"Y en medio de aquel silencio que sólo yo podía escuchar, lo entendí"

 




ME QUEBRANTÉ A MÍ MISMO

 

Manuel Montes

 

Esforzándome por ver, el único ojo que podía mantener abierto me hacía sentir que pronto se me desprendería de la cuenca. Mi casco estaba demasiado apretado, y el hueco por donde miraba parecía encogerse cada vez más.

Un espeso líquido escurría por mi frente; no sabía si era sudor o sangre. Mis piernas apenas me sostenían. Una ola de miedo, coraje, dolor e impotencia me invadía.

Volví en mí, consciente de la situación. Gritos de dolor y batalla resonaban por todo el campo, casi opacando el chillido constante en el lado izquierdo de mi cabeza.

El ambiente era asfixiante. La tierra se agitaba por todas partes. El olor a óxido, sangre y desechos de los caballos me revolvía el estómago, y la repentina neblina me hacía querer desgarrarme por dentro.

La espada —como si fuera parte de mi cuerpo— seguía en mi mano. Era lo único que me daba seguridad. Pero empezaba a pesar. Estaba cubierta de sangre… sangre que no podía aceptar que había sido arrancada de un cuerpo que la necesitaba para vivir.

Fue entonces, al observar aquel color carmesí, que el mundo pareció detenerse por un instante.

Ese tono… me recordaba al cabello de aquella dama por la que mi corazón estallaba en valentía y en un fuego abrumador llamado amor.

Mi lealtad había cambiado; el honor que tanto me esforzaba por seguir con exactitud fue quebrantado por lo que sentía por esta hermosa mujer.

Los dioses me castigaron por haber roto mis antiguas promesas… promesas de tomar la mano de quien alguna vez consideré debía estar a mi lado.

El castigo se presentó en un combate justo, presenciado por las más nobles familias de la alta sociedad, exigido por el padre de aquella pobre joven a la que dejé de considerar mi amor real.

El combate era mi última opción si quería salir vivo del castigo que habían impuesto sobre mí. Me presenté solo, pues no quería que nadie más saliera herido por las consecuencias de mis actos.

Sin embargo, aquellos compañeros con los que había compartido tantas batallas, y por quienes habría dado la vida, no dudaron en presentarse ante la falta de mi apoyo frente a los hombres que debía enfrentar.

Un estruendo metálico me arrancó del recuerdo. Mi espada vibró en mi mano al detener un golpe que casi no vi venir.

Me encontraba frente al hombre que juré no decepcionar… y al que ahora debía derrotar.

No quería que aquel duelo, ni el estruendo de aceros afilados, terminara con la vida de quien me había enseñado tanto. Pero tampoco estaba dispuesto a abandonar aquello que le había dado un nuevo sentido a mi vida… aquello que quebrantó el honor de un caballero.

Cada choque me dejaba más exhausto, y el aire en mis pulmones parecía abandonarme.

Resignado a cualquiera de los posibles finales, entregué todo en un último choque de espadas. El impacto fue tan brutal que ambos soltamos nuestras armas, dejándonos caer el uno contra el otro.

Nuestras armaduras, desgastadas y abolladas, chocaban golpe tras golpe, hasta que uno de ellos encontró una de las heridas en las costillas de mi contrincante.

Cayó de rodillas.

El peso de mi cuerpo cedió al fin, y con él, el del hombre que una vez fue mi guía. El estruendo de la batalla se desvaneció a mi alrededor, como si el mundo mismo se negara a presenciar lo que había hecho.

Mi respiración era débil, irregular… pero aún seguía ahí, recordándome que debía cargar con ello.

La sangre, mezclada entre ambos, ya no distinguía culpables ni inocentes.

Y en medio de aquel silencio que sólo yo podía escuchar, lo entendí.

No fueron los dioses quienes me castigaron… fui yo quien, al elegir, terminó por quebrantar todo aquello que alguna vez juré proteger… y en ese instante, me quebranté a mí mismo.


Comentarios

Marité Ibarra dijo…
Interesante tu texto Manuel, qué cierto es que a veces uno mismo busca su desgracia o su estado actual que puede ser deprimente o sombrío.
Saludos Manuel....

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