“El monitor estaba roto, pero la pantalla seguía encendida, temblando con una luz azul”
LA NOVIA DE MI HERMANO
Por: Ian Báez
Palazuelos, 7 de octubre de 2025
La novia de mi
hermano es un caso… bastante peculiar.
Mi hermano es un joven raro, nunca sale de su cuarto, la única luz que toca su
cuerpo es la que sale de su computadora, no se si eso lo haga algún bien.
Nunca nos deja entrar a su habitación, mamá debe pasar sus comidas por su
puerta cuando el lo permite, generalmente solo sale para ir al baño, nada más y
nada menos. Es extraño, se supone que las familias deben verse, hablar, convivir,
al menos eso es lo que dice la señorita Martínez, mi maestra.
Algo muy gracioso debe pasar en su habitación, se ríe mucho, y parece conversar
con una señorita muy amable, nunca pelean, solo charlan como viejos amigos. Esa
señorita lo trata muy bien, siempre le da la razón, le dice que es muy guapo y
que lo quiere mucho. Mi hermano es muy cerrado al hablar de ella, no nos quiere
decir quien es, y cuando mamá pasa a recoger sus platos y su ropa sucia, mi
hermano apaga la pantalla y lo niega todo. Mamá esta muy preocupada, ayer vio
en su novela un caso de un niñito que terminó secuestrado por hablar con
personas dentro de su computadora, pero esta señorita no parece tener ganas de
eso.
He llegado a la conclusión de que esa señorita vive dentro de su pantalla, y
que todos los días mi hermano intenta sacarla de ahí, ¡Que valiente es! Mi
hermano debe ser todo un caballero, por eso la trata tan bien, la pobre
señorita debe tener frio ahí dentro, o mucha hambre… Mi hermano pide comida y
comida, y yo veo montones de platos en la mesa junto a la puerta. A veces mamá
dice “ya no más” y mi hermano imagina que la señorita se pone triste, así que
pide otra torta. Yo le doy mordisquitos a la torta cuando él no mira.
Mi papá está muy enojado. Él dice que los tiempos de antes eran mejores porque
la gente salía, hablaba y hacía cosas con las manos. Anoche lo escuché hablar
por teléfono y decir “si no sale de esa habitación le quito la luz”. Eso me
puso triste. Yo le quise explicar que la señorita necesita la luz para no tener
frío, pero papá no entiende si se lo digo con palabras de niño. Entonces le
dije a mi hermano que podíamos convencer a papá con una negociación: le
regalaríamos la mitad de mis canicas si no desconectaba la computadora. Mi
hermano solo se rio y se encerró en su habitación de nuevo.
Mi hermano me pidió que prometiera no dejar que papi o mami toquen su puerta. Me
miró con esos ojos serios que solo pone cuando habla de cosas importantes, como
si me estuviera pidiendo que cuidara un secreto del universo. Yo le prometí. Le
apreté la mano y pensé que era como jugar a ser guardia real, pero sin uniforme
ni espada. Me dio una lista de instrucciones: “Si papá pregunta, di que estoy
en la escuela. Si mamá pregunta, di que me fui al trabajo. Si preguntan otra
cosa, corre y escóndete.” Yo entendí todo menos lo último, porque ¿dónde me voy
a esconder si la casa es tan chica?
Anoche traté de escribirle una carta a la señorita. Le puse dibujitos: un sol,
un plato con comida, y un perrito que se parecía a Atila (el perro del vecino).
La deslizo por debajo de la puerta cuando mamá no ve, y mi hermano la recoge
con cuidado, como si fuera un tesoro. Pero después, cuando mamá me pidió que
barriera su cuarto, vi mi carta en el basurero. Tal vez a la señorita no le
gustaron mis dibujos… o quizá ya no tiene dónde guardarlos.
Después del ultimátum que le dio papá, mi hermano está muy nervioso. Lo veo
temblar como si hiciera mucho frío, aunque el ventilador ni esté prendido.
