15 de Mayo, Día del Maestro
“Han de saber que, aunque maestra jubilada, sigo siendo bella, sólo que maltratada por culpa de la soledad y las decepciones”
LA MAESTRA JUBILADA,
“ESE LUGARCITO” Y LA VIEJA CHANCLUDA
Marité Ibarra
Tengo 56 años y vivo sola desde hace ya un buen
tiempo, nunca me casé, ni tuve hijos, las oportunidades se presentaron, pero
simplemente no se dio, así que me dediqué a enseñar de lleno, y así la docencia
se llevó lo mejor de mí, le entregué los mejores años de mi vida.
Ahora me acabo de jubilar, fui maestra de primaria
durante mucho tiempo, me la vivía entre planes y programas, exámenes, talleres
de actualización, padres de familia y demás. Actualmente mi vida ha cambiado,
tengo todo el tiempo del mundo para mí, para hacer lo que me gusta, pensaba que
por fin iba a descansar, pero las cosas no fueron tan simples.
Al principio disfruté mi nueva etapa, no tener que ir
a trabajar era genial, sin prisas, ni estrés. Después me comenzó a asfixiar el
sonido del silencio y la pasividad de mi hogar. Así que, para matar el tiempo,
los primeros meses me dediqué a ver series de televisión y a escuchar la música
que me gusta, todo el día me la pasaba en casa, despeinada y en bata para
dormir, no tenía pretexto para arreglarme, nada me motivaba. Deambulaba de acá
para allá dentro de mi propia casa, con la tele o la radio a todo lo que daba
para no sentirme más sola de lo que ya estaba, así mi vida se volvió una rutina
muy fría e indiferente. Todos los días se repetía lo mismo, y no es que
estuviera pasando por un gran drama, pero por dentro me sentía harta y sin
saber de qué, a veces, de pronto escuchaba las risas de los niños como un eco
en mi cabeza y eso me asustaba, o me despertaba sobresaltada pensado en las
planeaciones u otros pendientes, pero ya nada de eso era cierto, esas cosas
habían quedado en el pasado.
Pasaban los meses y cada vez me sentía más ansiosa,
abrumada por la nada, a veces me quedaba sentada en la cama viendo las paredes,
movía mis pies, observaba mis uñas, también veía el reflejo del sol pasar, así
como así, había ocasiones en que de esa forma se me pasaba el tiempo. Nadie me
llamaba, ni me escribía, vivía alejada de las redes sociales, estaba toda
ermitaña, no tenía ganas de hablar con absolutamente nadie, ni de explicar cómo
me sentía, en pocas palabras, me iba consumiendo día tras día.
Una vez caminando frente a mi casa, vi ese pedazo de
tierra al lado de la banqueta, siempre había estado ahí, lleno de polvo, de
basura vieja, bolsas de plástico atrapadas y botellas de agua vacías y
chamuscadas por el sol, no era agradable a la vista, y tampoco nadie lo usaba,
ni lo cuidaba, ni se interesaba en ese cachito de tierra, y entonces se me vino
una idea. Ese mismo fin de semana compré unas semillas de flores, una pequeña
pala y empecé a limpiar “ese lugarcito” que sería para mí, comencé a remover la
tierra y a plantar las semillas. No lo hice pensando en decorar ni en llamar la
atención, lo hice porque necesitaba ocupar mis manos y mi mente, y así contenta
salía sin darme cuenta que andaba en bata, despeinada, en pantuflas, toda
desarreglada, pero con un lindo sombrero y unos femeninos guantes rosas.
Con el paso de las semanas, “ese lugarcito” se volvió
en un lindo jardín ¡estaba tan emocionada! Esto se volvió parte de mi nueva
rutina. Me levantaba un poco más temprano con un propósito fijo; barría,
regaba, quitaba piedras, después me sentaba un rato a admirarlo, y despejar la
mente. Cuando empezaron a brotar las primeras plantitas, me sentí orgullosa de
mí, pues nunca antes había hecho nada de eso en mi vida, todo había sido
trabajo escolar.
Pasaron varias semanas y el jardín se hacía cada vez
más hermoso, hojas verdes, flores radiantes, me di cuenta que tenía buena mano
para sembrar, y eso me emocionaba. Algunos vecinos me decían que se veía muy
bonito, otros simplemente pasaban sin mirarlo, cada quien con sus cosas que hacer,
pero nadie se quejó, nadie se molestó, hasta que llegó el nuevo vecino…
Una mañana salí y encontré el jardín destruido, la
tierra escarbada, plantas arrancadas, flores despedazadas, quedé en shock, sin
saber el motivo de tal atrocidad, ahí fue cuando vi a ese gato por primera vez,
ese gato pardo con mirada profunda y penetrante, estaba ahí el muy comodino,
tranquilo y echadote en “ese lugarcito”, con las patas llenas de tierra, yo lo
corrí enojada y lo regañé, el gato solo me gruñó y me miró muy feo. Ese mismo
día estuve cazando al vecino recién llegado, el dueño del gato, pero fue en la
tarde cuando lo vi llegar. Nunca antes lo había visto, era un señor como de 50
años aproximadamente, alto, moreno, ojos verdes, y se veía medio amargado, al
parecer también vivía solo, así que salí de mi casa, con las mismas fachas de
siempre, me acerqué con calma, lo saludé amablemente, aunque no me regresó el
saludo el grosero. Le expliqué que su gato había dañado el jardín que yo había
sembrado y le pregunté si podía ayudarme a evitar que eso volviera a suceder,
no le pedí dinero, no le reclamé de mala manera, sólo le hablé de manera
educada.
