“Hoy todavía me sorprendo a mí mismo escribiendo cosas sobre la búsqueda de ese ideal, ese estado incorruptible, preservado. Ese deseo de permanecer libre de manchas”



 


LA PRIMERA HERIDA

 

Yazmín Lares Salazar

 

A los 8 años escribí un pobre intento de un soneto acerca de la religión. Mi mente inmadura no estaba tratando de ser profunda, pero eso fue lo que eligió plasmar después de asistir a misa un domingo. Narraba específicamente sobre la madre María, una figura que había despertado mi curiosidad, y la manera en que nos enseñaban su amor y compasión. El escrito quedó olvidado entre cuentos y libros en mi librero, pero la pureza y piedad que María simbolizaba dejó una huella en mi tierna mente.

Hoy todavía me sorprendo a mí mismo escribiendo cosas sobre la búsqueda de ese ideal, ese estado incorruptible, preservado. Ese deseo de permanecer libre de manchas.

María fue mi primera herida, impregnándose en mi inconsciente como un anhelo y deseo por todo lo bueno que la hacía diferente de mí. No fue una herida en su sentido literal, sino una metafórica. La visión y el descubrimiento de algo tan bello y puro hizo que en mí naciera una aspiración y gran nostalgia sobre aquel hogar que yo jamás iba a habitar, esa persona que jamás sería. Esta herida sangró en mis escritos y se convirtió en clave de muchos de ellos. Fue, asimismo, mi caída a la consciencia. El despertar a una trágica verdad. Un paraíso perdido del cual mi iluminación me habría expulsado.

De esta forma, María había servido como mi fruta prohibida, simbólicamente hablando.

Para alguien tan joven, pensar algo así fue de una magnitud gigante: el saber que, comparado con ella, yo no era merecedor. Que mi estado de inocencia no era más que un simple cobijo que podía esfumarse sin avisar. La toma de consciencia de mi propia impureza fue un cambio grande en mí. Me sentí perdido e incluso molesto con el padre: ¿por qué me habían hecho saber sobre mi propia fealdad?, ¿por qué no me dejaron en la feliz ignorancia?, ¿había nacido malo?, ¿cómo podía evitar que mi alma no se manchara? Una gran ansiedad me plagó y traté de aferrarme a esa pureza efímera que poseía.

El pensamiento me consumió por años. Perseguía un estado puro, anhelándolo con todas mis fuerzas e incluso queriendo regresar a mis años tiernos. Era cansado y siempre fallaba; comencé a resentir todo lo bueno. La simple imagen de María, alguien tan querida para mí durante mi infancia y la madre de todos, me provocaba un desgaste. Ella no era más que un amargo recordatorio de todo lo que yo no podía ser.

Deseaba ser malo completamente, convertirme en un mal ontológico y no tener consciencia de mis actos, o al menos que no pesaran en ella. Mi forma de pensar generó un gran conflicto en mí: si yo ansiaba tanto la pureza, ¿cómo era posible que estuviera entreteniendo el pensamiento del declive? Me sentí avergonzado y eso evolucionó hasta hacerse marca en mi persona. Todo apuntaba a reafirmar mi pensamiento de que yo no había nacido bueno y que jamás lo sería. Mi naturaleza corrupta se delataba a sí misma e, inconscientemente, los protagonistas de la mayoría de mis escritos sufrían del mismo dolor.

Me había autoimpuesto la marca de Caín y mi castigo era mi propia mente, que caía en una espiral hasta que se devoraba. La pureza en mis escritos era un anhelo, pero también una cárcel. Una paradoja que no tenía cabida en mi vida. Un ideal que nunca alcanzaría.

El amor de María no sanaba ni brindaba cobijo; su mera existencia para mí era un símbolo de angustia y resentimiento. Mi creatividad se convirtió entonces en una llaga, en los propios estigmas de una mente atormentada.

