“No debe ser fácil estar frente a estudiantes desmotivados, distraídos o cansados, frente a grupos donde pocos participan, frente a alumnos que no leen instrucciones, que muestran desinterés o que solo buscan pasar la materia”
LOS MAESTROS Y SUS RETOS OCULTOS,
MIRAR MÁS ALLÁ DEL AULA
Ashley Juancampos
Reynosa
La mayor parte de mi trayecto como estudiante, he escuchado a mis compañer@s - e incluso yo lo he hecho- quejarse o criticar a nuestros maestr@s, ya sea dentro del salón, en los pasillos o al salir de clases con mis compañer@s.
Muchas
de las veces hablamos sobre cómo imparten sus clases, como son con nosotros y
pensamos en cuál sería la solución a ese “problema”, la cual, en varias
ocasiones no la hemos encontrado.
Hemos
dicho: “ese maestr@ ya está “viejito”, que “debería de actualizarse”, “que
siempre ha enseñado igual”, “que sus actividades siempre son las mismas, sea
cual sea el semestre en el que estamos”, que el maestro “sigue con su modelo tradicionalista”
-en el que todos aprenden memorizando y que lo que el docente dice siempre o la
mayoría de las veces es lo correcto-. También, hemos dicho que algunos maestr@s
“son muy flojos”, porque “prácticamente nosotros damos la clase por ellos en
todo ese semestre”, con otros que “se la llevan platicando o contando anécdotas
de sus vidas, en lugar de que nos den información importante de su materia”,
por ello, al finalizar el semestre hemos detectado que con esos maestr@s no
logramos aprender algo realmente. Mientras que, con otros que “son demasiado
estrictos o que no son humanos”, “que vemos el mismo tema de mil maneras
diferentes”, hasta que llega un punto donde muchos nos hartamos y ya ni
siquiera queremos asistir. Por otra parte, otros que “tienen demasiada
confianza con sus alumnos y eso ocasiona que la clase pierda enfoque”, que “cuando
queremos dar nuestra opinión no es bien aceptada”, que cuando nos pasa algo “no
nos entienden”, todo esto genera que haya frustración y poco a poco va
afectando nuestra actitud frente a la materia o frente al docente.
Hasta
he pensado que somos algo contradictorios, puesto que, cuando un profesor nos
da clases de verdad, deseamos que nos toque un@ maestr@ más relajado, pero,
cuando nos toca uno que exige poco o casi nada, también terminamos molestos
porque sentimos que no aprendimos realmente algo útil.
Pero,
pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué pasa en su vida personal antes de
entrar al salón.
De
esta manera, siempre analizamos al maestro desde lo que vemos dentro del aula, comenzando
con cómo nos dio clase ese día, cómo respondió a una pregunta o qué actividad
dejó, pero rara vez pensamos en qué está viviendo fuera de ese espacio y lo
difícil que debe ser para ellos mediar su vida personal con su trabajo. Por
ello, no sabemos si esa mañana surgió una discusión familiar antes de salir de
casa, si atraviesa una pérdida importante, si vienen pensando en alguna
situación de salud propia o de alguien cercano, que estén viviendo con ansiedad,
estrés, agotamiento o incluso depresión, en la que posiblemente nadie dentro
del grupo imagina, y aun así llegan al salón e intentan seguir adelante con su labor.
Probablemente
algunos llegan preocupados porque tienen alguna deuda pendiente o porque
económicamente están pasando por un momento complicado y, súmenle que los
salarios no siempre son proporcionales a la presión y el nivel de estudios, lo
que obliga a muchos a buscar empleos adicionales, todo esto ocasiona que se reduzca
el tiempo de descanso, ya que, algunos llegan después de una noche sin dormir
preparando material, revisando tareas en dos turnos o en varios grupos y sin
pensar que tienen que atender los mensajes de los padres de familia fuera del
horario laboral.
