06 de Marzo, Aniversario del Natalicio de Gabriel García Márquez

“Lo mágico reside, también, en que ‘los intelectuales’ de las instituciones culturales de la capital de Sinaloa, empezamos a mirar y a caminar rumbo a Recoveco”





EL TÍO GABO


José Manuel Frías Sarmiento

 

El seis de marzo de 1927, nació Gabriel García Márquez. Con ese pretexto, en 2007, en diversos lugares del mundo se renovó el interés por leer sus cuentos y novelas. Y también en ese año, Aracataca, los mexicanos y el mundo entero, festejamos 80 años de vida del Gabo, 40 de la publicación de Cien Años de Soledad, 25 de ser Premio Nobel de Literatura y 60 de haber escrito y publicado su primer cuento La tercera resignación.

En ese ambiente de alegría por la creación de una obra tan prolífica y edificante, me uní al homenaje a García Márquez, al calor del emotivo festejo realizado en el Centro de Bachillerato Tecnológico Agropecuario 133 de Recoveco, Mocorito, Sinaloa, a través del Club de Lectura La hojarasca. En ese lugar, el cinco de marzo del año 2007, nos reunimos distintas voluntades para inaugurar la Quinta Semana Cultural Gabriel García Márquez. ¡Y vaya que eran distintas, pues en la explanada central de la escuela, se abigarró un conjunto de personas, formado por muchachos y muchachas de Recoveco y Caimanero, profesores y autoridades del plantel, representantes sindicales, el Síndico de Pericos, el diputado por el distrito al que pertenece el CBTA 133, gente de la comunidad y los espectadores que, atraídos por el imán del maestro Cruz y sus mosqueteros literarios, nos dimos cita con ellos para honrar a quien con su talento nos ilustra y hace más agradable la vida que vivimos, aunque no sepamos contarla como nos la cuenta él.

¿Se dan cuenta de lo significativo del acto? No era la escuela de letras de ninguna universidad, no era la Casa de Cultura de ninguna institución de educación superior; no eran el ISIC ni el INBA; era, tan sólo, un ejido sinaloense en el que un profesor de Veracruz, avecindado en Recoveco, se empeñó en propiciar que sus alumnos leyeran y conocieran la obra del aracateño más universal del mundo. Y lo consiguió de tal manera que hoy, en esa preparatoria rural, se percibe un ambiente de complicidad con el escritor colombiano y su nombre lo pronuncian con una facilidad y un contento con el que nunca lo han pronunciado en los espacios académicos en los que por años he desarrollado mi labor educativa. Salvo en mis inicios laborales, como integrante del grupo de teatro de DIFOCUR, en aquella añorada época de Sandra Calderón, cuando recorríamos las rancherías de Sinaloa, llevando diversas expresiones culturales, al cobijo de las extintas Semanas Culturales. Tal vez, el gusto lo traíamos en la sangre, a lo mejor la afinidad campirana, de la cual varios proveníamos, o el contacto con artistas de diferentes disciplinas nos hizo conocer y admirar a quien inspiró la pegajosa canción cantada por Óscar Chávez, tarareada y gritada por nosotros, imberbes actores, en las giras polvorientas por caminos y carreteras vecinales de Otatillos, Chicura, Yecorato, El Cajón, o el mismísimo Aguaje de Pericos, Mocorito, Sinaloa. ¿Quién no ha escuchado las notas de Macondo y el estribillo de Mauricio Babilonia y sus mariposas amarillas en las reuniones de bohemia con cuartitos de cerveza y caballitos de tequila? ¿Quién no recuerda los Cien años de soledad, con esa canción? Pues ahí en Recoveco, Macondo cobró real significado, al escucharla una y otra vez, cual música de fondo durante todo el evento, y un poco mal interpretada por un grupo de entusiastas preparatorianos en la inauguración de la Quinta Semana Cultural, con la que, en aquel año del 2007, hace 19 para ser exactos, honramos al tremendo Gabriel García Márquez.

