"Lo único que puedo decir es lo que sentí al entrar. El impacto. La sacudida. Esa sensación de enfrentar algo que me supera"





LO QUE MI MENTE NO PUEDE ESCRIBIR 


Anahí Díaz Pérez


Tengo que escribir sobre él.

Eso es lo que me pidieron. Eso es lo que debería hacer. Describirlo, hablar de su forma de enseñar, de lo que sabe, de lo que transmite… pero mi mente se niega. Se queda en blanco cada vez que lo intento, como si supiera que no puedo hablar de alguien a quien no conozco realmente.

Y entonces hace lo único que sabe hacer: regresar.

Regresar a ese primer día.

Porque si soy honesta, lo único que puedo escribir no es sobre él… es sobre lo que provocó en mí desde el primer momento.

Nunca olvidaré ese día. Yo estaba ocupada, como siempre, resolviendo cosas, viviendo entre pendientes, sin detenerme demasiado a pensar. Ni siquiera recordaba que iniciaba el taller. Irónico, ¿no? Decidir entrar a algo “Redacción libre y creativa” cuando escribir nunca ha sido lo mío.

Qué ilusa fui.

Entre mi vida, el tiempo que dejé de estudiar, el trabajo, mis hijos… apenas tengo espacio para respirar, mucho menos para sentarme a pensar en palabras bonitas o textos bien hechos. Y aun así, ahí estaba, intentando.

Hasta que sonó la alarma.

Cinco minutos.

Sentí cómo mi mente se agitó. Corrí al correo, busqué el enlace, y justo en ese momento vi la batería: 10%. Como si todo estuviera en mi contra. Como si ese inicio ya viniera con una advertencia.

Me subí al carro, manejé rápido, compré un cargador, abrí el enlace casi sin aire… y entonces escuché esa frase que aún resuena en mí:

—Pasaré lista y quien no tenga su cámara encendida tiene falta.

Mi corazón empezó a latir tan fuerte que por un momento sentí que no iba a poder ni hablar. No era solo la prisa. No era solo el caos. Era algo más… una sensación de no pertenecer.

Llegué a casa de una amiga, conecté el celular, me senté sin acomodarme, sin prepararme, sin nada. Solo me senté. Y escuché.

Hasta que dijeron mi nombre.

Encendí la cámara y dije “presente”… o al menos eso intenté. Porque en ese momento mi voz no era mía. Mis palabras no eran mías. Todo en mí estaba paralizado.

Yo no soy una persona nerviosa.

Pero ese día, mi mente me traicionó.

Mis oídos escuchaban, pero no comprendían. Mi boca quería hablar, pero no encontraba cómo. Y cuando volví a escuchar mi nombre, cuando tuve que dar una opinión, lo hice sintiéndome completamente fuera de lugar.

Como si todos supieran algo que yo no.

Como si todos pertenecieran… menos yo.

Me sentí pequeña. Incómoda. Lejana. Como la persona menos preparada en ese espacio. Y lo peor es que esa sensación no se fue rápido. Se quedó. Se sentó conmigo.

Y en medio de todo eso… mi mente empezó a desviarse, a buscar refugio. Me llevó a la historia de mi abuela, como si ahí encontrara un lugar más seguro que ese presente que no entendía.

Y ahora, otra vez, me estoy desviando.

Porque tengo que escribir sobre él.

Pero no puedo.

No puedo hablar de sus libros, de sus referencias, de sus viajes o de todo lo que sabe, aunque es evidente. No puedo describirlo como maestro, porque apenas estoy aprendiendo a escucharlo sin sentirme perdida.

Lo único que puedo decir es lo que sentí al entrar.

El impacto.

La sacudida.

Esa sensación de enfrentar algo que me supera.

Sí, parece alguien que sabe mucho. Sí, habla con seguridad. Sí, dice las cosas como son. Pero más allá de eso, lo que realmente puedo escribir no es quién es él… sino lo que despertó en mí.

Duda.

Inseguridad.

Miedo.

Y también, aunque me cueste admitirlo… un pequeño deseo de quedarme.

Porque ese primer día pensé en irme. De verdad lo pensé. Sentí que no era suficiente, que no estaba a la altura, que ese lugar no era para alguien como yo.

Pero no me fui.

Aquí sigo.

Sin saber escribir como los demás. Sin entender todo. Sin sentirme completamente parte.

Pero sigo.

Y tal vez eso… eso también dice algo.

Aunque no sea sobre él.

Sino sobre mí.

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