"Si algún día aparezco muerto en circunstancias extrañas, quiero dejar constancia de algo desde ahora: No fui yo. Probablemente tampoco fue un accidente. Tal vez fue el gobierno. Tal vez otro gobierno..."






ME VAN A MATAR,

Y no hay nada que pueda hacer para evitarlo


Por: Ian Báez Palazuelos.


Antes de continuar, quiero aclarar algunos detalles importantes para evitar “malentendidos”. No soy suicida. No tengo ninguna adicción particularmente preocupante, salvo quizá el café y la mala costumbre de leer demasiadas noticias. No poseo armas, no planeo poseerlas, y hasta donde sé no tengo enemigos personales con motivos para cometer un asesinato creativo.

Llevo una vida relativamente tranquila. Trabajo, pago mis impuestos, saludo a mis compañeros con la cordialidad mínima que exige la convivencia civilizada y, como millones de personas en el mundo, paso una parte de mi tiempo leyendo titulares que describen el colapso lento pero constante de la civilización humana.

Así que, si algún día aparezco muerto en circunstancias extrañas (digamos, veinte puñaladas en la espalda, o una caída accidental desde un edificio que misteriosamente no tiene ventanas) quiero dejar constancia de algo desde ahora

No fui yo.

Probablemente tampoco fue un accidente.

Tal vez fue el gobierno. Tal vez otro gobierno. Tal vez uno de esos organismos cuyo nombre aparece en documentos desclasificados treinta años después, cuando todos los responsables ya están jubilados, muertos o dando conferencias sobre ética en universidades prestigiosas.

Pero no quiero adelantarme demasiado.

Lo realmente interesante no es que existan estructuras de poder capaces de decidir el destino de millones de personas. Eso ha sido parte normal de la historia humana desde que alguien descubrió que mandar sobre otros podía ser un oficio rentable.

Reyes. Imperios. Dictadores. Corporaciones. Bancos. Coaliciones militares. Organismos internacionales con nombres largos y logotipos muy elegantes.

El poder siempre ha existido.

Lo fascinante es nuestra extraordinaria capacidad para acostumbrarnos a él.

Porque cuando algo se vuelve cotidiano —incluso algo terrible— deja de cuestionarse.

Se vuelve normal.

Y una vez que algo es normal, deja de ser un problema moral para convertirse simplemente en parte del paisaje.

Hoy, por ejemplo, vemos en las noticias algo que hace apenas unas décadas habría provocado pánico global: misiles cruzando el cielo de Irán, explosiones en ciudades densamente pobladas, titulares que enumeran muertos como si fueran estadísticas deportivas.

Ciento setenta personas.

Entre ellas niños.

Niños que esa mañana simplemente iban a la escuela.

Una escuela primaria.

Si uno se detiene a pensar en eso durante más de cinco segundos, el mundo debería parecer completamente absurdo. Deberíamos sentir una incomodidad casi física ante la idea de que armas diseñadas para destruir ciudades puedan caer cerca de lugares donde los niños aprenden a leer.

Pero la mayoría de nosotros no se detiene a pensar en ello cinco segundos.

Porque ya es normal.

Las imágenes aparecen durante unas horas. Analistas con trajes impecables discuten estrategias geopolíticas en televisión, utilizando mapas digitales y palabras como “estabilidad regional”, “disuasión militar” o “intereses estratégicos”.

Las guerras modernas se analizan como partidas de ajedrez.

Un misil aquí.
Una sanción económica allá.
Un acuerdo diplomático en el medio.

Mientras tanto, en el mundo real, los muertos se cuentan con números redondos.

100.
105.
110.

Los números son útiles porque eliminan el problema incómodo de imaginar rostros.

Nadie dice:
“Un niño llamado Amir que quería ser ingeniero.”
“Una niña llamada Leila que estaba aprendiendo a multiplicar.”

No.

Decimos “ciento setenta”.

Y seguimos con nuestra vida.

Aquí es donde aparece el fenómeno más fascinante de la psicología humana: la normalización.

Cuando algo ocurre suficientes veces, deja de parecer extraño.

Esto funciona con casi cualquier cosa.