Él me dijo que para qué sembraba cosas en la calle,
que eso era vía pública, que su gato no tenía la culpa, que los animales eran libres.
Lo dijo como si yo estuviera exagerando, intenté explicarle que ese espacio
nadie lo usaba, que nadie se había molestado, y que para mí era realmente
importante, pero eso no le interesó en lo más mínimo. Me repitió que no era su
problema, y que su gato era libre para andar donde le diera la gana y que, si
no quería que se dañaran mis plantas, pues que sencillamente no sembrara.
Volvía a mi casa llena de rabia y tristeza. Me senté y
entendí que no estaba llorando por las flores muertas, estaba llorando por algo
que yo había construido en silencio como una forma de sostén emocional, y a ese
tipo no le interesaba, lo había ridiculizado como si fuera una tontería.
Esa noche volvía sembrar, no porque pensara que el
gato no iba a regresar, sino porque entendí que ese jardín no era para la calle
ni para los vecinos, era para mí, y aunque lo dañaran, yo iba a seguir
sembrando sin importar lo que dijera ese vecino pesado.
Y así comenzó todo, inició una guerra entre el vecino,
su gato y yo. El gato seguía destruyendo mi jardín cada vez que se le antojaba,
parecía que me retaba, y yo enojada lo corría, maldiciéndolo vez tras vez por
sus fechorías. Pero en una ocasión, y yo sin saberlo, el vecino me estaba
viendo por su ventana, entonces maltraté al gato y él salió furioso, y nos
comenzamos a pelear. Yo no tenía ganas de hablar con nadie sobre mis
sentimientos, pero sí tenía ganas de pelear, y más con ese méndigo viejo, que
ya me tenía fastidiada.
Esa mañana de sábado nos dijimos de cosas, hasta que
él expresó algo que me dolió mucho; me dijo que yo era una “vieja chancluda”,
pues siempre andaba en fachas y despeinada, con el mismo atuendo de todos los
días. Cuando él dijo eso me metí a mi casa sumamente furiosa, pero no sin antes
decirle que era un viejo amargado e insípido, no sé por qué dije lo de
insípido, pero se me salió, nunca antes lo había pensado. Después de pelear me
fui directo al espejo y ahí me di cuenta que efectivamente parecía una “vieja
chancluda”, o una “bruja del 71”, o qué sé yo. Después comencé a reírme como
loca, porque mi vida se estaba poniendo interesante con estas peleas que estaba
teniendo últimamente.
Casualmente, una antigua compañera de trabajo me llamó
por teléfono en ese momento de reflexión frente a mi reflejo, ese celular que
tenía arrumbado por desuso, pero que afortunadamente alcancé a contestar. Ella
me invitaba a dar la vuelta, a tomar una copita y a cenar, yo le respondí que
sí, que, de hecho, necesitaba hablar con alguien y que quería un consejo. Así
que emocionada, me arreglé, me peiné, me maquillé, me puse zapatillas y cogí el
bolso más lindo que tenía, y así salí, deseando que el “viejo insípido” me
viera y se tragara sus palabras de “vieja chancluda”. Pero no, estaba todo
cerrado y oscuro, de pasada miré al gato merodear y lo amenacé de muerte si
volvía a pisar mi jardín.
Cuando vi a mi amiga, otra maestra jubilada, le
platiqué todo lo que estaba pasando, le hablé de “ese lugarcito”, del gato, del
vecino ridículo, de nuestras peleas, ella sólo se reía a carcajadas y me dijo:
“no te vayas a enamorar del vecino”, me indigné tanto cuando escuché eso, ¡cómo
iba yo a enamorarse de ese pelafustán, jamás, jamás, jamás! Aunque admití que
tenía bonitos ojos como los de su gato, y voz muy masculina, pero bueno… Luego
terminamos de cenar y cada quien se retiró a su casa, fue una tarde-noche
agradable. Sin embargo, no podía sacarme de la cabeza lo que me dijo mi amiga,
me sentía indignada aun, pero algo muy en el fondo, muy muy muy en el fondo,
ese señor se me hacía guapetón, odiaba admitirlo, pues tenía un genio de la
patada y además me había ofendido gravemente. Así venía pensando yo, escuchando
el sonido de mis zapatillas por la calle que me lleva a mi casa, moviendo el
bolso de acá para allá pues el alcohol estaba haciendo su efecto, tarareando
una hermosa canción, entrada en mis desvaríos y echándome un clavado en lo más
profundo de mis sentimientos, cuando sin querer piso mal y tropiezo, quedé
tirada de rodillas y de manos, cuando de repente, alguien cuidadosamente me
levantó por detrás. Cuando alcé la miraba me di cuenta que era el “viejo
insípido”, y me dijo: “aparte de vieja chancluda no se fija por dónde camina”,
yo me quedé callada por primera vez, y no le dije nada, pues me había sostenido
con la fuerza que yo necesitaba y esos ojazos ya me estaban mareando. Sólo le
di las gracias, pero cuando quise caminar sin apoyo, no pude, casi me vuelvo a
caer, así que él me sostuvo de la cintura (porque han de saber que, aunque
maestra jubilada, sigo siendo bella, sólo que maltratada por culpa de la
soledad y las decepciones). Al ver mi estado y mis lastimaduras, me ayudó a
caminar hasta mi casa, el abrió la puerta y me sentó en un sillón, me sentía
tan avergonzada, me quitó las zapatillas y buscó mis pantuflas viejas ¡qué
vergüenza me dio! Sólo le agradecía constantemente sus buenas obras. Antes de
irse me dijo, que me había visto salir de mi casa muy fufurufa y vio cuando
amenacé a su gato, yo me puse roja y sonreí nerviosa sin más remedio.
