"Por primera vez, alguien no estaba diciéndome quién era; me estaba obligando a descubrirlo"






EL HIJO PERDIDO DE FRÍAS 

Ian Manuel Frías Sarmiento 


Por: Ian Báez Palazuelos



“No es bullying, es carrilla”.

Eso dicen siempre.

Fue carrilla cuando la maestra normalista se refirió a mí como “gordo chaparro”, y convirtió el salón en el escenario, y a mí en su chiste. Fue carrilla cuando Javier me tiró al piso, y después del golpe pude sentir cómo todo a mi alrededor giraba, menos yo. Fue carrilla cuando alguien empezó a decidir quién era, cómo debía verme, cómo debía hablar, cómo debía existir. 

Carrilla.

Una palabra suficientemente ligera como para no hacerte cargar con la responsabilidad de ejercerla, pero con el peso suficiente para quedarse. Entonces uno empieza a preguntarse cosas que no debería: ¿realmente duele? ¿O soy yo el que no aguanta la carrilla? ¿Es un juego? ¿O es una forma cómoda de decir cosas sin hacerte responsable?

Porque no solo te dicen quién eres, te lo repiten, te moldean, te lo imponen hasta que ya no sabes si estás actuando o si siempre fuiste eso. ¿Qué haces cuando no estás actuando para las voces de tu cabeza? Ahí comencé a perderme, en grietas diminutas, en versiones de mí que todo el mundo parecía comprender mejor que yo. El espejo cayó, y cuando me vi, empezó a transitar mi cuerpo una sensación extraña; un espejo roto me refleja mejor que uno completo, tantas versiones de mí, y ninguna parecía completa.

“¿Qué es una carabela?”

La pregunta me sacó de mi trance, hecha por un hombre al que le debo más de lo que suelo admitir.

“Un barco”, contesté.

Claro, una carabela es un barco, quizá más pequeño, pero en esencia eso es.

“Bien, Ian”, continúo, “imagina que eres profesor en una sierra, y le estás dando clases a niños que en su vida han visto el mar o la costa. ¿Cómo les explicas que una carabela es un barco?”

Qué pregunta tan pendeja, pensé. Se me vinieron a la mente mil respuestas: llevar imágenes, libros, fotos de carabelas, soluciones rápidas. Pensé en todo, menos en la pregunta.

En ese momento se había ganado mi desprecio; todo el camino de vuelta a casa fui debatiendo conmigo mismo sobre ese preciso momento, pero al final entendí algo:

No estaba hablando de barcos ni de carabelas. Me estaba preguntando por algo más difícil: ¿cómo explicas algo que el otro no ha vivido? ¿Cómo nombras algo sin reducirlo? Y, sobre todo, ¿cómo enseñas sin imponer?

José Manuel Frías Sarmiento, Pensamiento filosófico de la educación, Primer semestre de la Licenciatura en pedagogía.

Por primera vez, alguien no estaba diciéndome quién era; me estaba obligando a descubrirlo.

El Maestro Frías no enseña como los demás. No explica, no simplifica las cosas, no acomoda toda su clase para que uno salga entendiendo. Él incomoda, hace preguntas que hieren el ego, porque sabe exactamente dónde duele no tener respuestas, y se queda en silencio, esperando a que respondas, como si eso fuera parte de su clase. Al principio pensé que era arrogancia, esa forma de hablar, de mirar por encima de lo evidente, esa maña de no dar respuestas claras intimida, cansa y a ratos desespera.

Pero algo pasa.

Porque entre todos los que se incomodan, hay algunos que no se van. Algunos que se quedan pensando más de la cuenta.

Pasa algo curioso con el Maestro Frías. Cada vez que le menciono algún nombre importante de la literatura sinaloense, él sonríe poco y dice:

“Fue mi alumno, sí, era bien desmadroso”.  O, es mi amigo, trabajamos o estudiamos juntos

Pensarías que es exageración, pero cada que me adentraba más en el mundillo de la literatura, me di cuenta de que no era así.

