“Ahora entiendo que no todo lo que se va, se pierde, porque hay presencias que no necesitan quedarse físicamente para seguir existiendo”
EL HUMO ENTRE MIS OJOS
Celeste Giselle Quintero Plata
El humo
del cigarro siempre me pareció algo pasajero, algo que aparece, flota un
instante y se pierde, como si nunca hubiera estado ahí, nunca pensé que algo
tan efímero pudiera quedarse de verdad en alguien.
Mi papá
fumaba mucho, no era un detalle pequeño, era parte de él, pues su presencia
venía acompañada de ese olor: fuerte, constante, imposible de ignorar. No olía
a colonia cara ni a jabón recién usado, el olía a cigarro, y aunque muchos
podrían decir que era desagradable, para mí era otra cosa, era hogar.
Ese
olor estaba en su ropa, en sus manos, en el aire que quedaba después de que
salía de un cuarto, estaba en los abrazos, en los momentos cotidianos, en los
silencios compartidos, a veces ni siquiera hablábamos mucho, pero ahí estaba
él, con un Marlboro entre los dedos, dejando que el humo se elevara como si el
tiempo no tuviera prisa. De niña no lo entendía, no entendía por qué alguien
querría llenar sus pulmones de algo que se deshace, solo veía cómo el humo
salía de su boca, se retorcía en el aire y desaparecía sin dejar rastro, me
parecía inútil, como intentar sostener algo que no se puede tocar.
Pero
hay cosas que solo entiendes cuando ya no están, hoy, cada vez que veo una nube
de humo, algo dentro de mí se detiene, no es solo humo, es una puerta, es un
recuerdo que no pide permiso para aparecer, de pronto, sin aviso, estoy otra
vez ahí: en un momento cualquiera, en un día cualquiera, con él cerca. Es
extraño cómo funciona la memoria, no siempre se activa con grandes eventos, ni
con fechas importantes, a veces basta un olor, una sensación mínima, algo tan
simple como el humo rompiéndose en el aire para traer de vuelta a alguien
completo.
Y
entonces lo entiendo distinto, porque el humo sigue siendo efímero, sí. Sigue
desapareciendo igual de rápido, pero lo que deja eso no se disuelve, se queda
atrapado en algún lugar entre el pecho y la memoria, como si el tiempo no
pudiera alcanzarlo del todo. Hay algo profundamente humano en eso, en intentar
permanecer, incluso a través de lo que no dura, mi papá, sin saberlo, se quedó
en algo tan frágil como el aire, en algo que cualquiera podría ignorar, pero
que para mí lo contiene todo.
A veces
me pregunto si él sabía, si sabía que ese olor, ese hábito tan suyo, iba a
convertirse en una forma de recordarlo, si imaginó que algún día, alguien vería
humo y en lugar de pensar en fuego o en cenizas pensaría en él.
Ahora
entiendo que no todo lo que se va, se pierde, porque hay presencias que no
necesitan quedarse físicamente para seguir existiendo, se transforman, se
esconden en lo cotidiano, se vuelven invisibles para el mundo, pero inevitables
para quien las lleva dentro, por eso ya no aparto la mirada cuando alguien fuma
cerca, no me molesta el olor, no me incomoda el humo, al contrario, hay algo en
eso que me calma, aunque duela un poco.
Es como
si, por un instante, todo se alineara, como si el tiempo se doblara lo
suficiente para dejarme sentirlo otra vez, y en medio de esa nube que se forma,
se rompe y desaparece… todavía lo encuentro.

Comentarios
Muy bonito texto.
Saludos compañera!!!