Así pasaron los días, yo no salí al jardín porque tuve
que guardar reposo por mi pie lastimado, no quería pensar en el estado de “mi
lugarcito”, me quedé encerrada por cuatro largos días imaginándome lo peor.
Cuando por fin salí, quiero aclarar que ahora sí me arreglé, vi el jardín bien
cuidado, hasta con más flores, me quedé extrañada, ¿quién le habría dado
mantenimiento al jardín si a nadie le interesaba?, pensaba constantemente.
Hasta que salió el “viejo insípido”, bueno, quiero decir “el buen vecino”, y me
preguntó qué si cómo seguía del pie, le dije que mejor, que el reposo me había
ayudado bastante. Él me dijo que se había encargado del jardincito, que no
había permitido que su gato hiciera de las suyas nuevamente, yo sinceramente,
quedé impresionada, nunca pensé que ese tipo haría algo así, además su actitud
había cambiado completamente para conmigo, yo le agradecí mucho y lo invité a
comer en compensación de todo lo que había hecho por mí y por mi jardín, él
gustoso aceptó, y así comenzó primero una bonita amistad.
Él era quien me visitaba a mi casa, tomábamos té,
escuchábamos música, nos contamos nuestras historias, reíamos mucho, y nos
acordamos cuando me dijo “vieja chancluda” y yo “viejo amargado”.
Mi vida cambió completamente, de un hastío
desagradable, a tener una tierna ilusión, y aunque por el momento sólo somos
buenos amigos, sé que pronto pasaremos al siguiente nivel, ¡sus ojos de gato me
lo dicen y yo con mi sonrisa le digo que sí!
PD. Después de jubilarse, los maestros del Blog de
Frías, deben buscar una terapia ocupacional para que no desfallecer en la
siguiente etapa, por ejemplo; escribir libros, seguir aportando y nutriendo el
Blog de cuentos y relatos, aprender cosas nuevas como un nuevo idioma, realizar
jardinería, otra opción es viajar y gastar dinero. También se pueden dar una
segunda oportunidad para el amor, para todo aquel que lo necesite.
¡Saludos a todos los Maestros de este Blog!!!

Comentarios
Las emociones, son estados anímicos que nos llevan y nos traen de vuelta, muchas veces, sin percatarnos, pero siempre incidiendo en nuestras vidas.
La Maestra Jubilada, de pronto, encontró un motivo en su vida, y ahí viene la enseñanza, pues en su monótona vida escolar nunca hizo más que lo que le ordenaron hacer y eso, a fuerzas, incidió en la enseñanza propiciada, actitud que por fortuna cambió cuando empezó a vivir Su Vida. Eso pocos profesores lo advierten y se consumen buscando una quimera que jamás han de construir.
Y sí, los Maestros Jubilados deben de buscar un asidero emocional, pues la energía desbordada y contenida en las aulas, les atacará con fuerza que los que aniquilar. Yo mismo ya empiezo a buscar otra Utopía que me guíe y me haga remar cortacorriente, como lo hago en este Blog que ya pronto hallará su propia Jubilación.
Saludos y Felicitaciones en este Próximo Día del Maestro, de la Maestra, en tu caso particular.
Mtro. José Manuel Frías Sarmiento
También me sé historias de maestros jubilados muy interesantes. A los que aún nos queda camino que recorrer en la docencia, estoy segura que nos llegará el momento de decirle adiós a tan noble labor.
Reitero mi agradecimiento y seguimos en contacto.
Un fuerte abrazo para usted!!
Yo soy docente, pero aún no llego a la jubilación, me falta algo de tiempo aún. Esta es una historia imaginaria de una maestra de primaria como las que me ha tocado conocer en distintos escenarios escolares en los que he trabajado.
Agradezco tu tiempo prestado para leer y dar tu opinión.
Saludos!!!