"A la fecha, todavía no se sabe a quién demonios se le ocurrió echar esos casquillos de AK-47 cuerno de chivo ahí, en la mera ruta de la carrera pedestre"
COMO HOJAS DE ÁRBOLES INDEFENSAS
Dr. Luis Enrique Alcántar Valenzuela
Primavera del 2026
Sir ser monje budista tibetano, sin ser chamán chiapaneco, sin ser un viejo sabio de una tribu mayo-yoreme local, se sabe que pulirse, construirse a uno mismo, no es para nada una tarea fácil. Más cuando tu estructuración física, mental y cultural te lleva de la mano a separarte del montón de individuos del pueblo. Te conduce, quieras o no, a diferenciarte de tus compas del barrio, vinculado éste al terruño donde naciste.
El muchacho era, pésele a quien le pese; un atleta en eclosión, todo un deportista en ciernes. Muchos de sus coetáneos no lo podían creer. Le tenían (y también le tiraban) muchas envidias, y tal vez hasta mal puestos le diseñaron. Fue imposible, no lo pudieron detener. Cuentan las crónicas deportivas no especializadas, que de morro (16 o 17 años, más o menos) se lesionó/fracturó una parte de su cuerpecito en floración. Sucedió en una afamada carrera pedestre, de esas competencias deportivas desarrolladas en las pujantes sindicaturas de Culiacán. Ahí en esos amplios valles de cultivo, caminos vecinales, veredas de terracería, riveras de ríos, llanos y bordos de canales de riego. En esas pistas atléticas rupestres, dibujadas por la tierra quemante del verano, aderezadas con sus polvos grises. En esos espacios se formaron cientos de atletas y deportistas que Sinaloa aportó al panorama nacional e internacional. De ahí emergió este muchacho, formado en la campiña de su pueblo natal, con unos tremendos dotes para pensar sobre sí mismo; incluso los más connotados psicoanalistas bien pudieran sorprenderse de sus alcances meditacionales.
No es que el muchacho, conocido como el Monito López, fuera un estoico consumado, menos que estuviese certificado por una de esas agencias internacionales, nada de eso. En forma campirana o rupestre se acercó a ciertas rutinas, que los antiguos griegos denominaron filosofía estoica. Tampoco se especializó en la interpretación y manejo de las pasiones, la indiferencia plena contra los asuntos materiales y de los dolores, sean éstos provenientes de sus huesos, músculos, corazón e incluso del alma. O bien los dolores más cabrones, los pesares y sufrimientos relacionados con las condiciones sociales, culturales y económicas en donde crece y se desarrolla cada persona, en este caso el Monito. Dolores anidados en el alma mundana y en esa mente compleja e inquieta descrita con magistral lucidez por el gran Freud.
No está demás decirlo, el estrecho vínculo con los diferentes tipos de dolores, el Monito los trae muy en corto desde su tierna infancia. Una relación más estrecha con el dolor, sin duda se la tatuó por placer, al descubrir su gusto por hacer ejercicio físico al aire libre entre los árboles olorosos a frutas, las parcelas de sembradillos de temporada y los bordos de los canales de riego. Obras hidráulicas las antes mencionadas, que además marcaban los límites de los perímetros entre las tribus y barrios del pueblo. Cuando él se sometía a sus pesadas e intuitivas rutinas de entrenamientos físicos, una cuestión le quedaba muy claro: No iba hacerle al pendejo, menos hacerle al güevón, porque de estos últimos había en exceso en su pueblo natal. El tipo, a pesar de no acumular ni una pizca de grasa, en parte por las hambres históricas vividas; de verdad sudaba hasta la última gota de sudor salado anidada ese día en su organismo. Se clarificaba, a cada momento, el anterior pensamiento fuerte/desgarrador porque de seguido, en sus trotes por la carretera nueva a Navolato, le gritaban algunos improperios los jornaleros agrícolas que Poncho Calina, llevaba en el camión dodge apodado el Toro, a entregarlos a sus domicilios en Los Alamitos, El Batallón, La Laguna, Yebavito y creo que hasta La Sinaloa. Los jornaleros, iban de regreso a sus casas, ya bien madreados por las fuertes tareas laborales sacadas adelante, allá en los vastos campos agrícolas de hortalizas para la exportación, propiedad de los