Y es que él no forma escritores, los empuja. Los incomoda lo suficiente como para que no puedan quedarse iguales.

Frías es un personaje extraño. No conozco mucha gente que habla de la literatura con tanta pasión, que demuestre en cada palabra que realmente es un hombre letrado, que toma vino caro y come rancheritos, como si eso en sí no fuera una contradicción, como si lo elevado y lo absurdo pudieran convivir en la misma mesa sin estorbarse.

Tal vez ahí está parte de la solución, o del problema.

Porque yo no sé si Frías realmente forma escritores, pero estoy seguro de que lo hizo conmigo. No me dijo quién era, no me corrigió ninguno de mis textos, no dejó caminos claros ni me dio respuestas; me dejó pensando, y eso es peor. Porque cuando alguien te dice quién eres, puedes creerlo o ignorarlo, pero cuando alguien te obliga a preguntártelo, ya no hay vuelta atrás.

Entonces llegó el apodo, no como llegan las cosas importantes, aquellas que tienen peso en la vida personal. Llega como siempre llegan esas cosas, en forma de risa o burla. Un comentario al aire, una frase dicha a medias, ligera como para no tomarse en serio, pero constante, tanto como para quedarse. 

“El hijo perdido de Frías”

Una vez, dos veces, tres… Dejó de ser una broma y pasó a ser una forma de nombrarme, de referirse a mí cuando llevo saco o cuando hablo con intelectuales. Mis compañeras lo dicen riéndose, como burla, a veces como etiqueta, a veces como si hubieran entendido algo de mí que yo todavía no termino de comprender. Que si soy su mejor amigo, que si paso demasiado tiempo con él, que si hablo como él, que si pienso como él.

Y lo curioso es que no me molesta la comparación. No me incomoda que alguien vea en mí algo que admira. Si soy parecido a alguien que piensa, que escribe, que incomoda… no es un insulto.

Podría ser, incluso, un halago.

Lo que me incomoda es otra cosa: que no se queda en la observación.

Se vuelve afirmación.

Se vuelve decisión.

Por qué no dicen

“Te pareces”.

Dicen

“Eres”.

Y ahí es donde empieza a doler otra vez, porque es lo mismo. Es la misma lógica de siempre.

Solo que con otro disfraz.

Antes era “gordo chaparro”.

Ahora es “hijo de Frías”.

Distinto contenido, misma estructura. Alguien más decide quién soy, y lo dice lo suficiente.

Como para que empiece a pesar. Y entonces me pregunto cuántas de las versiones que tengo de mí son realmente mías. ¿Cuántas nacieron de algo que sentí, y cuántas de algo que me dijeron tantas veces que terminó pareciendo verdad?

Porque no es solo un apodo.

Es una forma de acomodarte en el mundo, de hacerte entendible para los demás, aunque eso implique reducirte. Y es cómodo. Para ellos.

Porque es más fácil decir “ah, es el hijo de Frías” que intentar entender quién soy realmente.

Pero yo no quiero ser entendible si eso significa ser reducido. No quiero ser claro si para ser claro tengo que caber en una sola idea. No quiero ser fácil de explicar si eso implica dejar fuera todo lo que todavía no entiendo de mí. Sí, hablo con él. Sí, paso tiempo con él. Sí, me gusta escuchar lo que tiene que decir. Pero eso no me convierte en su reflejo. No soy una extensión de nadie. No soy una copia. No soy una versión joven de algo que ya existe.

Soy, en el mejor de los casos,

Alguien en proceso.

Alguien que toma cosas, que escucha, que observa y que intenta, torpemente, hacer algo propio con todo eso.

Pienso que eso es lo que me incomoda, no que me parezca a él, sino que no termino de parecerme a nada claro.

Que no encajo del todo.

Que no respondo como se espera.

Que no soy fácil de nombrar.

Solamente es de nuevo carrilla, un juego, una risa, esa necesidad constante.

