“Y por primera vez / no estoy intentando parecerme a nadie / No estoy buscando una voz / No estoy imitando lo que admiro / Estoy… / Escribiendo”


 



ESCRIBÍ MI PROPIA POESÍA

Por: Ian Báez

 

Acto I: La creación de Adán.

Dios creo a todos los seres humanos a su imagen y semejanza, eso dice el Genesis, pero nunca he leído un verso escrito por Dios. Tal vez porque Dios no escribe en los cuadernos, Dios escribe en las hojas de los árboles, en las manchas de los peces, en cada una de las patas del ciempiés.
No soy como Dios.

Mi primer intento de conectar con él fue en una carta.

Mamá no me describiría como un niño travieso, más bien diría que a veces mi curiosidad podía pasar como malicia. Un día empanicé a mi hermana con talco, no recuerdo porque, solo recuerdo el sentimiento de culpa y el desastre. Esa tarde escribí una carta de disculpas, con mi letra fea y mi mala ortografía, tanto así que ni yo mismo comprendí lo que había escrito.
Solo en ese momento supe que algo en mi necesitaba salir, algo torpe, algo poco ortodoxo, algo que no podría explicar en voz alta. Y es por ello que empecé a escribir.

Acto II: El ascenso y caída de Ziggy Starudst y las arañas marcianas.

Pero no solo existen los ojos de Dios, ni los oídos de Dios, ni todo en el mundo se reduce a Él. Hay muchas otras formas de escribir.

Algunas de ellas se encuentran en el ruido. Y conocí otro ruido que vivía en mi casa, y a veces, cuando íbamos de viaje, se colaba en el estéreo del auto de papá. Y yo lo escuchaba como escuchan los niños: Sin entender del todo, pero sabía que en él había algo importante.

Yo amé a ese hombre, no a uno, sino a todos.

A David, A Ziggy, A Alladin, A Jack, Al duque, al profeta ciego.

Ellos no me enseñaron a cantar, me enseñaron a no quedarme en una sola forma. Mientras el mundo insistía en que uno debía ser algo, ellos me mostraron que uno puede ser muchas cosas y seguir siendo el mismo.

Que el dolor también se baila.
Que la voz no es una sola,
sino todas las que uno se atreve a usar.

Otros de mis compañeros heredaron consejos, heredaron rasgos de la gente que los rodea. Yo heredé discos. Veintiséis formas distintas de entender el mundo y en cada una encontré algo parecido a una guía.

El 10 de enero de 2016 murió.

Y con él, todas sus versiones.

Esa noche volví a escucharlo.

No como antes.
No como un niño.

Lo escuche tranquilamente, lo escuche como si leyera una carta que él había escrito para mí.

“Lazarus” era el título de aquella carta.

“Mírame… estoy en el cielo”, decía.

Cuando me quité los audífonos entendí que incluso los que nos enseñan a transformarnos también desaparecen.

Lloré.

No solo por él.

Sino por la certeza de que nadie iba a enseñarme otra vez a ser tantas cosas sin pedir permiso.

Acto III: El arquitecto de pesadillas.

No todos los caminos son rectos. Algunos se repiten, se doblan, dan vueltas sobre si mismos hasta que uno mismo no sabe dónde está.

Y no todo lo que se encuentra en ese trayecto puede ser nombrado.

A veces pienso que sería más fácil no saber, no tener esta necesidad constante de escribir, de entender, de ponerle palabras a todo. Quizá si fuera más ligero, como mis compañeros, sería más feliz

Pero no todo puede cantarse. No todo tiene forma, no todo está hecho para ser entendido. Hay cosas que simplemente no quieren ser nombradas.
Ahí fue donde lo encontré a él, o tal vez el me encontró a mí. Un libro gigante, descrito como una biblia negra.

A Lovecraft no se le lee,
Se le soporta.

Sus palabras no explicaban el mundo, lo deformaban. Lo abrían. Lo volvían demasiado grande.

Y en esa inmensidad había algo profundamente incómodo:

yo no importaba.

No era el centro de nada.
No había sentido oculto esperándome.
No había un orden secreto que pudiera descubrir si leía lo suficiente.

Solo había… algo. Algo antiguo. Algo indiferente. Algo que no necesitaba de mí para existir.

Y eso, eso también es poesía.

No la que consuela.
No la que abraza.
No la que uno comparte en voz baja esperando ser entendido.

Sino la otra.

La que te deja solo.

La que te mira desde un lugar donde tú no puedes mirar de vuelta. La que te recuerda que hay pensamientos que no deberían terminar en palabras.

Intenté escribir así.

Intenté nombrar lo que no tenía nombre.

Pero cada intento se sentía incompleto. Como si algo se quedara afuera.
Como si el lenguaje fuera demasiado pequeño para contener lo que estaba sintiendo.

Y por primera vez escribir no fue suficiente. Y eso me asustó.

