Taller de Redacción Libre y Creativa
"La literatura no revivió porque yo la defendiera. Ni porque buscara seres sobrenaturales o voces de ciudad. La literatura volvió a la vida porque alguien la escuchó”
NO
ESTABA MUERTA LA LITERATURA
Ian Báez
Palazuelos
Quince
personas formaban el jurado. El juez golpeaba el escritorio para imponer orden.
La corte guardaba silencio mientras se procesaba el veredicto. El interior de
la sala era parecido al Tribunal de les Aigües, aunque con un aire más rancio,
como si la humedad se hubiera filtrado desde las paredes para recordarnos que
estábamos ahí demasiado seguido. Los integrantes del jurado se veían cansados,
tomando nota con lentitud, como si las plumas pesaran más que sus propias
manos. Uno bostezaba sin pudor; otro luchaba con el sueño como un náufrago que
apenas mantiene la cabeza fuera del agua.
Yo fui
citado a testificar por un crimen que azotó al mundo tal como lo conocemos: la
literatura había muerto. Así como lo escuchan.
Los
grandes de la escritura habían sucumbido ante la amenaza más grande que había
sufrido el arte: la estupidez orgánica. O inteligencia artificial. Llámenle
como prefieran.
Los
grandes pensadores ya no pensaban, los poetas no sentían, y los filósofos ya no
filosofaban. Algo más grande que ellos había tomado su lugar: una máquina fría,
sin alma, sin conciencia, una réplica de inteligencia que se alimentaba de
datos como un ogro glotón devora niños. No satisfecha con eso, se había
infiltrado en los círculos de pensadores, en tertulias, en sobremesas, e
incluso yo teorizaba que también estaba infiltrada en esa corte. Había algo en
la manera en que uno del jurado tomaba notas demasiado rápido. Sospechoso.
Mi
tarea era simple en palabras, pero imposible en la práctica: revivir la
literatura.
No era nigromante, ni chamán, ni aprendiz de taumaturgo. No podía jugar a ser
Dios. Entonces partí de la idea más sensata que se me ocurrió: quizá la
literatura no estaba muerta del todo. Algo tan grande no podía perecer a manos
de un pequeño David de hojalata y algoritmos. Así que me puse a hurgar en los
pozos más profundos, en los rincones abandonados de la tierra, la calle, el
transporte público, las plazas, los cafés baratos, buscando inspiración,
buscando un latido, una migaja de humanidad que me guiara hacia la
resurrección.
Así fue
como me planté frente al jurado a hablar de un tema tan simple y corriente que
pensé que terminaría por rematar a la pobre literatura: mi ciudad. Culiacán,
Sinaloa. Pasé varias horas en un punto clave, entrevistando a quien se dejara,
recogiendo datos y acumulando experiencias de esas personas que pasan
desapercibidas mientras van al trabajo o regresan a casa. Limpiabotas, cajeros,
vendedores ambulantes, estudiantes que fingían apurarse, señoras que caminaban
siempre cargando algo. De ahí surgió “Las voces de Culiacán”, un texto que
escribí en conmemoración del aniversario de la ciudad.
Cuando
terminé de recitarlo, ocurrió algo que no esperaba: el texto tocó una cuerda
adormecida en el jurado, como si hubiera despertado un arpa vieja a la que
nadie se atrevía a soplarle el polvo. Me miraron con una calidez discreta,
incluso amable. Algunos sonrieron. Otros asintieron con esa lentitud
ceremoniosa que solo aparece cuando algo realmente les llega.
El
veredicto fue claro: había avanzado, aunque fuera un poco, a revivir la
literatura.
La
distancia a la meta se acortaba más con cada texto que escribía. Escribí sobre
seres sobrenaturales que mueren con la cocina sinaloense, escribí poemas sobre
lodo, escribí sandeces, delirios, ocurrencias que en otra vida jamás hubiera
mostrado. Pero cada una de ellas me acercaba un poco más a la meta.
Y sin
embargo, entre más avanzaba, más sospechaba que el juicio no era solo sobre la
literatura.
