“Y creo que ahí fue cuando entendí que el problema no es que saludar sea algo extraordinario… el problema es que ahora casi nadie lo hace”
EN UN MUNDO QUE
OLVIDÓ SALUDAR
Celeste Giselle Quintero
Plata
Hace
unos días en la clase del maestro Frías pasó algo que se me quedó muy grabado.
El
maestro me preguntó si yo era de rancho y yo le respondí que sí, entonces dijo
algo que sinceramente no esperaba escuchar, comentó que siempre notaba que yo
llegaba saludando de mano, dando los buenos días, las buenas tardes o
despidiéndome de la misma manera, lo dijo frente al grupo como si fuera algo
raro, como si actualmente fuera extraño encontrarse con alguien que todavía
conserve esas costumbres.
Y
creo que ahí fue cuando entendí que el problema no es que saludar sea algo
extraordinario… el problema es que ahora casi nadie lo hace.
Desde
pequeña me enseñaron que la educación vale más que muchas cosas, me enseñaron
que al llegar a un lugar uno debe saludar, aunque no conozca a todos, que pedir
permiso no te hace menos, que decir “gracias” y “por favor” habla de la
humildad con la que fuiste criado, me enseñaron a respetar a las personas
mayores, a ayudar cuando alguien carga algo pesado, a ofrecer el asiento, a
despedirme correctamente y a nunca ignorar a alguien que me saluda.
Y
quizá muchos piensen que son simples modales, pero para mí son el reflejo de
los valores con los que crecí.
Después
de que el Maestro dijo eso, noté algo curioso, muchos comenzaron a saludar
igual, empezaron a despedirse de mano, a decir buenos días más seguido y a
aparentar esa educación que antes ni les importaba mostrar, pero había algo que
se sentía diferente, no parecía genuino, no lo hacían porque realmente les
naciera ser atentos o respetuosos; lo hacían por quedar bien, porque alguien
había señalado que eso era “bueno”.
Y
eso me hizo pensar muchísimo.
¿Por
qué ahora la educación parece actuación?
¿Por
qué algo tan básico como saludar tiene que hacerse por conveniencia y no por
costumbre?
¿Por
qué la amabilidad dejó de ser algo natural?
Hoy
vivimos en un tiempo donde mucha gente confunde educación con interés, hay
personas que solo son amables cuando necesitan algo, cuando quieren caer bien o
cuando alguien importante los está observando, pero la verdadera educación se
nota incluso cuando nadie está mirando, se nota en quien ayuda sin esperar
reconocimiento, en quien saluda aunque esté de mal humor, en quien respeta a
los adultos mayores, en quien todavía sabe pedir permiso, en quien entiende que
los valores no pasan de moda y sinceramente sí me pone triste ver cómo tantas
cosas se están perdiendo, ahora los niños crecen sin esas costumbres, muchos
jóvenes ya ni levantan la mirada para saludar, en los camiones hay personas
mayores cansadas mientras otros prefieren seguir viendo el teléfono antes que
ofrecer un asiento, hay quienes ven a alguien batallando con bolsas pesadas y
simplemente siguen caminando, incluso responder un “buenos días” parece
costarle trabajo a algunos.
No
sé en qué momento la indiferencia se volvió tan normal, tal vez por eso cuando
alguien educado aparece, la gente lo nota tanto, porque ya no es común, porque
vivimos en una época donde abundan las personas preparadas académicamente, pero
escasean las personas verdaderamente educadas de corazón y yo agradezco
profundamente haber crecido de la manera en que crecí.
Sí,
soy de rancho y quizá precisamente por eso aprendí que el respeto no cuesta
nada, que saludar nunca será motivo de vergüenza, que ayudar a alguien jamás te
hace menos y que una persona puede olvidar muchas cosas de ti, menos la manera
en que la hiciste sentir con tu trato.
Ojalá nunca se pierda eso en mí, aunque el mundo cada vez parezca olvidarlo más.

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