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06 de Marzo, Aniversario del Natalicio de Gabriel Garcia Marquez
"Me preocupa que las cosas desaparezcan sin haber sido contadas. Es peor que la muerte"
UNA SESIÓN CON GABO
Por: Ian Báez
Tengo
días que me sostengo a la memoria de mi habitación. He estado durmiendo en un
motel de cuarta pegado a la carretera principal debido a la falta de clientes
en mi zona actual. Son pocas las personas de ciudad que tienen tiempo de
sentarse en un diván a hablar sin censura sobre sus penas. He considerado
incluso dormir en mi propio consultorio.
Hoy,
sin muchas ganas de trabajar, me levanté y reproduje de camino al trabajo una
sesión de meditación para empezar el día con buenas vibras.
“Hay
que ser positivos, no positivistas”, repetía la cinta.
Chiste
malo, pero por lo menos hizo el intento.
Al
girar las llaves en la cerradura noté que mi llavero favorito, un patito de
hule que sostenía mis llaves, ya no estaba. Muy probablemente se cayó mientras
caminaba. Todo indicaba que éste iba a ser un largo día.
Después
de acomodarme, listo para iniciar la sesión de hoy, empecé a buscar el
expediente del primer sujeto. Para mi sorpresa, era un libro completo, “El
coronel no tiene quien le escriba”. Probablemente una mala broma.
El
paciente, sin esperar invitación formal ni avisar de algún modo que estaba presente,
abrió la puerta y entró, como si viviéramos juntos.
—Buenos
días. —Le dije.
—Buenos
son cuando uno logra recordar lo que soñó —respondió él, acomodándose tranquilo
en el sillón— Hoy desperté con la sensación de que había perdido algo, pero no
sé si fue un sueño o un recuerdo.
Levanté
la vista del “expediente”, confundido y atento a su acento, una mezcla entre
norteño y colombiano.
—¿Le
preocupa olvidar?
—Me
preocupa que las cosas desaparezcan sin haber sido contadas. Es peor que la
muerte.
—Explíqueme
eso.
Él
sonrió apenas, incluso pude ver como los músculos de su cara levantaban sus
labios. Me mostró una sonrisa vieja, que obviamente iba precedida de una
historia
—Mire,
doctor, en el pueblo donde crecí había una casa que olía a almendras amargas
cuando alguien estaba a punto de morir. Y nadie necesitaba confirmación médica.
El olor bastaba. Yo aprendí muy joven que las señales existen.
—¿Está
hablando de su infancia o de una metáfora?
—No
estoy seguro de que haya diferencia.
Hice
una pausa breve.
—Quisiera
que intentáramos mantenernos en hechos verificables. —Le dije
—Los “hechos
verificables” son los que menos me interesan.
—Pero
son los que pueden ayudarnos aquí.
Silencio.
Él
cruzó las manos con disciplina militar. Parecía alguien acostumbrado a
horarios, a rituales, a trabajar incluso cuando no tenía ganas.
—Muy
bien. Aquí tiene su hecho verificable: Aparentemente estoy obsesionado con la
repetición. Las familias que no aprenden. Los hombres que cometen el mismo
error con distinto nombre. Las mujeres que esperan demasiado.
—¿Y
usted?
—Yo no
repito —dijo rápido, casi automático. Luego bajó la voz—. Creo.
Anoté
eso en mi bitácora.
—Cuando
habla de repetición, ¿habla de su obra o de su vida?
—¿Hay
diferencia?
—En
este consultorio, sí.
Él
apoyó la espalda en el sillón, como si evaluara la solidez de la habitación.
—Supongamos
que en mi vida he conocido hombres que aman el poder más que a las personas. Me
intriga cómo respiran, cómo duermen, cómo justifican lo que hacen. No los
envidio. Los estudio.
—¿Por
qué?
—Porque
todo poder es una historia que alguien logró imponer.
Sus
ojos siguieron a los míos mientras levantaba la mirada del cuaderno.
—¿Y
usted impone historias?
