“La incomodidad es un estado en el que las personas nos sentimos a disgusto o inquietas debido a una situación que se esté presentando; no se siente satisfacción, salvo que haya un ajuste extraño en el cerebro”



 



EL ARTE DE INCOMODAR

 

Andrea Jasso

 

Hace tiempo ya que escribí El arte de hacerse pendejo, un texto que fue algo así como un reconocimiento y una crítica a la vez al comportamiento que toman (y tomábamos) algunos cuantos para eludir responsabilidades. Diez años después, aproximadamente, he pensado en escribir esto que ya he comenzado, sin saber todavía si lo terminaré o quedará inconcluso como los otros veinte inicios que no pasan del primer párrafo.

 La incomodidad es un estado en el que las personas nos sentimos a disgusto o inquietas debido a una situación que se esté presentando; no se siente satisfacción, salvo que haya un ajuste extraño en el cerebro.

 A nadie nos gusta incomodarnos, ya que no es una sensación agradable y, por razones distintas, nos hemos incomodado cientos de veces en la vida. Recuerdo que, por allá en el 2019, cuando andaba en Puebla, en un convento que visité, la guía habló sobre la vida de las monjas y novicias dentro del convento; entre otras cosas, comentó que ellas dormían con batones de lana para que se sintieran incómodas durante la noche y no pudieran conciliar el sueño profundo, ya que dormir profundamente, era algo placentero y ellas no tenían permitido sentir ningún tipo de placer porque el placer era pecaminoso. Desde esa perspectiva religiosa radical, se concebía la incomodidad como una forma de vivir puramente... pero es importante enfatizar que siempre he de hablar de incomodidad propia y no la de nadie más.

 Bajo este entendido y el saber que nuestra cultura tiene hasta hoy día fuertes influencias religiosas, a pesar de tantas reformas y revoluciones ideológicas salidas de los cambios generacionales, no puedo evitar pensar que, culturalmente, también se ha replicado la práctica de incomodarse a sí mismo para no incomodar a los demás. Al pensar así, muchas cosas me hacen sentido, tal como el comportamiento social sobre estas situaciones relacionadas a la complacencia, al manejo con pincitas y cualquier otro que priorice mantener la tranquilidad y la paz de otro, dejando la propia como algo secundario.

 En el trabajo, la familia, amistades o en cualquier escenario social, la cultura es callar para que el otro no se sienta incómodo, dar para que el otro reciba o decir sí a todo para que el otro no se agüite. Pensaba, también, si esto es algo que es más pronunciado en nuestra cultura solamente o si es un fenómeno mundial y, al ver que hay libros y videos que hablan sobre el tema en otros idiomas, me hace entender que sí, efectivamente es algo que sucede en otras culturas también. Como en Japón, por ejemplo: la cultura es guardar silencio en el metro o el autobús para no incomodar a los demás, lo cual me parece sumamente aceptable, pero se sale de control cuando acosan a mujeres y ellas se quedan calladas para no incomodar. Lo cual me lleva a preguntarme: ¿hasta dónde debemos tolerar ser una persona pasiva (nosotros mismos) para no incomodar?

 Sin darnos cuenta, con nuestra práctica del día a día, continuamos perpetuando esa cultura que, por ser parte de ella, nos limita a nosotros mismos a limitar a los demás. Entonces, me pregunto: ¿por qué debemos complacer a los demás? ¿Quién nos ha enseñado eso? Y lo más importante: ¿quién se favorece de esto?

Quizás no es el mejor contexto, pero me gustaría poner un ejemplo muy claro: durante una transmisión de La Casa de los Famosos, Facundo jaló el tapete en el que Aldito estaba parado y éste se cayó; lo siguiente fue que Aldito sólo se rio al igual que los demás que vieron. Para mí, ése es un claro ejemplo de cómo, por no incomodar o “echar a perder” la convivencia, se evitó la incomodidad de confrontar a Facundo y ponerle un límite, en otras (y equivocadas) palabras, evitó el conflicto... pero, ¿por qué poner un límite y exigir respeto tendría que ser un conflicto? Entonces, si el hombre se lastimaba, no importaba porque tenía que complacer el buen momento de los presentes.

 La incomodidad se vuelve necesaria si queremos ser respetados porque la incomodidad aparece cuando alguien pone límites. Los límites son canasta básica para la existencia y cuidado de nuestro ego, no porque sea más importante que el de los demás, sino porque es una forma sana de exigir respeto. Es complicado, empero, porque siempre se considera a las personas que incomodan como conflictivas, lo cual no termino de entender; creo que se debe a la costumbre y a la cultura y siempre que alguien rompe con un patrón conocido, genera incomodidad. Espiral.

 También estoy convencida de que la incomodidad refuerza relaciones de cualquier tipo, pues se genera una sensación de haber superado un obstáculo y, a saber, superar obstáculos en equipo fortalece los vínculos que haya. Por eso, tener pláticas incómodas se vuelve fundamental en una relación, pues son filtros para la permanencia de ambas partes y, si se superan, se crea intimidad y la intimidad en una relación es básica para que ésta sea sólida. Las relaciones sólidas son escasas en esta sociedad líquida, por eso son tan valiosas.

 Poner límites es incómodo y poco usual cuando se practica con personas que tienen una posición superior a la nuestra en algún sistema jerárquico (con los jefes en el trabajo, con los padres en casa, con los maestros en la escuela), pero son necesarios porque la autoridad también se equivoca; con esto, no quiero decir que hay que hacer revuelo con cada nimiedad, pero sí poner y mantener nuestros límites cuando se produzcan situaciones transgresoras.

 Y bueno, ¿por qué se nos prohíbe incomodar? Saber la razón nos permite entender el comportamiento cultural, pero no me parece tan importante saber de dónde viene, sino a dónde estamos llevando todo esto y que lo verdaderamente importante en esta transformación de pensamiento masivo, es revolucionar nuestra cultura decidiendo terminar una maestría en incomodar.


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