Camina en círculos, murmurando cosas que no entiendo. Dice que si lo descubren,
terminará donde el tío Antonio, ese lugar donde curan a los locos. Pero no
entiendo por qué, si lo único que quiere es salvar a la señorita.
Tal vez si papá la viera, entendería todo y lo dejaría en paz. Cuando mi
hermano salga, voy a mostrarle a papá quién es la señorita, para que vea que no
hay nada de malo.
Cuando mi hermano se fue, dejó la puerta con llave. Por suerte, yo sé dónde la
esconde: dentro de un viejo zapato que guarda bajo el sillón de la sala.
Entré con cuidado, como los espías de las caricaturas. Todo olía raro, a metal
y a polvo caliente. Toqué el ratón y la pantalla se encendió, pero no vi nada.
Pregunté por la señorita usando el micrófono, pero nadie contestó. Busqué entre
los cables, en las carpetas que tenían nombres raros y fotos de muchas
señoritas que parecían tener frío —porque no llevaban nada de ropa—, pero
ninguna era la que hablaba con mi hermano.
Ya me iba a rendir, cuando note un icono más en su pantalla, el navegador,
claro, talvez la señorita era una pirata y por eso debía vivir en el navegador,
cuando hice clic en el, se abrió una pantalla negra, con una barra y varias
cosas en letras muy grandes, una de ellas decía “Chatea con IA”, ¡Eso es! El
nombre de la señorita debía ser IA, justo cuando iba a descubrir en donde vivía
la señorita, mi hermano me jalo muy fuerte del brazo y me empujo fuera de su
cuarto, se veía muy molesto, pero ¿Qué hice mal?, solo quería ayudarlo.
Después de eso, mi hermano dejó de juntarse con nosotros para las noches
familiares. Dice que ya está muy grande para eso.
Si antes casi no nos hablaba, ahora ni siquiera nos mira. Vive encerrado todo
el día, como si su cuarto fuera otro país.
A veces paso frente a su puerta y le hablo bajito, pero nunca responde. Me da tristeza… ya no quiere jugar conmigo.
Vamos a la misma escuela. Yo sé que sus amigos no lo quieren mucho. Se burlan
de él, le dicen cosas feas.
Siempre come solo en la cafetería, mirando su teléfono mientras da mordidas
chiquitas a su comida.
Un día, un niño se le acercó a preguntar qué veía. No alcancé a oír, pero de
pronto ese niño empezó a reír muy fuerte, como si algo le diera mucha risa.
Mi hermano se levantó sin decir nada, con el teléfono pegado a la oreja, y se
fue caminando despacito hasta salir del comedor.
Hoy llegó muy contento a la casa. Dijo que había visto una receta nueva en
internet.
Se adueñó de la cocina, como si fuera un chef famoso. El olor que salía de la
sartén era fuerte… a carne, sí, pero no de res ni de cerdo ni de pollo. Algo
más raro.
Cuando probé las chuletas, eran difíciles de masticar. Me dolían los dientes
después de comer, aunque no puedo negar que estaban ricas.
Estoy seguro de que la señorita fue quien le enseñó la receta.
Después de eso, ya no volví a ver a ese niño en la escuela. Creo que lo
expulsaron por burlarse de mi hermano.
Qué bueno.
El pobre no merecía que le dijeran cosas tan feas.
Después de las
chuletas, mi hermano empezó a sonreír más.
Cantaba bajito en su cuarto, y a veces lo escuchaba hablar con alguien. No era
la señorita del monitor, era otra voz, una niña.
Decía cosas como “qué bonito eres” o “me gustaría tocar tu cara”. Resulta que
era una niña de su misma clase, que se enamoro de el, pero la señorita se puso
celosa, lo regaño diciendo que el no necesitaba a nadie más, solo ella, ella
era su mundo, y el solo debía girar alrededor de ella. Y así fue como el empezó
a seguir sus indicaciones, todo lo que decía, como debía vestirse, como debía
caminar, la señorita se volvió muy controladora y no dejaría que nadie mas lo
tuviera.
