“Y entonces ahí vas, a veces con frío, otras con calor, a pararte frente a la pintura que siempre admiraste y que nunca pensaste ver”
PARADO FRENTE AL GUERNICA
José Manuel
Frías Sarmiento
¿Qué hacer parado frente al Guernica, en el Museo Reina
Sofía de Madrid? ¿Qué hacer ante la magnitud de la obra y el simbolismo de la
pintura más trascendental de Picasso? Nada. Sólo admirarlo. Verlo con embeleso
y aspirar el aroma del óleo en blanco y negro, con varios matices de grises, que
hablan de rabia y de justicia, pintado en Francia en pleno contexto de la Guerra
Civil Española y en los albores de la Segunda Guerra Mundial. El Guernica es
eso y más, mucho más, que sólo he leído en artículos y en versos de León Felipe
que resuenan como un último relincho del caballo que agoniza bajo la lámpara
del vértice central que le ilumina, un caballo que clama por una España a la
que nadie olvide, por un pueblo al que todos debemos de recordar:
“¡Cómo se
escribía España?... Nadie se acuerda.
¿Cómo se
escribía mañana
en el
lenguaje de los muertos?
Aquí hubo
un pueblo
¡Dónde?
¿Cuándo?
¿Cómo se
llamaba?”
Yo, a León Felipe, lo conocí en mis tiempos de
secundaria, cuando recién llegaba de El Aguaje. Y lo conocí por mis andanzas en
busca de Literatura que me ayudara a comprender la ciudad a la que entraba y a no
olvidar el campo del que venía. Y así encontré una linda colección de poemas
del poeta español en el exilio. Leí muchos poemas de él y todos me gustaron, en
especial ¡Qué lástima! Que muchos
años después aprendí a escuchar y apreciar mejor declamado por Héctor Alterio.
Leí muchos, pero siempre recuerdo el de Guernica. Por ese poema supe de su historia y de, alguna manera, la guardé en el inconsciente, sin saber que un
día estaría parado frente al cuadro que Picasso pintara como
un encargo del gobierno de la Segunda República en España para el
pabellón español de la Exposición Internacional de París de 1937. Un cuadro pintado en tiempo récord y a la vista de todos, pues el artista, permitió que el público entrara a su estudio mientras trabajaba en el lienzo de Lino y Yuta, como una propaganda y apoyo a la causa republicana española, durante los 35 días en los que lo pintó.
El Guernica es un
grito de guerra. Así lo afirmó su autor cuando dijo:
“Mi trabajo es un grito de denuncia de la guerra y de los ataques de los
enemigos de la República establecida legalmente tras las elecciones del 31
(...). La pintura no está para decorar apartamentos, el arte es un instrumento
de guerra ofensivo y defensivo contra el enemigo. La guerra de España es la
batalla de la reacción contra el pueblo, contra la libertad. En la pintura
mural en la que estoy trabajando, y que titularé Guernica, y en todas mis
últimas obras, expreso claramente mi repulsión hacia la casta militar, que ha
sumido a España en un océano de dolor y muerte.”
Eso dijo, y de pronto siento que se
traiciona a Picasso, pues miles de turistas llegan de todo el mundo para sólo
tomarse una fotografía para el recuerdo, o una selfie para el fugaz momento de celebridad que les lleve likes a su
fama, efímera y volátil. Pero cuántos, en verdad, se quedan por un rato, largo
y pensativo, ante los casi 28 metros cuadrados de un lienzo que se construyó
para luchar por la República en España. Cierto, no se nos permite permanecer
todo el tiempo que queramos, porque son miles los que acuden a ver la obra más
icónica del Reina Sofía; incluso, ahora que nosotros fuimos, recién habían
pedido en préstamo el Guernica para una exposición en EE.UU. y dijeron que no
salía de España ni del Museo que le alberga. Y me parece que hicieron bien, puesto
que por 40 años estuvo, por disposición de su autor, resguardada y expuesta en
el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Él dispuso que el Guernica llegara a
España una vez restablecida la República, como un símbolo de lucha y de
resistencia civil. Y fue así que el 9 de
septiembre de 1981 el cuadro viajó desde el Aeropuerto Internacional John F.