Al principio, una guerra es una tragedia internacional.

Después es un conflicto regional.

Luego es una noticia breve.

Finalmente, es un titular más entre el clima y los resultados deportivos.

La mente humana tiene un talento extraordinario para adaptarse al horror siempre que este ocurra lo suficientemente lejos.

La distancia convierte la tragedia en información.

Y la información, cuando se repite lo suficiente, pierde su capacidad de incomodar.

Así es como funcionan muchas de las grandes estructuras de poder del mundo.

No mediante secretos absolutos.

Sino mediante costumbre.

Porque el poder más eficiente no es el que se esconde completamente.

Es el que se vuelve normal.

Durante años, por ejemplo, escuchamos hablar de guerras preventivas, operaciones especiales, drones militares, sanciones económicas que afectan a países enteros. Son conceptos técnicos que suenan sofisticados, casi administrativos.

Pero si los tradujéramos a lenguaje simple, muchas veces significarían algo así como:

“Un grupo pequeño de personas decidió que otro grupo de personas debía sufrir para proteger intereses estratégicos.”

Esa frase sería demasiado honesta para un comunicado oficial.

Así que usamos palabras más elegantes.

Defensa.

Seguridad.

Estabilidad.

Las élites políticas han perfeccionado este lenguaje durante siglos. Es un dialecto especial donde la violencia se describe con términos burocráticos y las decisiones que afectan a millones de personas se toman en salas de reuniones con aire acondicionado.

Mientras tanto, el resto de nosotros observa desde lejos.

Votamos cada cierto número de años. Discutimos en redes sociales. Nos indignamos durante unos días cuando ocurre algo particularmente escandaloso.

Luego volvemos al trabajo.

Porque el sistema también depende de otra forma muy poderosa de normalización: la rutina.

Las personas tienen facturas que pagar.

Tienen hijos que alimentar.

Tienen vidas pequeñas y complicadas que resolver cada día.

Y cuando uno está ocupado intentando sobrevivir dentro de un sistema, es muy difícil encontrar energía para cuestionarlo.

Esto no es necesariamente culpa de nadie en particular.

Es simplemente una característica del mundo moderno.

Las estructuras de poder actuales son tan grandes, tan complejas y tan distantes que la mayoría de las personas no tiene ninguna forma real de influir en ellas.

Un ciudadano promedio no puede detener una guerra.

No puede investigar redes de corrupción internacional.

No puede revisar archivos secretos de inteligencia.

Lo único que puede hacer es observar fragmentos de información que aparecen ocasionalmente en las noticias.

Pequeñas grietas en un muro muy grande.

A veces esas grietas se vuelven lo suficientemente amplias como para dejar ver algo interesante.

Un documento filtrado.

Un escándalo político.

Un juicio inesperado.

Un caso como el de Jeffrey Epstein, por ejemplo, que durante años circuló en los márgenes de la prensa como una historia extraña sobre un millonario excéntrico con amistades poderosas.

Hasta que de pronto aparecieron nombres.

Viajes.

Testimonios.

Conexiones con figuras influyentes de la política, los negocios y la cultura global.

De repente, algo que parecía una conspiración extravagante empezó a parecer simplemente… una red de poder funcionando como siempre ha funcionado.

Dinero.

Influencia.

Silencio.

No hizo falta inventar historias sobrenaturales para que el asunto resultara inquietante.

Bastó con observar cómo reaccionaban las instituciones.

Investigaciones lentas.

Acuerdos judiciales curiosamente indulgentes.

Una red de contactos que parecía extenderse por todo el planeta.

Y finalmente, un final tan extraño que todavía hoy genera más preguntas que respuestas.

Pero incluso eso, con el tiempo, empezó a normalizarse.

Durante unas semanas el caso dominó titulares.

Luego fue desplazado por la siguiente crisis.

Porque el mundo moderno tiene una ventaja increíble para quienes prefieren no cuestionar demasiado las cosas: siempre hay otra noticia más reciente.

Y cuando siempre hay algo nuevo que mirar, lo viejo desaparece rápidamente.

La memoria pública se vuelve corta.

