15 de Mayo, Día del Maestro
“Estamos jugando a la escuelita”, escuché decir a alguien alguna vez y me pareció un comentario muy atinado"
Ya no quiero ser maestra
Andrea Jasso
Qué título para la fecha: 15 de mayo, Día del Maestro (aunque ya haya pasado), pero es que hace ya tiempo que me asedia este pensamiento intrusivo; unas ganas son las que tengo de renunciar a mi título... pero me encanta, pero también ya estoy desencantada. Ahora puedo decir que los mejores años docentes, fueron aquellos en los que era practicante y solamente me preocupaba por convivir con los niños que, en aquel entonces, eran mis conejillos de Indias también, ya que apenas empezaba yo a encarnar el rol docente. Incluso, cuando fui teacher, porque, aunque planeaba, siempre planeé lo que quise y elaboré fichas de trabajo a mi modo para aplicárselas a los niños como yo quise.
Pero es que hoy no puedo evitar sentir desencanto e insatisfacción con nuestro sistema educativo... y hablo del nuestro porque es el que conozco, no porque crea que no es tan bueno como los demás a causa de una comparación sin sentido. Si bien, en aquellos años tan pacíficos, al inicio de la implementación de los Consejos Técnicos Escolares, me parecían absurdos, hoy lo confirmo: han pasado más de diez años desde entonces y, lejos de ver mejoras en los resultados, ahora resulta que los niños no deben ser reprobados y aunque no sepan leer, hay que pasarlos de año y hasta graduarlos.
Resultados, resultados, resultados... es lo único que importa. Esos resultados que nunca resultan en nada. Los niños no saben leer, pero los resultados dicen que hay menor índice de analfabetismo en el país; los niños no saben aritmética, pero los resultados dicen que cada vez hay más niños con acceso a la educación básica; los jóvenes no comprenden lo que leen, pero los resultados dicen que cada vez menos jóvenes se quedan sin entrar a la universidad. ¿Quién saca esos resultados, pues? ¿De dónde?
Nomás eso es lo que importa y tan nomás es eso lo que importa, que hasta los maestros sólo esperan los resultados de sus promociones horizontales, verticales y diagonales. Lo que sea por ganar más ($)... que no es algo malo, al contrario, el maestro, por su trabajo, merece un mejor salario. Sin embargo, esos trámites han dado pie a otra situación con la que también estoy en desacuerdo: la formación continua.
La formación continua tenía como propósito exhortar que los maestros continuaran preparándose profesionalmente y que esa preparación fuera fructífera en su praxis. Sin embargo, todo se ha vuelto puro business. Han proliferado escuelas de posgrados y formación continua, como cuando proliferaron casinos en Culiacán en el tiempo de Malova. Hay diplomados para todo y generan cierto número de horas, pero ¡aguas! Hay de ti que no te fijes si tiene validez en USICAMM o RVOE porque lo que se pague por el curso (o diplomado o la maestría de un año y cuatro meses), será de oquis... bueno, es que no importa mucho qué se aprenda, sino la validez del papel porque, ante la SEP, “papelito habla” y ese papelito es la llave para seguir percibiendo más... aunque los niños sigan sin saber leer.
¿Has escuchado la teoría conspiranoica que dice que vivimos en una simulación? Pues sabrá si estamos o no conectados a una matrix, pero a mí me parece muy clara esta simulación de educación que estamos viviendo. “Estamos jugando a la escuelita”, escuché decir a alguien alguna vez y me pareció un comentario muy atinado. Se hace como si: el sistema hace como que funciona, los funcionarios hacen como si se preocuparan y los niños hacen como si leyeran. El maestro es el personaje que más hace en este teatro (pero habremos de reconocer que hay docentes más comprometidos que otros) y, sin embargo, no puede terminar de resolver los problemas, no puede hacer que todos los niños salgan leyendo y con “leyendo” me refiero a una lectura, mínimamente, fluida cuando es en voz alta y que comprendan, porque leer es más que decodificar símbolos.
Muchas veces me he sentido frustrada porque veo un panorama con muchas carencias y eso se traduce en mi mente como un futuro con mucha incertidumbre en cuanto a los profesionistas, especialmente, cuando me entero de que están cursando su tercer semestre de licenciatura y jóvenes de 20 años no leen fluidamente en voz alta.
Entonces, con tanto desacuerdo que tengo, no me queda más que abrirme porque no voy a cambiar nunca el sistema... pero no puedo renunciar a un trabajo que me gusta, que es mi vocación, me atrevo a decir; tampoco puedo dejar de ser crítica de un sistema que nomás no da el ancho, que tiene mucho de qué hablar y del cual me fascina compartir con mi maestra Inmaculada, quien también es crítica del sistema educativo español, porque nos retroalimentamos y, además, entiendo que en México no estamos peor, aunque a veces así parezca.
No me gusta que no me guste el sistema porque me encanta lo que hago, pero solo puedo refugiarme en mi propia praxis y la autonomía que, como bibliotecaria, se me permite, ya que es profundamente satisfactorio que muchos de mis alumnos, de primero a sexto, no saben de qué soy maestra: me dicen que de artes, de español, de cuentos, de historia o de cultura, pero no lo tienen claro porque, cuando los visito, es de lo que hablo y de lo que les invito a hablar conmigo; lo más grato es que, al final, soy maestra de y para ellos, eso es lo que importa, y que, desde mi trinchera, puedo hacer lo que se pueda, pues, si de 30 niños por grupo, dos o tres aprendieron algo, entonces, ya es ganancia.

Comentarios