21 de Marzo, Aniversario del Natalicio de Benito Juárez
“Me quedo con esa imagen, porque ése es el Juárez de mis recuerdos; y ésta es la historia que yo les quería contar”
EL JUÁREZ DE MIS RECUERDOS
José Manuel Frías Sarmiento
Para empezar a cantar, pido permiso primero; voy a contar un relato de la manera en que puedo
Ustedes
han de perdonar que parodie los primeros versos del famoso corrido Benjamín Argumedo, escrito por Graciela
Olmos. No es mi intención fusilar la composición, utilizo la frase nada más
para marcar el tono de mi relato sobre algunos aspectos relevantes de la vida y
obra de Benito Pablo Juárez García, expresidente de México y “Benemérito de la
Patria”, tal y como fue nombrado en tiempos del Presidente Sebastián Lerdo de
Tejada en 1873; aunque sea más conocido como “Benemérito de las Américas”, en
virtud del honor que el Congreso de Colombia le otorgó, por su valiosa y
heroica participación como defensor de la libertad de los mexicanos ante el
feroz acoso del imperio francés, quien nos quiso intimidar y sojuzgar con el
más poderoso ejército invasor de su época.
No es
cosa fácil hablar de Don Benito Juárez a la manera en que lo hace la
historiadora Josefina Zoraida Vázquez y Vera, en su libro Juárez, el republicano, escrito en colaboración del Colegio de
México, la Comisión Nacional de Libros de Textos Gratuitos y la Secretaría de
Educación Pública. Si de por sí, ya todos sacamos a colación algunas frases de
Benito Juárez, después de la distribución de los veintisiete millones de
ejemplares de ese libro en todas las escuelas del país, conocimos un poco más
de la obra de este ilustre mexicano, cuyo pensamiento el Congreso de la Unión
propuso honrar al designar al año 2006 como “Año del bicentenario del natalicio
del Benemérito de las Américas. Don Benito Juárez García”.
A
diferencia de Zoraida Vázquez quien, de manera clara y sencilla, muestra la
vida del prócer mexicano, apoyada en su larga trayectoria como investigadora
nacional, yo me concretaré a contar un relato alimentado por lo que mis
profesores me contaron acerca de la vida del indígena pastorcito que a, fuerza
de voluntad y de largos años de estudio, logró ser no sólo Presidente de su
país, sino ejemplo internacional de la asunción de un cargo conferido por el
pueblo, ante las peores circunstancias que un hombre y una nación pueden
afrontar.
Una
actitud, como la de Don Benito Juárez, ante la arrogancia del poder usurpador,
no pudo ser más que congruente con la fuerza y el cariño que los mexicanos
sentían por las libertades individuales y sociales, tras largos siglos de
opresión a los que la España los había sometido. Pero, para mayor simbolismo,
como Cuauhtémoc ante Cortés, Benito Juárez, indígena de pura cepa, se opuso a
las pretensiones de un austriaco de ojos azules y de rubia cabellera, al que
traidores como Miguel Miramón, Tomás Mejía y Juan José Nepomuceno Almonte, el
mismísimo hijo de José María Morelos y Pavón, quisieron imponer como Emperador
de México. ¿Sí se acuerdan de esa historia que nos contaban los profesores en
la primaria, verdad? Espero que sí, porque de ahí parten los conocimientos previos
de los que ahora dispongo para armar este relato. No tengo otros. No soy
historiador, ni soy profesor de educación básica, pero sí escuché con atención
a mi padre y a mis profesores cuando hablaban sobre la vida de los héroes que
nos dieron patria y libertad.
Por eso
me interesa contar este relato sobre Don Benito Juárez, un mexicano de talla
universal al que muchos religiosos aborrecieron por quitarles privilegios, al
separar las funciones de la iglesia con las propias de la naciente República
Mexicana. Quiero hablar a la usanza de los que cuentan lo que oyeron y leyeron,
sin más reflexión que el recuerdo y las impresiones que éstas causan en la
memoria recuperada. Aunque no la haya, como dice García Márquez, vivido para
contarla, quiero, al menos, repetirla para comprenderla.