—Yo las
cuento mejor que otros —respondió sin falsa modestia—. Es distinto.
—¿Seguro?
Hubo un
silencio más largo. No incómodo. Tenso.
—Doctor
—dijo al fin—, yo siempre he pensado que una buena historia puede salvar una
tarde. A veces una amistad. En ocasiones, una vida entera. Pero últimamente me
pregunto si contar es una forma elegante de no sentir.
—¿Qué
evita sentir?
Él
desvió la mirada hacia el reloj.
—La
pérdida.
—¿Cuál?
No
respondió de inmediato.
—Todas.
Cerré
mi bitácora y lo miré directo a los ojos.
—¿Escribe
para recordar o para no olvidar?
Él
tardó en contestar.
—Escribo
para que no me borren.
Sostuve
su mirada.
—¿Quién
podría borrarlo?
Por
primera vez, la sonrisa no llegó.
—El
tiempo.
—Habló
de la pérdida —dije todavía sosteniendo su mirada—. Me gustaría que fuera más
específico.
Él
respiró hondo. Esta vez no sonrió antes de hablar.
—Extraño
a mi madre.
No lo
dijo con dramatismo. Lo dijo como quien admite algo que había intentado
resolver en silencio.
—¿Qué
es lo que extraña exactamente?
—Su
manera de explicar el mundo. Para ella nada ocurría porque sí. Si una mariposa
entraba a la casa, había motivo. Si un sueño se repetía, había advertencia.
Crecí en una lógica donde lo invisible tenía peso.
—¿Y
usted lo conserva?
—Intento
no hacerlo —respondió, pero la respuesta no sonó convincente—. Me esfuerzo por
ser racional. Periodístico. Pero todavía, cuando algo importante está por
ocurrir, busco señales.
Asentí
lentamente.
—¿Por
ejemplo?
Él dudó
un segundo, como si evaluara si valía la pena contar la historia.
—Cuando
supe que existía la posibilidad de recibir un premio importante, lo primero que
pensé no fue en el premio. Pensé en qué diría mi madre. Pensé que me diría que
no olvidara quién soy. Que no me dejara vestir como si fuera otro.
—¿Le
preocupaba la apariencia?
—No la
apariencia. El símbolo. Yo no quería parecer un escritor europeo adoptado por
accidente. Quería llevar algo que oliera a mi tierra. Algo que no necesitara
traducción.
—¿Y lo consiguió?
—Sí.
Pero eso fue lo menos importante.
Incliné
un poco la cabeza.
—¿Qué
fue lo importante?
—Las
palabras. Siempre son las palabras.
Hubo un
silencio breve.
—Cuando
uno tiene un micrófono delante y el mundo escucha, lo único que queda es lo que
dice. La ropa es un detalle. El discurso es la memoria. Y yo no quería que me
recordaran por cómo iba vestido, sino por lo que era capaz de afirmar.
—¿Qué
quería afirmar?
Él miró
sus manos.
—Que no
venimos de un lugar menor. Que nuestras historias no son folclore exótico. Que
nuestra tragedia y nuestra alegría tienen la misma dignidad que cualquier otra.
Posé mi
mano debajo del mentón.
—Habla
con mucha seguridad cuando se trata del mundo. Pero cuando habla de su madre,
baja la voz.
Él
sonrió, esta vez sin intención de seducir.
—Porque
el mundo no me asusta. Ella sí.
—¿Por
qué?
—Porque
todavía me pregunto si estaría orgullosa. Y no hay premio que responda eso.
Solté
la pluma.
—¿Cree
que ha intentado demostrar algo?
—Todos
lo intentamos —respondió con calma—. Algunos lo hacemos escribiendo todas las
mañanas, sin falta.
—¿Para
quién escribe realmente?
Él
tardó más en responder que en cualquier otra pregunta.
—Para
los amigos que todavía se sientan a la mesa. Para los que me conocieron antes
de que hubiera cámaras. Para la mujer que me ha escuchado contar la misma
historia veinte veces y todavía sonríe. Y… —hizo una pausa mínima— para el niño
que pensaba que las historias eran la única forma de que la casa no se quedara
en silencio.
