"Porque hay quienes solamente asisten a la escuela y hay quienes la conquistan todos los días"




 



ALUMNA FORÁNEA

 

Celeste Giselle Quintero Plata

 

A veces pienso que la gente cree que estudiar es sencillo porque solamente mira el resultado: un alumno sentado en un pupitre, un cuaderno abierto, una mochila sobre la mesa, pero nadie mira el trayecto, nadie mira todo lo que ocurre antes de llegar, nadie entiende que para algunos la escuela no empieza cuando entra el maestro al salón; empieza desde el momento en que abrimos los ojos y decidimos volver a intentarlo.

Yo vivo en La Palma y la universidad en la que voy está en Culiacán. Una hora con veinte minutos de camino, a veces más, a veces menos, dependiendo del tráfico, del clima, de los retenes, de los accidentes o simplemente de la suerte, porque aquí hasta llegar puede sentirse como un acto de fe, y aun así, todos los días me levanto con la intención de ir, no porque sea fácil, sino porque hay algo dentro de mí que no me deja conformarme.

El jueves fue uno de esos días donde la vida parecía empeñada en ponerme pruebas desde que amaneció, venía de días pesados, cansados, mentalmente agotadores, el cuerpo ya no me respondía igual y el sueño me venció, cuando desperté, vi la hora y sentí cómo el corazón me cayó al estómago pues faltaban quince minutos para que saliera el camión… y yo todavía estaba en mi casa.

En diez minutos llego a la parada, pero eso si todo sale perfecto y la vida casi nunca sale perfecta, no tuve tiempo de arreglarme, ni de escoger ropa, ni siquiera de pensar demasiado, me puse lo primero que encontré, hasta en sandalias me fui, cabello medio acomodado, mochila al hombro y la desesperación respirándome en la nuca. En momentos así una entiende que hay días donde la vanidad desaparece y solo queda el instinto de sobrevivirle al tiempo.

Salí de la casa prácticamente corriendo, prendí la moto, no la deje ni calentar y desde que escuché el motor supe que iba a ser una de esas mañanas donde uno termina sintiéndose protagonista de algo entre tragedia y milagro. Aceleré, no como quien maneja para llegar, sino como quien pelea contra algo invisible, el aire golpeándome la cara, las sandalias apenas sujetándose a mis pies y el corazón latiéndome tan fuerte que parecía querer salirse antes que yo llegara, me fui por la ruta rápida, me iba metiendo entre carros con una precisión que ni yo sabía que tenía, hubo un momento donde un automóvil imprudente frenó de golpe frente a mí y apenas alcancé a girar el manubrio para meterme por un espacio mínimo entre él y otro carro estacionado, sentí literalmente cómo el espejo casi me rozaba la pierna, pero seguí.

Porque cuando uno tiene una meta fija, el miedo se convierte en algo secundario, luego vino la calle estrecha, de esas calles donde apenas cabe un camión y aun así la gente insiste en pasar, yo iba rápido, demasiado rápido, y justo en ese instante apareció un camión de frente ocupando casi todo el espacio, por un segundo pensé “ya valió”. Frenar significaba perder tiempo, regresarme significaba perder el camión y quedarme ahí significaba aceptar la derrota, entonces hice algo que probablemente no debía hacer, me subí por la banqueta, todavía recuerdo el sonido de la moto brincando, las llantas rozando el borde de concreto y el camión pasando tan cerca que sentí el aire pesado junto a mí, literalmente le pasé rosando, una maniobra de segundos que se sintió eterna, porque sabía que si calculaba mal aunque fuera un poquito, me estampaba, pero hay momentos donde el cuerpo actúa antes que el miedo y seguí avanzando.

Después de eso la moto empezó a fallar y ahí sí sentí el verdadero terror, porque no hay sensación más desesperante que escuchar cómo el motor pierde fuerza cuando sabes que el tiempo ya se te acabó, la iba alentando como si fuera una persona: “no te apagues… no te apagues, por favor”, hasta le hablaba bonito, como si entendiera que me estaba jugando el día entero en ese trayecto, yo aceleraba y sentía cómo mi moto respondía a medias, cansada igual que yo, pues me acompaña a diario.

Y entonces lo vi, el camiónnnn, pasó frente a mí, en ese instante sentí cómo el mundo se me venía encima, si no lo alcanzaba, perdía las clases con Frías y Abelardo, y no era solamente faltar, era todo el esfuerzo desperdiciado, todo el riesgo, todo el correr desde que desperté, así que le aceleré, 60 km/h por una calle donde probablemente ni debía ir a esa velocidad, el viento ya no golpeaba, me cortaba, yo solo miraba el camión adelante y sentía que estaba persiguiendo algo más grande que un transporte; estaba persiguiendo la oportunidad de seguir construyendo mi vida.

Y lo alcancé, le puse candado a mi moto y cuando me subí al camión sentí esa mezcla rara entre alivio y adrenalina, me senté intentando recuperar el aire, pensando que lo peor ya había pasado, qué ingenua fui.

Veinte minutos después nos pararon unos guachos para revisarnos, todos bajándonos, esperando, observando alrededor con esa tensión silenciosa que se siente en ciertas partes del camino, y mientras veía todo eso, pensé en cómo nos acostumbramos al peligro, cómo seguimos haciendo nuestras vidas aunque alrededor existan tantas cosas capaces de detenerlas.

Nos dejaron ir y continuamos, pero la muerte, al parecer, todavía no terminaba de rondarme ese día.

Más adelante el camión empezó a sentirse extraño, primero leve, luego más evidente, hasta que alguien dijo que los frenos no servían bien y en ese momento el silencio dentro del camión se volvió pesado, porque una cosa es correr por decisión propia y otra muy distinta es darte cuenta de que ya no tienes control.

Yo miraba por la ventana intentando no imaginar escenarios horribles, el chofer iba completamente concentrado, maniobrando con una calma impresionante mientras el camión avanzaba con dificultad, ahí entendí que muchas veces nuestra vida termina dependiendo de las manos de desconocidos, el camionero logró controlar el camión de una manera que todavía me sorprende, nos salvó, así de simple y aunque nadie lo dijo en voz alta, todos sabíamos que pudo terminar muy diferente.

Después pasó otro camión por nosotros y yo seguí, porque después de todo eso, todavía faltaba llegar a la Ley Humaya, agarrar otro camión y llegar finalmente a la escuela, llegué, 15 minutos tarde, despeinada, cansada, todavía con la adrenalina recorriéndome el cuerpo, pero llegué y mientras caminaba hacia el salón pensaba en toda la gente que a veces tiene la oportunidad servida enfrente y aun así no la valora, personas que viven cerca, que tienen comodidades, tiempo, estabilidad y aun así van sin ganas de aprender, como si estudiar fuera un castigo, mientras otros nos jugamos horas de camino, riesgos, cansancio y hasta la vida por estar ahí sentados escuchando una clase.

Porque hay quienes solamente asisten a la escuela y hay quienes la conquistan todos los días.

 

Comentarios

Estimada Celeste. Interesante relato de vida nos regalas. Una mirada más cercana a los esfuerzos de jóvenes que, como tú y yo cuando era un niño, salimos del rancho para buscar en la ciudad el Conocimiento que sacie nuestra sed de saber; una sed que muchos de la Ciudad desdeñan todos los días.
Gracias, Celeste, por recordar los 20 kilómetros diarios que caminé de El Aguaje a La Campana para terminar mi Educación Primaria.
Saludos, un abrazo. Mtro. José Manuel Frías Sarmiento

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