Pude ver cómo la solemnidad del tribunal empezaba a mostrar grietas. El juez a
veces tenía problemas con el micrófono, o a veces el jurado (en especial Marité)
no se escuchaba bien. Algunos miembros soltaban un “¿falta mucho?” que nadie
trataba de disimular. Las sillas parecían alargarse o encogerse dependiendo de
la pereza del día. La corte, a veces, olía a café instantáneo y cansancio.
Pero yo
seguía hablando, escribiendo, presentando mis defensas.
Porque
quizá la literatura no se revivía sola: necesitaba que alguien la nombrara.
En cada
lectura, en cada entrega, en cada texto absurdo que presentaba, la corte volvía
a existir. La sala se llenaba de ecos, metáforas, murmullos, intentos. Y en ese
teatro improvisado que a veces parecía tribunal medieval y otras veces simple
salón de clases con sillas incómodas, todos éramos cómplices de algo que nadie
se atrevía a decir en voz alta:
La
literatura nunca había muerto.
Éramos
nosotros quienes la habíamos dejado de escuchar.
Sin
embargo, algo empezó a inquietarme. Cada vez que regresaba a la corte para
presentar un nuevo texto, el eco de mis pasos sonaba un poco menos solemne. El
techo, que antes se alzaba como una cúpula gótica, ahora parecía más bajo, como
si las mismas palabras que yo escribía estuvieran empujando las paredes hacia
afuera y revelando lo que había detrás.
El juez
ya no golpeaba el escritorio con la misma determinación. A veces, mientras yo
hablaba, recordaba textos que ya había leído antes o escribía notas que
parecían más recordatorios personales que disposiciones judiciales. Y el
jurado… bueno. El jurado se empezaba a parecer cada vez más a un grupo de
personas que ya había visto antes, pero no lograba ubicar dónde.
Continué
mi labor.
Presenté
un texto sobre un alumno que se hacía maestro los sábados como un hombre lobo,
un poema sobre el calendario, una historia de un hombre que se casó con una
mentirosa. Escribía sobre el tiempo, sobre la vida, sobre el abismo, incluso
sobre odiar a la poesía. Y cada uno, sin excepción, recibía comentarios,
críticas, discusiones, incluso risas.
La
corte, poco a poco, se transformaba.
Las
sillas del jurado dejaban de estar alineadas en semicírculo y, un día, sin
darme cuenta cómo, estaban acomodadas en filas. Una de las lámparas de cristal
se convirtió en un foco tubular que parpadeaba cada treinta segundos. Las
ventanas altísimas se achicaron hasta ser simples rendijas que dejaban pasar
luz fluorescente.
Yo
seguía hablando, sin detenerme.
Si
dejaba de hablar, el hechizo se rompía.
Y aún
no estaba listo para eso.
Entonces
llegó esa sesión.
La
exposición de lecturas.
El gran
juicio final.
La
corte estaba llena, pero ya no tenía la misma grandeza. El juez entró sin toga,
sin martillo. Solo traía consigo un termo azul y un fajo de hojas mal engrapadas.
El jurado murmura, ríe, se acomoda. Uno ve su teléfono. Otro pide prestada una
pluma. En el fondo, alguien llora.
Y aun
así, yo decidí mantener la solemnidad.
Porque
si la literatura iba a vivir, tenía que hacerlo con dignidad.
Me puse
de pie. Respiré hondo. Di unos pasos hacia el centro, el lugar donde declaraban
inocentes y culpables, y abrí mi libreta.
“Hoy,”
dije, “presento mi último testimonio.”
Un
murmullo cruzó la sala. El juez alzó la vista. Dos del jurado dejaron de
discutir. Una chica que siempre llevaba suéter comenzó a prestarme atención con
más cuidado del habitual.
“Este
semestre,” continué, “he defendido la idea de que la literatura no está muerta.
Que aún palpita en los rincones, en los relatos mínimos, en las voces anónimas.
Pero hoy, en este tribunal, quiero presentar mi prueba final.”