griegos: los Demerutis. Esos trabajadores del campo legumbrero buscaban la ocasión, en la negra y sudorosa carretera nueva de un solo carril. La verdad, sus corajes, cansancios o frustraciones, ellos inventaban en qué sacarlos a flote, o de plano seleccionar a alguien para que se las pagara. Cuando en esa recta negra imperfecta, recubierta con chapopote brillante, todavía oloroso a petróleo, sus miradas de águilas divisaban a lo lejos la silueta enclenque del Monito, recorrer con trote sistemático la rúa asfaltada que lleva al ingenio azucarero. Casi siempre, como una maldición repetitiva a la altura del Campo agrícola el 17, los cortadores de hortalizas le empezaban a tirar tomatazos y pepinazos, que el Monito, con movimientos habilidosos los lograba esquivar. Luego les escuchaba, desde su espíritu estoico en formación, - sin ser perturbado -, como si fueran parte de un coro de una iglesia liberal, desorientada, que, a todo pulmón, entre silbidos y risas le gritaban – ¡Ahí vas pinche güevón!, vete a cortar tomate para que veas lo que se siente -. Y ¡paaasss!, arreciaban como balas rojas por los aires, la lluvia escarlata de tomates. El Monito López, concentrado, atento a su ritmo y respiración, solo les trazaba en el aire un ademán con su mano derecha, mandándolos a la chingada. Luego, entre su respiración y el espacio que dejaban sus resoplidos, para equilibrarse un poco, si podía les soltaba un – chinguen a su madre bola de jotos -. Frase sudorosa cargada de esfuerzo, que acariciaba el aire vespertino, caliente y húmedo de la campiña fronteriza entre San Pedro y Los Alamitos, en ese su semi trópico casi costero. Era un hecho consumado. Los jornaleros agrícolas no sabían el trabajo fino e introspectivo que el Monito López hacia sobre sí mismo. Él traía varios dolores, pendientes y pesares, con los que a diario batallaba. Tenía claro que el objetivo, no era huir por huir de los dolores; si no aprender a convivir con ellos, o incluso abstraerse de ellos. Domar los dolores, hacerlos dialogar con su inquieta mente, aprender a correr con ellos. En pocas palabras, sacar partido de los dolores, aprovecharse de sus pesares y desgarramientos, para seguir forjando sus capacidades físico-atléticas, alejarse de los vicios, auto disciplinarse y de paso corregir al filósofo español Ortega Gasset, quien sostenía: “Yo soy yo y mis circunstancias”. Esa pepita de oro del pensamiento filosófico, convertida en mantra para él, ya la había torcido de su significado original. La significación la cambió sin permiso de nadie. En su mente se decía - ni madres, mi Monito López, tú eres tú, a pesar de tus circunstancias, eso te da la posibilidad de transformarte y salir de esos círculos viciosos que te rodean y te quieren condicionar -. Así que él sabía, cada vez que sintiera dolores de cualquier tipo, al momento de correr, de entrenarse (que seguramente sentiría dolores), sería curioso con su propio ambiente natural. Aguzado en percibir los ritmos de todo su cuerpo y de esa forma dejar atrás las méndigas flechas del dolor que le quieren controlar y hacerlo desfallecer, en sus intentos de convertirse en una mejor persona cada día que pasara en su vida. Él tenía una meta concreta para probarse con los demás plebes de su edad, y no se desviaba por ningún motivo. Traía entre medio de sus cejas negras tupidas, correr la carrera pedestre de la Candelaria. La clásica pedestre como le dicen en el argot del atletismo local. Carrera que iniciaba en el pueblo del Salado hasta concluir en la sindicatura de Quilá, justo en la iglesia donde la virgen de la Candelaria les espera con sus brazos abiertos. Para esa competición atlética llevaba varios años preparándose. Se tiene el dato de que en el ínter se aventó, con relativo éxito, varias carreras pedestres en San Pedro y Culiacán. En su pueblo, corrió, en un ambiente nocturno, la carrera de las antorchas, en la cual quedó como en el décimo lugar. Esa carrera, cuenta la historia no oficial del pueblo, fue ganada por el Feo de la Ángela. Luego debutó en la carrera pedestre del periódico El Debate de Culiacán. En esta refriega atlética, fueron 5 kilómetros los que se