"Después de cierto punto, ya no puedes regresar a la forma en la que pensabas antes sin sentir que estás fingiendo"
NADA CLARO,
TODO EN PROCESO
—Celso Gilberto Guzmán Félix
Jamás he visto a alguien enseñar sin enseñar tanto como José Manuel Frías Sarmiento; lo cual sería admirable si no fuera, también, profundamente incómodo. Porque uno entra a su clase con la expectativa —casi el derecho— de salir con algo claro, con una idea ordenada, con una especie de cierre que le permita decir “entendí”. Pero con él, ese cierre nunca llega. Y lo más perturbador no es que no llegue… es que, con el tiempo, uno deja de buscarlo. Empieza a tolerar —incluso a necesitar— ese estado incompleto, como si la claridad se volviera sospechosa y la confusión una forma más honesta de estar en el mundo. (Qué conveniente, ¿no?, convertir la falta de respuestas en método pedagógico).
Observa demasiado. No es la mirada típica del profesor que evalúa si estás poniendo atención o no; es otra cosa. Es una mirada que parece esperar que te delates solo. Que digas algo que crees que está bien armado, solo para ver en qué momento se rompe. Y lo inquietante es que no interviene de inmediato. Te deja continuar, te deja construir, incluso te deja convencerte… y justo cuando ya te sientes seguro, aparece la pregunta. No es agresiva, no es evidente, pero basta para que todo lo que dijiste se vuelva, de pronto, frágil. (Y uno, ingenuo, creyendo que participar era buena idea).
Se podría decir que disfruta eso. No de una forma cruel, no como quien se burla, sino como quien confía demasiado en el proceso como para interrumpirlo antes de tiempo. Pero desde fuera —y a veces desde dentro— no siempre se siente así. Hay momentos en los que parece que está más interesado en desarmarte que en enseñarte. Y tal vez lo esté. Porque enseñar, en su caso, no implica construir algo nuevo sobre lo que eres, sino desmontar lo que ya creías ser. (Una especie de demolición controlada… sin aviso previo, claro).
El no corrige errores como los demás. De hecho, ignora muchos de ellos. Puedes tener faltas evidentes, estructuras torpes, ideas mal articuladas… y no dirá nada. Pero si hay algo que asume demasiado, algo que das por sentado, algo que no cuestionas, ahí sí interviene. Y no para darte la respuesta correcta, sino para hacerte ver que nunca entendiste la pregunta. Eso es lo que incomoda: no te señala lo que está mal, te muestra que no sabes ni por qué creías que estaba bien. (Pero tranquilo, seguro eso “forma carácter”).
Muchos dicen que exagera, que hace de lo sencillo algo innecesariamente complejo. Y probablemente lo hace. Pero no por incapacidad de simplificar, sino porque sospecha de la simplicidad. Porque lo simple, muchas veces, no es lo verdadero, sino lo que no ha sido suficientemente interrogado. Entonces sí, complica. Pero en esa complicación, te obliga a ver que lo que llamabas “fácil” era, en realidad, superficial. Como cuando cita a Haruki Murakami y uno asiente, fingiendo que entiende la profundidad del silencio, del vacío, del gato que desaparece… (cuando en realidad apenas y recuerdas el nombre del libro).
A veces parece que no hay clase. Que todo es una especie de deriva sin rumbo: preguntas que no se responden, comentarios que se quedan a medias, silencios que se alargan más de lo que deberían. Y ahí es donde empieza la incomodidad real, porque uno no sabe qué hacer con ese vacío. No hay nada que copiar, nada que memorizar, nada que repetir después. Solo queda uno frente a sí mismo, tratando de llenar algo que no entiende del todo. (Pero claro, eso también es “parte del proceso”).
Nadie te prepara para eso. Para un espacio donde no hay instrucciones claras, donde el error no se corrige, donde la respuesta no llega. Y entonces empiezas a hacer algo extraño: comienzas a buscar por tu cuenta. Pero no desde la motivación bonita del “aprendizaje autónomo”, sino desde una especie de inquietud que no te deja en paz. Porque ahora ya viste que no sabes, y eso es más difícil de ignorar. (Felicidades, ahora tienes una duda existencial gratis).
Un día menciona algo que parece irrelevante, un ejemplo, una imagen, una idea que pasa casi desapercibida… y sin darte cuenta, ya no puedes dejar de pensar en eso. Como esa esquina. No hace falta explicarla, nadie lo pide, pero ahí está, insistente, recordándote algo que preferirías no mirar demasiado. Porque no es solo una figura, es una limitación. Y lo peor es que, una vez que la ves, ya no puedes fingir que no existe. (Y tampoco puedes borrarla del pizarrón mental, por si te lo preguntabas).
Entre todo eso, se mueve con una naturalidad incómoda. Como si no necesitara justificar nada, como si no tuviera que demostrar que sabe. Y eso descoloca. Porque uno espera que el profesor valide su lugar, que muestre su conocimiento, que lo exhiba de alguna forma. Pero él no. Y entonces la pregunta se invierte: ya no es “¿qué sabe él?”, sino “¿por qué yo necesito que lo demuestre?”. (Spoiler: la respuesta tampoco te la va a dar).
Lo curioso es que no intenta que lo sigan, pero muchos terminan haciéndolo. No porque los convenza, sino porque los deja sin otra opción cómoda. Después de cierto punto, ya no puedes regresar a la forma en la que pensabas antes sin sentir que estás fingiendo. Y eso no es precisamente agradable. (Pero al menos ahora finges con más conciencia, lo cual supongo que es progreso).
