“Cada persona carga con un mundo entero de recuerdos, sueños y heridas invisibles. Y lo único que puede devolverle brillo a esa luz… es un pequeño acto de bondad”
RELATO DE LAS ALMAS QUE BRILLAN
Manuel Montes
Hoy
desperté con un sentimiento ajeno a mí, en mis mejillas caían un par de
lágrimas. No fue hasta que vi un brillo en mis manos que recordé lo que soñé
esa misma noche.
En mi
sueño había encontrado la "esencia", emitía una luz tenue lo
suficiente para ser cálida, tanto que si prestabas atención en ella podrías
observar los sueños más íntimos del alma.
Me
quedé observándola por un momento mientras aún me hacía en mi cama, en ella
podía ver los recuerdos más atesorados de mi infancia y momentos recientes que
mi corazón aprecia demasiado, corrí desesperado a la habitación de mis padres,
pero algo muy extraño sucedió aquella luminosidad que tenía en mis manos no
podía compartirla con mis padres, pues al parecer ellos no podían verla.
Luego
de esa conmoción tome camino a mi universidad y el brillo no dejaba de estar en
mis manos, lo que me permitía ver todos los recuerdos y deseos de las personas
que pasaban a mí alrededor concentrados en su rutina diaria.
Hubo un
hombre que estaba sentado en la banqueta de su casa, la cual estaba repleta de
plantas que él vendía, cuando crucé por su acera observé el brillo en mis manos
y pude ver el recuerdo de un niño que junto a su padre plantaban un árbol al
lado de una hermosa casa, el padre le enseñaba la importancia de apreciar la
naturaleza.
Luego
de presenciar tan bello recuerdo seguí mi camino a la universidad y mientras
iba en el transporte público surgieron dudas de lo que me estaba sucediendo.
¿Porque me está pasando esto? ¿porque sólo puedo ver yo este brillo? ¿Habrá
alguien más con esta capacidad?, mis dudas fueron interrumpidas en cuanto tuve
que bajar del transporte.
Continué
en la universidad con mis clases hasta llegar a la última, y cuando ésta
finalizó, detuve a mi profesor para contarle a manera de premisa lo que me
había sucedido en la mañana, (sin afirmarle que lo que le estaba contando en
verdad me sucedía).
—Interesante
planteamiento “...”. Sin duda, los sueños pueden ser un reflejo de lo que desea
el alma. Pero ¿cuál es el remate de tu premisa? —preguntó con curiosidad.
—¿Qué
se debería hacer con esta habilidad que le planteo? —pregunté.
El
profesor se detuvo para pensarlo un momento…
—Si yo
tuviese esa habilidad, la compartiría, aunque me creyeran loco. Pues, en el
deber ser, “si hay un descubrimiento, debe compartirse con sus iguales”. ¿Eso
responde a tu pregunta?
Al cabo
de un par de minutos el profesor tuvo que marcharse, pero la poca conversación
que tuvimos me dejó desconcertado acerca de este brillo que en lugar de
responderme mis dudas me sentí más alejado de la respuesta.
Cuando me
dirigí hacia transporte público, en igual de tomar la ruta que me llevaría a
casa, decidí tomar la que me llevaría al centro de la ciudad, pues era tanta mi
incertidumbre que aún tenía que averiguar qué podía hacer con este don.
Camino
al centro de la ciudad un muchacho de complexión delgada con capucha se sentó a
lado mío haciendo murmullos, como si algo lo molestara. volví a observar el
resplandor que salía de mis manos y esta vez me dejó sin palabras ya que los
recuerdo que veía en el brillo se veían algo distorsionados, sus sueños se
veían borrosos y la luz se volvía opaca.
Con
amabilidad pregunté:
—¿Qué
tal tu día, hermano?
—No,
tan bien como el tuyo —respondió a la defensiva.
—No
pretendía ofenderte. Sólo me preocupa tu apariencia, luces cansado; me gustaría
ayudarte.
—No hay
nada que ayudar —mencionó molesto, girando hacia enfrente, como si ignorara el
hecho de que yo estuviese sentado a un lado.
Cegado
por la hostilidad a la que me enfrenté en silencio, me pregunté, ¿Qué habrá
sucedido con ese pobre joven, como para que sus más grandes sueños y recuerdos
de infancia se vean tan distorsionados? No pude seguir con mis pensamientos
porque me vi forzado a bajar del autobús en el centro de la ciudad.
Mientras
caminaba por el centro de la ciudad observé mis manos, una lluvia de tenues y
distintas tonalidades se veían parpadear en mi palma, a como la gente pasaba de
mí lado.
Exhausto
por no lograr descifrar mis paradigmas, me senté en una banca a lado de la
catedral de la ciudad observando las palomas que se regocijaban por migajas de
pan que lanzaba una pequeña.
La
tarde comenzaba a teñirse de naranja mientras las campanas de la catedral
resonaban sobre la plaza. Observé mis manos nuevamente; la luz ya no era una
sola, ahora parecía un pequeño cielo lleno de destellos que se encendían y
apagaban con cada persona que pasaba.
Fue
entonces cuando una paloma se posó frente a mí, picoteando con insistencia una
migaja de pan. Al levantar la mirada, vi a una mujer mayor sentada al otro
extremo de la banca. Sus manos temblaban ligeramente mientras sostenía una
bolsa de papel.
Sin
pensarlo, observé el brillo en mis palmas.
Esta
vez la luz fue distinta.
No era
tenue ni distorsionada… era profunda, como si guardara muchos años dentro de
ella. En su interior pude ver un patio pequeño lleno de flores, una niña
corriendo entre macetas y una voz suave que le enseñaba a regarlas con
paciencia.
Pero el
recuerdo cambió.
El
patio se volvió silencioso.
Las
flores seguían ahí, pero la niña ya no corría.
Comprendí
algo que hasta ese momento había pasado por alto: la luz no sólo mostraba
recuerdos felices… también revelaba aquello que las personas extrañaban.
Miré
nuevamente mis manos y entonces entendí lo que mi profesor había querido decir.
Tal vez
la esencia no era un don para observar.
Tal vez
era un recordatorio.
Un
recordatorio de que cada persona que pasa frente a nosotros carga con un mundo
entero de recuerdos, sueños y heridas invisibles.
Y que,
a veces, lo único que puede devolverle brillo a esa luz… es un pequeño acto de
bondad.
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