aventó el Monito para acumular golpeteo en sus piernas y kilometraje de resistencia. En esa carrera pedestre se tramó por primera vez con un corredor juvenil de la UAS, a quien la raza le decía el Chino Olaíz, que para variar coincidía con él, por su melena rizada, negra y abundante. En lo carita, pues la mera verdad le sacaba delantera el Monito. En esa misma carrera pedestre también se enfrentó a un chavo de mediana estatura, moreno fuerte, casi como la piel de los hindús y con piernas muy potentes. Ese morro llevaba por nombre Santiago Santillán, era de Costa Rica. Que la mera verdad el morro se la rifó en el cierre de la carrera, ya que, en el último tramo de la ruta marcada, dio un jalón tremendo, que dejó bien bofeados al Chino Olaíz y al mismo Monito, entre el cruce demarcado por las calles Colón y Rubí, faltando como 5 cuadras antes de llegar a la meta ubicada en la esquina con la Colón y la Riva Palacio. El Monito se quedó con un glorioso tercer lugar, pero ahí mismo se dio cuenta, que no era tan chingón como él pensaba, en este arte de las carreras callejeras. Bajita la mano le dieron una pequeña dosis de ubicatex.
En esos tiempos mencionados, el Monito López ya tenía 17 años de edad, había entrado a los 18, como dicen los lugareños en su terruño natal. Era ya un joven muy espigado, flacucho tal como los carrizos de los drenes en su pueblo. En sus señales de crecimiento, aún no agarraba peso, menos grasas corporales acumuladas. A pesar de las condiciones/circunstancias del contexto de nacimiento, él con una plena conciencia, combinaba sus entrenamientos rupestres, con los estudios de la preparatoria; así como las infaltables faenas del campo. Sobre todo, las agotadoras tareas implicadas en el famoso arranque del frijol, en aquellas tierras memoriosas del bajío de San Pedro. En esos campos agrícolas de tierra muerta. Con aluviones de crecientes permanentes del Río Culiacán, que la hacían fina y rica en nutrientes. En esos espacios de trabajo agrícola, fue donde junto con sus hermanos y los demás plebes de su época, forjaron su resistencia y carácter con base al arranque del frijol canario. Entre esos sembradíos ya secos y picantes, educó y forjó la fuerza de brazos, manos y piernas; pero sobre todo fortaleció las vértebras lumbares que rodeaban su esquelética cintura, ya que ésta era la postura más usada para arrancar las matas frondosas, semi secas y aromáticas del frijol. Todos los plebes arrancadores de surcos de frijol, tenían como modelo instructor a Rodo, el Gallo, hijo de Carabinas. El Gallo les instruía en esos menesteres del arranque de las matas de frijol. Entre el polvaderón que levantaba Rodo, cuando desplegaba sus manotazos para asir los troncos de las matas de la leguminosa, les decía a los aprendices - así mire pariente jijijijiji, así nada más jijijijiji y listo las pone con el culo pa´rriba jijijijiji -. En esas tareas nadie le ganaba al buen Rodo. En una de esas tantas mañanas de fines de enero, fresca y repleta de rocío helado, en los nacientes años ochenta del siglo XX, el Monito López le dictó a su conciencia: - nada más me aviento los 16 surcos de arranque de frijol, descanso un poco y me voy a entrenar, a las tierras recién barbechadas de con el Chamaco, caiga quien caiga -. Él ya había tomado una decisión trascendental para su vida futura, sobre todo para probarse en sus capacidades físico atléticas con los demás morros de su edad. Estaba ya decidido a correr la tradicional carrera pedestre de la Candelaria. Se inscribiría en la categoría juvenil. Con esta decisión aprovecharía para codearse con las grandes personalidades del medio maratón, o de las carreras pedestres de los pueblos circunvecinos que más destacaban en Culiacán. Y que al parecer nadie les podía derrotar. El Monito López había decidido debutar en la categoría juvenil; pero su objetivo era más bien conocer y codearse en la carrera del Salado hasta Quilá, con Loreto Arana y los hermanos Lerma; quizás no para ganarles; pero sí para ponerles un susto y de paso aprender algunas técnicas de pre calentamiento, estiramientos y tácticas de ataque ya en el desarrollo de la competencia.
