“A veces pienso que las pistas de atletismo guardan secretos. Que, en la madrugada, cuando nadie mira, se tragan los sueños rotos de quienes juraron que serían invencibles”
MIEDO A PERDER
Alejandra Montoya Corrales
Le tengo miedo a perder.
No a perder una carrera, no a llegar un
segundo tarde a la meta mientras otros levantan los brazos y sonríen para las
fotos. Le tengo miedo a perderme a mí en el intento. Al descubrir un día que
corrí tanto detrás de mis sueños que terminé dejándome tirada en alguna pista
vacía, respirando sola, como si el eco de mis pasos fuera lo único que quedó de
mí.
A veces pienso que las pistas de atletismo
guardan secretos. Que, en la madrugada, cuando nadie mira, se tragan los sueños
rotos de quienes juraron que serían invencibles. Yo lo sé porque he sentido
cómo me hablan. Hay días en los que la línea de salida parece un monstruo
dormido, esperando verme fallar otra vez. Días donde mis piernas pesan como si
alguien hubiera escondido piedras dentro de mis huesos.
Y aun así corro.
Corro, aunque el miedo me apriete el pecho
como una mano fría.
Corro, aunque mi mente me repita que quizá
nunca sea suficiente.
Corro, aunque haya noches donde miro el techo
y siento que todas mis metas están demasiado lejos, como estrellas que alguien
colgó solamente para burlarse de mí.
Lo peor del miedo no es que grite.
Es que susurra.
Me habla bajito mientras entreno:
“Hay alguien mejor que tú.”
“Tal vez no naciste para esto.”
“Tal vez un día te canses y nadie lo note.”
Y a veces le creo.
Hay días donde me siento incapaz,
completamente incapaz. Como si el sueño me quedara enorme, como ponerse unos
tenis hechos para otra persona. Veo a los demás avanzar y me pregunto por qué a
mí me cuesta tanto respirar después de ciertos entrenamientos, por qué mi
cuerpo parece pelear contra mí mismo, por qué hay mañanas en las que levantarme
duele más que correr kilómetros enteros.
Pero luego pasa algo extraño.
La pista empieza a respirar conmigo.
El aire cambia.
El cielo se inclina apenas un poco.
Y por un instante siento que todas las
personas que alguna vez tuvieron miedo están corriendo a mi lado. Los que
perdieron. Los que lloraron escondidos en baños después de competir. Los que se
sintieron insuficientes. Los que quisieron rendirse, pero volvieron al día
siguiente.
Entonces entiendo algo:
Tal vez los atletas no somos personas sin
miedo.
Tal vez somos personas que aprendieron a
correr junto a él.
Porque el miedo nunca se va del todo. Se
sienta en las gradas, cruza los brazos y me observa entrenar. Pero ya no tiene
el mismo poder de antes. Ya no puede detener mis piernas. Ya no puede
arrancarme el sueño.
Y aunque a veces sigo sintiéndome pequeña
frente a todo lo que quiero lograr, hay algo dentro de mí que insiste en
quedarse. Una parte terca, luminosa, casi mágica, que sigue levantándose
incluso después de romperse.
Quizá eso también es ganar.
No las medallas.
No los aplausos.
No llegar primero.
Sino volver a intentarlo aun cuando el
corazón está lleno de dudas.
Porque hay noches donde me siento hecha de
humo y cansancio… pero al amanecer, cuando pisó la pista otra vez, juro que mis
pies encienden pequeñas luces sobre el suelo. Como si el universo, en secreto,
estuviera diciendo:
“Todavía no te rindas.
Aún no has visto hasta dónde puedes llegar.”

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