Convenientemente corta.

Si uno observa con atención la historia reciente, descubre algo curioso sobre las teorías conspirativas.

Durante mucho tiempo fueron vistas como el refugio natural de personas paranoicas. Individuos que pasaban demasiado tiempo en sótanos, rodeados de mapas con hilos rojos conectando fotografías borrosas.

Gobiernos secretos.

Sociedades ocultas.

Redes de poder invisibles.

La mayoría de esas historias son absurdas, por supuesto. Algunas incluyen reptiles interdimensionales, control mental por medio de antenas o civilizaciones antiguas escondidas bajo el hielo de la Antártida.

Pero el problema con ridiculizar todas las conspiraciones es que, ocasionalmente, aparece una que resulta ser real.

No en la forma extravagante que imaginaban algunos, pero sí lo suficientemente cercana como para resultar incómoda.

El caso Epstein fue uno de esos momentos.

Durante años, cualquier insinuación sobre redes de abuso vinculadas a figuras poderosas era descartada con una mezcla de incredulidad y burla. Sonaba demasiado cinematográfico, demasiado exagerado.

Sin embargo, con el tiempo comenzaron a aparecer documentos judiciales, testimonios, listas de vuelos, acuerdos legales inusualmente generosos.

Y de repente el panorama cambió.

Ya no se trataba de una fantasía conspirativa. Era simplemente una historia muy vieja: hombres ricos y poderosos protegiéndose entre sí.

La novedad no era el crimen.

La novedad era que, por un momento, el público podía verlo con cierta claridad.

Pero incluso ese momento fue breve.

Porque aquí entra en juego otra forma extraordinaria de normalización: la saturación.

El flujo constante de información moderna es tan intenso que incluso los escándalos más inquietantes terminan perdiendo fuerza.

Un día el mundo habla de un millonario acusado de tráfico sexual con conexiones internacionales.

Un mes después, el tema ya compite con nuevas crisis, nuevas guerras, nuevas tragedias.

Es como intentar mantener la atención en una sola gota de lluvia durante una tormenta.

La tormenta siempre gana.

Así es como muchas verdades incómodas se disuelven lentamente en el ruido del mundo moderno.

No necesitan ser ocultadas completamente.

Sólo necesitan esperar.

El tiempo hace el resto.

Lo mismo ocurre con las guerras.

Las guerras modernas rara vez se presentan como lo que realmente son: enormes maquinarias de destrucción alimentadas por intereses económicos, rivalidades geopolíticas y ambiciones de poder.

En cambio, se narran como historias de seguridad nacional, defensa de valores, estabilidad regional.

Las palabras importan.

Porque las palabras suavizan las cosas.

“Daños colaterales” suena mucho mejor que “familias destruidas por explosivos”.

“Operación estratégica” suena mucho mejor que “bombardeo”.

“Intervención militar” suena mucho mejor que “invasión”.

El lenguaje político es una forma refinada de anestesia moral.

Reduce la violencia a conceptos técnicos que pueden discutirse tranquilamente en paneles de televisión.

Mientras tanto, la vida cotidiana continúa.

Las personas van al trabajo.

Los estudiantes hacen exámenes.

Los gobiernos anuncian nuevas políticas.

Todo sigue funcionando.

Ése es quizá el aspecto más inquietante de todo esto: la normalidad.

El mundo puede estar lleno de conflictos, corrupción, desigualdad extrema y decisiones políticas que afectan a millones de personas… y aun así la vida diaria continúa con una sorprendente tranquilidad.

Los supermercados siguen abiertos.

Los cafés siguen llenos.

Las redes sociales siguen discutiendo sobre celebridades.

La civilización moderna tiene una habilidad impresionante para coexistir con contradicciones gigantescas.

Tal vez por eso, en los años sesenta, apareció un movimiento que intentó rechazar esa lógica por completo.

Los hippies.

Durante mucho tiempo se les ridiculizó como jóvenes ingenuos que creían que podían cambiar el mundo con flores, música y psicodelia.

Pero detrás de la estética colorida había una intuición interesante: la sensación de que el sistema global estaba profundamente equivocado.

Rechazaban la guerra.