Por fin llegó el ansiado día. Fue un dos de febrero de 1983. Se levantó de su catre con jarcia reforzada, como a las 3:30 de la madrugada. Se calzó sus tenis Pony blancos con vivos color rojo, en forma de uve a los costados derecho e izquierdo de sus tobillos. No eran los más apropiados para correr, pero el Monito, no buscaba pretextos. Era un chico estoico, intuitivo, no lo olviden. Tomó su pequeña mochila confeccionada ahí mismo en su casa. Era blanca, tirando a percudida, de manta trigueña, con unos logos pintados del equipo de fútbol del Cruz Azul, al cual le iba su hermano Porfirio. Ya había anticipado llegar a la central camionera de Culiacán, a puro raite, por lo que no podía perder tiempo despidiéndose de su madre, que ya se daba vueltas en el camastro de madera para ponerse de pie. Salió de su humilde casa de adobe, ripiada con lodo y lata blanca terciada, con pasos tupidos y rendidores, atacó las calles disparejas de San Pedro, firme en su intención de pedir su primer aventón a Poncho Calina, quien manejaba su troque apodado el Toro. Con ese primer raite, su objetivo fue acercarse a la carretera Navolato-Culiacán, y si era posible lo dejara en el crucero con la famosa carretera la 50, para ver si pescaba otro aventón hasta la capital del estado. El buen Poncho Calina, escuchando unas rolas norteñas de los Bravos del Norte de Ramón Ayala, disminuyó la velocidad del troque, sacó un poco su oreja izquierda para escuchar lo que le decía el Monito -Poncho, no sea gacho cabrón, hazme un paro ¿me das un aventón a la 50?-, con su sonrisa blanca matinal impecable, Poncho Calina le dijo - claro que sí mi buen Monito, ¿a dónde vas cabrón tan temprano?-, en ese juego de palabras amodorradas, él respondió en chinga -voy al Salado a correr la pedestre de la Candelaria -, - sale mi Monito, súbase, a los plebes que van por buen camino siempre hay que apoyarlos -. Poncho le tiró ese rollo moralino, que llevaba buen mensaje, él lo escuchó calladito. Concentrado en la manejada, Poncho, con un rápido movimiento automatizado, entre el fluir de la plática, le subió el volumen al estéreo pionner para escuchar y tararear esa norteña que le llegaba directo al corazón “bonita finca de adobe, puerta de encino y mezquite, cuídame bien mis amores, no dejes que me los quiten”. En lo que duró la rola norteña, ya habían llegado al crucero de la 50. El Monito bajó de volada del camión el Toro. El aire fresco matinal le ayudó a formar la despedida, le dijo sonriendo –Gracias Poncho, te debo una -. Pocho Calina agarrado de su volante encintado con adornos plateados le comentó - sin problemas Monito, que te vaya muy bien y que ganes cabrón -.
