Maratón por la Lectura: Paz, Cultura y Futbol

“Tal vez por eso el fútbol trasciende épocas / Porque no solo se juega con los pies / Se juega con el corazón”





 

 

EL FÚTBOL TRASCIENDE ÉPOCAS

 

Manuel Montes

 

Los cascabeles que rodeaban mis tobillos resonaban en el aire. En el templo retumbaban los gritos de los espectadores; el olor de la pintura que rodeaba mi torso y parte de mi cara me brindaba una especie de valentía y, en un último movimiento decisivo en el que parecía que todo iba más lento, salté para dar un movimiento de cadera perfecto. Parece que la pelota pasó por el aro.

No importa mi descripción física, solo puedo decir que soy un chico lo suficientemente apasionado como para formar parte del equipo de fútbol de mi escuela y me encuentro muy entusiasmado practicando desde que me levanto de la cama juegos de pies, pues el día de mañana mi escuela se abrió camino hasta la final y sin duda yo no puedo perdérmela.

Así que todo el día me dediqué a alimentarme adecuadamente y realizar ejercicios de pliometría, donde mezclo fuerza, coordinación y velocidad, para después pasarme a los movimientos de pelota. Un día muy agotador, si me lo preguntan, pero cierro con una visualización en mi mente: sosteniendo el trofeo y llevando la victoria a mi equipo.

El día de la prueba ha llegado y, ¿con qué me encuentro al llegar al campo? Me encuentro con todo el esfuerzo que he hecho para llegar aquí: cada sentadilla, cada flexión hasta que mis brazos no pudieran más, cada tiro hasta que mis pies se cansaran y cada noche en la que, aun ya acostado y listo para descansar, seguía pensando: “¿Cómo puedo mejorar?”.

Eso es lo que pasa dentro de la cabeza de una persona que se esfuerza por su deporte favorito cuando recorre el camino hasta llegar junto a su equipo y empezar a prepararse.

Como siempre, mi equipo da esa sensación de incertidumbre, pero también de seguridad, como si la derrota no fuera a ser nuestra compañera esta noche. Cada uno empieza a vestir el uniforme y a prepararse mientras se hablan entre sí.

—Ey, ey, ey, carnal, somos un equipo, no vayas a andar de comilón.

Las carcajadas resuenan en la habitación de casilleros metálicos. De manera sarcástica, un compañero responde:

—Es que si no fueras tan maleta no acapararía tanto la atención.

Todos mis compañeros, al escuchar eso, dejan escapar un incrédulo:

—Uhhhhhh.

Yo apenas estaba terminando de amarrar mis taquetes cuando de repente el coach entra a la habitación y nos interrumpe.

—¡Campeones! El juego ya está aquí, lo tienen cara a cara y ustedes mismos saben todo lo que les ha costado estar aquí. Así que quiero que hoy den lo mejor de sí, porque sin importar quién salga de aquí con la victoria, quiero que se sientan bien pinches orgullosos de ustedes mismos y del que tienen al lado. Confíen en que cada quien hará su parte, pero sobre todo… disfruten, caramba.

Es ahí cuando todos nos dirigimos a la cancha y, al escuchar las gradas, la iluminación y los colores más auténticos del césped, te sientes el más ágil, el más veloz, centrado en cumplir con lo tuyo y apoyar al equipo.

Nos formamos en cada extremo y los capitanes de ambos equipos se dirigen con los árbitros para ver quién saca primero. Justo cuando el partido parece estar a punto de iniciar, algo muy extraño sucede y el escenario cambia totalmente.

Ahora ya no estamos en una cancha de césped. Ahora nos encontramos en un templo con enormes gradas. Nuestro vestuario ha cambiado: llevamos cascabeles, pinturas y bordados con plumas. Al parecer ya no estamos en nuestra escuela; ahora estamos en la antigua Mesoamérica, en lo que parece ser un juego ritual de Pok-ta-Pok.

Todos mis pensamientos se ven interrumpidos cuando la pelota sale disparada por el aire y, de manera intuitiva, no dejamos que caiga. Con coordinación de cadera y mente seguimos las jugadas contra el equipo rival.

Volteo a ver a mis compañeros y están tan apasionados que al parecer ni siquiera se han percatado de que ha habido un cambio, así que me concentro y me posiciono de manera ventajosa debajo del aro donde se realizan las anotaciones.

Cada jugada, cada movimiento y los gritos de pasión de espectadores y jugadores hacen que no percibas el transcurso del tiempo, como si la época actual y la antigua convivieran en una sola, con todos los presentes impregnados en una misma ola de pasión.

El juego se vuelve decisivo. Necesitamos un aro más para ganar y comienza la tensión entre mi equipo. La pelota vuelve a salir disparada y todos hacen el esfuerzo para mantenerla en juego y no cometer errores que podrían costarnos caro.

Los cascabeles que rodeaban mis tobillos resonaban en el aire. En el templo retumbaban los gritos de los espectadores; el olor de la pintura que rodeaba mi torso y parte de mi cara me brindaba una especie de valentía y, en un último movimiento decisivo en el que parecía que todo iba más lento, salté para dar un movimiento de cadera perfecto.

La pelota pasó por el aro.

La victoria es nuestra y todos saltamos de alegría. Es ahí entonces cuando por fin regresamos al campo de nuestra escuela y mi equipo me levanta en brazos festejando nuestra jugada decisiva.

El deporte siempre será una forma de unir a las personas.

Porque detrás de cada partido existen sacrificios, disciplina, compañerismo y pasión. Siempre habrá alguien entrenando hasta el cansancio, soñando con la victoria y luchando junto a su equipo.

Tal vez por eso el fútbol trasciende épocas.

Porque no solo se juega con los pies.

Se juega con el corazón.


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