Me
atrae la figura de Don Benito Juárez. Me jala con fuerza la veneración que
todos manifiestan a su acción y a sus palabras, repetidas en toda ocasión. ¿A
poco no hemos dicho y escuchado muchas veces: “Entre los individuos, como entre
las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz” ¡Qué fuerza en la
expresión, cuán irrefutable el apotegma zapoteca, convertido en axioma
universal! ‘El respeto al derecho ajeno es la paz’ es un verbo tan vigente hoy
como en aquel lejano año de 1867 en el que lo pronunció Don Benito Juárez. Un
verbo que nos enseña la importancia de las relaciones humanas basadas en la
convivencia armónica, para que los países construyan su futuro de la manera que
más convenga a sus habitantes, sin interferencias de gobiernos extranjeros. Esa
frase, pronunciada en un memorable discurso que ponía punto final a la aventura
francesa en nuestro país, nos habla de la reciedumbre de un personaje que no
toleró, bajo ninguna excusa, la intromisión de un estado extranjero en los
designios que solamente los mexicanos tenían derecho a imaginar. Nos habla,
también, de la clara inteligencia de un hombre que, tras una cruenta lucha por
liberar a su patria, enunciaba lo que para él era la mejor manera de conseguir
la paz, ‘entre los individuos, como entre las naciones’.
¡Cuánta
falta nos hacen, ahora, mexicanos de tan alta estirpe! Gobernantes, puros y
patriotas, que no se dobleguen ante el oropel del dinero ni sucumban a las
presiones internacionales. Mexicanos orgullosos de su raza y de los más altos
valores que los grupos étnicos saben enaltecer con cada uno de sus actos. Así
lo hizo Benito Juárez en los momentos más cruciales de su vida, de su
presidencia y de su propio país. No puedo privilegiar ninguno de los tres
escenarios mencionados, pues en los tres, Juárez fue siempre el Hombre, el
Estadista y el Mexicano, que mis profesores me contaron en las escuelas rurales
en los que abrí ventanas a mundos que aún dejan huellas en mi formación.
En esas
escuelas rurales no había multimedia ni computadoras conectadas a la red de
internet. No teníamos ni siquiera una biblioteca. Mi primera escuela constaba
de un solo salón, en el que nos apretujábamos, en tres dobles hileras, una
treintena de chiquillos respetuosos de sus profesores y atentos a lo que éstos
les contaran o los pusieran a hacer. Ahí escuché hablar por vez primera de un
niño zapoteca que, a la edad de trece años, salió de San Pablo Guelatao para ir
a la ciudad de Oaxaca en la que un sacerdote español, al que Benito llamó padrino,
lo introdujo en el maravilloso mundo del conocimiento escrito al enseñarlo a
leer y escribir. Pero lo que más me asombró saber en aquella pequeña escuela
rural federal “Naciones Unidas”, fue que Benito Juárez, no sólo era muy pobre,
sino que hasta los casi catorce años aprendió el idioma español, al tiempo que
aprendía a leer bajo la protección de su benefactor Antonio Salanueva.
De ahí
en adelante, nos contaba el profesor José Navia Hernández, Benito Juárez no
cesó un instante en su afán por aprender y participar de manera institucional
en la vida política, jurídica y educativa de su estado y de su país. Todos
sabemos, yo lo sé desde que lo escuché, primero de José Navia, y después de
Rosendo Noriega, maestro en la escuela rural “Niños Héroes de Chapultepec”, que
Don Benito Juárez se desempeñó como regidor, diputado y gobernador en su natal
estado de Oaxaca, como preparación necesaria para la difícil tarea que
afrontaría como Presidente de la Nación. ¿Se dan cuenta cómo se forman los
caracteres de los gobernantes de verdad? Y cómo, al margen de predeterminismos
genéticos o sociales, una persona puede equipararse y sobrepasar, incluso, a
quienes, por su linaje, dinero y poderío militar, se sienten con derecho de
avasallar voluntades y territorios independientes y soberanos.
