“Y tal vez madurar no consiste en descubrir el sentido de la existencia. Tal vez consiste en aceptar, que jamás hubo un mapa… y aun así salir a caminar. O correr. Aunque sea hacia ninguna parte”n


 



HUMANOS, ABSURDAMENTE HUMANOS

 

—Celso Gilberto Guzmán Félix.

 

Cada mañana despertaba exactamente a las 6:13.

No a las 6:10.

No a las 6:15.

A las 6:13.

No porque tuviera disciplina. Tampoco porque creyera que aquello le daría sentido a su vida. Era simplemente porque una vez despertó a esa hora y desde entonces le pareció divertido continuar la costumbre, como si repetir algo suficientes veces pudiera convertirlo en una verdad importante.

Vivía solo en un pequeño gran departamento donde el refrigerador hacía más ruido que él y donde la cocina quedaba peligrosamente lejos de la cama: exactamente siete pasos y medio. Nunca entendió el medio paso, pero siempre estaba ahí.

Su ventana daba hacia un callejón lleno de silencio ruidoso. Por las noches podía escuchar gatos peleando con una intensidad filosófica y parejas discutiendo sobre cosas profundamente insignificantes, como quién había olvidado cerrar la mayonesa o por qué “ya no eres el mismo de antes”.

A veces pasaban días enteros sin que pronunciara una palabra. Encendía la televisión únicamente para escuchar voces humanas, aunque ni siquiera prestara atención a lo que decían. Le tranquilizaba saber que alguien seguía hablando en alguna parte sobre recetas imposibles, guerras lejanas o famosos divorciándose con una seriedad casi religiosa.

Trabajaba archivando documentos en una oficina donde todos caminaban rápido para parecer indispensables. Él también lo hacía. Descubrió que, si fruncía el ceño y llevaba papeles en la mano, las personas asumían automáticamente que tenía un propósito.

Nunca las corrigió.

El elevador de la oficina llevaba tres años descompuesto y aun así todos seguían presionando el botón por costumbre, como si la fe humana funcionara a base de decepciones repetidas.

Coleccionaba horarios de autobuses. No boletos. No fotografías. Horarios.

Los guardaba en cajas perfectamente desordenadas debajo de su cama. Decía que le gustaban porque eran promesas. “6:40”, “7:15”, “8:02”. Horas exactas para personas que probablemente llegarían tarde de todas formas. Le parecía gracioso que el ser humano intentara domesticar el tiempo escribiéndolo en una hoja mientras envejecía esperando el autobús.

Una vez alguien le preguntó para qué servía coleccionarlos.

Él respondió:

—Para nada.

Y esa fue probablemente la respuesta más honesta que dio en toda su vida.

A veces caminaba por la ciudad mirando edificios enormes llenos de ventanas iluminadas. Imaginaba a miles de personas intentando convencerse de que todo tenía dirección: matrimonios, carreras, dietas, religiones, metas de cinco años, cursos de productividad y calendarios llenos de actividades absurdamente importantes hasta que alguien muere un martes cualquiera y otro ocupa su escritorio el jueves.

Eso le causaba risa.

No una risa feliz.

Más bien una risa cansada.

Como cuando alguien tropieza tres veces con la misma piedra y aun así culpa al camino, a la gravedad y probablemente a Mercurio retrógrado.

Una noche, mientras cenaba cereal directamente de la caja porque no tenía platos limpios ni ganas de fingir dignidad frente a sí mismo, pensó seriamente en cambiar su vida. Las personas siempre hablaban de eso como si existiera un gran momento de transformación. Una especie de iluminación gloriosa acompañada de música de piano invisible.

Esperó unos minutos.

Nada ocurrió.

El foco de la cocina seguía parpadeando con problemas existenciales propios. El cereal seguía humedeciéndose lentamente. Afuera seguían ladrando perros que jamás conocería y un vecino discutía apasionadamente con alguien por teléfono sobre un topper desaparecido.

Entonces entendió algo extraño: quizá la vida no estaba escondiendo ninguna revelación. Quizá el mundo no era profundo ni superficial. Quizá simplemente estaba ahí, indiferente, gigantesco y ridículamente cotidiano, como un supermercado vacío a las tres de la mañana donde alguien acomoda latas de atún con una seriedad militar.

Y, aun así, al día siguiente volvió a despertarse a las 6:13.

Fue al trabajo.