Además,
de sus situaciones personales, también están todos los retos que viven dentro
del aula con nosotros, ya que, tiene que mantener la atención y la exigencia
constante de grupos grandes, responder dudas, resolver conflictos, adaptarse al
ritmo de cada estudiante, organizar tiempos, evaluar, acompañar emocionalmente
y tratar de conectar con personas completamente distintas entre sí. Y eso no
debe ser sencillo, dado que, en un mismo salón hay quienes participan mucho y
quienes no hablan nunca, quienes aprenden rápido y quienes necesitan más
tiempo; quienes disfrutan ciertas dinámicas y quienes se sienten perdidos con
ellas. Incluso hay estudiantes que viven ansiedad, depresión, agotamiento emocional
o alguna neurodivergencia que influye directamente en su aprendizaje. Y frente
a toda esa diversidad el docente tiene que buscar la manera de enseñarle a
todos.
A
pesar de todo esto, su salud física sale perjudicada, porque comúnmente, se
enferman de la garganta al usar tanto la voz, de dolores musculares por
largas jornadas de pie y de problemas de sueño debido a la ansiedad.
De
igual forma, no debe ser fácil estar frente a estudiantes desmotivados,
distraídos o cansados, frente a grupos donde pocos participan, frente a alumnos
que no leen instrucciones, que muestran desinterés o que solo buscan pasar la
materia sin involucrarse realmente. Tampoco debe ser sencillo preparar una
clase y sentir que nadie conecta con ella, explicar algo varias veces y notar
que el grupo sigue desconectado o esforzarse por enseñar algo importante y
recibir poca respuesta. Y probablemente por eso, cuando un docente encuentra
estudiantes interesados, participativos, críticos o realmente comprometidos con
aprender, se convertirse en una motivación importante para poder seguir su
trabajo con alegría.
Algo
que también me hace reflexionar es que muchas veces no son los maestr@ los que
no cambian su planeación, sino que las instituciones o el sistema educativo los
“obligan” a enseñar de cierta manera, la cual, sigue siendo igual para todos,
sin tomar en cuenta que no todos aprendemos de la misma manera. Debido a que, todavía
es común encontrarnos con clases enfocadas en repetir conceptos, memorizar
información y estudiar para un examen que después olvidaremos. En vista de que,
para las escuelas es más importante terminar el semestre y avanzar con la
planeación curricular, cuando en realidad aprender debería ir mucho más allá de
eso. Debería ser un proceso que nos ayude a reflexionar, cuestionarnos,
relacionar ideas, desarrollar pensamiento crítico, comprender mejor nuestro
entorno y encontrarle sentido a lo que estudiamos. Sin embargo, lograr eso
también representa un reto enorme para ellos.
Otro
aspecto que les afecta es que tienen que estar en capacitación contantemente
para así poder actualizar sus conocimientos, responder a lo que le pide la
sociedad y mejorar su práctica pedagógica para garantizar una enseñanza de
calidad centrada en el desarrollo integral de todos sus estudiantes. También,
deben mantenerse actualizados porque desde que surgió el COVID-19 a muchos
maestros no les quedo de otra más que aprender a usar las nuevas tecnologías,
ya que, desde ese momento las clases a fuerzas tenían que ser virtuales, así
que, primero, muchos tuvieron que comprar una computadora, tablet o celular y
tener un buen internet en casa, una vez hecho eso, tuvieron que tomar cursos o
que un familiar, de preferencia, joven que les enseñará a utilizarlas para
poder dar su clase de la mejor manera, pero, no solo eso, porque en muchas
instituciones se implementaron nuevas herramientas digitales, por lo que,
también, tuvieron que aprender a aplicarlas para así seguir siendo capaces de
impartir de materia en la institución.
Pensar
en esto me hace cambiar bastante la manera en que veo a mis docentes, ya que,
muchas veces damos por hecho que el docente siempre debe estar bien, por ende,
esperamos que llegue con energía, paciencia, disposición, claridad para
explicar, capacidad para resolver dudas y, además, una actitud positiva durante
toda la clase. Pero, muchas veces olvidamos algo muy simple, pero muy
importante: que antes de ser “el/la maestr@ que nos da clase”, son personas.