Porque si la escritura era lo único que tenía para entenderme, ¿qué pasaba cuando ni siquiera eso alcanzaba?

Ahí comprendí algo que nadie me había dicho antes: no todo dentro de uno quiere ser salvado. Hay partes que solo quieren existir sin ser vistas, sin ser dichas, sin ser comprendidas.

Y tal vez… tal vez escribir también es eso: Rodear lo que no se puede tocar, mirar sin entender, y aceptar que hay cosas que no vinieron a este mundo para convertirse en poema.

Acto IV: El rey de los reptiles, poeta retador.

No sabría cómo poner en palabras el sentimiento de vacío, es difícil decir si el nada es la ausencia de un todo, y mucho más difícil es volver de ahí siendo el mismo. Algo queda.

Algo aprende a vivir sin respuestas.

Pero también, algo se cansa.

Se cansa de no entender,
de no importar,
de no tener un lugar claro en el mundo.

Y ahí, como el agua permeando de un muro, aparece la voz. No la voz de duda, no aquella voz que pregunta.

La otra.

La que golpea.

Existieron voces que no escribían para comprender, sino para imponerse sobre el silencio. Para romperlo.

Para obligar al mundo a escuchar.

Y ahí los encontré. No descubrí algo nuevo, era más parecido a reconocer algo que ya vivía entre mis entrañas.

Diaz Miron nunca pidió permiso, su palabra, su prosa y sus versos nunca se disculparon.

Eran firmes, orgullosos. Un tajo limpio.

El me enseño que el lenguaje también podía ser eso:

Menos como un refugio, y más como un arma.

No una herida abierta, sino la mano que decide dónde cortar.

Pero hay incomodidades que no pueden ser cortadas, algo como la cola de un reptil: No importa cuantas veces la cortes, siempre vuelve a crecer.

Y como un antiguo titan, emergió desde lo más profundo del agua:
Jim Morrsion, el rey de los reptiles.

Con el llegaron el desorden, la ruptura
Y la certeza de que no todo tiene que sostenerse en pie.



Que a veces hay que empujar los límites hasta que algo ceda.

Él no escribía desde la calma.
Escribía desde el exceso.

Desde ese lugar incómodo donde uno deja de intentar ser correcto y empieza, simplemente, a ser.

Y en ese caos también había verdad.
Una más cruda, menos elegante, pero imposible de ignorar.

Ahí entendí algo distinto.
No todo lo que uno siente tiene que explicarse.

Algunas cosas solo necesitan ser dichas con suficiente fuerza.

Sin pedir permiso.
Sin pedir perdón.
Sin esperar ser comprendido.

Después de Lovecraft, pensé que el mundo era demasiado grande para mí.

Ellos me enseñaron lo contrario.

Que, a veces, basta con alzar la voz para hacerle espacio a uno mismo.

Y por primera vez, no quise entender.

Quise decir.

Acto V: Poesía a los cuatro vientos.

Después de tanto ruido, de tanta voz que venía de lejos, de nombres que parecían más grandes que uno mismo, entendí algo que no estaba en los libros.

La poesía no siempre vive en lo inalcanzable.

A veces está más cerca. Más viva. Más humana.

No llegó como una revelación, ni como un concepto complicado. Llegó como una invitación. Un espacio.

Una voz que no imponía, que no exigía entender, que no pedía ser admirada.

Solo… existir.

Ahí fue donde lo conocí.

A Gustavo.

No como se conoce a los grandes nombres, no desde la distancia, no desde la admiración silenciosa.

Sino de frente.

Con la sencillez de quien no necesita parecer poeta para serlo.

Gustavo Ochoa.

Un muchacho sin prisa por convertirse en estatua,
sin interés en parecer profundo,
sin la necesidad de construir una imagen.

Y, sin embargo,
hacía algo que muchos no logran nunca:

abría espacio.

Junto a su familia,
en medio del ruido cotidiano,
levantaban algo sencillo
y, por eso mismo, extraordinario:

poesía.

No en auditorios cerrados.
No en concursos.
No en libros que se apilan sin ser leídos.

En la calle.

Al aire.

Donde cualquiera pudiera escuchar
o pasar de largo.

“Poesía a los cuatro vientos”.

Y entendí.

Entendí que la poesía no le pertenece a nadie.

Que no es de las élites,
ni de los nombres consagrados,
ni de quienes escriben para ser recordados.

La poesía también es esto:

un lugar abierto.

Una voz que se ofrece
sin esperar nada a cambio.

Un instante
donde alguien decide hablar
y alguien más decide escuchar.

Me invitó a pasar.

A decir.

A poner mi voz en el aire
sin más respaldo que mis propias palabras.

Y ahí,
sin escenario,
sin jurados,
sin nada que ganar ni que perder,

sentí algo distinto.

No era miedo.
No era duda.

Era… verdad.