Abrí la
primera hoja del texto.
Mis
manos temblaban un poco.
Era
normal: todo juicio tiene su sentencia.
“Mi
prueba final,” dije, “es que la literatura no se encuentra en las grandes
bibliotecas, ni en los manuscritos venerados, ni en los algoritmos que buscan
imitarla. La literatura se encuentra aquí.”
Golpeé
suavemente las páginas con la mano.
“En lo
que escribimos.
En lo
que compartimos.
En lo
que nos atrevemos a leer en voz alta aunque nos tiemble el cuerpo.”
La
corte guardó silencio. Un silencio raro, que no pesaba.
Un
silencio que escuchaba.
“Y
ahora,” añadí, “pido permiso para leer.”
El juez
no respondió. Solo hizo un gesto pequeño con la cabeza, como quien concede la
palabra en un salón de clases.
Y fue
ahí, justo en ese gesto, que lo noté.
Las
paredes ya no eran de mármol.
Ni
había columnas.
Ni
estandartes.
Ni
bancas talladas.
Estábamos
en el auditorio chico.
Con sus
paredes blancas.
Sus
sillas incómodas.
El
proyector que siempre estaba chueco.
Las
miradas de mis compañeros, esperando a que dijera algo.
Era mi
taller.
Había
sido mi taller desde el principio.
Pero
nadie dijo nada.
Ni yo.
Ni
ellos.
Tal vez
porque todos entendimos que el tribunal no había sido un engaño.
Era una
metáfora viva, una ilusión compartida, una forma de contarnos que lo que
hacíamos ahí, escribir, leer o pensar tenía peso, tenía historia, tenía juicio.
Continué
leyendo.
Leí con
la voz que había entrenado en todas esas sesiones.
Leí con
la certeza de quien defiende lo último que ama.
Leí
como quien presenta evidencia irrefutable ante un jurado invisible y visible a
la vez.
Cuando
terminé, el silencio volvió.
Pero
esta vez era un silencio distinto.
No era
solemne, ni tenso, ni dramático.
Era un
silencio de sala de clase donde algo acaba de ocurrir.
Algo
que todos sienten pero nadie nombra.
El juez
(nuestro maestro) cerró su carpeta.
El
jurado (mis compañeros) intercambió miradas.
El aire
acondicionado siguió zumbando como si nada.
Y
entonces lo escuché.
Una
simple frase.
Una sentencia
sin martillo.
“Muy
bien,” dijo el juez. “Gracias por compartir. ¿Qué opinan del texto de Ian?”
Y ahí,
justo ahí, lo supe:
La
literatura no revivió porque yo la defendiera.
Ni
porque buscara seres sobrenaturales o voces de ciudad.
La
literatura volvió a la vida porque alguien la escuchó.
No
estaba muerto nada.
Solo
necesitábamos este tribunal imaginario para recordarlo.

Comentarios
Y sí, la Literatura no ha muerto, nunca muere; lo que sucumbe es el anhelo de saber y disfrutar de líneas que nos transportan a confines que despiertan el Pensamiento Lateral y dan vuelo a la Imaginación, mezclando realidades con ficciones y aludiendo a veces, a veces a cuestiones cotidianas y atingentes al momento, como para relacionar lo que acontece y preocupa en ese instante a la sociedad… como ese guiño inicial del Tribunal de las Aguas de Valencia, que sesionaba los Jueves, como los jueves de las dos últimas sesiones del Taller y el conflicto que por las Aguas sacude a nuestro país, con epicentro en la toma de la aduana en una ciudad fronteriza con EE.UU. Por eso te felicito, de verdad.
Saludos, un abrazo, Mtro. José Manuel Frías Sarmiento
Bueno, qué bonito texto nos regalas hoy, como si fuera un tribunal, con el juez y toda la cosa, y cómo se fueron dando las sesiones, el surgimiento de los textos.
Como siempre excelente tu manera de escribir, ya vemos cómo te quiere el maestro Frías!!!
Te mando un gran saludo !!!
Saludos