Frías no te dice quién eres. Y eso, lejos de ser liberador, puede sentirse como abandono. Porque uno está acostumbrado a que alguien más nombre, defina, oriente. Incluso cuando no nos gusta, hay una tranquilidad en saber que alguien más se encarga de eso. Pero cuando esa voz desaparece, cuando nadie te dice qué eres o qué deberías ser, te quedas con una responsabilidad que no siempre quieres asumir. (Gracias por nada… o por todo, quién sabe).
Resulta más fácil molestarse con él que aceptar lo que provoca. Es más sencillo decir que complica, que no explica, que no enseña como debería… que admitir que tal vez el problema no está en su método, sino en lo que uno espera de aprender. (Y sí, probablemente estás en negación).
Intimamente, hay momentos en los que parece que sabe exactamente dónde duele no saber. Y no lo evita. No suaviza la experiencia, no la hace más digerible. Deja que ocurra. Y eso genera una especie de tensión constante: quieres entender, pero al mismo tiempo quieres escapar de ese momento en el que te das cuenta de que no puedes hacerlo tan fácil como creías. Como cuando, sin previo aviso, suelta:
“Si (como afirma el griego en el Cratilo)
El nombre es arquetipo de la cosa
En las letras de ‘rosa’ está la rosa
Y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’.”
Y lo deja ahí, suspendido, como si todos tuviéramos que saber qué hacer con eso. (Pero claro, nadie pregunta. Nadie quiere ser ese).
Ahí, en ese punto donde ya no puedes responder igual, es donde algo cambia. No de forma espectacular, no como una revelación clara, sino como un desplazamiento incómodo. Algo deja de encajar, y aunque no sepas exactamente qué, ya no puedes ignorarlo.
Si algo lo define, no es su conocimiento, sino su insistencia en no dejarte tranquilo. No en el sentido de molestarte activamente, sino en el de sembrar algo que sigue funcionando incluso cuando ya no estás en clase. Una pregunta, una duda, una incomodidad que aparece en momentos inesperados. (Como si no fuera suficiente con existir, ahora también hay que pensarlo).
Sarmiento no es solo un apellido; empieza a sentirse como una forma de estar frente al mundo. Una forma que no es cómoda, que no es estable, que no te permite cerrar las cosas fácilmente.
Algunos lo llaman exagerado, otros brillante. Pero ambas formas de nombrarlo tienen algo en común: intentan resolverlo. Intentan hacerlo comprensible, encajarlo en una categoría. Y tal vez ahí está el problema: querer que algo así sea fácilmente explicable. (Clasificar para no pensar, básicamente).
Ríe poco, pero cuando lo hace, hay algo inquietante en eso. No porque sea una risa burlona, sino porque uno no sabe exactamente qué está validando. Si lo que dijiste, lo que pensaste, o el hecho de que acabas de darte cuenta de algo que no puedes formular del todo.
Muchos maestros buscan claridad, orden, estructura. Él parece moverse en lo contrario: en lo ambiguo, en lo inacabado, en lo que todavía no tiene forma definida. Y eso no es fácil de sostener, porque implica renunciar a la seguridad de entender. (Pero oye, al menos ahora eres “más crítico”, ¿no?).
Incomodar no es un efecto secundario de su forma de enseñar; es el núcleo. Pero no una incomodidad superficial, de esas que se olvidan rápido, sino una que se queda, que insiste, que vuelve. Como una idea que no logras terminar de pensar.
Enseñar, en su caso, no parece tener que ver con transmitir conocimiento, sino con provocar una ruptura. Pequeña, tal vez, pero suficiente para que algo ya no funcione igual que antes.
No es que tenga respuestas difíciles; es que te coloca frente a preguntas que preferirías no hacerte. Porque una vez que aparecen, no desaparecen con facilidad.
Tal vez por eso cansa. Porque no ofrece descanso. No hay un momento en el que puedas decir “ya entendí, ya terminé”. Siempre hay algo más que no encaja del todo. (Una experiencia educativa inolvidable, sin duda).
O quizá porque, al final, lo más incómodo no es él, sino lo que deja: la sospecha de que llevabas mucho tiempo habitando una idea demasiado pequeña de ti mismo… y que esa esquina, aunque familiar, nunca fue suficiente. (Y ahora tampoco sabes cómo salir de ahí).
A Frías. Sarmiento: no sé qué me enseñó exactamente, pero claramente descompuso algo que funcionaba… o eso creía.
Firmado :
Un testigo de su método… si es que eso era un método.
Comentarios
Leerlo me llevo al recuerdo de un texto de Jorge Bucay en el que, ante la interrogante de un discípulo de por qué dejaba puntos sin explicar, él les contó una parábola. Les dijo que un Maestro Sufi le preguntó a sus discípulos si querían que les obsequiara una fruta. Ellos dijeron que sí. Quieren que la pele por ustedes? Respondieron que sí. Y la corto en trozos? Sí, Maestro, por favor? Y quieren que la mastique por ustedes? Los alumnos dijeron que no. Entonces el Maestro Sufi les dijo: darles una respuesta a sus dudas es como darles una fruta masticada sin permitirles disfrutar del placer de saborearla.
Y también recordé La experiencia docente, un libro de César Carrizales, en el que explica a la Duda como una aproximación al Conocimiento y sugiere dudar siempre: dudar de todo, hasta de la propia Duda.
Tal vez de ahí derive un poco de mi deformación profesional.
De nuevo, gracias por tu interesante texto, a pesar de la provocación... O por ella, tal vez.
Saludos, un abrazo, Mtro. José Manuel Frías Sarmiento
Está bien hacernos este tipo de ejercicio literario, y saber cómo nos ven otros ojos.
Saludos a todos!!!