Saludó gente que no le importaba.

Tomó café demasiado amargo.

Se rio de un chiste mediocre.

Compró otro horario de autobús.

Porque, aunque todo pareciera inútil, había algo casi hermoso en seguir haciéndolo.

Algo ridículo.

Algo terco.

Como una planta creciendo entre las grietas del pavimento o un calcetín sobreviviendo milagrosamente sin perder a su pareja en la lavadora.

Con el tiempo dejó de buscar respuestas enormes. Ya no necesitaba descubrir el sentido del universo mientras se bañaba o caminaba bajo la lluvia escuchando música triste. Le bastaba con pequeñas cosas: terminar un libro malo, encontrar monedas en un pantalón viejo, escuchar una canción exacta en el momento exacto o ver a dos desconocidos reír en la calle como si el mundo no estuviera desmoronándose constantemente detrás de los anuncios publicitarios.

Una tarde perdió todos sus horarios.

La caja se rompió bajo la lluvia y el agua convirtió años de colección en un montón de papel destruido. Cualquier otra persona habría llorado por el valor sentimental.

Él soltó una carcajada.

Una carcajada real. Grande. Incontrolable.

La gente lo miró raro.

Pero por primera vez en mucho tiempo sintió algo parecido a la libertad. Porque entendió que nada había cambiado realmente. Seguía siendo él. Seguía existiendo. Seguía caminando bajo un cielo inmenso que jamás le explicaría nada y bajo palomas que claramente tampoco tenían idea de lo que hacían.

Entonces hizo algo extraño.

Empezó a correr.

No porque llegara tarde.

No porque huyera de algo.

No porque persiguiera un sueño olvidado bajo la lluvia.

Simplemente corrió.

Cruzó calles sin dirección, dobló esquinas elegidas por puro accidente y pasó junto a personas que seguramente pensaron que tenía un destino importante. Y quizá eso era lo más gracioso de todo: que incluso un hombre corriendo hacia ninguna parte parece tener sentido para quien lo mira desde lejos.

Corría como si el movimiento pudiera responder preguntas que las palabras nunca resolvieron. Como si el aire golpeándole el rostro pudiera explicarle por qué el ser humano insiste tanto en existir aunque todo sea tan temporal, tan extraño y tan absurdamente frágil.

Y mientras él corría, la ciudad siguió exactamente igual.

Los semáforos cambiaron de color sin emoción alguna.

Alguien derramó café en una oficina.

Un niño perdió un globo.

Dos personas se enamoraron en un autobús sin saber que iban a destruirse meses después.

Un anciano alimentó palomas que probablemente lo olvidaron cinco minutos más tarde.

El mundo continuó funcionando con la indiferencia perfecta de una máquina vieja.

Y quizás ahí estaba la parte más absurda de todo.

Los humanos llenamos papeles para demostrar que existimos.

Celebramos darle una vuelta completa al sol como si hubiéramos participado en el movimiento.

Nos disculpamos con mesas cuando nos golpeamos el pie.

Ponemos alarmas para levantarnos y otras alarmas para recordarnos dormir.

Compramos libros sobre cómo ser felices escritos por personas visiblemente agotadas.

Lloramos por personas que juramos olvidar y olvidamos personas por las que juramos llorar toda la vida.

Decimos “para siempre” usando relojes en la muñeca.

Guardamos cajas vacías “por si algún día sirven”.

Nos da vergüenza bailar, pero no vivir vidas enteras fingiendo.

Quizá por eso él corría.

Porque entendió que la existencia humana era una enorme contradicción organizada. Un orden caótico. Una tragedia cómica. Una colección de certezas inseguras sostenidas por personas que tampoco entienden demasiado bien qué ocurre.

Y aun así aman.

Y aun así planean el futuro.

Y aun así hacen café para mañana.

La vida jamás se detiene a preguntarnos si entendimos algo.

Simplemente sigue.

Sigue mientras dudamos.

Sigue mientras lloramos.

Sigue mientras hacemos listas, promesas, tesis universitarias, canciones tristes y horarios de autobuses.

Sigue incluso cuando nadie sabe realmente qué está haciendo.

Y tal vez madurar no consiste en descubrir el sentido de la existencia.

Tal vez consiste en aceptar, con una sonrisa ligeramente cansada, que jamás hubo un mapa… y aun así salir a caminar.

O correr.

Aunque sea hacia ninguna parte.


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