Aunque mi niñez la viví en El Aguaje, un pequeño ranchito, cercano a Recoveco, jamás había ido para allá, pero la visita al CBTA 133 me dejó un grato sabor de boca. El ambiente campestre, la cordialidad humana y el gusto por el realismo mágico fueron puntos de coincidencia; sin pensarlo siquiera, me llegaron los recuerdos del camión de Isaac que, levantando pasajeros, todos los días salía de Recoveco rumbo a Culiacán y pasaba por El Aguaje a las siete de la mañana. En ese camión me venía los domingos a Culiacán para estudiar la secundaria en la ETIC #23 y en él, también, regresaba los sábados para ver a mi familia, lavar mi ropa y tomar los sesenta pesos que mi padre me daba para sobrevivir en una ciudad en la que, posteriormente, en la Preparatoria Central de la Universidad Autónoma de Sinaloa, leí mi primera novela de García Márquez: Cien años de soledad. Y la leí, gracias a la flojera de un compañero de clases de otro grupo escolar al que su maestro de literatura le pidió leerla y hacer un resumen de ella. Ahí se empataron su flojera y desidia cultural con mis penurias económicas y las ganas de leer a un escritor del que otros decían era necesario leer. Como yo no tenía los noventa y nueve pesos que costaba la novela en la hoy desaparecida librería Santa Rita, ubicada entonces frente al edificio de correos, por la calle Domingo Rubí, Jorge me proporcionó el libro y yo le escribí un resumen con el cual obtuvo la calificación que le permitió concluir sus estudios de bachillerato.

Esa anécdota nos sirve para ejemplificar por qué los certificados y las credenciales escolares no siempre garantizan el conocimiento que certifican; y es, además, una manera de contar que, si tenemos el deseo de leer, la oportunidad siempre se presentará, aunque no tengamos para desembolsar el presupuesto de semana y media que, en mis años de preparatoriano, me costaba leer Cien años de soledad. Ahora, aún con el gusto de releer la novela en su edición conmemorativa, recuerdo con nostalgia la portada del primer libro que leí de García Márquez. Uno que tenía pegada una estampa de Emiliano Zapata, a un lado del título. ¡Zapata y García Márquez! ¿Me pregunto, qué circunstancias orillaron a mi amigo a unir la imagen de un popular general mexicano, asesinado a mansalva, con el nombre de un escritor que, más tarde, recrearía los personajes de coroneles y generales en sus creaciones literarias?

Parado frente al Auditorio Macondo del CBTA 133, miraba el regocijo y el revuelo de los alumnos que iban y venían, atareados en los preparativos para festejar a un escritor al que ninguno de ellos había visto en persona, pero al que todos parecen conocer de cuerpo entero, si nos atenemos a la cuestión literaria. ¿Cómo es, se preguntaría cualquiera, como lo hice yo antes de ir a Recoveco, que los chamacos de aquellos andurriales, le hayan cobrado cariño a un escritor al que muchos universitarios no sienten ganas de leer y, menos aún, de comprar todos sus libros de cuentos y novelas? La respuesta es la presencia de Cruz Hernández en esa comunidad rural, que ahora ya está registrada en la www de la comunicación mundial. Cruz es el hombre que urde y moviliza las actividades en torno a la obra del Gabo y hace posible que hasta los padres de sus alumnos se interesen por escuchar y leer, o que les lean, algunos pasajes de la mágica literatura garcimarquiana.

La ceremonia inaugural de la Quinta Semana Cultural, se llenó de colorido cuando los asistentes al evento, liberamos cientos de globos amarillos que volaron por el aire para comunicar a las rancherías de la sindicatura de Pericos que, allí en Recoveco, se festejaba al nobel nacido en Aracataca, de la única y mejor manera que se le puede festejar: leyendo sus libros. Así nada más. ¿Qué mayor regalo para un escritor como el Gabo? ¿Y qué mejor aún si es leído por jovencitas y muchachos de un ejido de apenas un puñado de casas? ¡Ése es cariño de verdad! Madrid pudo presumir la cauda de políticos y personalidades para turnarse y leer por 20 horas consecutivas Cien años de Soledad, (como tres meses después lo haría Cruz Hernández con los campesinos de Recoveco), las Academias de la Lengua en los países de habla hispana se ufanaron del millón de ejemplares editados de esa misma obra; pero el club La Hojarasca, aún se precia, en cambio, de conseguir que un pequeño pueblo se hermane con el nobel colombiano. Se ufana de crear un pequeño mundo en el que hasta un predio rural lleva el nombre de Macondo. ¿Y saben de quién es esa propiedad? ¡Pues sí, es del maestro Cruz Hernández! ¡De quién más, pues!

