“Miraba sin cesar ese mapamundi, imaginándome a las personas entre montañas y lagos, soportando frío, calor, ventiscas”
MAPAMUNDI
Marité Ibarra
Ayer recordé cuando coloreé un mapamundi, de esos que aun piden en la primaria, ahí aprendí cuántos continentes hay y por primera vez miré el asombroso acomodo de la tierra plasmado en un simple papel.
Miraba las líneas borrosas en las hojas. En blanco y negro impreso estaba el mapa, tantos trazos, tantos límites, tanta agua alrededor, regiones remotas, lugares inexistentes en mi mente en formación.
Miraba sin cesar ese mapamundi, imaginándome a las personas entre montañas y lagos, soportando frío, calor, ventiscas. Gente antigua viajando en carabelas, con sus pieles cubriéndolos, con animales, navegando hacia lo desconocido, con un rumbo no definido, sin conocer lo que ahora yo conozco gracias al mapamundi.
La tierra dividida y expuesta en un pedazo de papel, un mapa del mundo, guardado en el cajón de la papelería de doña Amalia, mamá de Rafaelito, el niño de los gatos, esos que le tenían pavor y huían cuando él estaba presente, esos pobres gatos que eran lanzados a la espalda de Samuel el aguador que surtía el agua en pesados garrafones de vidrio en todas las casas del pueblo, y el cual se retorcía cuando las uñas de uno de los gatos eran clavadas de forma sorpresiva en su ancha y fuerte espalda, mientras yo y otros niños comprábamos nuestros mapamundi en esa vieja papelería, la única en su momento, esa que guardaba un olor peculiar, a conocimiento escondido entre cajones, cartulinas, plastilinas, lápices y colores.
Nosotros como niños cumpliendo con tareas de la escuela, estudiando geografía, identificando continentes, océanos, rutas que siguieron nuestros ancestros, ubicando países y sus respectivas capitales, todo gracias a los mapasmundi, que ensancharon nuestros horizontes, que abrieron nuestros ojos, entendiendo que hay otras culturas, otras formas de vida, así como distintas vestimentas, comidas, climas, horarios, cosas interesantes y desconocidas.
Los mapasmundi son un valioso recuerdo de mi formación
escolar, que reúne otras estampas en mi memoria, una niña común con su gran
mochila en los hombros y fleco en la frente, caminando hacia la escuela
encorvada por el peso de los libros, recorriendo todos los días el mismo
camino, pasando por la papelería de doña Amalia, viendo a Rafaelito crecer, los
gatos huyendo y a Samuel surtiendo agua en las casas, de pronto un simple mapa
me hizo recordar bellos momentos…

Comentarios
Saludos y gracias por el recuerdo.
José Manuel Frías Sarmiento
Saludos
Muchas gracias por leer y comentar, haciendo agradable nuestra travesía por este Blog viajero.
Un fuerte abrazo!!
Muchas gracias por leer y por dar tu opinión sobre el texto.
Te mando un fuerte abrazo!!