Porque por primera vez
no estaba escribiendo para entender,
ni para impresionar,
ni para alcanzar algo que estaba lejos.

Estaba escribiendo
porque sí.

Porque tenía algo que decir.

Y eso bastaba.

Gustavo no me enseñó a escribir.

Me enseñó algo más difícil:

que la poesía no necesita permiso.

Que no tiene dueño.

Que no vive en los premios,
ni en los nombres grandes,
ni en los libros que nadie toca.

Vive
donde alguien decide hablar
aunque no lo escuchen.

Y tal vez,
la mejor poesía

es la que no intenta serlo.

 

Acto VI: Escribí mi propia poesía

Dios escribe en los árboles.
Bowie escribió en el ruido.
Lovecraft en lo que no puede nombrarse.
Otros escribieron con fuerza, con exceso, con rabia.

Y yo…

yo escribo para entenderme.

Porque hay algo dentro de mí
que no se queda quieto.

Algo que insiste,
que empuja,
que no me deja en paz
hasta que lo convierto en palabras.

Alguna vez escuché que uno empieza a crear
porque siente que, si logra sacar eso que lleva dentro,
va a entenderse mejor.

Y creo que eso soy.

No alguien que escribe poesía.

Sino alguien
que está hecho de ella.

La forma en la que miro,
en la que recuerdo,
en la que extraño cosas que nunca tuve,

todo eso…

ya era poesía
antes de que yo supiera escribirla.

Pero también hay miedo.

Miedo a quedarme solo.
Miedo a que las personas se vayan
como se van tantas cosas.

Y más que eso…

miedo a perder esto.

A que un día las palabras
dejen de salir.

A que mi escritura se vuelva vacía,
dependiente,
mediocre.

A convertirme en alguien
que escribe sin decir nada.

Porque si eso pasa…

no sé qué quedaría de mí.

Siempre me he dicho
que soy diferente.

No mejor,
pero distinto.

Veo cosas que otros no miran.
Siento cosas que a veces ni yo entiendo.

Y en ese exceso,
en esa sensibilidad que a veces pesa,
también está lo único que tengo.

Mi voz.

Aunque no siempre es fácil.

Porque también soy esto:

la contradicción constante.

La obsesión por hacerlo perfecto
y el cansancio de no lograrlo.

Las ganas de escribir algo eterno
y la tentación de dejarlo todo
para mañana.

He querido hacer poemas perfectos
y en el intento
he estado a punto de dejar de escribir.

Ya lo hice una vez.

El primer poema que escribí
no fue suficiente.

No gané.

Y ese día pensé
que tal vez yo tampoco lo era.

Que tal vez esto
no era para mí.

Pero no supe cómo parar.

Porque incluso en ese momento,
cuando quería soltarlo todo,

seguía escribiendo.

Aunque fuera en mi cabeza.
Aunque fuera en silencio.

Y entonces entendí algo
que nadie me dijo nunca:

yo no elegí la poesía.

La poesía
me eligió a mí.

No como un talento.
No como un don.

Sino como una forma de existir.

Y desde entonces,
todo lo que hago
termina volviendo a ella.

No importa si escribo o no.
No importa si alguien me lee.

Sigo siendo esto.

Un conjunto de intentos.
De versos incompletos.
De ideas que no siempre encuentran forma.

Pero que existen.

Y que insisten.

Y tal vez nunca escriba el poema perfecto.

Tal vez siempre me falte algo.

Tal vez siempre haya una versión mejor
de lo que quise decir.

Pero ya no escribo para ganar.

No escribo para ser suficiente.

Escribo porque no sé ser otra cosa.

Porque incluso cuando fallo,
cuando dudo,
cuando me pierdo,

sigo encontrándome ahí:

en una hoja en blanco,
tratando de entender
quién soy.

Y por primera vez,

no estoy intentando parecerme a nadie.

No estoy buscando una voz.

No estoy imitando lo que admiro.

Estoy…

Escribiendo.

Comentarios

Anónimo dijo…

Soy Gustavo Adolfo.
Buenos días, amigo Ian.
Te fe felicito por tu prolífica y genial producción literaria.
Es muy interesante la manera en que expresas las diferentes etapas en tu formación como escritor; original dividir el poema en actos porque la vida es una gran obra de teatro
Me da gusto que Poesía a los Cuatro Vientos sea un oasis entre tanto ruido, voces lejanas y nombres que buscan empequeñecer a las nuevas generaciones.
Agradezco tus palabras.
Mi consagración es que la poesía nos fraternice, por el solo gusto de escribirla y compartirla. Sin jueces, sin entrar en una carrera para ver quien es mejor, sin pretender convertirnos en deidades.
Porque la poesía no es un objeto de lujo que se exhibe en aparadores.
La poesía es la voz misma del ser humano. Una ciudad sin poesía es una ciudad silenciada.
Y el silencio es el sonido del dolor.

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