Maratón por la Lectura: Paz, Cultura y Futbol

“Un grupo de personas observa hacia el cielo mientras una pelota vuela frente a ellos. Y por un instante, miles de corazones laten al mismo tiempo. Tal vez eso sea lo más increíble de todo”

 


 



UN BALÓN, DISTINTAS ÉPOCAS

 

—Celso Gilberto Guzmán Félix

Los cascabeles en mis tobillos resonaban con cada paso que daba sobre el suelo de piedra. El ruido del público se mezclaba con el eco del templo mientras el humo del incienso subía lentamente hacia el cielo. La pintura que cubría mi torso comenzaba a escurrirse con el sudor y podía sentir cómo mi respiración pesaba cada vez más dentro del pecho. Frente a mí, la pelota de caucho giraba lentamente en el aire. Durante un instante, el tiempo pareció detenerse.

Salté.

Giré la cadera con todas mis fuerzas.

Y el grito de la multitud explotó como un trueno.

Al mismo tiempo, mis tachones se enterraban en el césped húmedo de una cancha escolar. Las luces del estadio iluminaban el campo mientras los gritos de mis compañeros bajaban desde las gradas. Mis piernas temblaban por el cansancio después de todo el partido, pero aun así seguía corriendo detrás del balón como si no existiera nada más en el mundo.

Lo observé elevarse frente a mí.

El sonido de mi respiración desapareció.

También el ruido de la gente.

Solo existía ese balón suspendido en el aire y la sensación de que todo dependía de aquel instante.

Dos épocas distintas.

Dos juegos diferentes.

La misma emoción.

Desde pequeño me enseñaron que el fútbol era solamente un deporte. Algo para divertirse, competir o pasar el tiempo. Pero mientras entrenaba cada mañana antes de ir a la escuela, empecé a darme cuenta de que había algo más profundo escondido detrás de cada partido.

Porque nadie se levanta al amanecer para correr hasta quedarse sin aire únicamente por diversión.

Nadie soporta el dolor de las piernas, el sudor en los ojos o el miedo a fallar frente a todos solamente por un juego.

Hay algo más.

Algo que ha estado vivo desde hace muchísimo tiempo.

Antes de cada partido importante siento el corazón golpeando tan fuerte que parece querer salir del pecho. Mis manos tiemblan. Me sudan los dedos. A veces trato de verme tranquilo frente a los demás, pero por dentro siento una presión enorme. Entonces miro a mis compañeros y entiendo que ellos sienten exactamente lo mismo.

Uno respira profundo mirando el suelo.

Otro mueve desesperadamente el pie.

Otro permanece callado observando el balón como si estuviera viendo algo sagrado.

Y quizá lo es.

Porque hace más de tres mil años alguien también sintió esto mismo.

Alguien corrió sobre un campo de piedra mientras cientos de personas gritaban su nombre.

Alguien sintió miedo antes de hacer una jugada decisiva.

Alguien deseó no decepcionar a quienes observaban desde las gradas.

Y aunque el mundo era completamente distinto, el sentimiento era igual.

Imagino al jugador levantando la mirada hacia el aro de piedra mientras el ruido del templo lo rodea. Imagino el cansancio recorriendo sus piernas, el dolor de cada golpe y la presión de saber que todos esperan algo de él. Probablemente también respiró profundo antes de moverse. Probablemente también sintió ese silencio extraño que aparece justo antes de un momento importante.

Porque hay silencios que atraviesan siglos.

Han cambiado las ciudades.

Han cambiado los idiomas.

Han desaparecido civilizaciones enteras.

El ser humano aprendió a construir enormes edificios, cruzar océanos, crear máquinas y llegar incluso al espacio. Hemos visto guerras, revoluciones y tragedias que transformaron el rumbo de la historia. Han caído imperios que parecían eternos. Han nacido países. Han muerto millones de personas.

Y aun así…

Seguimos reuniéndonos alrededor de un balón.

Seguimos gritando cuando entra un gol.

Seguimos abrazando desconocidos por una victoria.

Seguimos sintiendo un vacío horrible cuando perdemos.

Eso es lo que más me impacta.

Después de miles de años de historia, después de todos los avances de la humanidad, todavía somos capaces de contener la respiración mientras una pelota viaja por el aire durante unos segundos.

Y quizá alguien piense que es absurdo.

Que cómo algo tan simple puede emocionarnos tanto.

Pero tal vez ahí está precisamente lo humano.

Porque el balón nunca ha sido solamente un balón.

En el ullamaliztli representaba rituales, orgullo y comunidad.

En el fútbol representa sueños, identidad y esperanza.

Las reglas cambiaron.

Los campos cambiaron.

La ropa cambió.

Pero la necesidad humana de sentir algo junto a otros jamás desapareció.

Cuando corro detrás de la pelota siento algo difícil de explicar. Durante unos instantes desaparecen los problemas, el cansancio de la escuela, las preocupaciones y todo lo demás. Solo existe el partido. Solo existe ese deseo enorme de avanzar, de no rendirse, de escuchar a la gente gritar.

Y creo que hace miles de años alguien sintió exactamente lo mismo bajo el sol golpeando los templos de piedra.

Tal vez por eso el deporte nunca muere.

Porque no depende solamente de las reglas.

Depende de las emociones que despierta.

Del niño que juega descalzo en la calle imaginando una final.

Del jugador cansado que sigue corriendo aunque ya no pueda respirar bien.

De las personas que lloran, ríen o se abrazan viendo un partido.

De esa sensación imposible de explicar cuando el balón se eleva y todo parece detenerse por un segundo.

Entonces ya no importa la época.

Ni el idioma.

Ni la civilización.

Ni siquiera el deporte exacto que se juega.

Porque al final siempre ocurre lo mismo:

Un grupo de personas observa hacia el cielo mientras una pelota vuela frente a ellos.

Y por un instante, miles de corazones laten al mismo tiempo.

Tal vez eso sea lo más increíble de todo.

Que después de más de tres mil años, con toda la historia que carga la humanidad sobre sus hombros, todavía podamos emocionarnos como niños viendo un simple balón atravesar el aire




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