Se instaló en el crucero de la 50 con la carretera Navolato-Culiacán y en ese preciso instante de la vida en madrugada, pasan cosas sin saber y sin querer. En eso, aparece sorteando la suave neblina de la tardía noche, la camioneta de Chonene el de la Coyo. Llevaba a entregar calabacita regional y limón Colima al mercado y al súper MZ en la avenida Álvaro Obregón. Se arrojó, le hizo la parada al escarabajo verde quemado, confiado en que la gente del pueblo era solidaria. No se equivocó, y dale, que la pequeña camioneta de carga disminuye la velocidad sin pararse del todo. El Monito aprovecha el gesto de aprobación del conductor. Con un salto, como habilidoso perro barcino se encarama en la troquita de los años 50´s y vámonos a la central camionera de Culiacán. Una vez que el bulto estaba en la parte trasera de la camioneta, Chonene le metió la chancla a la chevroletita. Dejaron Moroleón y Aguaruto, en un suspiro. En menos que canta un gallo petacón ya estaban a dos cuadras de la central de camionera. Con esa agilidad gatuna propia de su edad, se bajó en chinga diciéndole, – Gracias mi Chon, me saludas al Nay, dile que nos veremos el domingo -, Chonene le contestó, - ya vas barrabás, que te vaya bien muchacho -.
Ya en la central camionera, ubicó el camión azul con blanco y línea amarilla. El Monito se encaramó en el primer camión que lo dejaría en el Salado. Al subirse se dio cuenta que iba casi lleno de pura raza corredora, justo iban a enfrentarse en la carrera pedestre soñada. Alcanzó asiento de milagros. Ya en el interior del autobús le dijo al chofer – oiga, cuánto cobra al Salado -, responde el operador del camión, mientras daba un sorbo a su café negro humeante, - mira, si eres corredor, amaneciste con suerte, es de a grapas, pásale…-. El Monito López, era astuto y siempre sacaba lo mejor de la ocasión por él vivida. Al no conocer a ninguna de las almas atléticas, decidió cerrar los ojos y mirar pa´dentro, en tanto llegaban al pueblo donde iniciaría la justa atlética. En sus aprendizajes orales había escuchado, que antes de una carrera, o cualquier tipo de competencia, no había que perder energías a lo pendejo. Cerró sus grandes ojos verde caña, se puso a contar, no borreguitos; si no gallinetas negras del río. Esa simple acción de conteo le permitió dormir el tramo completo de Culiacán al Salado, en la idea de no gastar energías. Estuvo claro, lo cumplió.
Faltaban 5 minutos para las 7, la hora firmada para el arranque, en aquella mañana fría con poco viento, pero muy oxigenada, especial para la práctica del atletismo. En el preciso entronque de la carretera federal México 15, y la carretera rural del Salado a Quilá; una voz orientadora con autoridad se escucha al fondo de los pequeños locales comerciales. Voz que insiste a los atletas a tomar sus lugares ¡atención! – hay que formarse según los lugares indicados -. Los hijos del olimpo, que nerviosos y sudorosos, saltaban con pasos cortos, como caballos a punto de arrancar desde su caja de salida tras quitarle los seguros; para de pronto explotar libremente sus energías acumuladas con sus potentes zancadas. ¡Puuummm!, atravesando el aire del fresco ambiente, sonó fuerte la salva de la pistola, dando así el banderazo de la salida oficial. Los lugareños del Salado aplaudían y gritaban, ¡bravo!, ¡échenle ganas compas!, ¡adelante buena carrera! No acababan de dar la despedida, cuando de inmediato observaron a los competidores que tomaron la delantera del contingente; eran los hermanos Lerma y Loreto Arana. Muy cerca de estos corredores punteros, en un bloque más compacto, venían varios fondistas, entre ellos se ubicaban el Chino Olaíz, Santiago Santillán y el Monito López con un trote, en apariencia ligero; pero permanente. En los primeros dos kilómetros de la ruta a conquistar, se había colocado en una buena posición. Auxiliándose de