Pasaba horas sentado en mi escritorio, escribiendo y borrando. Apenas terminaba un texto antes de que una nueva idea me viniera a la mente. Mi educación católica continuó, forjando los tiernos años de mi vida, pero mi mente continuaba sin descanso. Aunque dejara de escribir, mi mente neurótica no encontraba paz. Se llenaba de ideas hasta que me sentía loco, como Juan viendo visiones del fin del mundo, en este caso de manera celular.

Entrando a mi adolescencia fue cuando rechacé todo lo religioso con un abrumador disgusto; siguiendo los pasos de mi hermana, me autoproclamé agnóstico, sin siquiera saber qué significaba. Repetía las mismas palabras que escuchaba salir de su boca sin darme cuenta de que yo no había escapado de la religión, sino que meramente había cambiado de pastor. La realización me aterró; mi náusea creció aún más.

¿Era intrínseca nuestra necesidad de buscar a un ser absoluto? ¿Aquel que nos prometía la salvación y amor a pesar de las decisiones que habíamos tomado?

Me tiré a la decadencia de mi alma, ensuciándose con vicios y placeres fútiles. Renegando de todo lo que mi familia me había enseñado. Había, supuestamente, renunciado a Dios. Aunque en el silencio de las noches aún solía pronunciar los rezos que me habían enseñado desde pequeño. Aquellas palabras en las cuales buscaba un consuelo y refugio.

Mis escritos se transformaron en bizarros textos; mis personajes se moldeaban con la angustia y desesperación que mi mente sufría. Gritaban hacia el cielo por una figura que los acogiera, por un cuerpo y alma pura. Las palabras brotaban de mi mente como la pus de una herida. No había nada que pudiera consolarme, que me hiciera sentir mejor.

Aborrecía cualquier intento de acercamiento religioso; cada cosa espiritual me parecía un fraude. El catolicismo no era nada más que una religión forzada, un ideal que tomamos, culpas y horribles estructuras en las que me encasillaron, algo de lo que no podía escapar.

Los vicios solo servían para alimentar el ciclo sin final; yo no era más que una serpiente comiéndose su propia cola. No había salida por ningún lado; no podía volver a mi fe porque era un fraude y mi conciencia no me permitía entregarme como otros; mi rebelión era una farsa, un anhelo más en el que buscaba otros dioses —las sustancias— y no podía permanecer quieto, simplemente existiendo, porque la herida dentro de mí sangraba en el papel, tiñéndose de palabras.

Deseaba ser estúpido, nunca haber cometido esa primera transgresión en la infancia. ¿No sería más feliz si viviera en la ignorancia?

El arte no me traía consuelo; mi familia y amigos decían que mis escritos eran pesimistas y oscuros. Que hablaba mucho sobre las cosas negativas de la vida, que debía de escribir sobre algo hermoso.

La lucha se fue apagando poco a poco, los vicios murieron y comencé a tratar de acercarme de nuevo a la religión por mi madre; ella estaba preocupada de a dónde iría mi alma si no me arrepentía en vida. La manera en la que ese acercamiento se dio no fue del todo sincera; yo era reacio en creer que Dios existía y pedía pruebas. Tal vez mi corazón y alma sucia eran lo que alejaban la presencia divina que los demás creyentes parecían sentir.

Comencé a tratar de hablar con Dios en medio de desesperados rezos, pero creo que mi mera imagen lo alejaba de mí. Le escribí cartas y escritos, rogándole por mi libertad. Para acabar con la neurosis que me acomplejaba. Me gustaría poder engañarme a mí mismo y decir que había encontrado la liberación y la iluminación, que había entendido que esa impureza era una parte natural de nuestra esencia, pero no puedo. Me rehúso a aceptar que este sea nuestro estado natural y no soy tan bueno como para intentar mantenerla o redimirme ayudando a otros. Si yo estaba contra Dios, entonces estaba contra el hombre, ¿no?

Mis cartas no cedieron, a pesar de que yo sentía que las palabras ya no tenían sentido. Eran ecos en un templo vacío para un Dios sordo. Supongo que aquí voy a seguir, escribiendo frases con manos temblorosas a un ente que no me mira ni me compadece y rodeada del hombre que no comprendo.


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