“El rey de las nubes / jamás será derrotado / Porque nadie puede derribar / a quien ya vive suspendido”
EL REY DE LAS NUBES
Ian Báez Palazuelos
Gobierna desde lo
alto.
Porta aires de grandeza,
Y le gusta mantener distancia.
Se hizo coronar
sobre un trono de vapor y viento,
porque nada que flote
puede traicionarlo.
Desde arriba,
los hombres son puntos,
las ciudades cicatrices diminutas,
los afectos apenas bruman.
El rey de las
nubes
no confía en nada
que pueda yacer bajo él.
La tierra, dice,
es territorio de derrumbes.
Allá abajo crecen las raíces
y las raíces atan.
Él no quiere
ataduras.
Prefiere el
equilibrio incierto
de lo que no tiene suelo,
la majestad frágil
de lo que puede deshacerse
con un cambio de temperatura.
Tiene un cetro
hecho de relámpago,
una capa tejida con neblina,
una corona que nadie puede tocar
porque nadie puede alcanzarla.
Lo llaman
prudente.
Pero en la noche,
cuando el cielo se despeja
y el mundo duerme sin mirarlo,
el rey tiembla.
Porque sabe
que las nubes no sostienen.
Que no hay cimientos en el aire.
Que todo su reino depende
de no mirar hacia abajo.
A veces,
muy pocas veces,
se inclina.
Observa los ríos.
Las manos que se entrelazan.
Las casas que resisten el invierno.
Y algo en su
pecho,
que jamás ha tocado suelo,
late con una fuerza desconocida.
Pero enseguida se
endereza.
Un rey no cae.
Un rey no se mezcla con el polvo.
Un rey no ama aquello
que podría sostenerlo.
Y así permanece,
intocable,
inalcanzable,
solo.
Reinando sobre lo
que cambia de forma,
sobre lo que no deja huella,
sobre un imperio que cada tarde
se disuelve en el horizonte.
El rey de las
nubes
jamás será derrotado.
Porque nadie puede
derribar
a quien ya vive suspendido.
Pero tampoco
nadie podrá abrazarlo.

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