sus ojos saltones verde caña, vigilaba y miraba la zancada del pelotón delantero. Aprovechó para abrir la longitud de sus zancadas, apoyar e impulsar más con la patada trasera, en la idea de ir administrando sus energías. Mientras hacia esas precisiones en su técnica de carrera, el Monito lograba ver admirado, a los atletas del pelotón delantero; lo marcado de sus pantorrillas. Se asemejaban a una fruta carnosa, dividida en grandes gajos rosados, con poca pulpa; pero muy consistentes. Ante ese espectáculo en vivo y en directo se decía a sí mismo - estos batos parecen gacelas en su zancada -. Era muy real, estaba sorprendido por el ritmo del pelotón delantero, pensaba, - parece que ni hacen esfuerzo estos cabrones -. Al notar que ya se iban a separar de su vista, el Monito junto con el Chino Olaíz y Santiago Santillán, dieron un fuerte jalón contra el resto del contingente, el cual no respondieron los corredores juveniles, menos la tacuachada de la categoría libre, que seguían más atrás al grupo de atletas juveniles. Este pequeño grupo de atletas en ciernes se colocó como el segundo grupo de ataque, atrás del pelotón de los corredores favoritos. Consumieron los primeros 5 kilómetros, como si fueran carros último modelo. A un buen ritmo habían subido ya algunas pendientes de pequeños cerros, adornado su paisaje con arbustos de vara blanca, cardones, mezquites chaparros y uno que otro palo de Brasil. Atravesaron sin contemplación algunas pequeñas curvas cerradas y diminutos vados de arroyos semi secos, con zancadas más abiertas y saltos especiales, tipo steeplechase, lograron esquivarlos; pero aún con el esfuerzo aplicado, no evitaron mojar un poco sus tenis deportivos. El Monito en su respirar anormal, se notaba que venía forzando su maquinaria física; pero ésta sí le respondía, a pesar del esfuerzo físico ya aplicado. Cayó en cuenta que el entrenamiento desarrollado surtió el efecto requerido. De reojo notaba que el Chino Olaíz y Santiago Santillán ya lo sentían como una verdadera amenaza, por eso no le dejaban separarse ni medio cuerpo, parecían siameses los cabrones. La estrategia del par de juveniles contra el Monito, era no dejar que se separara mucho de ellos. La extensa melena ensortijada de cabellos negros y sedosos botaban con un ritmo descomunal, tal como si fueran bailando una cumbia de Rigo Tovar entre los mismos roles negros cargados de sedosidad. El Monito no conocía al cien por ciento los terrenos de esa rúa pavimentada con asfalto ya agrietado y reseco. Estaba impuesto a entrenar en la carretera nueva de San Pedro, que era más suave en su cinta asfáltica y estaba rodeada de vegetación humectante. En tanto aparecían esos centellantes pensamientos, él seguía acumulando metros de la distancia pactada, que era de casi 17 kilómetros. Con su vista, a unos doscientos metros de distancia, miraba a los corredores que llevaban la delantera, sus pequeñas siluetas en movimiento iban ya bajando una leve pendiente. En esos segundos fue cuando los perdió de vista, eso bastó para acelerar el paso un poquito, y de esa forma subir con fuerza y ritmo la cima hacia la pendiente anunciada. Tomó conciencia de nuevo, que el frijol canario caldudo, la chopa canalera frita y los quelites con cebolla morada que había cenado, le estaban respondiendo a su cuerpo; el cual se movía en general a muy buen ritmo. No había duda, el Monito López se había instalado en el mejor ritmo de su propia carrera. Con esa cadencia basada en zancadas más abiertas en su compás, aplicando mayor fuerza a la patada trasera, pasos más fuertes y veloces, logró despegarse unos cuantos segundos de los dos atletas juveniles ya citados. Iba casi flotando, del buen ritmo que había ya encontrado. De repente, el Monito López sintió un fuerte tronido, al momento de caer su pie izquierdo sobre un bloque de piedras y terrones de cerro. Que