Desconfiaban de las instituciones.

Hablaban de paz, de comunidades alternativas, de escapar del modelo dominante de poder.

Por supuesto, el sistema terminó absorbiendo gran parte de esa rebeldía.

Las camisetas con símbolos de paz se venden hoy en centros comerciales.

Las canciones de protesta suenan en anuncios publicitarios.

La contracultura, como casi todo, también puede convertirse en un producto.

Y cuando algo se convierte en un producto, deja de ser una amenaza.

Sin embargo, aquella generación tenía razón en al menos un punto importante: muchas de las estructuras que gobiernan el mundo moderno funcionan lejos del escrutinio público.

No siempre en secreto absoluto.

Pero sí lo suficientemente lejos como para que la mayoría de las personas no tenga forma de influir en ellas.

Instituciones financieras globales.

Corporaciones más ricas que muchos países.

Organismos de inteligencia que operan en la sombra.

Redes de influencia donde políticos, empresarios y celebridades comparten espacios que el ciudadano promedio jamás verá.

No hace falta imaginar conspiraciones fantásticas.

Basta con observar cómo funciona el poder.

El poder tiende a concentrarse.

Y cuando se concentra, tiende a protegerse.

La historia humana está llena de ejemplos.

Imperios que colapsan.

Élites que se corrompen.

Sistemas que prometen libertad mientras consolidan nuevas formas de control.

Nada de esto es particularmente nuevo.

Lo único verdaderamente novedoso es la escala.

Nunca antes en la historia tantas decisiones capaces de afectar a todo el planeta habían estado en manos de tan pocas personas.

Guerras, mercados financieros, recursos energéticos, tecnología, información.

Todo conectado.

Todo concentrado.

Y sin embargo, la mayoría de nosotros seguimos viviendo vidas pequeñas dentro de ese sistema gigantesco.

Nos levantamos.

Trabajamos.

Consumimos.

Descansamos.

Repetimos.

No porque seamos ignorantes o indiferentes.

Sino porque, en términos prácticos, no hay mucho más que podamos hacer.

Y quizá esa sea la conclusión más incómoda de todas.

No vivimos en una conspiración perfecta controlada por villanos caricaturescos.

La realidad es más simple y más perturbadora.

Vivimos en un sistema enorme donde el poder, el dinero y la influencia tienden naturalmente a acumularse en ciertos lugares.

Donde las tragedias pueden convertirse en estadísticas.

Donde los escándalos pueden desaparecer con el tiempo.

Donde incluso las verdades más inquietantes terminan perdiéndose entre titulares nuevos.

Y mientras tanto, nosotros seguimos aquí.

Observando.

Comentando.

A veces indignados.

A veces cansados.

A veces simplemente distraídos.

Tal vez algún día el sistema cambie.

Tal vez nuevas generaciones encuentren formas de cuestionarlo con más fuerza.

O tal vez simplemente aprendamos a convivir con él como siempre lo hemos hecho.

Después de todo, los seres humanos tienen una capacidad extraordinaria para adaptarse a cualquier realidad, por absurda que parezca.

Incluso a una donde los misiles caen cerca de escuelas.

Donde las élites se protegen entre sí.

Donde la verdad aparece brevemente… y luego desaparece entre el ruido.

Pero no quiero sonar demasiado pesimista.

Al fin y al cabo, el mundo moderno también tiene muchas ventajas.

Tenemos tecnología increíble.

Acceso instantáneo a información global.

Entretenimiento ilimitado.

Y, lo más importante de todo, la libertad de discutir estas cosas abiertamente.

Bueno.

Más o menos.

Mientras tanto, yo seguiré escribiendo estas reflexiones tranquilamente.

Pagando mis impuestos.

Tomando café.

Y esperando que, si algún día aparezco muerto en circunstancias sospechosas…

Al menos alguien recuerde esta pequeña aclaración inicial.

No fue suicidio.

Probablemente tampoco fue un accidente.

Aunque, pensándolo bien, en el mundo moderno muchas cosas muy convenientes terminan siendo catalogadas como accidentes.

Comentarios

Entradas más populares de este blog