De cerrar lo que está abierto, de definir lo que todavía está en proceso, de etiquetar lo que todavía no se deja.

“El hijo perdido de Frías”.

Quizá tienen razón en una cosa, en que estoy perdido, pero no en el sentido en el que ellos creen. No estoy perdido porque no sepa quién soy, estoy perdido porque todavía no termino de decidirlo.

Porque sigo en ese punto incómodo donde uno deja de aceptar lo que le dicen, pero todavía no construye algo propio.

Y si estar perdido significa eso, entonces por primera vez no me molesta tanto no encontrarme.

Y ahora, pareciera que entiendo, tengo una ligera noción, quizá no del apodo, ni de las risas, ni del maestro. Me entiendo un poco más a mí mismo a través de este texto. Tal vez nunca fui lo que dijeron que era, el gordo chaparro, el reflejo de alguien más, o un hijo perdido. Pero tampoco soy ajeno a todo eso: Soy lo que quedo. Lo que resistió. 

“El hijo perdido de Frías”

Repiten, como si fuera una etiqueta, intentan explicarme a través de ese apodo, como si eso fuera suficiente. Pero se equivocan en algo: No soy su hijo, ni su mejor amigo.

Tampoco estoy perdido en la forma que creen.

Porque si algo aprendí de él, no fue a parecerme. Fue a cuestionar todo. A no aceptar respuestas fáciles. A no conformarme con lo que otros dicen que soy. A incomodarme lo suficiente como para no quedarme igual.

Y si eso es lo único que heredé, entonces no es poca cosa.

Porque estar perdido ya no significa no saber quién soy. Significa estar buscándome sin aceptar mapas ajenos. Significa no encajar del todo porque todavía estoy construyendo el lugar donde sí.

Significa que, por primera vez, no estoy repitiendo una versión de mí que alguien más escribió.

Tal vez nunca dejaré de ser “el hijo perdido de Frías” para ellos.

Pero para mí, soy otra cosa.

Soy el que escuchó, el que dudó, el que se rompió en versiones, y aun así decidió no quedarse con ninguna.

Soy el que aprendió que no hay una sola forma de ser, y que no todas necesitan nombre.

Y si estar perdido significa eso, entonces no quiero encontrarme demasiado pronto.

Comentarios

"Podría ser, incluso, un halago"
Estimado Ian, está frase de tu relato la tomo literal pero en contrario: Es para mí un verdadero halago que alguien haga una comparación entre tu y yo. Brincos diera si yo escribiera cómo lo haces tú. Eres un joven con mucho talento y con una gran capacidad para observar y analizar; y aparte lo narras muy bien.
Así que te agradezco un mundo este relato, porque además del afecto que te tengo, me renueva los ánimos para seguir abriendo surcos y empujando a los que aún no se atreven a mostrar su talento.
Y, sí, yo me siento muy orgulloso de ser tu amigo y de que escribas en este Blog
Saludos, un abrazo, tu amigo, Mtro. José Manuel Frías Sarmiento
Marité Ibarra dijo…
Estimado Sir Caballero Williams, yo te nombré así por ser alguien distinto, por ser un caballero culto, por tener habilidades intelectuales que se notan y eso quizá moleste e incomoda a los demás, cosa que debes ignorar completamente. Siempre hay ojos observadores para la crítica y el sarcasmo, para la envidia disfrazada.
Me gusta la franqueza con la expones tus sentimientos y los hechos, estás dentro de una comunidad lectora y escritora que te entiende y el hecho de que te digan El hijo perdido de Frias, disfrútalo, tómale el lado positivo, chusco quizá, pero te aseguro que muchos quisieran estar en tu lugar.
Fue un gran placer leerte, y la sinceridad en tu texto es evidente, eso le da más valor a lo escrito.
Seguimos leyendonos en vacaciones, recuerda que en este Blog se te quiere y se te valora mucho!!!
Un fuerte abrazo joven Ian...

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