto que considero relevante en este proceso es la lectura compartida. En
lugar de intentar enfrentar la lectura de manera aislada, podría ser útil
compartir la experiencia con otros. El club de lectura al que me había inscrito
es un ejemplo de una comunidad que podría brindarme apoyo en este camino.
Escuchar las interpretaciones y opiniones de los demás podría ampliar mi
comprensión y hacerme ver las lecturas desde nuevas perspectivas. A veces, los
libros se disfrutan más cuando se discuten en grupo, cuando las ideas y
emociones que generan se comparten y contrastan.
Finalmente, soy consciente de que este proceso no se resolverá de un día para otro.

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