Me
mantuve pensativo por un momento.
—Eso
suena menos a fama y más a pertenencia.
Él
asintió.
—La
fama es ruido. La pertenencia es hogar.
Después
de un receso breve para tomar aire, continuamos con la sesión, esta vez, noté
que el paciente parecía notar cada elemento de mi consultorio, sus ojos eran
cámaras en ese momento, y con el enfoque suficiente, parecía que esas imágenes
lentamente desarrollaban algo más.
—Usted siempre tiene una historia —dije, sin intenciones de incriminar—.
Incluso ahora.
Él
sonrió por reflejo.
—Es una
deformación profesional.
—¿Y si
hoy no la tuviera?
La
sonrisa se sostuvo apenas un segundo más de lo necesario, como una cortina que
tarda en caer.
—Siempre
hay una —respondió—. La memoria es generosa.
—No le
pregunté por la memoria. Le pregunté por usted.
Silencio.
Por
primera vez desde que comenzó la sesión, no buscó una anécdota. No miró al
techo en busca de imágenes. No acomodó la frase antes de decirla.
—No sé
qué decir sin convertirlo en relato.
—Intente
no convertirlo.
Respiró
hondo.
—Me
asusta que, si dejo de contar, no quede nada.
No
escribí nada, tan sólo lo esperé.
—Cuando
uno vive narrando, aprende a organizar el dolor. Lo coloca en capítulos. Le
pone principio y final. Pero la vida… —hizo una pausa— la vida no siempre tiene
estructura.
—¿Le
incomoda eso?
—Me
desarma.
Se
frotó las manos, como si buscara calor.
—Si no tengo
una historia preparada, sólo queda el miedo en bruto. El cansancio. La duda. Y
yo no he construido mi vida sobre la duda, sino sobre la convicción de que todo
puede entenderse si se cuenta bien.
—¿Y si
no puede entenderse?
Lo miré
directamente.
—Entonces
soy un hombre más. No un escritor.
—¿Eso
sería tan grave?
Tardó
en responder.
—He
pasado años creyendo que mi oficio me salvaba. Que mientras pudiera narrar,
podía soportar cualquier cosa. Pero últimamente… —se detuvo— hay días en que la
página no responde. Y ahí no hay magia. No hay Macondo. Sólo silencio.
Incliné
levemente la cabeza.
—¿Y qué
siente en ese silencio?
—Que
tal vez la historia terminó antes que yo.
La
frase quedó suspendida.
—¿Y si
no terminó? —pregunté—. ¿Y si simplemente hay un momento en que no se narra, se
vive?
Él bajó
la mirada. Esa idea no le resultaba cómoda.
—Vivir
sin contarlo se siente como desperdicio.
—O como
libertad.
Se
quedó quieto.
—Nunca
lo había pensado así.
Cruce
mis manos, apoyando un pulgar sobre el otro.
—Quizá
por primera vez no necesita una historia preparada. Quizá sólo necesita estar
aquí, sin editarse.
Él dejó
escapar una risa breve, casi tímida.
—Eso es
más difícil que inventar un pueblo entero.
—Lo sé.
Silencio
otra vez. Pero esta vez no era un silencio amenazante. No estaba lleno de
páginas en blanco. Estaba lleno de presencia.
—Si usted
deja de contar —dije finalmente—, ¿quién es?
Sostuve
la pregunta en el aire, propiciando un silencio algo tenso. Pude sentir
Y por
primera vez, Gabriel no buscó una frase brillante.
No
buscó una metáfora.
No
buscó un final.
Sólo
esperó.

Comentarios
Te felicito y, como Gabriel en tu relato, no busco un final. Sólo espero.
Tal vez, como El Godot de Beckett, que nunca llegó... pero que tal vez llegará mañana... ese mañana en el que todos los estudiantes vuelvan a leer, a comentar y a escribir desde su interior lo que el mundo exterior les muestra como Vida.
Saludos, Mtro. José Manuel Frías Sarmiento