Todo en Recoveco suena mágico: desde el representativo nombre del club que rescata el de la primera novela escrita por García Márquez hasta el color amarillo de los globos, que dicen le gustaba al Gabo. Suena, también, a magia la sonoridad de los nombres de las comunidades Aracataca y Recoveco, tan unidas ambas a García Márquez; suena mágico que Cruz Hernández, siendo veterinario y no maestro de literatura o, ya de pérdida, profesor de español, se le haya metido entre ceja y ceja que sus alumnos conozcan y gocen la obra de un escritor al que, como a Cervantes, ya empezamos a rendirle pleitesía y absoluta admiración por su capacidad para exponer los recovecos de una realidad que nos atosiga y nos deleita con sus inevitables vaivenes existenciales. Una realidad a la que sólo con la pluma y la percepción de García Márquez se puede matizar, para exponerla en todo su mágico esplendor.

Lo mágico reside, también, en que ‘los intelectuales’ de las instituciones culturales de la capital de Sinaloa, empezamos a mirar y a caminar rumbo a Recoveco, para conocer las sencillas formas con las que Cruz se comunicaba con Gabriel García Márquez, a través de la emoción y el genuino interés de sus alumnos por la vida, contada por quien supo contarla de verdad. Pero no nos asombraría tanto si, yendo a Recoveco y conversando con su gente, nos percatamos que las palabras de García Márquez tienen eco en muchas de las expresiones con las cuales las mujeres y los hombres del campo se comunican desde siempre.

La magia persistió en los cientos de globos que, al volar al infinito, con su cordel pendiente, semejaron la erupción de cientos de espermatozoides preñando la bóveda celeste, con la felicidad y el anhelo de un club de lectores por hacer germinar la semilla del gusto literario, en una entidad en la que la sangrienta violencia no debe de suplantar la voluntad de ser mejores cada día.

El mundo y el cielo estarán felices con la presencia de Gabriel, los lectores disfrutaremos la obra de García Márquez, pero los educadores que apreciamos la lectura, agradecemos la presencia del Club La hojarasca, como evidencia contundente de que la cultura no requiere fastuosos escenarios ni de rebuscados títulos universitarios para florecer; requiere, tan sólo, de personas como Cruz Hernández y de muchachas como una preparatoriana de por allá que, al fungir como maestra de ceremonia del CBTA 133, se refirió al autor aclamado por el mundo entero, con la familiaridad propia de quien lo siente muy cercano: el tío Gabo.


Comentarios

Marité Ibarra dijo…
Profesor José Manuel, qué bonita experiencia nos acaba de relatar, algo que se hizo hace años para recordar de manera grata a este gran escritor que Colombia dio. Los globos amarillos muy acorde a sus flores que le gustaban y qué mejor forma de valorar sus obras, que leerlas.
Ojalá alguien más nos hable de él en algún texto.
Saludos a toda la comunidad lectora y escritora de este Blog!!!
Qué interesante experiencia nos acaba de acaba de contar, a través de su texto Maestro Frías para recordar a este gran personaje de la literatura Gabriel García Márquez. Y todavía, lo que lo hace más importante es que su legado persista aquí en nuestro estado, con el Club de lectura La Hojarasca y el Macondo Sinaloense en Recoveco Mocorito Sinaloa.
GILBERTO MORENO dijo…
Buen día, con pena les confieso que en mis años de estudiante, que yo recuerde, maestro alguno nos motivó o incitó a leer a García Márquez. Conozco parte de su obra por mi gusto por la lectura, y en base a eso, conozco algunos escritores importantes. La narrativa literaria de García Márquez es muy extensa yo diría la mas importante latinoamericana que le valió el Premio Novel de literatura en el 82. Me hubiese gustado haber tenido la oportunidad de leer al Gabo en la secundaria, o que algún maestro o maestra como Cruz Hernández hubiera aparecido en mi etapa educativa. Saludos, bellísima anécdota que nos comparte Máster Frías. Con afecto su amigo, Gilberto Moreno
Estimados amigos Gilberto, Alfredo y Marite, muchas gracias por leer este relato. Asombra saber que muchos jóvenes estudiantes universitarios nunca jamás escucharon el nombre de Gabriel Garcia Marquez y menos de algunas de sus novelas y cuentos.
Por eso es que este viernes, a la Una y Media PM, haremos una Charla sobre García Márquez, los Doctores Adán Apodaca y Luis Enrique Alcantar, la Lic. Andrea Berrelleza, el artista música Edgar Deprarect, los alumnos Ian Báez y Celso Guzmán.
Además de su servidor
Saludos

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