"Hay frases que no dicen nada… y justo por eso dicen demasiado"





Y TAN TAN...

colorín colorado (pero todavía no, o sí, o depende)


—Celso Gilberto Guzmán Félix


Hay frases que no dicen nada… y justo por eso dicen demasiado. No porque escondan una verdad profunda, ni porque tengan una intención particularmente brillante, sino porque funcionan como esas puertas que se cierran solas: no importa quién las empuje, tarde o temprano se cierran, y uno se queda del lado que le tocó, sin saber si ese era el correcto o si había otro mejor que no alcanzó a ver.

“Y colorín colorado” es una de esas puertas. No importa qué haya antes —una historia bien contada, una a medias, una que apenas empezaba o una que nunca debió contarse—, la frase cae igual. Como si tuviera la autoridad suficiente para convertir cualquier cosa en un final. Y eso, si se piensa con calma, es bastante sospechoso. Porque terminar algo debería implicar haber llegado a algún lado, ¿no? Pero aquí no. Aquí basta con decirlo. Nombrar el final es, aparentemente, suficiente para que exista.

Lo cual, por cierto, resulta bastante conveniente.

Porque entonces ya no hay que explicar nada. No hay que justificar por qué las cosas quedaron como quedaron, ni por qué ciertas partes no encajan del todo. Se dice “y colorín colorado” y listo. Se asume que todo lo anterior tiene sentido, aunque no lo tenga. Y si alguien duda, si alguien siente que algo falta, bueno… tal vez no estaba poniendo suficiente atención. O tal vez esperaba demasiado. O tal vez el problema no es del final, sino de quien lo escucha. Siempre hay formas de acomodarlo.

Ahora bien, “y tan tan” es otra historia… o más bien, es la misma, pero sin el disfraz. Porque si “colorín colorado” intenta sonar como cierre formal, como algo que tiene tradición, ritmo, cierta elegancia infantil incluso, “y tan tan” no se complica. Es directo. Casi grosero. No pide permiso, no se adorna, no explica. Simplemente cae. Como quien dice: hasta aquí, y si no te gusta, pues ni modo.

Y ahí hay algo curioso. Porque uno podría pensar que esa franqueza es más honesta, más clara. Pero tampoco. En el fondo, hace exactamente lo mismo: corta. Interrumpe. Decide que ya fue suficiente, aunque no lo haya sido. Solo que lo hace sin pretender que es parte de una historia bonita. Es un cierre sin ceremonia, pero cierre al fin.

Lo interesante es cómo se usan. No solo al final de cuentos o relatos, sino en conversaciones, en explicaciones, incluso en discusiones donde claramente no se ha llegado a nada. “Y tan tan”. Como si eso resolviera algo. Como si bastara con decirlo para que la otra persona deje de pensar, de preguntar, de insistir.

Y muchas veces funciona.

Porque hay algo en el cierre que tranquiliza. No necesariamente porque sea correcto, sino porque es definitivo. Y lo definitivo, aunque sea arbitrario, tiene un peso particular. Da la impresión de orden, de control, de estructura. Aunque sea una ilusión bastante bien sostenida.

Pero claro, no siempre se nota. A veces el cierre se acepta sin problema, como si fuera natural, como si todo hubiera llevado exactamente a ese punto. Otras veces, en cambio, queda una sensación extraña, difícil de nombrar. Algo así como una idea que no terminó de formarse, pero que tampoco desaparece. Se queda ahí, como suspendida, sin saber si debería seguir o simplemente aceptar que ya no hay espacio para hacerlo.

Y ahí es donde la cosa se pone interesante. Porque el problema no es que las cosas terminen, sino cómo lo hacen. No es lo mismo llegar a un final que imponerlo. No es lo mismo concluir que cortar. Pero en la práctica, esa diferencia se borra con bastante facilidad. Basta con una frase, bien colocada, en el momento justo —o injusto, dependiendo de cómo se vea—, para que todo lo anterior quede encapsulado como algo completo.

Aunque no lo sea.

Porque, si se mira con cuidado, muchas de esas historias que terminan con un “y colorín colorado” podrían seguir. No necesariamente porque haya más que decir, sino porque lo dicho no se ha acomodado del todo. Pero no importa. La frase aparece y establece un límite. Hasta aquí. Lo demás ya no entra.

Y entonces uno se queda con lo que hay. Ni más, ni menos.

Ahora, tampoco es que esto sea un problema grave. No es que el mundo se detenga porque alguien cierre mal una historia. No es una tragedia ni mucho menos. Es más bien una especie de detalle… uno pequeño, casi insignificante, pero lo suficientemente constante como para volverse interesante.

Porque revela algo.

No tanto sobre las frases en sí, sino sobre la necesidad que hay detrás de ellas. Esa urgencia por cerrar, por concluir, por dar por terminado algo que tal vez no lo está. Como si lo incompleto fuera incómodo, como si dejar algo abierto implicara un riesgo innecesario.

Y puede que lo sea.

Después de todo, lo que no se cierra queda disponible. Puede seguir creciendo, cambiando, complicándose. No se deja fijar tan fácilmente. Y eso, para muchas cosas, no resulta práctico. Es más sencillo poner un punto final, aunque sea forzado, que sostener algo que no termina de definirse.

Por eso se agradecen estas frases. No porque resuelvan, sino porque evitan tener que hacerlo.

Funcionan como atajos. Caminos rápidos hacia una sensación de cierre que, aunque no sea del todo sólida, cumple su función. Permiten seguir adelante sin tener que revisar demasiado lo que quedó atrás. Y eso, en ciertos contextos, es bastante útil.

Aunque también tiene su costo.

Porque cada vez que se usa una de estas frases para cerrar algo que no está listo para cerrarse, se pierde un poco de lo que podría haber sido. No necesariamente algo mejor, ni más claro, ni más interesante. Pero sí algo distinto. Algo que ya no va a aparecer, porque el espacio para que exista fue clausurado antes de tiempo.

Y aun así, se siguen usando.

Porque funcionan.

Porque simplifican.

Porque dan la impresión de que todo está en su lugar.

Y porque, en el fondo, no siempre se quiere saber qué pasa si no se cierran las cosas.

Así que ahí están. Disponibles. Listas para caer en cualquier momento, sobre cualquier cosa, con la misma eficacia de siempre.

“Y colorín colorado…”

“Y tan tan…”

Y con eso basta.

O no.

Pero igual se dice.

Y ya.


Comentarios

"Y lo definitivo da la impresión de orden, de control, de estructura. Aunque sea una ilusión bastante bien sostenida".
Estimado Celso, cada texto que mandas al Blog abre puertas a la creatividad, al pensamiento y a la imaginación. Me agrada tu forma de pensar y de escribir, como la de ,Ian, la de Solangel y un grupo cada vez más amplió de escritores que espero se mantengan cuando ya no esté quien les empuja a escribir.
Ojalá y nunca se acabe la improvisación y la Serendipia aparezca cada vez más. Que jueguen siempre con el Tan tan y con el Colorín Colorado... Hasta que salga más y más
Saludos. Mtro José Manuel Frías Sarmiento

Entradas más populares de este blog