“Nosotros no teníamos nombres, vivíamos entre las sombras proyectadas en las paredes viejas. Sin reclamar, irreales, atrapados como espectros”




 

LA CASA DE LOS HUESOS

 

Yazmín Lares Salazar

 

Mi casa era un cascarón vacío, cuatro paredes que delimitaban un espacio, moldeándose para cerrarse en nosotros y atraparnos dentro.

Mi padre, un nahuali que cambiaba de forma, estiraba su piel hasta cubrir la plenitud del espacio. Sentíamos su presencia, silenciosa y juzgadora, respirando en nuestras nucas como si se tratase de un león a punto de devorar a su presa. Sus colmillos se clavaban sobre mí, transfiriendo el veneno que entraba a mi sistema e infectaba todo lo bueno que pudiese haber germinado en mi interior.

Mi madre era un huracán que se movía por la casa, destruyendo cosas a su paso con pasividad y desapego. Sus lágrimas caían sobre el duro suelo, agitando a los ancestros y ahogándonos.

Dentro de la sala nos reuníamos cada noche como una parodia de la familia normal, sentados en un sofá cerca de ellos, observando cada movimiento. Mi padre se postraba en su mecedora mientras fumaba; el humo ascendía hacia el techo. Sus ojos negros se posaban lánguidamente sobre cada uno de nosotros, no con curiosidad, sino con algo más clínico. Mi madre, sentada sobre una silla de caoba al lado de él, se concentraba en coser su mantel. La aguja penetraba la tela blanca mientras confeccionaba monstruos jamás vistos: un pájaro con cabeza de reptil, una hiena deforme que parecía sacada de sueños febriles. Padre le decía que era un proyecto infantil, pero ella lo ignoraba y seguía con su trabajo.

Por las noches, la sombra de espíritus rondaba por los pasillos como si nunca se hubieran ido, siempre presentes; maldiciones gestadas de generación en generación, eclosionando dentro de nosotros. Y en el centro de todos ellos estaba él, paralizándonos con sólo una mirada. Su boca se volvía algo grotesco y terrible, su hambre inmensurable, sus dientes filosos y chuecos brillaban mientras devoraba a sus hijos. Como Cronos, su estirpe saciaba su apetito: uno tras otro caía y resbalaba por su largo esófago.

Otras noches se escuchaban ruidos desde la alcoba de nuestros padres. Sollozos y gruñidos guturales que nos paralizaban. Mi padre se estiraba y se deshacía de su forma humana, transformándose en serpiente, a la que mi madre trataba de combatir. Pero siempre perdía. Y el cuerpo escamoso se introducía en sus entrañas. Al terminar, la casa se cubría de un ambiente tenso. Ninguno de nosotros se atrevía a moverse ni a respirar, aterrorizados de quebrar el pesado silencio.

Padre, la sola palabra despertaba un sentimiento de pánico y ansiedad. Mi padre, siempre cambiante, evocaba formas antiguas y olvidadas, formas que se imprimían en nuestra psique y nos dejaban presas del terror. Los lazos no importaban: él no asumía el rol de protector, sino de depredador y consumidor. Mi madre, en cambio, ofrecía palabras vacías y caricias gélidas. El amor materno no estaba presente; sus entrañas estaban secas desde los inicios del tiempo y dio a luz en medio de un arrebato de gritos y maldiciones.

Sus lágrimas hacían eco de secretos enterrados, de vivencias olvidadas y de personas sin rostro. Empapaban las paredes, corroyendo las buenas semillas que germinaban dentro de su raza. Aunque a veces nos sorprendía con una compasión inusual. Entraba en la habitación y, con sus manos delicadas y suaves, acariciaba nuestros cabellos. No ofrecía palabras de amor ni dulces susurros, solo su presencia desconectada. Éramos, después de todo, un pensamiento posterior en su mente, algo sin importancia, algo que había sido forzado en ella.

Nosotros no teníamos nombres, vivíamos entre las sombras proyectadas en las paredes viejas. Sin reclamar, irreales, atrapados como espectros. Los últimos en la sangre olvidada, los únicos pequeños que la madre pudo salvar de ser devorados. Un extraño acto de piedad de nuestra progenitora: el haber ofrecido su inocencia por la carne de sus entrañas.

Con los años, mis hermanos crecieron, grandes y fuertes. Sus cuerpos se transformaron con el tiempo. Se hicieron hombres libres, capaces de defenderse del padre. Pero yo continué igual: pequeño, débil y taciturno.

Mis hermanos heredaron la estructura corpulenta de nuestro padre, el porte regio y la lengua filosa; pero solo yo heredé sus ojos negros como el ónix. Había heredado todo de mi madre: su cuerpo, su fragilidad y su nerviosismo.

En mi adolescencia, algo comenzó a cambiar. Se estableció una nueva rutina. Por las noches, la madera fuera de mi habitación crujía. Por el espacio debajo de la puerta, la luz del pasillo se colaba y podía ver la clara sombra de dos pies. Era él. Fuera de mi cuarto, acechando.

La playera se pegaba a mi espalda por el sudor frío. Aguardaba la respiración, me hacía pequeño, evitaba moverme, como una presa escondida de un jaguar que trata de evitar la mordida certera.

No recuerdo por cuánto tiempo siguió vigilándome, quizás esperando hasta que la máscara se resbalara y pudiera vislumbrar al niño atemorizado en mi cama. La puerta se abrió lentamente, crujiendo. En la oscuridad, sus dos ojos parecían brillar como los de un felino.

Cualquier amor filial perverso que él fingía tener por sus hijos pereció en aquel instante. La pretensión no importó. Ni siquiera tuve la oportunidad de huir antes de que sus colmillos se cerraran sobre mi cuello, inmovilizándome.

El lecho de descanso se profanó esa noche. La habitación se cerró sobre nosotros, aislándonos de lo que pasaba afuera. Podía sentir su mordida esparciendo una infección dentro de mí, algo pesado que viajaba por mis venas, destruyendo el último soplo de esperanza dentro de mi cuerpo. No cedí a caer en lágrimas; eran en vano. Simplemente permanecí recostado debajo de él.

Su semilla corroída llenó mis entrañas como alguna vez llenó las de mi madre. Esos ojos negros y sin brillo se clavaron en mi rostro, observando la obra de su corrupto deseo. Los suelos se movían y las paredes siseaban, testigos del acto violento. Al final, en esas cuatro paredes, solo estábamos él y yo: él tan hueco como yo, solo.

Él me dejó entre las sábanas sucias, sin mirar hacia atrás cuando salió. Un caparazón de carne y huesos, sin alma y sin amor.

Quizás si Dios me hubiese hecho mujer, esa semilla podrida hubiera germinado dentro de mí, dando a luz como mi madre alguna vez nos dio a luz. Pero supongo que ese era mi único consuelo. Yo no había sido mujer; solo tuve la mala fortuna de parecerme a ella. Era yo una imagen distorsionada de mi madre. Yo era Esporo, el recipiente de sus crueles y perversos deseos, y él, Nerón. Un objeto para su entretenimiento y nada más. Una enferma parodia de lo que fue alguna vez mi madre.

 

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