“Los escritores no inventan las historias, las historias nos encuentran, nos siguen. Nos observan. Se sientan a nuestro lado cuando abrimos un cuaderno… y esperan a que dejemos de escondernos"
EL
MIEDO Y LA TINTA
Alejandra
Montoya Corrales
La primera vez que intenté escribir una historia, el
silencio se sentó frente a mí. No era un silencio cualquiera, era uno de esos
silencios viejos que han visto demasiado y, por eso mismo, ya no hablan. Sólo
miran. Como si supieran en qué momento exacto vas a fallar.
Tenía el cuaderno abierto, la pluma entre los dedos y el
corazón lleno de historias que se empujaban unas a otras, desesperadas por
salir. Historias de despedidas que nadie tuvo el valor de pronunciar, de
palabras que llegaron tarde y se quedaron a vivir en la garganta, de recuerdos
que todavía no habían ocurrido… pero que ya me dolían como si llevara años
cargándolos.
Todo estaba ahí, Todo… menos el comienzo.
En el pueblo donde crecí, los viejos decían que las
historias no nacen cuando uno quiere, sino cuando ellas deciden. Por eso
dejaban los cuadernos abiertos cerca de las ventanas: para que las palabras, si
andaban perdidas, pudieran entrar a descansar.
Yo también lo intenté, pero las palabras no entraban, me
rodeaban.
Las veía cruzar mi cabeza como pájaros oscuros al atardecer,
inquietos, desconfiados. Se posaban apenas un segundo en el borde del
pensamiento, inclinaban la cabeza… y luego se marchaban, como si reconocieran
en mí algo que no les gustaba.
Como si supieran que yo todavía no estaba lista para
sostenerlas.
Durante días abrí el cuaderno con la misma esperanza con la
que se abre una puerta esperando que alguien regrese.
Pero nadie regresó, sólo el papel en blanco, mirándome con
una paciencia tan larga que empezaba a parecer burla.
—No seas tímida con lo que escribes —me dijo el profesor una
tarde.
Lo dijo sin saber que dentro de mí vivía un miedo antiguo,
heredado, casi familiar. Un miedo que no tenía forma, pero sí peso. Un peso
suficiente para detener cualquier palabra antes de que tocara el papel.
Porque escribir no es acomodar frases bonitas, es dejar que
el alma se vuelva tinta, es abrir algo que, una vez abierto, ya no se puede
cerrar del todo.
Y siempre existe la posibilidad (la más silenciosa, la más cruel)
de que alguien lo mire… y diga que no es suficiente
Esa noche, cansada de pelear con el vacío, dejé el cuaderno
abierto sobre la mesa y me fui a dormir.
Entonces ocurrió.
A medianoche, las palabras empezaron a entrar por la ventana,
no llegaron de golpe. Nunca lo hacen, entraban despacio, como luciérnagas
cansadas de estar vivas, temblando, chocando entre sí, como si llevaran siglos
buscando un lugar donde apagarse.
La primera palabra era triste. Se le notaba en la forma de
caer, como si hubiera caminado demasiado, la segunda olía a lluvia vieja, la
tercera traía una risa rota que hizo temblar el aire y luego… llegaron todas.
Había palabras flotando sobre la cama, escondidas detrás de
las sillas, arrastrándose por el suelo como peces atrapados en un río
invisible. Algunas se abrazaban formando frases torcidas; otras se quedaban
solas, como si supieran que no todas las historias encuentran su lugar.
Y en medio de todo aquello, sentado sobre mi cuaderno,
estaba el miedo, era pequeño, pero no era débil.
Estaba hecho de la misma tinta con la que yo escribía, como
si hubiera nacido conmigo. Como si llevara años esperando ese momento exacto.
Cuando me acerqué, levantó la mirada.
—Si empiezas —susurró— ya no vas a poder esconderte. Ni de
los demás… ni de ti.
Y entendí.
Mientras las historias vivieran sólo dentro de mí, eran
perfectas. Intocables. Eternas.
Pero en el momento en que las escribiera… se volverían
reales y lo real se rompe.
Las palabras me miraban, no tenían prisa, nunca la tienen.
Pero sí tenían algo peor... esperanza.
Había una que parecía una despedida que alguien olvidó
decir. Otra llevaba el eco de una risa que ya no existía. Algunas venían del
pasado, otras de un futuro que todavía no ocurría… pero todas compartían la
misma insistencia: querían existir.
Entonces lo entendí.
Las historias no estaban dentro de mí porque yo fuera
valiente, estaban ahí porque no tenían otro lugar donde vivir, abrí el
cuaderno.
La primera palabra cayó como una gota de algo que llevaba
años a punto de romperse. La segunda llegó temblando. La tercera llegó herida.
Y cuando la cuarta tocó el papel, ocurrió lo inevitable.
El miedo empezó a encogerse, no desapareció, el miedo nunca
desaparece.
Pero se hizo más pequeño, como una sombra cuando amanece,
mientras las palabras encontraban su lugar sobre la página.
Cada frase abría algo, cada recuerdo encendía algo y por
primera vez entendí que escribir no era saber empezar.
Era escuchar.
Escuchar a las historias que golpean por dentro. A los
recuerdos que se niegan a irse. A las palabras que viajan años enteros buscando
una boca que las diga… aunque duela.
Cuando terminé aquella primera página, el cuarto volvió al
silencio.
Las luciérnagas se habían ido.
El miedo dormía, pequeño, en una esquina del cuaderno,
respirando despacio, como si solo estuviera esperando.
Y yo entendí algo que todavía me eriza la piel, que los
escritores no inventan las historias, las historias nos encuentran, nos siguen.
Nos observan. Se sientan a nuestro lado cuando abrimos un cuaderno… y esperan”,
esperan a que dejemos de escondernos, porque saben algo que uno tarda años en
aceptar
que dentro de cada persona hay un libro entero pidiendo
salir.
Y que el verdadero milagro no es escribir.
El verdadero milagro… es sobrevivir a lo que uno escribe, y,
aun así, tener el valor de abrir la siguiente página.

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