La
imagen de Don Benito Juárez que, desde mis años de primaria, tengo siempre
presente se desdobla en dos: la primera, es la de un niño vestido de manta
blanca, con huaraches de correas y un sombrero circular de palma en la cabeza;
un pequeño indígena lleno de felicidad que toca su flauta de carrizo, mientras
apacienta un rebaño de ovejas en las suaves y verdes colinas de un bucólico
paisaje digno de ser pintado por José María Velasco. La segunda imagen, es la
de un estadista de recia figura, mirada penetrante y gesto adusto. Es la figura
de un Presidente, honrando el puesto que el pueblo le confirió para que lo
representara y lo defendiera en cualquier situación, por difícil que ésta
fuera. Quizá por eso, Benito Juárez jamás demeritó la investidura presidencial,
ni siquiera en su vestir. Durante los tres años que Maximiliano de Habsburgo
ocupó la sede tradicional del Poder Ejecutivo, Don Benito Juárez nunca dejó de
usar su traje de levita y su sombrero de copa alta y negra. Su figura, grave y
enhiesta, simbolizaba la Soberanía Nacional, materializada en la Presidencia
itinerante que Juárez representaba. Él sostenía la dignidad de la Institución
Presidencial, mientras que el pueblo mexicano luchaba por desterrar al
usurpador que, con ayuda de traidores conservadores, se ostentaba como
Maximiliano I, Emperador de México.
Ésas
dos imágenes mantengo en la memoria: la de un pequeño zapoteca que no conoce
más allá de los linderos de San Pablo Guelatao, pueblito de veinte familias, al
que apenas llegan barruntos de la lucha por la independencia librada por
criollos, indígenas y mestizos que ya no toleran el yugo de la corona española.
La otra imagen es muy diferente: ya no es el niño que pide a su tío lo lleve a
la ciudad de Oaxaca para aprender el idioma castellano. Esta imagen es la de un
hombre con amplia cultura, que habla en zapoteco y en español, a la par que lee
con claridad textos escritos en latín, inglés y en francés.
La
ternura me pide quedarme con la simpática viñeta del pastorcito con su morral
cruzado en el pecho; la admiración me exalta el retrato del Estadista vestido
de negro, con su libro de leyes en la mano, o con las dos, asiendo el asta para
ondear el Lábaro Patrio, en alusión a los aires de libertad que limpiaron a la
nación del oprobio de una insultante monarquía francesa.
Este
Juárez Presidencial, de sobrio desempeño institucional, es, también, el Juárez
amoroso de sus hijos y de su esposa que los atiende y se preocupa por ellos,
durante los ataques y la persecución de que fue objeto por parte de sus
enemigos; pero es, al mismo tiempo, el Juárez que, en periodos de relativa paz,
estableció un sistema de instrucción pública para propiciar un mejor futuro a
millones de compatriotas, empobrecidos por las constantes luchas contra opositores
internos y contra potencias extranjeras que nos querían avasallar.
Pareciera
que hay muchos Juárez: el político, en sus cargos de regidor, diputado,
gobernador y Presidente de la República; el jurista, como Juez de primera
instancia, Secretario del Tribunal Superior de Justicia y Presidente de la
Corte de Justicia; el Académico, como catedrático de Derecho Canónico y Rector
del Instituto de Ciencias y Artes e Oaxaca. Pero entre todos ellos destaca, con
firmeza irrebatible, el Juárez que lucha por los ideales de la Nación, el
Juárez que persigue la restauración de la República y la consolidación de las
libertades más sentidas del pueblo mexicano, a través de las Leyes de Reforma.
Con ese
Juárez me quedo, porque fue el que me mostraron mis profesores en sus clases,
en los libros que me hicieron leer y en los actos que, de este gran hombre, me
hicieron analizar.
Me
quedo con esa figura señera de Don Benito Juárez, porque fue la que me
enseñaron mis profesores allá en mis escuelas rurales. Una figura que, con el
tiempo y basado en aquellos primeros relatos, aprendí a reconstruir y a
enaltecer al calor de lecturas y de reflexiones posteriores.
Me
quedo con esa imagen, porque ése es el Juárez de mis recuerdos; y ésta, es la
historia que yo les quería contar.

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