por ir tan concentrado no miró. Ante el choque de su pie, su tobillo izquierdo no aguantó, le venció rápido el dolor y cayó de inmediato al reseco asfalto. Rodó varios metros con todo su largo cuerpo, en esa loza asfaltada de un gris descolorido. Por fortuna logró meter sus manos para rodar mejor y así poder aminorar los daños de la caída. Al aplicar esa acción evitó de paso no golpearse en su cara y sus rodillas. Casi al unísono soltó al aire su frase traductora del hecho: – chingada madre, qué fue eso, qué pisé, ¡ya me la partí! -. Segundos después del accidente, pasaron como bólidos el Chino y Santiago, al verlo tirado le gritaron - ¿estás bien? Él les dijo que estaba bien, expresándoles – váyanse, no hay pedo, yo aquí quedé -, los dos morros, en atención a los valores éticos de la deportividad, sacados de onda, medio se pararon; pero al escuchar al Monito, decidieron de nuevo agarrar el ritmo de su carrera, para verles ya a lo lejos sus flacas siluetas, que parecían eran impulsadas por el poco viento fresco que corría. A como pudo el Monito López se incorporó, rengueando dio unos cuantos pasos hacia atrás donde estaba el bulto de piedras y terrones con el cual se accidentó. Al acercase, doblo con sumo cuidado su pierna derecha, se inclinó encorajinado revoloteó/sacudió con sus manos sudadas el montoncito sólido que le generó el accidente. Por el dolor intenso que sentía, él ya anticipaba que no pintaba para nada bueno. Al revolver de nueva cuenta la tierrita, entre los terrones saltaron como unos 25 o 30 casquillos de AK47. El Monito López dijo - en la madre pisé con todo mi peso y fuerza estos casquillos de metralleta, ¡qué barbaridad! -, volteó a su alrededor, no vio en apariencia nada. Al regresar su vista a la carretera, divisó que ya venían como almas que empeña el diablo el tercer bloque de corredores amateurs. Traían una energía encabronada, que, si no se hacía al lado del carril izquierdo, inevitablemente se lo llevarían entre las patas. Así lo hizo, se movió con dolor y dificultad al otro carril, en movimiento rápido con su tenis Pony blanco derecho, adornado con vivos rojos, pateó con gran fuerza y coraje los casquillos de metralleta cuerno de chivo; los cuales como hojas de árboles indefensas volaron suave y fueron a caer entre la maleza formada por algún que otro árbol de palo blanco y zacate Johnson a medio crecer. En el vil anonimato del silencio, quedaron vacías las tapas de fierro y cobre, que antes cargaron con plomo, que de seguro masacraron a varias vidas y quizás también hayan terminado con el nacimiento de una carrera atlética.
Después de unos 5 minutos pasaron los demás bloques de atletas rezagados. Los polis de Quilá, que en su unidad venían tomando coca cola con galletas pan crema, rescataron al Monito y lo encaramaron en el camión Quilá-Culiacán. Sabía de antemano que su destino seguro sería la Cruz Roja para que le precisaran el diagnóstico médico. El retorno a Culiacán fue con la velocidad de un relámpago del cálido verano. Ya instalado en la revisión clínica en esta organización médica con el galeno de la Cruz Roja, éste en tono seco le dijo: - por fortuna solo es una fractura del quinto metatarsiano, en unas 10 o 12 semanas estarás listo y podrás caminar sin la férula, mientras eso sucede solo usarás un huarache especial que comprarás -. Entre agüitado y cabizbajo, unos enfermeros bonachones, le hicieron el paro de llevarlo a la central camionera donde tomaría el camión rumbo a Navolato con parada en San Pedro.
A la fecha, todavía no se sabe a quién demonios se le ocurrió echar esos casquillos de AK47 cuerno de chivo ahí, en la mera ruta de la carrera pedestre. La verdad, son chingaderas. Gente irresponsable que desgració la vida de un atleta en construcción.
Comentarios
Profe Alcántar un texto entretenido y bien desarrollado.
Le mando un gran saludo!!!