“La verdadera libertad sexual no pasa por dejarse usar, pasa por elegir sin miedo, sin presión, sin necesidad, sin humillación”
NO
TE TRAGUES LA PÍLDORA
No te tragues la píldora: cuando te llaman “puta” no es
libertad, es poder
En la universidad, en una clase cualquiera, un maestro
hombre lanzó una pregunta que se quedó flotando en el aire como si fuera
provocación intelectual:
“¿Por qué la mujer se ofende cuando le dicen puta? ¿No es
acaso una mujer empoderada, libre de vivir su sexualidad?”
Muchas callaron.
Algunas dudaron.
Otras incluso asintieron.
Porque a las mujeres nos han enseñado a dudar de nuestra
propia incomodidad, a pensar que si algo nos duele es porque “no hemos
evolucionado lo suficiente”.
Pero el cuerpo sabe.
Y el lenguaje también.
La palabra puta no nace de la libertad, nace del poder.
No nombra a una mujer que desea, sino a una mujer a la
que se le permite existir solo si se deja usar.
A lo largo de la historia, el poder ha estado
profundamente anclado al cuerpo masculino.
Las guerras, las conquistas, la dominación de
territorios, la invasión, la eliminación del otro. Todo eso ha sido leído
también desde la psicología y el psicoanálisis como una extensión simbólica del
poder fálico: penetrar, dominar, poseer, vencer.
No es casual que muchas culturas hayan asociado el pene
con:
la espada,
la lanza,
el cetro,
el arma.
Penetrar no solo como acto sexual, sino como acto de
conquista.
Desde ahí, el cuerpo de la mujer se vuelve el territorio
privilegiado.
No porque sea débil, sino porque es simbólicamente
fértil, creador, dador de vida. Y todo poder que se siente frágil necesita
dominar aquello que no puede controlar.
Por eso no es lo mismo vivir la sexualidad que ser
reducida a objeto sexual.
La diferencia está en algo muy simple, pero profundamente
humano: el lugar desde donde se nombra a la mujer.
Cuando a una mujer se le dice “puta”, no se le está
reconociendo deseo. Se le está asignando un rol:
disponible,
intercambiable,
desechable,
sin derecho a límites.
Aunque hoy se intente maquillar el término con discursos
de falsa libertad, su carga simbólica sigue intacta:
una mujer que debe someter su cuerpo para que el otro
ejerza su poder.
Eso no es erotismo.
Eso es jerarquía.
La gran trampa contemporánea ha sido esta:
convencer a las mujeres de que aceptar la humillación es
empoderamiento.
Porque si la mujer cree que no está siendo degradada:
el hombre no tiene que hacerse responsable,
la violencia simbólica se vuelve invisible,
el uso se disfraza de elección.
Y entonces, cuando una mujer dice “esto me incomoda”, se
le acusa de moralista.
Cuando dice “esto me humilla”, se le llama retrógrada.
Cuando pone límites, se le dice que no es libre.
Pero la dignidad no es conservadurismo.
La dignidad es conciencia.
No, no es feminismo radical decir que una mujer merece
respeto incluso en el deseo.
No es represión decir que el cuerpo no es un objeto.
No es atraso histórico decir que el placer no debería
implicar borrarse como persona.
La verdadera libertad sexual no pasa por dejarse usar, pasa por elegir sin miedo, sin presión, sin necesidad, sin humillación.

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