Maratón por la Lectura: Paz, Cultura y Futbol

“Si ganamos, dejo de tomar.” “Si meten gol, me reconcilio con ella.” “Si hoy salimos campeones, juro cambiar.”





LOS HOMBRES NO LLORAN, GRITAN GOLES.

Por: Ian Báez Palazuelos


Alrededor del mundo, los padres de familia cargan con grandes responsabilidades en sus hombros, pero si hay una cosa que los mantiene cuerdos, es la rutina, la rutina y el café.

Papá tiene su rutina bien estructurada, y es ese mismo orden el que lo mantiene cuerdo. Papá es mecánico, trabaja todos los días excepto el domingo. El domingo, papá se sienta en su silla (porque papá tiene su silla y solo él se puede sentar ahí), acerca la hielera, saca su vaso de cristal (porque papá tiene su propio vaso de cristal, y solo él puede beber de ahí), se sirve una cerveza y se sienta frente a la tele a ver el partido.

Papá es uno de esos hombres que nunca aprendieron a llorar correctamente, y lo digo en serio. No hablo de un llanto escandaloso ni de gritos desesperados. Hablo de hombres que crecieron pensando que un pecho apretado se arregla aguantándose las penas, tomando más, fumando más o viendo el partido del domingo con una apuesta de por medio. Jamás me preguntaba cómo me había ido en la escuela, pero al terminar el partido me tomaba del hombro y preguntaba: “¿Viste cómo quedó el América?”, y esa era su forma de conectar conmigo. Los hombres de la familia no eran particularmente buenos entablando conversaciones, pero podían quedarse horas discutiendo alineaciones, penales fallidos, jugadores y sus posiciones, directores técnicos… En fin, el futbol para ellos era una manera de expresarse, una excusa para reunirse y tomar juntos.

El destino del país para ellos dependía del equipo ganador, y quizá para ellos esto era una cuestión de vida o muerte, porque el futbol les permitía expresar cosas que normalmente tenían prohibidas (quizá porque era algo homosexual para ellos); podían abrazarse, gritar, llorar, enojarse, romperse un poquito. Todo bajo la excusa de un gol.

Y tal vez nadie juzga a un hombre que llora por un penal fallido. Pero intenta verlo llorar porque está cansado de existir y de repente todos se incomodan. Incluso el estadio se vuelve una iglesia extraña cuando hay partido; se llena de cánticos, de fe ciega, de rituales antes de los partidos, de promesas absurdas:

“Si ganamos, dejo de tomar.”
“Si meten gol, me reconcilio con ella.”
“Si hoy salimos campeones, juro cambiar.”

Pero del domingo al lunes no cambia absolutamente nada; he ahí mi comparación con las adicciones: ambos prometen una clase muy específica de esperanza. El alcohólico conoce el sonido exacto de la cerveza abriéndose igual que el aficionado reconoce la voz del narrador antes de un clásico. Ambos rituales ocurren en grupo, rodeados de hombres que tampoco saben hablar de sí mismos.

Varios padres, al igual que el mío, raramente abrazan a sus hijos, pero nos enseñan mil y una maneras de mentarle la madre a un árbitro, y aunque nunca me haya dicho que estaba orgulloso de mí, aún guardo la playera pirata de la selección mexicana que me compro en el centro. Con el tiempo entendí algo triste: algunos hombres sobreviven gracias al fútbol. Apenas se sostienen entre partido y partido. La euforia del domingo les ayuda a no pensar en el trabajo miserable del lunes, en el matrimonio roto, en la deuda, en el cansancio o en esa sensación constante de haber desperdiciado la vida. La rutina es la que los mantiene estables, entonces el problema no son partidos, ni el alcohol, ni los cigarros que se consumen en el estadio, el problema es que hay hombres que nunca aprendieron otra forma de sentirse vivos.

Quizá por eso papá celebra tanto los goles, porque durante unos segundos, mientras el estadio explota y varios hombres que ni siquiera se conocen se abrazan como hermanos, el vacío de la monotonía y el cansancio del trabajo se desvanece en el ruido.

Y para algunos hombres, eso es lo más parecido a la felicidad que conocerán jamás.

 

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