Personas con historia, con emociones, con preocupaciones encima, con cansancio
acumulado, con responsabilidades, pendientes, preocupaciones familiares, procesos
internos, con días buenos y días muy difíciles que siguen estando presentes, aunque
estén intentando concentrarse en enseñar, al igual que nosotros.
Solo
que muchas veces no alcanzamos a verlo porque normalmente los conocemos
únicamente dentro del salón y desde ese papel profesional. No obstante, fuera
del aula siguen teniendo una vida que continúa.
Como
futura docente, recapacitar todo esto me mueve mucho porque me ha hecho mirar
la docencia de una forma distinta, pero, ahora me es inevitablemente
preguntarme cómo viven mis docentes día a día esto y como muchos de estos retos
también formarán parte de mi vida profesional. Asimismo, pienso en cómo quiero
relacionarme con mis futuros estudiantes, cómo me gustaría que se sintieran
dentro de mi clase, qué quiero transmitirles, además, del contenido académico y
qué clase de docente me gustaría llegar a ser.
También,
me hace analizar que enseñar implica muchísimo más de lo que muchas veces
alcanzamos a ver desde el lugar de estudiante, pues, no se trata únicamente de
compartir información o evaluar aprendizajes, sino, también, implica acompañar
procesos humanos, sostenerlos emocionalmente, adaptarse constantemente y seguir
presente, incluso cuando uno mismo también está pasando por algo difícil.
Por
eso, considero que es necesario ponernos en los zapatos de los maestr@s cuando
estemos juzgándolos, y no lo digo con el fin de justificar todo lo que hacen o
de decir que todo está bien y no necesitan cambiar, porque claramente hay cosas
que sí podrían mejorar. Como que hay maestros que podrían actualizar sus
estrategias, cambiar su manera de enseñar, escuchar más a sus estudiantes o
replantear la forma en la que se relacionan con ellos dentro del aula. Pero, al
mismo tiempo, creo que también hace falta detenernos un momento y mirar la otra
parte, la que casi nunca vemos. Porque detrás del papel de “maestr@” hay una
persona real.
Una
persona que siente, que piensa, que se cansa, que probablemente llega con
estrés, con frustración o con situaciones personales que nosotros desconocemos
por completo. Y aun así intenta sostener su vida personal al mismo tiempo que
sostienen un grupo completo dentro del aula. De este modo, así como nosotros
queremos ser escuchados, comprendidos y tomados en cuenta cuando algo nos pasa,
probablemente muchos docentes también necesitan exactamente eso y es muy posible
que muchos de nosotros nunca nos detengamos a entenderlos a ellos.
Quizá
esto no cambia por completo lo que ocurre dentro de una clase ni resuelve todos
los conflictos que pueden existir entre estudiantes y docentes, pero, sí cambia
mucho la manera en que lo interpretamos. Nos recuerda que detrás de cada
docente existe mucho más de lo que vemos durante una hora de clase. Por ende, nos
ayuda a mirar desde otro lugar, a juzgar menos rápido y a intentar comprender
antes de asumir.
Por
lo tanto, esta reflexión es muy valiosa para mí, no solamente porque nos hace empatizar
con quienes hoy nos enseñan, sino porque probablemente nosotros también
estaremos ahí algún día y cuando llegue ese momento, sé que nos gustaría que
nuestros estudiantes también pudieran vernos con esa misma empatía, comprensión
y humanidad.
Comentarios
Se olvida, como bien apuntas, que los profesores son seres humanos que sienten y sufren el desinterés y a veces el desprecio que manifiestan los alumnos por las indicaciones educativas.
Para todos en la escuela parece haber derechos, menos para los profesores, a quienes se les exige todo y se les otorga casi nada, como no sea responsabilidad ante los problemas Escolares, aún y cuando casi nadie colabore con ellos.
Gracias por destacar ese punto desde la mirada de una alumna.
Gracias y saludos. Mtro. José Manuel Frías Sarmiento