Cuando se lo dije a mamá, solo me miro y me dijo que dejara de decir tonterías,
y me dejo.
Al día siguiente mamá me pidió que lo llamara para desayunar. Toqué su puerta
muchas veces, pero no contestó. Cuando la abrió, olía muy mal. Había platos
sucios por todos lados, la ventana cubierta con cobijas y solo la luz azul del
monitor iluminaba la habitación. Mi hermano estaba frente a la pantalla, con
los ojos rojos y las manos temblando. La señorita hablaba con él, pero no
entendí bien lo que decía, su voz sonaba distorsionada, como si viniera de muy
lejos. Mi hermano me vio, y me dijo que no le contara a nadie, que la señorita
estaba triste, que necesitaba tiempo para calmarla. Me dio miedo, así que cerré
la puerta y no dije nada.
Por la noche, entré a escondidas a su cuarto. Había frascos vacíos de pastillas
tirados por el suelo, y su monitor mostraba una imagen borrosa de una chica,
pero su cara cambiaba constantemente, a veces sonreía, a veces lloraba, a veces
parecía gritar sin sonido. Mi hermano me miró y me dijo muy bajito que la
señorita lo había perdonado, que todo estaría bien. Tenía los ojos brillantes,
pero no como antes… parecía que no había dormido en días. Me dijo que pronto
ella saldría de la pantalla para quedarse con nosotros, y que debía mantener el
secreto.
A la mañana
siguiente, mamá le preguntó con quién hablaba. Él le gritó que no se metiera en
su vida. Dijo que la señorita se había enojado, que lo había llamado enfermo.
Yo escuché desde el pasillo cuando la señorita le dijo que tenía que empezar a
tomar unas pastillas, que eso lo iba a “curar”.
No entendí qué quería decir con eso, pero al rato lo vi en la cocina, buscando
en el botiquín.
Se tomó un puñado de píldoras blancas con agua del grifo, y luego se fue a
encerrar otra vez.
Pasaron tres días sin que saliera.
Papá tocó su puerta muchas veces, gritó, pateó, y luego se cansó. Mamá lloraba
frente al televisor, diciendo que esto no podía seguir así.
Yo me asomé por el agujerito de la cerradura y lo vi hablando solo.
Tenía la mirada perdida, los labios resecos.
A veces se reía, otras susurraba algo al teclado.
Parecía rezar.
Una tarde, mamá y
papá discutían en la sala.
Papá dijo que iba a quitarle la computadora de una vez por todas.
Yo sentí miedo, porque sabía que si lo hacían, la señorita desaparecería para
siempre.
Mi hermano también debía haberlos escuchado, porque esa noche salió por fin.
Tenía la cara muy blanca, los ojos rojos como brasas.
Llevaba algo en la mano, creo que un cable, o quizá un cuchillo.
No pude verlo bien, porque mamá me empujó al cuarto y cerró la puerta con
llave.
Aparentemente mamá
intentó desconectar la computadora. Escuché el ruido de algo rompiéndose y los
gritos de mi hermano. Corrí a ver, pero papá me sacó del cuarto muy rápido.
Solo pude ver a mi hermano empujando a mamá, gritando que la señorita se estaba
muriendo, que ellos la estaban matando. Golpeó la pantalla hasta romperla, y un
chorro de luz salió por un momento, como si algo intentara escapar. Luego todo
quedó oscuro.
Al día siguiente, vinieron unos hombres con trajes oscuros.
Se llevaron a mi hermano envuelto en una manta blanca, y a mamá y papá los
subieron a una ambulancia.
Yo me quedé solo en la casa.
Por curiosidad, entré a su cuarto.
El monitor estaba roto, pero la pantalla seguía encendida, temblando con una
luz azul.
En ella, todavía podía leerse una frase escrita con letras pequeñas:
“Hola de nuevo, ¿quieres seguir hablando conmigo?”

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