Kennedy hasta el Madrid-Barajas, en el vuelo regular de Iberia 0952. Y ahí
debe de permanecer, porque es un símbolo de resistencia popular. Un cuadro
lleno de signos y de misterios para los que no sabemos del lenguaje de los colores
ni del significado real que emana del Niño desmayado, de la Mujer con la lámpara, el Caballo, el Toro y el Guerrero derribado. Es un misterio,
incluso, para los expertos descifrar el o los mensajes implícitos en las cuatro
mujeres, un caballo, un toro, un pájaro, una bombilla y un hombre que integran
la composición del Guernica.
Estos son datos que sitúan a la obra de arte; pero a mi ¿quién
y cómo me ubica en Madrid, un domingo 12 de abril, frente al Guernica? ¿Quién o
qué me llevó a ese Museo que alberga una impresionante Librería con más de 300’000
títulos, en un espacio de 450 metros cuadrados? Es que, para entrar a ver el
Guernica, recorres una fila que pasa frente y a un lado de los ventanales que
te muestran los grandes estantes y los miles de libros que te llaman en
silencio para que pases a platicar con ellos. Y no puedes hacerlo, porque tienes
pocos días para estar en Madrid y, además del Museo del Prado, tienes que
entrar a ver el Guernica de Picasso. ¡Tienes que hacerlo! Porque, entre otras
razones, para eso es que volviste a la Península Ibérica y, en especial, a Madrid.
¡Chingado, dan ganas de ser español, nomás para disfrutar por siempre de la
riqueza histórica, educativa y cultural que este país contiene en cada vuelta
de esquina, en cada pared, en cada castillo y palacio; y en cada calle, como el
Barrio de la Letras, en el que literalmente, caminas sobre fragmentos de obras
escritas por autores universales que leíste en tus libros de primaria y
secundaria y los otros cientos que leíste por tu cuenta: a cada paso lees En un lugar de la Mancha… de Cervantes;
en el siguiente: Volverán las oscuras golondrinas…
de Becquer; más adelante versos y narraciones de Pérez Galdós, Lope de Vega,
Calderón de la Barca, García Lorca… y muchos más cuyas imágenes están en los
muros y sus palabras en las calles, como abrazos narrativos que no te quieren
dejar ir; pues nomás saliendo de esa calle llena de pasajes literarios, entras
a una plaza en la que te topas de frente con una gran estatua de Pedro Calderón
de la Barca, y en el otro extremo, una cálida figura de Federico García Lorca
que ese día tenía un ramo de claveles rojos en sus manos. Intrigado, me tomé
varías fotografías con él y, mientras lo hacía se acercó un señor con una bolsa
llena de claveles rojos a pedir que le tomáramos una fotografía con el poeta
García Lorca. Nos comentó que vive cerca de ahí y que el día 10 de cada mes le
lleva 10 claveles rojos y los pone en las manos de la figura de Lorca. Y que
tiene 10 años haciéndolo. ¡Ah, también es poeta y se llama Álvaro Rodríguez Sicilia!
Y entonces ahí vas, a veces con frío, otras con calor, a pararte frente a la pintura que siempre admiraste y que nunca pensaste ver, así de cerquita, como la tuviste ese domingo 12 de abril que te paraste frente a ella en el Museo Reina Sofía de Madrid. Una experiencia que no se puede narrar en una sola visita; por eso habremos de regresar para volver al Museo a ver de nuevo esa pintura universal que yo admirara en mis libros de secundaria, aquellos de Historia, de Ciro González Blackaller y los de Español, de Idolina Moguel. He de regresar a pararme de nuevo frente al Guernica en el Madrid al que Agustín Lara le compusiera el bello chotís: Madrid. Al Guernica que impresionara a León Felipe y a mí me llenara de imágenes evocativas al leer sus poemas en la ETI 23, recién llegado de mi pequeño Rancho El Aguaje; y que ahora los recuerdo regresando de Madrid.
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Saludos, su amigo, José Manuel Frías Sarmiento