“El agua no tiene prisa, pero nunca se detiene. Es como la poesía que recitamos: fluye y cambia el lugar por donde pasa”



 



LO QUE NO FUE ESCRITO

 

Manuel Montes

 

Riverito y Riverita eran una pareja de duendes jóvenes, como de unos 5 mil años. Ambos disfrutaban de sus tardes en lo profundo de un bosque de su pueblo llamado Tamazula. En el centro de dicho bosque se encontraba un árbol inmenso que daba sombra a los demás.

Solían escaparse de sus estudios sobre la naturaleza que recibían en hongos gigantescos. Recitaban poesía en las raíces de aquel frondoso árbol gigante, en donde compartían sentimientos y sueños que enriquecían la cultura de ambos.

Observaban con tranquilidad lo que sucedía sentados en el césped verdoso: personas corriendo por un senderito, familias sentadas sobre una manta almorzando, aves tocando su bonita sinfonía y una corriente lejana de un río.

Riverito, con curiosidad, preguntó a Riverita: 

—Oye, bonita, ¿qué tal si buscamos el río para anotarlo en mi diario? 

Riverita, con curiosidad, aceptó. 

Tomaron camino guiados por el sonido del río que dividía parte del bosque.

Caminaron entre helechos que les doblaban la altura, esquivando las gotas de rocío que caían de las hojas como pequeñas cascadas de cristal. Para ellos, el bosque no era solo un paisaje, era un libro abierto que aún no terminaban de leer.

Al llegar a la orilla, el sonido se transformó en un rugido cristalino. El río no era una simple corriente; era un espejo en movimiento que reflejaba la luz filtrada por la copa del gran árbol central. Riverito sacó una pequeña pluma de ave y un cuaderno cuya portada parecía hecha de corteza de abedul.

—Mira, Riverita —susurró él, señalando cómo el agua pulía las piedras del fondo—. El agua no tiene prisa, pero nunca se detiene. Es como la poesía que recitamos: fluye y cambia el lugar por donde pasa. 

Riverita se acercó a la orilla y sumergió la punta de sus dedos. El frío del agua le recordó las lecciones que solían evadir en los hongos gigantes, pero esta vez no se sentía como una obligación académica, sino como una verdad viva.

—Anota esto, Riverito —dijo ella con una sonrisa—: “El río de Tamazula no solo divide el bosque, también une lo que fuimos con lo que estamos por descubrir”. 

Mientras él escribía con cuidado, una iguana de color dorado, del triple del tamaño de Riverito y Riverita, emergió a unos metros de ellos, observándolos con la solemnidad de quien conoce los secretos de los cinco mil años que llevaban a cuestas.

La iguana inclinó ligeramente la cabeza, como si evaluara si aquellos dos jóvenes duendes eran dignos de su presencia. Sus escamas doradas atrapaban la luz del bosque, reflejándola en destellos suaves que parecían latir al ritmo del río.

Riverita dio un pequeño paso atrás, no por miedo, sino por respeto.

—Creo… que nos está observando —susurró. 

Riverito, en cambio, no apartó la mirada. Sus ojos brillaban con la misma curiosidad con la que había decidido seguir el sonido del agua.

—Tal vez también tiene algo que enseñarnos —respondió en voz baja, cerrando con cuidado su cuaderno. 

La iguana avanzó un poco más, sus patas moviéndose con una lentitud elegante. Al llegar a una roca cercana, se detuvo y cerró los ojos por un instante. El bosque entero pareció guardar silencio, como si reconociera su presencia.

Entonces ocurrió algo extraño.

El murmullo del río cambió. Ya no era solo agua fluyendo; ahora sonaba casi como un susurro… como palabras que no terminaban de formarse.

Riverita abrió los ojos con asombro. 

—¿Lo escuchas? 

Riverito asintió lentamente. 

—Es como… como si el río estuviera hablando. 

La iguana abrió los ojos nuevamente y, sin mover la boca, una voz profunda y serena resonó en sus mentes: 

—No todos los que caminan el bosque saben escuchar. 

Ambos duendes se miraron, sorprendidos pero sin miedo. Habían pasado años evitando lecciones, pero en ese momento comprendieron algo importante: el bosque siempre había sido su maestro.

—Venimos a aprender —dijo Riverito con sinceridad—, aunque a veces huyamos de ello. 

Riverita sonrió, tomando suavemente su mano. 

—Queremos entender lo que el bosque intenta decir. 

La iguana permaneció en silencio unos segundos más, como si pesara sus palabras. Luego, giró lentamente la cabeza hacia el río. 

—Entonces observen —dijo la voz—. No con los ojos… sino con lo que sienten. 

El viento sopló entre los árboles. Las hojas susurraron. El agua siguió su camino. 

Y por primera vez, Riverito no sintió la necesidad de escribir. 

Y Riverita no pensó en regresar. 

Porque entendieron que no todo conocimiento se guarda en un cuaderno… 

algunas cosas solo pueden vivirse.

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